Burning House

4993 Palabras
—¡Alton! —Su sonrisa es amplia y muestra un poco sus dientes delanteros—. ¡Cuánto tiempo sin verte! —. Se aleja y me observa de pies a cabeza—. ¡Has crecido mucho! ¡Estás gigante! —Rio alegre ante su felicidad—. También estoy feliz por verte, Mónica. La actual esposa de “mi padre” debe tener máximo unos 40 años, pero sigue viéndose como la recuerdo: grandes ojos cafés, cabello castaño con pequeños reflejos y una sonrisa amigable. Siempre carismática, atenta y alegre. Una persona encantadora, vivaz y, a pesar de su edad, energética. La última vez que la vi fue en la boda, cuando tenía 12 años. Llevaba un vestido blanco largo que resaltaba su esbelta figura. Se veía hermosa y radiante. La sensación agridulce de aquel momento aún la recuerdo en mi boca. Estaba feliz por ella, pero sufría por mi madre. Ese fue el peor día de su vida. Permanezco con mi sonrisa intacta, sé que si nota mi cambio hará preguntas que no estoy dispuesto a responder. Mi padre sigue en la habitación, siento su mirada clavada en ambos, pero lo ignoro. Mónica me acomoda la ropa, incrédula de mi gran tamaño. Con doce años medía 1.60 cm, ahora estoy rodeando los 1.70 cm, para su sorpresa. «El tiempo ha pasado volando». Mónica me toma del brazo y me guía por los pasillos para mostrarme el lugar, lo han renovado en los últimos años según me explica. Veo como “mi padre” suspira, aun con fastidio, y se retira a su habitación. Volteo los ojos, también fastidiado, pero ella aprieta un poco mi brazo para distraerme. Me cuenta con lujo de detalles como fue la renovación del lugar, al parecer tomó por lo menos unos 6 meses. Cada habitación tiene su baño, a excepción del cuarto principal que cuenta con un guardarropa personalizado y un baño más grande del habitual. Con la renovación preparó un cuarto de estudios, un despacho para “mi padre”, agrandó el comedor y la cocina, colocó un televisor más grande en la sala, habilitó el ático, instaló un cuarto de juegos y 3 habitaciones de invitados. Todo lo creo gracias al arquitecto que trabaja con “mi padre” en su negocio. La casa cuenta con 2 pisos, en el primero está el comedor, la cocina, la sala, tres habitaciones: el de visitas, el de mi hermana y el mío, y el cuarto de estudios. En el segundo esta la habitación principal, dos cuartos de visitas, el cuarto de juegos y el despacho de mi padre. Por último, esta una escalera en el centro que permite acceder al ático. Al terminar el tour turístico, ella me guía hasta mi habitación. Bajamos las escaleras a la planta principal, cruzamos la sala principal y el comedor, podíamos haber cruzado por la cocina, pero ella prefería realizar el recorrido más largo. Cruzamos los largos pasillos hasta llegar al final, ahí estaban dos cuartos, uno frente al otro. La puerta de la habitación de Libby tenía unas flores pintadas en su puerta, mientras que la mía tenía unos pequeños tallados. Ambas llevaban un marco colocado sobre ella con nuestros nombres. Giro y le sonrío a Mónica, ella me mira expectante, ansiosa de mi respuesta. —Mónica, no tenías que hacerlo. —Sonríe—. Quiero que te sientas bienvenido en casa. —Tú siempre me haces sentir bienvenido. —Su rostro emocionado me demuestra lo feliz que se siente—. Te dejaré para que ordenes tus cosas—. Me da un beso en el cachete—. Espero que te guste como diseñé tu habitación—. Se gira para marcharse por el mismo pasillo por el que llegamos—. Hice mi mejor esfuerzo. La veo desaparecer por el corredor manteniendo la radiante sonrisa. Respiro hondo, sé que se esforzó, pero Mónica no me conoce tanto para decorar la habitación, menos “mi padre”. Suspiro, es innecesario tanto cambio si solo permaneceré un mes aquí, o por lo menos eso espero. Abro la puerta y camino hasta