―Me acerco a él, con un poco de mi guardia baja y saludo―. Hola―, una sonrisa amigable se muestra en mi rostro―, ¿puedo quedarme contigo un minuto?
―Él por fin me mira, sus ojos se clavan en los míos, sé que no he pasado desapercibido―. Hola―, responde y me devuelve la sonrisa―. Sí, claro. No hay problema.
Él vuelve a mirar al grupo de chicos que están frente a él, pero noto por los rabillos de los ojos que me revisa de pies a cabeza. Me muevo un poco para comprobar mi teoría y sí, acerté. Sus ojos se mueven a la par que los míos, al punto que se obliga a girar para mirarme fijamente.
Sigue atento a mis movimientos hasta que me detengo y sonrío, él muestra una sonrisa cordial y vuelve a su posición inicial. Él es cauteloso y analítico, no se siente confiado con nosotros, pero no parece ser por tímido ni miedoso.
El recuerdo de la primera vez que conocí a Ale vuelve a mí, siempre alejado y silencioso, pero un gran observador. Una sonrisa sincera aparece en mi rostro, lo que le llama la atención y se gira para concentrarse en mí. El cambio de postura involuntario de ambos es notorio.
— ¿Te parezco gracioso? ―pregunta con cierta diversión en su voz.
―Gracioso no es la palabra que usaría para describirte.
― ¿Entonces? ―Alza una ceja―. ¿A qué viene la sonrisa?
―A recuerdos―, contesto restándole importancia.
―Respuesta interesante.
―No tanto como tú.
― ¿Te parezco interesante? ―Asiento y él se acerca a mí, despacio y no tan cerca como para invadir mi espacio―. ¿Es por eso que te acercaste?
―Si buscas una respuesta sencilla―. Lo pienso unos segundos para intrigarlo y contesto―, pues sí.
―No me gustan las respuestas sencillas―. Otra vez la sonrisa divertida―. Me gusta la honestidad, lo real y directo.
―Asiento y me apoyo en la pared, pero mi mirada se posa en el grupo de chicos―. Entonces te diré―. Lo veo asentir y espera mi respuesta con ciertas ansias―. No estás intimidado por la situación, solo demuestras desinterés, pero analizas a todos―. Vuelvo la vista a él―. Has observado a todos desde que llegaste, pero, por alguna razón, solo te llamó la atención este grupo―. Lo pienso un poco más y agrego―, quizás encontraste al hipócrita.
—Interesante deducción―. Se nota la sorpresa en su voz―. Esto implica que me has estado analizando, así como yo a los chicos.
―Niego―. No, solo reconozco a las personas cautelosas, más en este tipo de situaciones.
—Eres perspicaz.
—No más que tú.
—Esto será interesante.
La conversación continuó por unos largos minutos y logró captar la atención del chico que estaba en el mueble. Él se acercó y habló con nosotros por un tiempo más, por momentos sentí la mirada del líder del otro grupo, pero no hice nada. Solo faltaban dos chicos más, sería difícil acercarlos, pero debía intentar.
«Un buen líder no deja solo a sus compañeros».
Le dije a los chicos que me esperarán unos minutos y ambos asintieron, aunque sabía que el primero al que me acerqué sospechaba de mi plan. Caminé hasta el chico de la ventana y me detuve a su lado, también miré la calle.
―No me interesa interactuar con ustedes―, dijo antes de que siquiera le preguntara.
― ¿Puedo saber el motivo?
―No estoy interesado en tener charlas banales.
―Comprendo―. Me quedé en silencio.
― ¿Solo eso viniste a decir? ―Asentí―. Ridículo―, susurró―. Entonces márchate y déjame solo.
―Antes de irme―. Él esperó en silencio para que complemente mi idea―. ¿De verdad no quieres estar con nosotros?
―Puso los ojos en blanco―. No vinimos a hacer amigos, solo haremos negocios―, bufó―. ¿Por qué quería acercarme a ustedes?
―No necesitas hacer amigos―, respondí como si la respuesta fuera obvia―, pero creo que será menos pesado asistir a estas reuniones si puedes entablar una conversación cordial con alguien y no mantenerte aislado de todos.
Después de decir aquello me alejé y fui a interactuar con el chico de la esquina, sentía la mirada del otro en mí, pero actué como si no me importara. Me acerqué a él y me agaché para estar a su altura, el chico al verme casi salta, pero lo tranquilicé.
―Hola―, saludé para tratar de disminuir su temor―. ¿No te gustaría acercarte a nosotros?
―Él apartó la mirada, nervioso―. Yo… yo no creo que…
―Disculpa―, dijo uno de los chicos del otro grupo―. ¿Acaso viniste a buscar pareja?
―Respiré hondo para evitar contestar y volví a concentrarme en el chico―. No te preocupes―. Lo tranquilicé―. No es necesario que hables con nosotros, por lo menos hasta que te sientas cómodo―, le sonreí―, pero es para que no estés solo.
