Termino de comer y me dirijo a mi cuarto, estoy lleno y quiero aprovechar el tiempo para llamar a mamá. Estoy llegando a la puerta cuando aparece la señora que minutos antes me avisó del almuerzo. Ella me vuelve a saludar de esa manera extraña y me informa que Mónica se ha despertado.
Comprendo que aquellas palabras son el pedido de Mónica para que me acerque a ella, teme que la incómoda situación de la clínica permanezca en casa. Suspiro y agradezco la información, indico que en un momento iré y entro a mi cuarto. Tomo mi móvil y llamo a mamá, su dulce voz al otro lado de la línea me reconforta.
―Buenas tardes, cariño―. Sin querer, aquel apodo de mi madre me hace moverme incómodo en la cama―. ¿Estás bien? ―pregunta enseguida.
―Sí, mamá―. Trato de restarle importancia―. ¿Has almorzado?
―Recién lo haré, mi vida―suspira―. Tuve una emergencia que atender.
― ¿Todo bien? ―Ahora soy yo el preocupado.
―Sí, hijo―vuelve a suspirar―. No es grave, solo fue un tema con un paciente―, respira aliviada―, pero todo salió bien.
―Perfecto, mamá―. Sonrío―. Avísame a lo que termines de comer.
―Claro que sí, hijo―. Una leve pausa―. Saluda a Mónica por mí―. Debo obligarme a mantenerme en calma cuando la menciona―. Y tú, trata de disfrutar estos días allá.
―Haré lo que pueda, mamá―prometo y suspiro―. Te extraño―digo en voz baja.
―Yo también, Alton―. La imagino sonriendo triste―. Yo también te extraño.
―Volveré pronto―aseguro.
―Lo sé.
Mamá corta la llamada y una sonrisa triste se forma en mi rostro. Extraño a mamá, más de lo que debería, y solo ha pasado un día. Suspiro y voy al baño, me lavo los dientes y salgo de mi habitación rumbo a la de Mónica.
Escucho un ruido dentro, supongo que está viendo la televisión mientras me espera. Toco la puerta y escucho un suave “pase” al otro lado, respiro hondo y me obligo a sonreír. Mónica está recostada en la cama y, como sospeché, con el televisor prendido. Ella voltea a mirarme y sonríe de vuelta, apaga el televisor y me hace una seña para que me recueste a su lado.
Un debate interno se forma en un segundo, todavía seguía fresco aquel apodo en mi cabeza, pero ella me mira atenta. Mónica me conoce desde que tengo 6 años, es alguien que quiero y en quién confío, pero nunca la podría considerar como una madre para mí.
«Solo tengo una madre».
A ella le costó dos años tener una estrecha relación conmigo y ahora que pasa por este momento no quiero incomodarla, pero necesito mi espacio. Aprieto mis labios por unos segundos y, muy en contra de mis sentimientos, me acerco a ella con la misma sonrisa de siempre.
—Alton―me llama. Sé que nota la distancia, pues en lugar de sentarme a su lado, me quedo de pie―. ¿Estamos… bien? ―Me tenso al escuchar sus palabras, no quiero mentirle, pero decirle la verdad sería muy doloroso―. Por favor―, suplica―, no me mientas.
―Respiro hondo y asiento―. Estamos bien―confirmo para su tranquilidad―. Pero… ―su sonrisa titubea―no me gusta que uses apodos “cariñosos” ―, hago énfasis en la palabra para que comprenda a lo que me refiero―, conmigo.
Mis palabras son un poco duras y frías, pero prefiero aclarar este punto antes de que ocurra algún malentendido. Ella comprende por qué lo digo, sabe que no es por ser cruel con ella, pero hay cosas que no puedo permitirle, más que por mi comodidad, por la de mi madre y hermana.
―Ella sonríe triste―. Lo siento mucho, Alton. No lo dije con la intensión de incomodarte, solo… solo salió.
―Lo sé, no te preocupes.