la cama, hay una alfombra sobre el suelo de un rojo menos intenso del habitual. Dejo mi mochila de mano sobre la cama y vuelvo sobre mis pasos para recoger la maleta. Cierro la puerta y coloco la maleta al lado de la mesa de noche. Miro a mi alrededor tratando de encontrar algo que me haga sentir como en casa, pero no hay nada. Las paredes de la habitación son del mismo color que las de la casa, hay un librero con algunos libros de gestión y dirección de empresas, al igual que unas revistas de negocios. Un armario lo suficientemente grande como para esconderme en él, unas repisas vacías en la parte superior de mi cama y un televisor en la pared frente a mí. A la derecha de mi cama hay unas puertas corredizas que me causan curiosidad. Me acerco a ellas y la empujo a los lados, separándolas, para abrirlas. Frente a mí está el cuarto de estudio: un escritorio grande que ocupa casi toda la habitación, estantes llenos de libros, una laptop en el centro del escritorio, un calendario en la esquina y una silla giratoria. Me siento en ella y reviso los cajones, el primero es el único que está lleno, hay libretas, post-it y lapiceros; el segundo y el tercero están vacíos. Enciendo la laptop para travesear en ella, necesito saber si puedo acceder sin problemas para estudiar o tiene algún programa que me impida usarla a mi libre albedrío. Después de revisarla por unos treinta minutos la vuelvo a apagar y a cerrar, salgo del estudio cerrando la puerta y me recuesto en la cama. El formato del cuarto es más serio del que acostumbro. No ha pasado ni un día y ya extraño mi casa. Mi póster en mi pared de Iron Man brilla por su ausencia al igual que los Funko Pops de los Avengers en mi escritorio y mis fotos con los chicos. Mi cama se siente solitaria sin la manta que mi madre me regaló cuando cumplí los diez. Aquella manta con el estampado de lobo en el centro. Sonrío recordando ese día, fue uno de los cumpleaños más memorables que tuve. La tristeza y el anhelo se apodera de mi corazón con el recuerdo que traje a mi cabeza. —Suspiro frustrado—. «Será un mes demasiado tortuoso…» Me siento resignado y abatido. No puedo hacer nada. Sé que debo hacer esto, pero eso no calma mi corazón adolorido. Solo espero lograr mi cometido, quizás así valga la pena. Saco mi celular y veo la hora, son cuarto para las once, quizás mamá está en casa y pueda contestar. Marco su número con la esperanza latente, debía llamarla al llegar, pero no me fue posible con Mónica presente. Rezo internamente para que ella conteste con cada pitido. Ella coge el teléfono justo cuando estoy por rendirme y una sonrisa involuntaria aparece. — ¿Hijo, llegaste? ¿Todo está bien? —Sí llegué, mamá—. Suspiro. —¿Qué ocurre, cariño? —Papá—. Me detengo unos segundos y continuo—. Mamá, él… —Vuelvo a suspirar—. Sigue siendo el mismo ser frustrante de siempre. —Sabíamos que no iba a ser fácil, hijo. —Lo sé, mamá, pero, aun así—. Volteo a mirar la pared—. No llevo ni un día aquí y ya me drena la energía. —Solo inténtalo, cariño—. Ella también suspira, sé que no le hace feliz que esté aquí—. Sabes que si me necesitas aquí estaré. —Desearía que hubieras venido... —Suelto en voz baja. —No puedo, cariño, lo sabes. —Eso no es justo—replico—a Mónica no le incómoda tu presencia—. La frustración para ser lo único que puedo sentir ahora—. ¿Por qué debe decidir él si puedes venir o no? —Debe guardar las apariencias, hijo, sabes bien que… —No me des el mismo sermón de siempre, mamá—bufo sentándome en la cama—. Él llegó hasta aquí por ti—. Sé que ella me escucha en silencio—. Logró todo gracias a ti—. Alzo un poco la voz—. ¡Tú deberías estar aquí! —A mí no me importa ese dinero, Alton—. Se nota su fastidio—. Se los he dicho muchas veces, a ti y a tu