Después de mi sentencia vuelvo a mi habitación, pero él se queda perplejo, quizás procesa mis palabras. Cuando estoy cruzando el largo pasillo, lo escucho llamarme por unos minutos, pero lo evito y cierro la puerta.
Él llega hasta esta y la toca, primero despacio y va aumentando la intensidad, hasta que comprende que no le abriré y se retira. Es recio, pero sabe que esta pelea ya la perdió. Siempre le gusta jugar a ganar, pero no puede competir con sus hijos.
«Estoy agotado, no quiero más conversaciones por hoy».
Me pongo el pijama, después de un baño para desahogarme, y me recuesto en la cama. Doy vueltas en esta hasta hartarme y me quito las sábanas, enfurruñado. Miro mi celular, llevo una hora intentando dormir, sin éxito claro está.
Frustrado, me levanto y voy a la ventana, quizás el cielo estrellado podría darme paz. La abro y me siento en ella, la noche es fresca de nuevo y me hace feliz mirar las calles vacías. La paz que me trasmite me recuerda a casa cuando desde mi ventana veo el parque frente a mí.
Son cuarto para las doce, he mirado las calles por casi una hora. Sigo cansado, los ojos me pesan y quiero dormir, pero la nube gris en mi cabeza me lo impide. Vuelvo la vista al cielo, la luna resplandece y muestra su majestuosidad, me ayuda a aliviar mi fastidio.
Mi cabeza divaga en viejos recuerdos con los chicos, las noches de campamentos y las historias de terror. El ambiente vuelve a envolverme en felicidad y añoranza. Una sonrisa se dibuja en mi rostro y puedo suspirar sin pesar, todo hasta que aquellos pasos se vuelven a escuchar.
Mi vista se dirige de inmediato a ellos, necesita identificar quién se acerca para recobrar la tranquilidad. Aquella figura se vuelve a detener debajo del poste de luz parpadeante, el chico vuelve a estar frente a mí.
Trae consigo una bolsa y un plato de mascotas, por ratos logro divisarlo. Se agacha y prepara la comida, luego llama al minino y permanece con él alrededor de veinte minutos. Después se marcha, se esfuma de la misma forma en la que apareció.
***
Mi primer día después de la conversación no ha sido tan horrible, como pensé que sería. Me explicó las reuniones a las que asistiré y las personas que vendrán, me dijo que debíamos comprar ropa y prepararme para las presentaciones.
Por la tarde me lleva a su sastre favorito, para tomar las medidas y todo lo necesario para los "trajes elegantes", y al regreso me permite comprar mi cuaderno. No hace preguntas, lo cual agradezco, pero si me pide que me apure en las compras.
En casa, Mónica me pregunta por "nuestra salida padre e hijo", soy obligado a admitir que pudo ser peor y ella sonríe. "Mi padre" ha vuelto a la oficina después de dejarme, me da mi espacio para acostumbrarme a su presencia.
«Mentira, solo quiere evitar las peleas».
Al día siguiente me presenta a sus trabajadores, todos ellos. Dice que están a mi disposición, para mí es incómodo escuchar aquello, aunque ellos parecen tranquilos con sus palabras. No logro entender esta necesidad de tener tantos trabajadores en casa, sin embargo, no pienso preguntar.
En la noche me habla de las bebidas, no para consumo en fiesta, sino las que deberé consumir en estos eventos. No logro entender todos los nombres extraños que menciona, solo conozco el Vino, Whisky, Champagne y Cerveza, mi favorita.
— ¿Has comprendido? —pregunta al finalizar y debo obligarme a mentir, no aguantaré otra hora más.
El miércoles tenemos cita médica para la revisión de Mónica, no puedo entrar por obvias razones, pero me muestra la ecografía. El jueves recogemos los trajes y el viernes por fin un día para mí.
«¡Por fin!»
Paso toda la mañana y tarde en el estudio entre cuadernos, por la noche me siento en la ventana a ver la calle junto con una tasa de café. Está todo en silencio y vuelvo a ver al chico, permanezco en mi lugar, lo he visto tantas veces que sé que no se acercará.