―Yo…
Las risas de nuestros otros compañeros, del grupo que se formó al inicio, inundaron la habitación. El chico frente a mí volvió a clavar la mirada en el suelo y sus piernas se movieron más, estaba asustado, quizás tiene ansiedad social.
―Me puse de pie y extendí mi mano, él levantó la mirada, aún asustado―. Ven conmigo.
Aquel chico me miró dubitativo por varios segundos, que parecieron una eternidad, pero al final accedió. Él era el menor de todos, no pasaba de los 17 años, era claro porque se sentía tan incómodo con nosotros.
Ambos volvimos a nuestro grupo, nos colocamos de espaldas al grupo inicial para evitar que el chico se asustara más. Enseguida se acercó el chico de la ventana y la plática continuó, el menor de todos se quedó en silencio, pero estaba menos asustado que al inicio.
La conversación se volvió amena ahora con cinco personas, ya no estábamos divididos, por lo menos no en tantos grupos distintos. Sabíamos que faltaba un chico, pero ninguno lo había visto.
La hora pasa rápido y ya son las dos y media de la tarde, el mozo aparece indicándonos que podemos acercarnos a las mesas. La felicidad en el rostro de todos es inigualable, ya el hambre nos comía vivos, pero nos limitamos a agradecer.
En las mesas no están los carteles con nombres, los meseros son quiénes nos indican como sentarnos. Dos grupos de tres y uno de cuatro, los platos están en el centro. En mi mesa está el chico al que me acerqué al inicio y uno de los compañeros del grupo que se formó primero.
Un chico de ojos grandes y negros, mirada divertida y sonrisa altanera. Él me mira con desprecio como si fuera lo más bajo que ha visto en su vida. Respiro hondo y me siento al lado de mi compañero, no quiero problemas innecesarios.
Esperamos la orden para comer mientras busco con la mirada a “mi padre”, lo logro divisar en la cabecera de la mesa principal. Nosotros estamos en la esquina, a una distancia prudente de él.
“Mi padre” da unas palabras de bienvenida a los nuevos sucesores, mi compañero comenta algo y yo sonrío, el ambiente vuelve a ser de paz. Unos segundos después vuelvo a escuchar a “mi padre”, su discurso es largo. Cuando termina, todos brindamos y da pase al almuerzo.
—Curioso que el señor Green dé la bienvenida a todos—, comenta el chico de ojos grandes. Siento su mirada en mí, pero no quiero darle importancia—. Cuando hay personas que solo han llegado aquí escabulléndose.
—¿De qué hablas? —pregunta mi compañero mientras da un bocado.
—¿No es obvio? —ríe bajo—. Este chico no es más que un hijo de los meseros, por eso llegó tarde—sonríe—. Además—, me mira de pies a cabeza—, ¿cómo alguien tan corriente podría pertenecer a nuestro círculo social?
—Me preguntaba si tus neuronas funcionaban―, lo mira con tristeza―, qué lástima que demuestres que no.
― ¿Cómo te atreves…?
―Nuestros padres―, continúa―, fueron claros al respecto, pero obviamente tú no entendiste las instrucciones.
—Bufa— Sí, claro, defiéndelo—sonríe—. Es el único que se acercaría a alguien tan inferior como tú.
Mi compañero lo mira con fastidio, aprieta su puño debajo de la mesa con ganas de levantarse y plantarle un golpe en el rostro, no obstante, me giro a mirar al chico y digo:
—Existe la libertad de opinión, pero no significa que estés en lo correcto―. Me encojo de hombros―. Eres libre de pensar lo que desees, a mí no me afecta―. Suspiro―. No soy un niño para pelear por algo tan absurdo como un comentario fuera de lugar y sin fundamento.
―Ahora hablas como una persona elegante―. Aplaude despacio―. Felicidades, puedes seguir con tu fachada.
―Ya veremos quién tiene la fachada cuando sea el momento―. Di un bocado y al terminar, agrego―, de antemano, gracias por demostrar tu verdadero rostro, así en su momento sabré de quién debo cuidarme―. Lo miro y sonrió―. Por favor, cuando te enteres quién es mi padre, mantén tu distancia. A partir de este momento, no te olvidaré―Él bufa y vuelve a su comida.
La mirada de “mi padre” estuvo sobre mí en todo momento, por eso logré controlarme, aunque deseaba dejarle en clara las cosas a ese chico. No obstante, cuando levanto la vista me encuentro con él y, por unos pocos segundos, lo veo sonreír con orgullo.
La reunión termina cerca a las seis de la tarde, toda una tarde perdida. Los adultos son los primeros en marcharse, luego uno a uno los sucesores se despiden y retiran. Es por orden de llegada, se espera que entren a su auto y sale el otro. Esto con la finalidad de evitar que se reconozcan entre ellos.