hermana—. Suspira frustrada—. Tu padre y yo acordamos que ese dinero sería para Libby y tú—. Cierra con lo mismo de siempre—. Yo no tengo nada que ver ahí. —Bufo molesto—. Vale, vale, no voy a discutir—. Aunque lo digo, ella sabe que no es verdad. Voy a seguir debatiendo ese punto. —Por favor, trata de que las cosas sean fáciles para ambos. —Él no da su brazo a torcer. —Y tú tampoco, Alton—me regaña—. Así que no le eches toda la culpa a él. —Suspiro—. Intentaré dar lo mejor de mí, ¿va? —Así me gusta—. Imagino su sonrisa—. Cuídate mucho, cariño. Llámame cada que puedas —Asiento, aunque sé que no puede verme—. Tú, igual, mamá—. Un pequeño silencio—. Trataré de volver lo antes posible. Digo para cortar la llamada. Hablar con mamá me ha motivado y puesto nostálgico. Estos días serán difíciles sin ella a mi lado, pero sé que podré por ella. Me pongo en pie dispuesto a animarme un poco, o por lo menos distraer mi cabeza. Coloco la maleta sobre la cama y saco todo lo que he traído de ropa, la acomodo en el armario, que es demasiado grande para mí, y guardo la maleta en la parte inferior. También desempaco la mochila de mano, guardando la mayoría de mis objetos personales en la mesa de noche. Nuevamente la mochila vacía termina en el armario. Las toallas y mi cepillo de dientes aún siguen en mi cama, los sujeto y los llevo a guardar a sus respectivos lugares. Sonrío orgulloso por haber terminado y voy al baño de mi habitación para darme una ducha. El agua tibia relaja mi cuerpo y siento como el estrés del viaje por fin se va alejando. Tengo los ojos cerrados y disfruto de las suaves caricias del agua que me transportan a un lugar hermoso y cálido. Pasan los minutos, que para mí placer son eternos, y cuando me siento más calmado decido abrir mis ojos. La paz que me rodea en estos momentos no se puede comparar con nada, pero el tiempo se acaba y debo salir de aquí. Mi cabeza pide a gritos que me quede todo el mes en la ducha, pero son consciente de que es imposible. Me tengo que obligar a salir de la ducha. Es una lucha interna entre lo racional y sentimental. Puedo adelantar que por primera vez gana mi cerebro. Cierro la llave y me acerco al espejo, mis ojos están rojos y cansados. El viaje me quitó toda mi energía. Respiro hondo y agito mi cabeza para volver a despejarme. Tomó una de las toallas y la rodeo en mi cintura, con la otra, seco mi cabello. Cepillo mis dientes antes de salir y me despido del baño con la promesa de volver. «Este será mi refugio para las noches melancólicas». Me coloco el pijama y me vuelvo a recostar en la cama. Los ojos me pesan y espero dormir rápido. Estoy mirando el techo, fijándome en cada detalle para agotarme más de lo que ya estaba, pero pasa el tiempo y no he dormido. La incomodidad se siente en cada mínimo rincón de la habitación. El color del cuarto es tan diferente al mío que aún con la luz apagada lo puedo notar. Suspiro frustrado y me levanto, camino hasta la ventana y la abro con temor. Esperaba que el aire helado que me dio la bienvenida volviera a golpearme, pero no fue así. Deben ser cerca a las doce y el frío bajó su intensidad. El clima es fresco, lo suficiente para permitirme disfrutar de la noche. El cielo está oscuro y casi no se ven estrellas, solo algunas muy mínimas escondidas detrás de una que otra casa. Debo agudizar mi vista para poder verlas. No obstante, a diferencia de en Solwood, aquí algunas luces de las casas están prendidas. Todo está en silencio, uno muy pacífico. Las personas están en sus casas y las calles desoladas. No se escucha ningún ruido a excepción del chirrido de los grillos y los animales que se mueven entre las plantas. Miro el cielo nuevamente tratando de distraerme en sus colores tenues. Respiro hondo inhalando el