―Respira hondo y vuelve a sonreír como siempre―. Te quiero como a un hijo, Alton, y espero que sepas que nada cambiará el cariño que tengo hacia ti.
―Sonrío, esta vez una verdadera sonrisa―. Yo también te quiero, Mónica, así que me alegra que tu cariño hacia mí no se vaya.
Ella toma mi mano y la aprieta, el ambiente está más tranquilo, ahora sí puedo sentarme a su lado. Mónica se recuesta en mi hombro y cierra los ojos, yo permanezco quieto, ella necesita descansar. Se queda dormida por lo menos por unos quince minutos y cuando despierta se recuesta en el respaldar de la cama.
— ¿Todo ha ido bien con tu padre? ―Se anima a preguntar por fin.
―Deberíamos redefinir bien―digo sarcástico.
―Alton…
―Suspiro―. Pues solo vino a dejarnos y salió, así que no hemos tenido tiempo de llevarnos mal.
―Asiente―. Entonces ha estado bien.
―Ni tanto―vuelvo a suspirar―. Hablaré con él en la noche, a lo que llegue.
—Ella me mira extrañada―. ¿De qué hablarán?
―Me encojo de hombros―. Ni idea, pero pidió que habláramos.
Se queda unos minutos en silencio, parece encerrada en sus pensamientos, hasta que dice:
―Por favor, evita pelear con él.
«¿Es eso posible?» ―Sin embargo, no puedo decirle eso―. Haré mi mejor esfuerzo―. La tranquilizo―. Tú no te preocupes por eso.
Ella sonríe, coloca su mano sobre su vientre y lo acaricia con cariño. Me quedo mirándola en silencio, está feliz con el embarazo y no puedo negar que estoy igual. Siempre quise ser el hermano mayor, pero nunca deseé que a costa de la estabilidad de mamá y Libby.
«Esta noche será larga».
El resto de la tarde la paso con ella, le emociona ver películas cursis románticas, pero no pienso objetar, solo la quiero acompañar. Ella se queda dormida en la segunda película y decido irme a mi habitación.
Voy a mi cuarto de estudio y me siento en la silla del escritorio, pensativo. Mi decisión sobre mis estudios sigue intacta, pero la estancia aquí no sé si me permitirá volver a mi rutina. Sacudo la cabeza para apartar mis pensamientos y vuelvo a concentrarme en mi objetivo.
Busco en mi carpeta del Drive el syllabus del examen de admisión de la universidad y el PDF del libro de matemáticas. Resuelvo algunos ejercicios de matemática básica en la libreta que “mi padre” dejó aquí, a punto en mi celular que debo comprar un cuaderno para estudiar.
“Mi padre” llegó a las siete de la noche, pero fue a ver a Mónica hasta la hora de la cena. Comimos juntos, para mi desagrado, y a las nueve salimos al jardín trasero a conversar. Él se sienta en una de las sillas que se encuentra de espaldas a la casa y yo al frente.
Estamos en silencio, nos miramos como si nos retáramos, pero ninguno habla. Mi padre toma la postura intimidante hacia mí, sus ojos fijos en los míos con cierto desprecio y orgullo, tiene las piernas cruzadas de manera abierta, el codo apoyado en la pierna y el puño cerrado en el mentón.
Estoy incómodo y ansioso, mi pierna lucha contra mí para moverse, pero logro evitarlo. Me enderezo en la silla, pero sigo sin tomar una postura amenazante, solo espero que comience a hablar.
«No me interesa pelear con él, no me importa lo que tiene por decir, solo quiero acabar con esto de una vez».
Respiro hondo para evitar demostrar mi desespero y él parece orgulloso de lograr aquello. Volteo los ojos, cansado, me estoy aburriendo del comportamiento infantil de “mi padre”.
― ¿Vas a hablar o nos quedaremos mirándonos toda la noche?
―Podrías ser menos hostil.
―Y tú disminuir tu altanería―. Sonrío sarcástico―. Pero parece que para ti es imposible, ¿no?
