Azran era un hombre que había tenido sexo en la mansión más veces de las que podía contar, muchas a puerta cerrada y otras tantas delante de varios. No tenía pudor, ni puta falta que le hacía. Por esa razón a él no le importaba que las mujeres que esperaban fuera del baño lo escucharan follando. Que los gemidos de Evanya atravesaran las paredes y se colaran al pasillo no era su problema. Al contrario, lo excitaba. La tenía contra la pared de metal, con las piernas de ella rodeando su cintura, hundiéndose en su interior con embestidas secas y profundas que hacían temblar hasta la puerta del baño. —Más fuerte… —murmuró Evanya, con la voz entrecortada y la frente apoyada en su hombro. Azran sonrió contra su cuello, tenía la respiración grave, jadeante. —¿Quieres más? Grítamelo. La levant