aire fresco de la noche y llenando mis pulmones, hasta que un sonido llama mi atención. Unos pasos se acercan por la calle. Las pisadas son firmes, pero su andar es tranquilo. Mi corazón empieza a latir con un ritmo más rápido de lo normal. El miedo invade mi cuerpo y me obliga a esconderme. Cierro un poco la ventana, solo queda una pequeña r*****a que me permite ver a la persona. Apenas y visualizo su silueta, las luces no me permiten ver más. De cierta forma estoy protegido, pero mis manos vuelven a sudar. La casa de "mi padre" se encuentra protegida por los guardias que rondan toda la noche por el jardín y la parte delantera. Es improbable que un ladrón acceda a la casa, pero está demasiado cerca para mi gusto. Me quedo de pie junto a la ventana con el corazón en la mano. Me tiemblan las piernas, pero no debo moverme. En caso de que la persona se acerque más debo avisar, necesito mantenerme alerta. Observo con detenimiento sus movimientos, son seguros y decididos, pero para nada agresivos. No muestra una actitud sospechosa, pero parece buscar algo, o alguien. Se sitúa bajo un poste de luz parpadeante, por segundos me permite verlo. «Es un chico». Se agacha quedando en cuclillas, saca una especie de bolsa de su mochila y un recipiente. Abre la bolsa y vierte el contenido en el recipiente. Lo coloca a sus pies y susurra con cierta alegría: —Manchas, ven, manchas—. Su voz era apenas inaudible, quizás si estuviera un poco más lejos no me hubiera percatado. Estamos a máximo un metro de distancia, pero gracias al silencio de la calle lo logro escuchar. Su voz es acogedora, a pesar de lo profunda que parece ser. Mantiene una sonrisa de oreja a oreja mientras vuelve a llamar a "Manchas". Me asomo un poco más a la ventana, por la curiosidad. El miedo está disminuyendo con el paso de los segundos, como si aquella voz lograra apaciguarlo. No sé qué tan cerca estoy de la ventana, pero me freno cuando lo veo ponerse de pie de golpe. Gira de inmediato hacia mí, sus ojos se clavan en los míos, pero no me puedo mover. Aguanto la respiración, creo que así pasaré inadvertido. Se queda por unos segundos en la misma posición, pero un maullido le llama la atención. El chico vuelve a agacharse y la luz otra vez parpadea. La figura es encantadora. Un hermoso gato de quizás 5 meses está comiendo del recipiente que minutos antes colocó el muchacho. Él acaricia esa pequeña cabeza mientras yo los observo desde mi ventana. Vuelvo a cerrar la ventana, está vez para no parecer un acosador. Unos minutos después, que para mí parecen eternos, escucho los pasos nuevamente, pero alejándose. «¿Por qué alimenta al gato a esta hora? ¿Vive por aquí? ¿Vendrá todos los días?» Internamente rezo porque la respuesta a mi última pregunta sea no. Agito la cabeza apartando las ideas, no quiero pensar en esa posibilidad. Suspiro más tranquilo ahora que aquel chico se marchó. «Es hora de dormir». Aseguro la ventana, cierro las cortinas y vuelvo a mi cama. Me acuesto mirando al techo pensando en mi día. La despedida con los chicos y mamá fue lo más difícil, pero las charlas con Aiden fueron lo que más me impactó. «Todavía me falta recuperarme». Suspiro agotado y giro en la cama, ahora estoy mirando a la puerta del estudio. No sé cuánto tiempo me quedo pensando en las musarañas, pero en algún punto mis ojos se cierran para abrirse a la mañana siguiente. Alguien golpea persistente la puerta, mi cabeza asume quien es, pero somos muy perezosos como para levantarnos. Los golpes aumentan al punto que pierdo la cuenta, es peor que cuando "Sheldon" toca la puerta de "Penny" a las siete de la mañana. Me levanto con pesar. Los músculos de mi cuerpo se oponen a esta acción, lo puedo sentir, pero debo hacerlo. Llego a la puerta aún