***
Sábado por la mañana y el tiempo pasó rápido, ya es la primera presentación oficial de los sucesores en la asociación. El primer evento importante en el que debo causar una buena impresión y socializar con diez hijos de extraños.
«"¡Hurra!"»
Estamos a una hora de salir, pero sigo alistándome. Mis manos sudan, consecuencia de mi inquietud, no quiero convivir con extraños, es desagradable. Necesito tranquilizar mi mente, termino de alistarme y salgo a esperarlo, pero no está en la sala.
Voy a buscarlo a su habitación, pero la conversación entre él y Mónica llama mi atención, ambos están nerviosos por lo de hoy. Suspiro y decido salir de casa, no me ayuda estar en ese espacio tan estresante en estos momentos.
Camino hasta un acantilado cerca a unas cuadras de la casa de mi padre, me siento en el muro a mirar hacia abajo. Mi cabeza es un lío con esta situación, no sé cómo manejarla. No soy introvertido, pero mi extroversión no parece funcionar hoy.
Vuelvo a suspirar, la presión en mi pecho aparece, ya se había tardado. Juego con mis piernas para disminuir la ansiedad que empieza a hacer acto de presencia, por lo menos hasta que siento una bola de pelos que se soba contra mi costado.
Salto en mi lugar al sentirla y giro asustado, sin embargo, me tranquilizo cuando veo al pequeño gatito. Siento una extraña sensación de haberlo visto antes, pero no recuerdo exactamente dónde.
Lo cargo con cuidado y él me lo permite, lo coloco en mis piernas y lo acaricio. Aquel pequeño no objeta, solo se deja acariciar como si estuviera necesitado de contacto humano. Curioso, este gato me entiende mejor que yo.
La ansiedad desaparece de a pocos, otra vez siento la energía y fuerza necesaria para enfrentarme a los buitres. Cargo al gato con suavidad y lo acerco a mi rostro con la seguridad de que no me lastimará.
—Tú, pequeño, debes ser mi gato de la suerte.
Este pequeño abre la boca y maúlla como si hubiera entendido mis palabras, la sonrisa es notable en mi rostro. Acerco su pequeña y rosada nariz a la mía y cierro los ojos para disfrutar de esta sensación tan agradable.
Su nariz fría con la mía caliente da una sensación de relajación que vuelve a traer paz a mi mente. Amo a los gatos y ahora este pequeñín me ayudó. Solo deseo que esto sea una señal de que todo irá bien hoy.
Mi celular suena unos segundos después y me obliga a bajar al gatito. Este pequeño animalito corre en dirección a mi casa, un impulso me hace seguirlo, pero me freno al instante por mi celular que vuelve a sonar.
Lo saco de mi bolsillo del saco y reviso, la hora se muestra en la pantalla junto con el nombre de “mi padre”.
«Una de la tarde, me van a matar».
— ¿Dónde estás? ―Es lo primero que pregunta apenas contesto.
—Salí a caminar―. Lo escucho suspirar al otro lado de la línea y no puedo evitar voltear los ojos―. Ahora voy.
—Date prisa―, dice en un tono fastidioso―, debemos salir.
―Corto la llamada y suspiro―. «Resignación, resignación».
Retomo mi camino de vuelta a casa y encuentro a “mi padre” con Mónica y el chofer en la puerta, todos me esperan. Mónica no puede acompañarnos, todavía necesita descansar y si se extiende la reunión ella no podrá retirarse.
«Según él: “es de mala educación que alguien se retire antes de que el evento termine”». ―Vuelvo a suspirar―. «No puedo entender estos modales».
Me acerco a ellos y saludo cortés, el chofer responde de la misma forma y Mónica me sonríe, pero “mi padre” se limita a observar mi vestimenta y resoplar. Respiro hondo para contener mi impulso de poner los ojos en blanco.
— ¿Por qué tienes pelos de animal en el traje? ―pregunta con notorio desagrado.
— ¿Ah? —Bajo la mirada y encuentro los pequeños pelos del gatito—. Ah―, respondo al caer en cuenta―, es que acaricié un gato―. Mi respuesta parece muy obvia, como si me burlara de él. “Mi padre” muestra su rostro molesto y continúo explicando―. Debieron caérsele algunos pelos cuando lo cargué.
