Narra Sandra
Ya estábamos de regreso de la “luna de miel” y mi ahora suegra no paraba de hacernos preguntas de cómo nos fue.
— ¿Por qué no hay fotos de ustedes dos juntos? — le estábamos mostrando las fotos del viaje y la verdad no habíamos pensado en ello.
— La verdad… — iba a decir lo que ocurrió, sin embargo, fui interrumpida por Cristian.
— La verdad es que se nos olvidó. — así de simple respondió.
— Pues que mal, yo deseaba verlos juntos y felices. — puedo sentir la decepción en sus palabras.
— Lo siento, madre. — que hostil es este hombre.
— Bueno, ya habrá cuando tomen vacaciones. — eso lo dudo mucho.
— Me voy, pero vendré a verlos pronto. — se despide de nosotros y se va.
— No pienso tener vacaciones a tu lado. — digo sin mirarlo.
— No te preocupes. No las tendremos. — su voz es una mezcla de tristeza y frialdad.
Sin decir más, se va y se encierra en su despacho. No lo entiendo, se supone que no quería nada conmigo y, sin embargo, demuestra lo contrario. Él tiene a noviecita esa.
Me fui a mi habitación, ya que es más que obvio que no estaremos justos, así que seremos como los extraños que hemos sido hasta ahora.
…
— ¿Por qué no me deseas? — su voz cerca de mi oído hizo que abriera mis ojos. Al principio pensé que se trataba de un sueño.
— Pero ¡¿Qué haces aquí?! — al darme bien cuenta de que no estaba soñando y su aroma a alcohol lo decía todo.
— Yo si te deseo, sabes. — de nuevo esa tristeza en su voz.
— Creí que teníamos un acuerdo en eso. — ambos lo dijimos el dia de nuestra falsa boda. Bueno fue real, pero sin sentimientos de por medio.
— Lo sé, pero… me gustas desde esa noche en la cena de compromiso. — tiene que ser una broma.
— No te creo. — me levanté de la cama y salí de la recamara y antes de poder entrar a otra, siento sus brazos rodear mi cintura.
— Cree me, por favor. — dice acercándose nuevamente a mi oído, lo que hace que me estremezca en sus cálidos brazos.
— Yo… — no pude seguir hablando, ya que ha dejado un beso en mi cuello. Este hombre me volverá loca.
— Me encantas… — esto no puede estar pasándome.
— Cris… — siento como soy levantada en sus brazos guiándonos nuevamente a mi habitación.
No, no, no y no… no puede haber intimidad entre nosotros, se supone que no. Nos odiamos desde ese dia, además él lo dijo el dia de la dichosa boda.
…
Me levante a la mañana siguiente toda adolorida de mis piernas, miro a mi lado y ahí está dormido y recuero la noche apasionada que tuvimos.
Esto fue un error, no debió pasar. Nunca.
— Despierta. — le hablo, pero solamente se remueve sin hacerme caso.
¡Genial! Lo que me faltaba. Me levanté de la cama y fui al armario a tomar ropa limpia y entré al baño para darme una buena ducha.
— Buenos dias. — pero ¿Qué demoni0s?
— ¿Qué haces aquí? — Cristian había entrado a la ducha sin que me diera cuenta.
— ¿Así me recibes? — finge tristeza. ¡Dios!
— Eres insoportable. — digo rodando los ojos. Sin embargo, él ríe y siento como me rodea la cintura con sus brazos para atraerme a su cuerpo.
— ¡Oye! — trato de zafarme de su agarre, sin embargo, él se aferra más a mi cuerpo.
— Dese0 seguir despertando así todos los dias a tu lado. — ¡Dios! Esto no puede estar pasándome.
…
Mientras desayunábamos, Cristian no dejaba de mirarme y, a decir verdad, me hacía sentir algo incomoda.
— ¿tengo algo en el rostro? — le pregunto mientras con discreción me pasaba la mano por si tenía algo.
— No, no. Para nada, al contrario, me encanta como te ves. — a veces no sé qué pensar con todo lo que está pasando, digo, todo está pasando muy rápido. Se supone que no debe pasar.
— Sólo dices locuras. — digo tratando de ignorar sus comentarios absurdos.
— No son locuras, es la verdad. — dice un poco indignado.
— Como sea. Lo mejor es apurarnos o se nos hará tarde para el trabajo. — prefiero evadir este tema.
— Tienes razón. — se levanta de su lugar, sin embargo, no terminó su desayuno. A veces no lo entiendo.
…
Durante el camino a la empresa, ninguno de os dos dijo nada y creo que es lo mejor, aunque…
— Llegamos. — dice sacándome de mis pensamientos.
Bajamos del carro y entramos al edificio, todos nos miraron con curiosidad, ya que nunca me habían visto por aquí.
Subimos por el ascensor y no sé por qué tengo unas inmensas ganas de besarlo y … ¿Qué me está pasando? Las puertas se abren y salimos.
— Sr. Márquez, los socios ya se encuentran en la sala de juntas. — dice su asistente, una muy guapa y destapada.
— Gracias, srita. Hernández. — dice con seriedad y me pide que lo acompañe.
— Buenos días, señores. — saluda a todos en el momento en que entramos.
— Buenos días, Cristian. — lo van saludando.
— Bueno, se preguntarán quien ella. — dice y todos me miran, incluso uno que otro me sonríe. Que descarados.
— Así es. — dice uno de los que me sonrieron.
— Ella es Sandra Fernández, mi … — lo interrumpo.
— Su nueva socia. — la verdad no quiero que sepan que estamos casados, ¿Por qué? Simple, si lo llegan a ver con su “novia” dirán que soy una c0rnuda y la verdad no quiero ser el hazme reír de la empresa.
— Pues bienvenida, srita. Fernández. — me dice un hombre guapo de cabello un poco cenizo y ojos azules. Como de 34 años aproximado.
— Muchas gracias… — lo miro fijamente, ya que no sé su nombre.
— Adrián Rodríguez. — me sonríe con evidente coquetería, Cristian lo nota y carraspea.
— Si, y también es mi esposa. — dice con enojo y Adrián cambia su expresión a una mas seria. No tenía porque decir que estamos casados.
— Bueno, comencemos la junta. — dice otro accionista, lo cual agradezco, ya que la situación de estaba poniendo algo incomoda.
…
— ¿Qué te ocurre? ¿Por qué dijiste que soy tu esposa? — le reclamo una vez que estamos en su oficina.
— Porque es la verdad. Además ¿Tú por qué no me dejaste mencionarlo al principio? — dice con indignación.
— Porque no quiero a tu “novia” viniendo a visitarte y que los demás hablen de lo infiel que eres. — y es la verdad.
— ¡Ya entiendo! ¡Estás celosa! Amor, debiste habérmelo dicho antes. Por eso ni te preocupes, no veras a Daniela por la empresa si eso deseas. — pero ¡¿Qué dem0ni0s le pasa?!
— ¡¿Estás loco?! — ahora soy yo la indignada.
— Pero por ti. — me mira y sonríe con descaro.
— ¡Dios! — salgo de su oficina con dirección a la mía, y lo cual agradezco que no esté en el mismo piso que la de él. Todo esto fue un error. Desde el compromiso hasta este matrimonio falso.