Soy el último en marcharme, agradezco la comida al mesero que me acompaña hasta la puerta y camino hasta el auto. Por fin puedo respirar un aire de paz y cero competitividades. Subo al auto como veo a “mi padre” hacerlo siempre y cierro la puerta. Todos los autos ya se habían marchado, lo cual agradecí.
“Mi padre” dio la indicación al chofer de activar una luna polarizada que divide ambas partes del auto, luego lo vi colocarse unos audífonos extraños en los oídos y me dio una señal. Al ver que no la entendía, suspira y dice:
―Puedes quejarte todo lo que quieras, solo infórmame cuando termines.
Lo miro confundido, pero al ver que él solo se concentra en su celular, decido acceder. Empiezo a gritar, maldecir, bufar y todo lo que mi cuerpo pide liberar. Estoy molesto, fastidiado y odiando a media ciudad en estos momentos, pero a él parece no molestarle.
Cuando siento que he liberado todo lo que llevo dentro, le toco el hombro, él asiente y se saca los audífonos. Le vuelve a indicar al chofer que desactive la luna polarizada y volvemos a estar en el auto como siempre.
Llegamos a casa a las seis y cuarenta, siento que el chofer manejó más de la cuenta para permitirme desahogar. “Mi padre” se dirige a la habitación para saludar a Mónica y acostarse, por mi parte, decido darme una ducha para liberar tanto estrés.
«Estoy muerto de cansancio».
Salgo para cenar a las siete y media y vuelvo enseguida a mi habitación a llamar a mi madre y Libby, necesito distraerme y reír por un rato. Mi hermana no sabe que estoy en casa de “mi padre”, le pedí a mi madre que no se lo diga.
«Le temo al demonio que se convertirá si lo sabe».
La conversación termina a las nueve de la noche, estoy agotado y deseo dormir, pero todavía no tengo el sueño suficiente como para tocar cama y cerrar los ojos hasta el día siguiente. Decido llamar a mis amigos y terminar la noche con personas que si me agraden.
La charla con Kevin y la parejita es divertida, ver a Ale tan embobado con alguien es digno de admirar. Entre risa y risa, el estrés del almuerzo desaparece y vuelvo a mi hábitat natural. Como siempre, mi querido Ale se burla de mí “firmeza” al responder un insulto tan básico como el del chico de ojos grandes, pero las risas continúan.
Cuando hay un poco de silencio, Aiden me mira curioso y Ale le pregunta:
― ¿Qué pasa?
―Tengo una duda, pero…
―Dila―, contesto calmado―. ¿Qué ocurre, chico?
―Por favor, no te lo tomes a mal.
―Claro que no, niño―. Sonrío―. Dime.
―Tú, ¿no te sientes solo allá?
―Kevin mira al chico y luego a mí, la pregunta es sorpresiva, pero ansiaba que la hicieran. Sonrío con tristeza y asiento―. La verdad sí, no saben cuanto desearía que ustedes estén aquí.
―Alton… ―La voz del niño es suave, como si quisiera llenar aquel vacío con ese cariño.
―Si lo deseas, puedo viajar―. La seguridad en las palabras de Kevin me vuelve a hacer reír―. ¿Por qué te burlas?
―Porque sabes que no puedes―, suspiro―. Por más que lo desee, él que ustedes estén aquí solo traería problemas.
― ¿No hay nadie con quien puedas salir o distraerte? ―pregunta Ale, también preocupado.
―Solo me relaciono con los sucesores―, suspiro de nuevo―, y no es por ser desgraciado, pero como que no deseo tenerlos de amigos.
― ¿Tan malos son?
―La pregunta de Aiden me hace pensar en qué responder―. No lo sé―, respondo con honestidad―, pero no siento que sea buena idea ser amigo de alguno de ellos.
―Bueno, recién llevas una semana ahí―. Ale intenta animarme.
―Quién sabe―, lo sigue su novio―, cuando menos lo esperes, quizás conozcas a alguien.
―Por lo menos para pasear, no es necesario que sean amigos―. Kevin lo dice para no presionarme a buscar a alguien, quiere que lo tome con calma.
―Gracias, chicos, pero no sé si estoy listo para hacer nuevos amigos―, bostezo―. Bueno, chicos, gracias―. Sonrío de nuevo―, pero debo ir a dormir.
― ¡Descansa! ―dicen Ale y Kevin y cortan.
Dejo el celular en mi mesa de noche y antes de poder apartarme, este vuelve a sonar. En la pantalla aparece el nombre de Aiden y contesto con cierta preocupación.
―Chico, qué fue.
―Alton―, me habla él con ternura―, no debes buscar a alguien para hacer amigos. Las mejores personas llegan sin buscarlas―. La seguridad de sus palabras me reconforta y puedo imaginar porque lo dice.
― ¿Ale llegó sin buscarlo?
―Sí―, responde en un susurro―. Descansa―, ríe y corta.
«Descansa, chico».