— ¿Por qué tocas a un animal de la calle? ―pregunta con desprecio.
No entiendo el repudio que siente por el gato, pero me molesta su tono, sin embargo, me es imposible responder. Mónica me mira preocupada, sabe que la respuesta de "mi padre" me genera enojo, pero me contengo.
—Suspiro—. Solo son unos pequeños pelos, ahora me los quito y listo—. Trato de disminuir el problema, pero él insiste.
— ¿Y si no te quitas todos los pelos de ese animal? —Su rostro está serio—. ¿Cómo se te ocurre tocar a un animal cuando tenemos una reunión tan importante? —Su tono de voz se eleva—. ¡¿Por qué no...?!
—Cariño, —lo interrumpe Mónica—, entiéndelo—. Coloca su mano en mi hombro y sonríe con dulzura —. Solo está nervioso—. Me defiende, muy a pesar de "mi padre—. No coloques más peso en sus hombros—. Lo regaña con la mirada.
Mónica le pide al chofer que entre a la casa y le pida a la señora de limpieza un rodillo que compró hace unos días. Él hace lo que se le ordena y al volver se lo entrega, ella sonríe a "mi padre" y me lo entrega.
—Con esto podrás sacarte esos pelitos rápido, no te preocupes.
—Le devuelvo la sonrisa—. Gracias, Mónica.
"Mi padre" sigue molesto, pero no agrega nada y le permite a Mónica dar las órdenes. Se para a un lado del carro para darnos espacio y ella me ayuda a sacarme algunos de los pelos.
—Por favor, te encargas de bajar este objeto del carro—. Le indica al chofer después de ayudarme—. Puedes terminar en el auto, no te preocupes—, me dice a mí.
—Sí, señora—responde el chofer.
—Está bien—digo y le doy un beso en la mejilla de despedida.
Nos despedimos de Mónica y subimos al carro, el chofer nos cierra la puerta y se acomoda en su asiento. “Mi padre” va a mi lado, revisa su celular mientras permanezco nervioso. Termino de sacar los pelos del pequeño gato y trato de concentrarme en el camino al restaurante, pero solo siento como la presión aumenta.
Odio ir en carro, prefiero caminar, pero con mi padre es imposible. Soy consciente de que con él no puedo ir a pie, lo he visto estos días, y cada vez que debo estar en el auto debo obligarme a respirar con calma para no tener un ataque de pánico. Sacudo la cabeza para apartar mis miedos, él me mira extrañado y me detengo.
«Necesito salir de aquí».
Respiro hondo, pero el aire no llega a mis pulmones. Hago presión en mis piernas, lo más sutil posible, para calmar mi ansiedad, sin embargo, mi cabeza no para de pensar. Cierro los ojos para tratar de controlarme, pero cuando la situación empeora, decido escribirles a los chicos. Ellos me conocen y quizás pueda ayudarme a salir de esta aterradora situación.
¡Hey!, ¿están? ―Escribo con mis manos temblorosas.
Siempre―, Kev contesta primero―. ¿Qué ocurre?
¡Aquí! ―Ale hace su aparición y sonrió.
«Gracias, chicos». ―Sus mensajes logran disminuir mis nervios y mi respiración se regula, de a pocos, pero lo hace.
Hoy es la primera reunión―. Inserto el Emoji de la cara con los ojos en blanco―. Quiero salir corriendo―. Emoji del hombre que corre.
Relájate, Alton. Todo irá bien―. La seguridad de Ale me hace poner mis ojos en blanco.
No tienes de que preocuparte―. Lo apoya Kevin―. Siempre has sabido comportarte, te irá excelente.
Es diferente―. Me excuso―. Son 10 hijos de personas importantes, son extraños para mí―. Resoplo―. ¿Cómo se supone que me relacionaré con ellos?
Mira, se me ocurre una loca idea―. «Aquí viene el sarcasmo de Ale». ―Podrías saludar con un: ¡Hey!, ¿qué tal?
¡Ale! ―Reclamo.