―Como siempre―. La sonrisa que aparece en su rostro finge ser divertida, cuando realmente demuestra su desprecio por mí―. Directo, distante, frío y con un mínimo de respeto.
«Primer golpe».
―Tengo que respirar hondo para controlar mi enojo y no responder como a él le gustaría—. Aprendí del mejor―, respondo con la misma sonrisa que él―, el respeto es más importante que el afecto.
Mi padre se sirve un vaso de Whisky, pero pude notar como una vena salta en su frente. Empezamos con una pelea suave, faltas de respeto ocultas con palabras bonitas. Qué ironía que estemos frente a frente y atacando de la misma forma.
«Primer ataque».
—Entonces aprendiste bien―. Otra vez sus aires de superioridad―. El sentimentalismo es la peor opción.
«Segundo golpe».
—Lo sé, por eso es mejor olvidarse de la familia y concentrarse en sus objetivos.
«Segundo ataque».
― “Mi padre” entrelaza sus dedos y los hace crujir. Di en el blanco y él lo sabe—. No se trata de olvidarse de la familia, sino enseñarles a comportarse―suspira―. Es necesario que tanto los hijos como las esposas sepan cuál es su lugar―. Sus ojos están fijos en los míos―. Solo deben escuchar a su padre y obedecer sin objetar.
«Tercer golpe».
Una sonrisa hipócrita se forma en su rostro, sabe que sus palabras me molestan, las ha dicho con esa intención. Es un reto silencioso entre ambos, a ver quién explota primero. Esta conversación parece un terreno de guerra, llena de explosivos y en la cual debes caminar con cautela para evitar morir.
Aprieto los puños con fuerza, al punto que siento que se me empieza a cerrar la circulación. Muerdo mi labio inferior con fuerza, para evitar soltar algún comentario que pueda hacer explotar este campo minado. “Mi padre” sigue retándome con la mirada, está seguro de que no podré contenerme y, en cierta medida, tiene razón.
«No te permitiré…»
***
A los chicos y a mí nos llevaron a la dirección, los padres de Ale y Kevin los recogieron, pero mamá estaba de turno y no pudo venir. Libby estaba en su universidad, no se podía hacer cargo de mí, solo me quedó esperar a mamá.
Vi como mis amigos eran regañados por sus padres, cada cual más decepcionado, pero sabía que no eran sus culpas. Traté de acercarme y pedir disculpas, pero tanto Ale como Kevin se negaron, ellos hablarían con sus padres, yo no debía preocuparme.
Me quedé sentado en las sillas afuera de la oficina del director con la mirada en el suelo. Movía mis piernas hacia adelante y hacia atrás, mientras apoyaba mis manos en el asiento para balancear mi cuerpo.
Estaba concentrado en los movimientos de mis piernas hasta que vi unos pies frente a mí. Eran unas zapatillas antiguas, no encuentro la palabra perfecta para describirlas más que extravagantes, demasiado para mi gusto.
Aquello se me hizo extraño, no había muchas personas a esta hora en el colegio, ya había pasado por lo menos treinta minutos desde que habían terminado las clases.
―Disculpe, ¿podría…? ―Levanté la mirada y me encontré con su sonrisa―. Mike… ―susurré.
―Asintió―. Hola, campeón.
Llevaba su sonrisa clásica de lado, sus audífonos siempre alrededor de su cuello y el celular en el bolsillo delantero del jean, lo sabía porque veía como de este salían los cables de los audífonos.
― ¿Qu… qué haces aquí? ―No traía el casco de su motocicleta, había venido caminando, algo no muy común en él.
―Pues, parece que alguien se metió en problemas.
Bajé la mirada, avergonzado, no lograba entender por qué ni cómo estaba aquí, pero antes de que pudiera hacer otra pregunta, el director salió. Miró de pies a cabeza a Mike, seguro juzgándolo, él todavía era joven, no era nada en comparación a un hombre adulto.
― ¿Usted es el señor Porter?
―Asintió orgulloso―. Ese mismo―. Sonríe mientras muestra sus dientes.