adormilado y la abro quedando frente a frente con "mi padre". El suspira al verme, claramente decepcionado. Está vestido elegante, con traje y corbata. Seguro tiene una reunión de trabajo. Saludo sin ánimos, pero él se queda mudo, solo niega con la cabeza. —Debemos hablar—. Usa su tono autoritario—. Ven a desayunar—. Es lo último que dice antes de retirarse. «Es muy temprano para pelear, ¿no?» Me rasco la cabeza, aturdido, mientras proceso sus palabras. Reacciono por fin cuando él está cerca a la habitación de Libby. Arrugo el rostro, fastidiado, y sin pensar grito: —¡Un "buen día" nunca está de más! Él ni siquiera gira para mirarme, solo continúa su camino por el pasillo hasta el comedor. Suspiro frustrado y vuelvo a mi habitación cerrando la puerta tras de mí. Me cepillo los dientes y me lavo la cara, por lo menos para tener un rostro menos desencajado que cuando lo vi. Salgo de mi habitación diez minutos después de lo ordenado por "mi padre". El pasillo se me hace interminable, aún sigo cansado. Al llegar al comedor, a la primera que veo es a Mónica. Ella está aún en pijama, pero con una salida de cama amarrada en la cintura. En la mesa hay tres platos de panqueques; tres vasos de zumo de naranja; una taza de café y una de té, para "mi padre" y su esposa; y 1 taza con agua caliente. —Siéntate, Alton—dice con una sonrisa cariñosa—. No sabíamos si prefieres café, té o leche para desayuno—. Señala la taza con agua caliente—. Así que pedí que te sirvieran solo el agua caliente para que prepares lo que desees tomar. —Gracias, Mónica—. Sonrío amable—. No debías preocuparte—. Separo la silla de la mesa y me siento. Mónica se encuentra a la mano derecha de mi padre, como siempre. Él la considera la persona que más lo ayuda, su respaldo. Estoy a su lado, a la izquierda, y cruzo mis brazos esperando a que mi padre hable. Estoy perdido de la hora, aunque sé que es relativamente temprano. Mi padre está listo para ir al trabajo, pero no ha tocado su desayuno. Su rostro es serio, amargado como cada vez que me ve. Respiro hondo con la esperanza de aguantar lo que venga. —Primero que todo, buen día—. Me mira esperando una respuesta. —Volteo los ojos, fastidiado—. Buen día—contesto siguiéndole el juego. «Primera batalla ganada». —Segundo, en esta casa todos se despiertan a las 7, máximo 7:30 de la mañana. —¿Eh? — "Mi padre" demuestra su inconformidad con mi respuesta—. ¿Podrías preguntar cómo una persona decente? «¿Qué?»— ¿Decir eh me hace indecente? —Suspira frustrado—. Solo contesta como un chico educado. —No soy maleducado por decir eh. —Para mí sí. —No me sorprende—digo sin poderlo evitar. — ¿A qué te refieres? —Nada importante—. Respiro hondo para calmarme—. ¿Podrías repetir lo que mencionaste antes? Las palabras salen tan obligadas que siento el raspor en la garganta. Mónica me mira con tristeza, sabe que esto es insufrible para mí. —Ahí está—responde "mi padre" contento—. No era tan difícil, ¿verdad? —Muerdo mi labio inferior con un poco de fuerza y abro la boca para contestar, pero Mónica interviene—. Enrique, no te pases. —¡Cariño! —exclama ofendido. —¡Nada de cariño! —Lo regaña—. Estás cruzando los límites con el niño. —Mónica, no es un niño. —¡No te permito que me digas que no lo es! —Me mira con ternura—. Yo lo he visto de pequeño, para mí siempre será un niño. —Sonrío agradecido por las palabras de Mónica. Ella siempre nos protege del trato injusto de él—. No te preocupes, Mónica—. Intervengo para salvarla de las garras de "mi padre"—. Estoy bien. —Ella sonríe complacida y mira a "mi padre" advirtiéndole—. Compórtate, es el primer día de Alton aquí. —"Mi padre" suspira molesto, pero asiente con la cabeza—. De acuerdo, a lo que íbamos—. Clava sus ojos en mí—. Debes despertar a