La siguiente media hora fue caos contenido: cuando el mafioso la sujetó sin delicadeza del cabello, y con un empujón la llevó hasta el asiento trasero de su auto. Jade se retorció mientras el mafioso le colocaba cinta en la boca, para después apretar sus muñecas con la corbata de alguno de los hombres que estaban en la mansión. Sentía el plástico de la cinta en la lengua cada vez que intentaba tragar saliva. El auto se movió y ella contó los árboles por la ventana, las luces neón que se difuminaba, las bocas de los bares que los tragaban. Brennan condujo como si el volante fuese un testigo más de lo que iba a hacer. Miraba a Jade por el retrovisor con una calma que era una amenaza. Había aprendido, en años de jugar con tipos que se creen invulnerables, a no confiar en los ojos de una muje