―El director vuelve a barrerlo con la mirada―. De acuerdo―, se nota que no está contento con Mike―, adelante, por favor.
―Está bien―. Coloca una mano en mi hombro y me da una sonrisa tranquilizadora―. Tranquilo, campeón, en unos minutos nos vamos.
Asiento y veo como él ingresa a la oficina del director. Me encuentro cerca, lo que me permite escuchar con claridad la conversación. El director está contándole todo lo ocurrido a Mike y yo no puedo evitar volver a bajar la mirada.
«Él debe estar tan decepcionado de mí».
―Cuando Mike sale, coloca una mano en mi cabello y lo revuelve para que levante la cabeza―. Listo, campeón―. Vuelve a sonreír―. Es hora de irnos.
Ambos salimos del colegio, yo todavía con la cabeza gacha, no quería mirarlo. Esperaba su regaño, que por alguna razón no llegaba, pero no podía preguntar. Al llegar a la avenida, giré a la derecha y él me detuvo de la mochila obligándome a retroceder.
― ¿A dónde vas? ―preguntó divertido.
― ¿A casa? ―pregunté más confundido.
―Negó―. Antes debemos ir a otro lugar―. Me miró―. ¿Te parece?
―No puedo objetar―susurré.
― ¿Por qué no?
―No podía creer que de verdad me preguntara eso, lo miré extrañado―. ¿Por qué tú me has ido a recoger?
―Eso no impide que puedas elegir.
―Pe…
― ¿Quieres ir conmigo a otro lugar?
Lo pensé por un segundo y acepté, él volvió a sonreír y retomamos el camino. Mike me llevó hasta la heladería más cercana, sorprendiéndome más de lo pensado. Él entró como si nada y esperó a que lo siguiera, yo seguía confundido, pero obedecí.
Mike pidió dos helados para nosotros, uno de vainilla con cubierta de chocolate en un cono y uno de lúcuma en un depósito. Luego, salimos de la heladería, pensé que nos sentaríamos en las bancas de afuera del lugar, pero no.
Volvimos a caminar, mientras comíamos nuestros helados, hasta una colina que estaba a unas cuadras de la heladería que permitía ver la ciudad. Uno de los pocos atractivos turísticos que tenía Mitsakis, nuestra ciudad natal.
Mike tomó mi mano para ayudarme a subir hasta la cima de la colina, aun con el helado en mano, y nos sentamos en la banca. Él se sentó a mi lado y espero paciente a que terminara de comer.
― ¿Por qué estamos aquí? ―pregunté cuando terminé.
―Porque la vista es bonita―. Estiró las piernas y colocó sus brazos detrás de su cabeza―. ¿No lo crees?
―Sí, lo es, pero…
Bajé la mirada, no entendía por qué no me interrogaba o regañaba. Habían llamado a mi madre por una pelea, los padres de Ale y Kevin los habían retado, pero él estaba muy tranquilo.
―Pregunta, Alton―. Cerró los ojos―. Si quieres saber algo, debes preguntar.
―Asentí―. ¿Por qué no dices nada? ―Él no se inmutó y volví a preguntar―. ¿Por qué no me regañas?
― ¿Por qué lo haría?
―Pues… llamaron a mamá, tú fuiste a recogerme… No… no entiendo por qué no…
― ¿Gano algo regañándote? ―preguntó despreocupado.
―No… no lo sé, pero los padres de…
―Mi tío y el padre de Kevin no los regañaron por pelear―aclaró y, por fin, abrió los ojos―. Los regañaron por no decir la verdad.
―Me quedé helado con la respuesta, nuevamente no entendía sus palabras―. ¿A qué te refieres?
―Ustedes no son de pelear porque sí, Alton―suspiró―. Cada que han sido llamados a la oficina del director ha sido por peleas justificadas―, sopesó sus palabras y continuó― dentro de cierta forma―, volvió a suspirar―, pero es curioso que justo en esta pelea ninguno haya dicho la razón.―. Clavó sus ojos en mí.
