Evanya rio quedito, acariciándole el lomo. “Mi apá casi hace un agujero en el suelo de tantas vueltas que dio en la casa” diría Simon si su lenguaje fuera el mismo. Azran la miró de reojo, serio, con ese gesto que parecía impenetrable, aunque sus ojos azules se detuvieron un instante en la sonrisa de ella. El taxi siguió avanzando, cortando la ciudad. La música del estéreo apenas sonaba, una tonada suave que no encajaba con la tensión que cargaban en los hombros. Nadie habló. El aire estaba demasiado pesado. Evanya se limitaba a acariciar al perro, sintiendo el peso de su cabeza, mientras Azran trazaba círculos pequeños en el muslo de ella. Cuando al fin el coche se detuvo frente al edificio, Evanya soltó un suspiro leve. —Llegamos. Azran pagó la tarifa sin preguntar cuánto. Abrió l