Alton, debes tomarlo con calma―. «Es fácil decirlo». ―Las cosas fluirán, confía en eso―Ale insiste―. No te comas la cabeza por algo que no puedes controlar. Las cosas pasarán como deban pasar.
La realidad, Alton, es que debes dejar de pensar tanto―. Por fin interviene Kevin―. Este no es un evento social, no necesitas obligarte a agradarles a todo, solo demostrar quién eres sin tener que decirlo.
¿Cómo se supone que haré eso? ―Me rasco el cuello, incómodo en mi lugar―. Estas personas tienen dinero, cierto “status”, que claramente yo no tengo. No tengo nada en común con ellos.
¿Estás de broma? ―Kevin parece indignado en su mensaje―. ¡Tienes todo en común con ellos!
¡Eres hijo del dueño de la empresa más grande del país! ―Agrega Ale―. ¿Cómo no vas a tener algo en común con ellos?
Chicos, yo no sé de esto―. Lo admito―. Siempre he sido una persona normal, no sé como “debe” comportarse el hijo de un gran empresario. Nunca me he sentido como su hijo, cómo se supone que… ―No me animo a completar la oración.
¡Tú siempre has sido el hijo de un gran empresario! ―Quizás, si Kev hubiera estado aquí, me habría tomado de los hombros y hubiera gritado en mi cara esta exclamación―. Solo compórtate como siempre, solo sé el mismo Alton de siempre.
Pero déjales en claro que no eres ningún inferior―. Ale, como siempre, sube mi autoestima―. Tú eres mejor que ellos, así que no permitas que te intimiden.
«El único capaz de hacer eso eres tú». ―Haré lo mejor que pueda―. Mando el mensaje y siento la mirada de él en mí.
—Alton—. Me dice, apenas nuestros ojos se encuentran.
—Veo la urgencia en su rostro, quiere decirme algo, pero no sé qué es―. Dime―, respondo para animarlo a hablar.
—Él duda unos segundos y cuando creo que va a hablar solo dice―, ya debemos de bajar. Guarda el celular.
—Pongo los ojos en blanco y suspiro para mis adentros―. De acuerdo.
Chicos, debo irme―. Espero sus respuestas.
Cualquier cosa escríbenos―. Kevin agrega una carita feliz―. ¡Suerte, AB!
¡Ve con todo y contra todo, gran AB! ―El mensaje de Ale me hace, involuntariamente, reír para mis adentros.
Llevo muchos años sin escuchar aquel apodo tan ridículo de parte de ellos, era la artimaña que usaban para “animarme” cuando era niño. Respiro hondo y espero que el carro se detenga, mi pierna se mueve leve por unos segundos. Mi ansiedad ha vuelto, pero es controlable y lo agradezco.
El chofer baja y se acerca a la puerta de mi padre, la abre y espera que él baje para cerrarla. Sigue el mismo procedimiento conmigo, pero, a diferencia de “mi padre”, agradezco en susurro y el señor asiente, confundido. Al parecer no esperaba un agradecimiento, pero aún no me acostumbro a este comportamiento de superioridad.
“Mi padre” está de pie al lado del auto y cuando me acerco está dispuesto a caminar. Doy un paso al frente, pero él me detiene, lo cual me pone nervioso. Lo miro y él coloca su mano en mi hombro. Aquella acción llama mi atención, “mi padre” nunca ha tenido ningún tipo de contacto físico conmigo, por lo que esta acción repentina no pasa desapercibida.
—Alton―. La seriedad de su voz me hace tomar una postura más defensiva―. Esta es tu primera reunión, pero no permitas que eso te intimide―. Asiento, aunque aún estoy confundido―. Eres un Green-Wood―. Remarca―. Nadie está por encima de ti, recuérdalo.
«¿Trata de animarme?»
Asiento, aunque todavía no estoy convencido de que esta reunión vaya bien para mí. Respiro hondo, de nuevo, y lleno de todo el aire posible mis pulmones. Sus palabras tuvieron un efecto contrario en mí, nervios en lugar de tranquilidad. Cierro los ojos para relajar mi cabeza, él da un último apretón a mi hombro y retomamos nuestro camino.