―No hay una razón―. Aparté la mirada―. Solo nos caía mal ese chico y decidimos…
―Alton, no te conozco de ayer―, me interrumpe―. No eres la clase de chico que le gustan los problemas―. Se acomodó en su lugar―. Tú y yo lo sabemos.
― ¡No hay una razón, Mike! ―Alcé la voz.
Él suspiró y asintió, no comentó nada más, solo se quedó en silencio y miró la puesta del sol. Yo mantuve la mirada en el suelo, no me atrevía a mirarlo después de levantarle la voz de esa manera. Mike no se merece que lo trate así, lo sé, pero no puedo decirle, no me siento capaz de hacerlo.
―Quiero volver a casa―pedí.
―Respiró hondo―. De acuerdo―. Se encogió de hombros―. Si es lo que quieres, no puedo detenerte.
Ambos nos pusimos de pie, dispuestos a irnos, pero mientras él avanzaba, yo me quedaba en mi lugar. Él giró a mirarme con cierta preocupación y yo apreté los puños. No me pude contener más y empecé a llorar, las lágrimas corrían por mis mejillas y él no dudo en abrazarme.
Se quedó a mi lado hasta que me calmé y, cuando todo pasó, nos volvimos a sentar. Nos quedamos en silencio, él esperaba que yo hablé. Tomó mi mano para demostrarme que estaba conmigo, lo miré y él me sonrió con cariño.
―Para la presentación del día del padre―, comencé a contar―, los chicos y yo queríamos hacer un número, una declamación de un poema que hicimos en clase―. Él me secó unas lágrimas que todavía rodaban por mis mejillas―. Será la primera vez que sus papás podrán asistir, los dos juntos, y queríamos preparar un número especial―. Cerré los ojos para controlar las lágrimas―. Le dijimos a la profesora y ella aceptó, todo iba bien, pero… pero ese chico… ese maldito…
― ¡Hey! ―me regañó.
―Perdón―me disculpé y volví a abrir los ojos. Él asintió y me animó a continuar―. El problema fue que cuando se lo dijimos, ese chico comentó que yo no debía participar porque mi inexistente padre no iba a asistir―, sorbí mi nariz―, porque él me había abandonado―. Las lágrimas volvieron a caer y él volvió a abrazarme.
Después de aquello Mike se quedó conmigo en silencio mientras me volvía a calmar, puso una canción de los Backstreet Boys, que nunca logro recordar su nombre, para ayudarme. No sé cuánto tiempo estuvimos en la colina, pero ya estaba por oscurecer y él no comentaba nada.
Cuando me sentí mejor, él me llevó a casa y antes de entrar me llamó. Giré a verlo y él me hizo una seña para que nos sentáramos en las escaleras, y así lo hicimos.
―Campeón―. Lo miré―. ¿Te sientes mal por no tener a tu papá?
―Negué―. Mike, “mi padre” no me importa―, respondí tranquilo―. No lo necesito―, sonreí―, te tengo a ti, no lo necesito.
―Él negó divertido y me revolvió el cabello―. ¿Entonces―, volvió a preguntar―, por qué peleaste?
―Porque hizo que se rieran de mí―susurré―. No me gusta que se burlen de mí―. Aparté la mirada―. Me sentí humillado, no me gusta sentirme así―. Lo volví a mirar―. ¿Acaso es justo que me humillen?
―Él suspiró―. Alton, siempre existirá gente a la que le gusta humillar a otros―. Asentí―. No puedes pelear con todos por eso.
―Pero…
―Se las debes devolver―dijo con una sonrisa maliciosa.
― ¿Cómo haré eso? ―pregunté mientras hacía un leve puchero.
―A quién te humille con palabras, humíllalo con actos―. Mi rostro debía reflejar confusión, pues él rio y agregó―, cuando una persona te humilla, espera una reacción negativa de tu parte, pero, ¿qué pasaría si en su lugar respondes con un comportamiento cordial y educado?
***