las 7, máximo a las 7:30 de la mañana. —Eso lo entiendo—contesto volteando los ojos—. La pregunta es por qué debo hacerlo. Mi padre me lanza una mirada severa, una mezcla entre molestia, fastidio y enojo. Él está acostumbrado a que las personas le obedezcan sin rechistar, sin embargo, las cosas para mí son diferentes. Al tener el carácter de mi madre puedo debatir con él mejor que cualquiera. Mónica me mira preocupada. Conoce a la perfección el carácter de mi padre, sabe que el desacuerdo con él se puede volver explosivo. No llevamos ni un día juntos y parece que incendiaremos la casa. —Porque te lo indico yo—. Endereza su espalda—. Necesito que estés despierto a esa hora—. Al ver mi rostro de incomprensión, enfatiza—es solo una norma de la casa. Su mirada insistente es como una súplica suspicaz, pide en silencio que le obedezca, esta vez. Resoplo, no muy de acuerdo, aprieto los dientes suavemente y asiento sin agregar nada. Él respira aliviado. «Segunda batalla ganada». —Tercero, como debes despertar temprano, debes dormir entre las 10 y 10:30 de la noche, además… —Espera, espera, espera—. Me acomodo en mi asiento—. Acepto despertar temprano, pero no dormiré a las 10. —Alton… —No soy un niño, no dormiré a esa hora—replico—. Ni en casa de mi madre lo hago. Es inaudito que me pidas eso—resoplo—. Me niego a acatar esta orden. —Alton, las cosas aquí se hacen a mi forma—declara—. No me importa si tu madre te permite descarrilar, no obstante, bajo mi techo, no... —¿Qué dijiste? «Primera guerra». Sus palabras me hierven la sangre, me imagino mi cara completamente roja y con el ceño fruncido. Me levanto de golpe de la silla empujándola con fuerza hacia atrás y está llega a la pared. Planto mis manos sobre la mesa de vidrio, el impacto sobre la mesa obliga a Mónica a sobresaltarse, pero mi padre solo me mira con fastidio. Aun siento el extraño picor en las palmas de mis manos por la fuerza que apliqué. El golpe seco había resonado en toda la habitación, las personas de limpieza, el chofer y los guardias aparecieron en escena dada la conmoción. Todas las miradas estaban en mí, algunas asustadas, otras sorprendidas y los guardias estaban atentos a mis movimientos. «¡Genial, ahora soy una amenaza para “mi padre”!». Mi padre pasó de una mirada de fastidio a una indignada, ya sé lo que piensa, “¡estás haciendo un espectáculo!”. Pero no me importa, no me voy a contener. No midió sus palabras y está es la consecuencia. Siempre cree que tiene la razón y no está acostumbrado a que le recriminen. Sonrío para mis adentros, es obvio que no esperaba mi reacción, pero no hay vuelta atrás. «Ninguno dará su brazo a torcer». —Siéntate para continuar la conversación—sisea con la esperanza de que lo escuche, pero al ver que se le sigo manteniendo la mirada se desespera—. Siéntate—vuelve a sisear. «Está por perder la compostura»—. No—digo firme—. Espero una disculpa de tu parte—. Mis manos pasan de la mesa a cruzarse de brazos en mi pecho. —Alton, no es el momento. Sí no… —Sabes perfectamente que no debes expresarte así de mi madre—insisto—y no te importa—. Tomo la misma postura amenazante que él usó para recriminarle a mi madre—. A mí no me importan tus enojos—. Lo reto con la mirada—. Discúlpate, ahora. —Obedece—demanda sin prestarle atención a mis palabras. —Mi intolerancia hacia él se hace presente—. Si crees que, con tu rostro amargado y el siseo de tus palabras, me vas a intimidar—sonrío de lado—. Estás muy equivocado. Mi actitud altanera lo está frustrando, quiere gritar o abofetearme por faltarle el respeto. Quiere imponer su poder sobre mí. Desea con todas sus fuerzas perder el poco control que tiene por el momento y demostrar su verdadero rostro, pero tiene todo en contra. Si se atreve a hacerlo, se