Mi paso es seguro, a pesar de no sentirme así, mi cabeza en alto con la mirada fija en el frente. Mi espalda recta, rostro serio, pero sonrisa amable. Pasos firmes y a la par de “mi padre”. Cualquiera que nos viera sabría que es “mi padre”, nuestros pies se mueven a una extraña sincronía, incluso impensable, y tenemos el mismo perfil.
«Nariz perfilada, ojos pardos, labios delgados… Copia física exacta el uno del otro».
Aún estoy nervioso, mi corazón bombea con fuerza al punto que puedo oír mis latidos en mis oídos. Mi ansiedad no disminuye, pero no está un nivel tan elevado como para tener un ataque de ansiedad.
«Quiero creer que la puedo controlar».
Ambos nos detenemos en el centro del salón, es momento de separarnos. “Mi padre” debe ir a saludar a los socios y mi deber es interactuar con los hijos. Él gira a mirarme, su porte de CEO de la empresa se revela ante mis ojos, por primera vez lo veo y debo obligarme a no reaccionar ante él.
—Es tu momento―, dice sin apartar sus ojos de mí―. Lleva la fiesta en paz, evita los problemas.
Me molesta que piense que me gusta meterme en problemas, es claro que no me conoce, pero en este lugar no puedo objetar. Aunque no puedo negar que tengo un gran impulso por responderle, pero solo generaría que peleáramos ambos en un lugar tan público.
«Posiblemente, saldría en las noticias, no me gustaría hacerme conocido por ser el hijo rebelde de Enrique Green».
―Debo ir a presentarme―continúa―. Los llamarán en un momento, por lo que, hasta entonces…
—Debo mostrar un perfil bajo―, agrego―, pero no lo suficiente para que me vean como inferior—, suspiro.
—Lo has comprendido bien―, responde con un tono diferente―. Te veré después.
Lo veo marcharse, a paso ligero, y respiro hondo. Debo ir al salón principal, aunque no me emociona la idea. Suspiro por última vez y me dirijo hasta ahí, es un salón amplio y hay nueve personas aquí.
Cinco chicos están en un pequeño grupo ubicado en el centro de la habitación; uno en el mueble que es para tres personas; el otro mira hacia afuera por la ventana; dos personas están apoyados en la pared frente al grupo, uno en la esquina y el otro en el centro.
El que está en el mueble parece aburrido por la situación, tiene la cabeza hacia atrás y mira el techo; sus piernas y brazos están abiertas, como si se hubiera lanzado en el mueble. El que mira por la ventana tiene los brazos cruzados en el pecho y la vista clavada en la calle.
El que está en la esquina parece nervioso, su mirada es fija en el suelo y su pierna se mueve. Está sentado en una silla y sus manos se aferran a ella como si su vida dependiera de ello. El último es el que más llama mi atención, su postura causa cierta curiosidad en mí que no puedo pasar desapercibida.
Está apoyado en la pared por el hombro izquierdo que lo tiene elevado; el hombro derecho está caído; la cabeza apunta a la pared; sus brazos a los lados y tiene una pierna doblada. Mira con desinterés a nuestros compañeros, pero reconozco esa señal. Demuestra seguridad y finge ser uno más, pero analiza a todos.
Sonrío inconsciente, me recuerda a la primera vez que conocí a Ale, él siempre medía a las personas para saber a quién acercarse. Suspiro para mis adentros, solo una vez no les hizo caso a sus instintos y fue cuando todo cayó en picada.
Respiro hondo, sé que debo relacionarme, pero no quiero llamar la atención, sin embargo, si me mantengo en mi posición podría quedarme solo. No es mi mejor alternativa, lo sé, pero todavía no me siento cómodo. Suspiro, debo demostrar, lo más sutil posible, que pertenezco aquí.
Sacudo mi cabeza para alejar ciertos pensamientos que me vuelven loco y fijo mi mirada en aquel chico. Es el único al que veo que pueda acercarme sin que levante las barreras tan rápido, es la pieza clave para llamar la atención de los restantes, y, a su vez, es la mejor alternativa para que los demás puedan interactuar.