Había pocas cosas que Pantera no hacía en la mansión, y besar a las mujeres con las que cogía era una de ellas. No porque no disfrutara de los besos. Azran Ward sabía besar, y lo hacía excelente. Había tenido mujeres que se lo habían dicho entre jadeos, con las piernas abiertas y las manos temblorosas aferradas a su pecho. Pero había algo en los besos que exigía cierta entrega, una rendición sutil que él había dejado de permitirse hacía tiempo. Cuando conoció aquel mundo —el de las máscaras, los cuerpos ofrecidos, la piel como lenguaje y el placer como moneda— entendió que el deseo podía vivirse de maneras mucho más crudas. Más intensas. En ese entorno, los besos eran casi sagrados. Algo íntimo. Algo que Azran ya no ofrecía. Sus labios eran suyos, mientras el placer que podía brindar co

