Evanya no pudo evitar mirar alrededor. Las escenas tras los cristales eran explícitas, demasiado. En una de las cabinas, una mujer cabalgaba sobre el regazo de un hombre, su cuerpo se arqueaba hacia atrás mientras gemía alto, sin pudor, sin reservas. En otra, dos hombres compartían el mismo cuerpo femenino, moviéndose con una sincronía casi animal. El aire estaba impregnado de sexo, de deseo crudo, y a Evanya le costaba respirar. No era la primera vez que veía algo así; el club, en sí mismo, era un espectáculo constante. Pero nunca había estado así, tan cerca. Nunca había sentido esa electricidad recorrerle el cuerpo recordándole que estaba cruzando un límite invisible. Brennan parecía fascinado. No por el espectáculo a su alrededor, sino por ella. Sus ojos no la abandonaban, observando