expondrá frente a sus trabajadores. Es algo que no se permitirá. —Alton—. Noto como aprieta los puños por unos segundos para contenerse—. Te estoy diciendo…—empieza a elevar el tono de voz. Giro para ver a Mónica, ella está sorprendida. Es la primera vez que me ve discutir con mi padre. Soy consciente de que no es agradable la situación y me siento mal por ella, no debería vivir esta situación en su casa. Suspiro harto, no quería incomodarla. Dejo la postura amenazante por una más tensa, pero con las defensas bajas. Ella no se merece esto. —Lo siento mucho, Mónica, por arruinarte el desayuno—. Me disculpo—. Pero me debo retirar—. Le hago una seña que ella entiende a la perfección. Acomodo la silla en el lugar donde se encontraba anteriormente y vuelvo a mi habitación. Él y todos los presentes están estáticos en su posición, atónitos por cómo ha terminado esta primera guerra. Camino a paso decidido hasta la puerta del cuarto y cuando la cierro por fin suelto el aire que mis pulmones guardaron durante todo este tiempo. No pasan muchos minutos hasta que escucho como la puerta principal es azotada, claramente “mi padre” se había marchado. Era el primer día en casa, conviviendo, y las cosas iban mal. ¿Qué se supone que haremos los 30 días restantes? Suspiro cansado, me recuesto en la cama y cierro los ojos para controlar mi fastidio. Mi enojo sigue presente, pero de a pocos va disminuyendo gracias al agotamiento. Debo agradecer el desgaste mental que presenta una pelea con él. No sé el tiempo exacto por el que me quedé dormido, pero despierto con el sonido de mi estómago hambriento. «Somos dos». Pero me niego a salir, no quiero encontrarme con los trabajadores de “mi padre”. No me siento cómodo con extraños, y ahora estoy rodeado de ellos. La confianza es algo que ya no puedo dar con facilidad. La última vez que vine a su casa era solo de ellos dos, ¿en qué momento agregaron 50 personas más como parte de la familia? —Suspiro—. «Claro, ahora es un empresario conocido»—. Vuelco los ojos—«. ¿Cómo no tendría a alguien que lo atienda?» Mi estómago vuelve a sonar sacándome de mis pensamientos sarcásticos sobre “mi padre”. Debo comer algo o moriré de hambre. Vuelvo a suspirar y me pongo de pie, voy al baño y, deseoso de liberarme de mis problemas, me meto a la ducha. El agua que cae sobre mi piel es la mejor solución para el infierno que será vivir con él. Al terminar mi relajo vuelvo a mi cama, pensando qué ponerme. Al final decidí unos jeans clásicos, un polo manga corta y unas zapatillas, lo más rápido que encontré en mi armario. Salgo de la habitación como si estuviera a punto de cometer un crimen, camino hasta la puerta principal con sumo cuidado y al llegar cojo las llaves que están en el centro de la mesa. «Libertad»—grita mi cabeza con euforia. Estoy a punto de salir cuando una voz detrás de mí pregunta: —¿Te escabulles? Nota: ¡Hola mis queridos lector@s! Antes de iniciar mi comunicado me gustaría disculparme por la tardanza en la publicación de los capítulos, estas semanas han sido complicadas en la universidad. Me encuentro a 3 semanas de culminar este ciclo universitario y ansiose de que lleguen las vacaciones, tenía planeado un gran proyecto relacionado a la publicación de capítulos y publicaciones en i********: por el mes de la comunidad, pero como verán se me complicaron los tiempos. No obstante, igual planeo seguir con el proyecto, a medida que lo vaya avanzando les estaré comunicando por aquí. Gracias a los lectores que permanecen esperando las actualizaciones y bienvenidos a los nuevos, pronto les daré más noticias. Psdt: Recuerden que mis pronombres son neutros, por favor, cuiden sus comentarios. Saludos, M Weis.
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