Capítulo: 6

2706 Palabras
Cayden conocía todos los secretos de su familia. Sabía de las drogas que consumía su tía Quinn, tenía conocimiento de los tratos turbios que su tía Florence hacía con aquel intento de mafioso. No se le pasaba que su tío Ezra tenía una amante, o el hecho que Aydan estaba completamente enamorado de Marisol. Sabía de las tabletas de chocolate que realmente eran laxantes que Morgan escondía en su habitación y de los ya muchos jarrones que Darcy había roto. Conocía a la perfección lo que su padre, Wallis había hecho con el dinero faltante y el por qué había decidido que aquel negocio riesgoso era la mejor jugada; de igual manera estaba al tanto de las mentiras que Amber, su madre, le había dicho. Cayden sabía a la perfección los detalles más oscuros de su familia. Pero no los traicionaba y no lo haría. Por qué a la familia no se le traiciona, uno se hunde con ella. Por lo que, cuando vio los ojos de su tía Quinn tan rojos y llorosos decidió callar. No necesitaba que alguien le dijera que probablemente estaba drogada por qué él ya lo sabía. Se limitó a dirigirle unas cuantas palabras y después se dirigió a los jardines. Una vez estando ahí, el rubio frunció el ceño. —¿Qué haces aquí Emmett?— preguntó cuando vió al jardinero. Apenas y podía mantenerse de pie y se veía a simple vista lo mal que se encontraba. —Solo es un catarro muchacho, no hay de qué preocuparse— —¿Por qué no has pedido el día?— —Su padre es quien firma los permisos— admitió —No hay permisos si no está— —Tonterías— exclamó el chico, —Ve a tu casa, si hay algún problema yo me hago cargo— —¿Habla en serio?— —¡Vamos Emmett!— Cayden sonreía ampliamente —Hay un montón de jardineros, por supuesto que puedes darte el lujo de faltar para atender un catarro— —Muchas gracias, joven...— —Basta de formalidades. El jardinero asintió, tomó sus herramientas del pasto y caminó en dirección a donde todos los días sin falta aparcaba su camioneta blanca. Aquel chico de veinticuatro años lo tenía todo. Y claro que iba por más. Planeaba salvar a su familia de la bancarrota. Tenía un proyecto demasiado ambicioso, —Tanto como él lo era— que si resultaba sería lo que los Tremblay tanto necesitaban en aquel momento. Lo había mantenido en secreto, a tal nivel que la única que no estaba involucrada y sabía al respecto era su esposa Imogen. Quizás otros lo hubieran tachado de loco o soñador, pero no ella. La chica se mantuvo en vela muchas noches, dándole palabras de aliento y en ocasiones preparando litros de café. Cayden planeaba utilizar a la nanotecnología y a la inteligencia artificial para amplificar el cerebro humano. Un proyecto tan ambicioso que muchos científicos a los que consultó le aconsejaron que se olvidara. Pero él era demasiado terco para quitar el dedo del renglón. Y ahí estaba, a una semana del evento en el cual revelaría su mayor orgullo. De cierta forma había conseguido lo que quería. Había logrado que alguien con una parálisis en su rostro volviera a tener el control total. Era un paso tan enorme que no muchos creerían sin pruebas. Aquella investigación estaba adelantada por lo menos diez años. Los inversores de su proyecto estaban tan entusiasmados con aquel resultado que no les importó la inestabilidad por la cual los negocio "Tremblay" estaban pasando, ellos le dieron más dinero. El suficiente como para continuar con aquello. Claro que no fue siempre así, había tenido que hacer algunas cosas de las que no estaba orgulloso al inicio. Pero Cayden era un muchacho de veinticuatro años. No todo en su vida era trabajo. * Sonrió malicioso cuando subió en aquel Apollo Arrow. Aquella era una de las pocas adicciones que el chico tenía. Peyton les prestaba la pista y cada chico ponía su carro. Las apuestas eran demasiado elevadas en aquel grupo de amigos. Generalmente eran tres corredores y alrededor de quinientos mil en la bolsa. Claro, en una carrera no oficial. Cayden sonreía ampliamente mientras escuchaba el rugido del motor mientras él apretaba el acelerador lo más fuerte que podía. Correr en aquellas carreras para él lo era todo. Su padre le había regalado aquel lujoso carro cuando se graduó de medicina. A pesar de que ese carro no era el más apropiado para un doctor. Le encantaba la sensación de pesadez en su corazón y como todo parecía pasar en segundos. Y a pesar de lo mucho que le molestaba a Imogen no podía dejarlo. Así que de vez en cuando lograba escaparse a aquella pista de los Hemmings. No ganaba todas las carreras, pero para Cayden no importaba. Él solo se concentraba en lo vivo que se sentía. No quería verse obligado a despedirse de esa sensación de adrenalina que le producía el acelerar a tope. Cuando Ethan disparó al cielo los tres carros salieron a gran velocidad, dejando nada más que polvo detrás de ellos. Por unos instantes Cayden se olvidó de todo, el trabajo pareció dejar de existir al igual que todos los problemas que acomplejaban a su familia. Solo era él. Hasta que la carrera terminó y todo el peso pareció volver a caer sobre sus hombros. Ni siquiera se dio cuenta de que había ganado la carrera cuando bajó del carro y la tensión volvió a apoderarse del pobre. —¡Corriste como una bestia!— exclamó Arley con una sonrisa en su rostro. —Esta no cuenta— señaló Jerson. —Fue el calentamiento— —Y vaya calentada que les metió Cayden— bromeó Peyton. —¿Quien invitó a esa belleza?— Cayden sonreía un poco y dirigió su mirada a donde los demás chicos veían. Y sintió como si su alma abandonara su cuerpo cuando vio a la chica del cabello rizado y oscuro aproximándose a él. —Mierda— apenas dijo mientras retiraba su casco, —Es Imogen— —Madre santa, alguien no cena hoy—bromeó Ethan. Él rubio oscuro no fue capaz de escuchar los demás comentarios que sus amigos decían, por qué él ya estaba corriendo a dirección de su esposa. —¡Lo prometiste!— le reprochó cuando Cayden estuvo lo suficientemente cerca como para golpearle con sus manos bien extendidas en el pecho. —¡Me prometiste que no volverías a hacerlo!— —Tranquila— el chico atrapó las manos de ella y detuvo los golpes. —No ha pasado nada— —¿Y que acaso quieres esperar a que ocurra?— —No va a ocurrir nada— —¿Y si pasa?— su tono de voz reflejó lo aterrada que estaba. —¿Y si te ocurre algo? ¿Si mueres y...?— —No pasará— —No puedes asegurarlo ¡Y menos si te sigues arriesgando de esta forma!— Cayden abrazó a Imogen con fuerza y la chica recargó su rostro en el pecho del chico rompiendo en llanto. Así era ella y al rubio no le molestaba, al contrario. La idea de importarle a alguien con aquella magnitud le fascinaba. Cuando ambos se conocieron fue como un flechazo instantáneo, Cayden se vio así mismo escribiendo un montón de poemas en preparatoria acerca de la piel de almendra de Imogen y ella susurraba su nombre entre las pláticas que mantenía con sus amigas, como si el mencionar al chico estuviese prohibido. Años más tarde ambos contrajeron matrimonio. * Cayden observó como Darcy intentaba ponerle la correa, una y otra vez. Pero todos sus intentos eran fallidos. Aquel perdiguero de Drente ya era demasiado grande para la pequeña. —Intenta derribarlo—bromeó Cayden poniéndose de rodillas al lado de la niña y ayudándole con aquella tarea que segundos antes creía imposible. —Percy no quiere salir a pasear por qué Morgan no viene— —¿Está ocupada?— —Me ha dicho que pasearíamos a Percy después de sus clases de violín— la pequeña mantenía sus bracitos cruzados, —Pero Percy necesita ir al baño— —¿Que te parece si tu y yo paseamos a Percy?— le preguntó Cayden —Así cuando Morgan salga de clases de violín podrá descansar y Percy ya habrá sacado lo que tiene que sacar— —¿E Imogen?— —Ella ha tenido que ir con Harriet por qué está en el hospital teniendo a su bebé—contestó el rubio poniéndose de pie, —Así que estoy libre— La niña sonrió ampliamente. —¿Podemos pasar por un helado?— —¿Donde demonios te cabe tanta comida?— preguntó —Cada día estás más delgada y te la pasas comiendo— Darcy se alzó de hombros. —Tan solo déjame mandarle un mensaje a Morgan para avisarle— Cayden miró aquel mensaje en su celular, pero decidió ignorarlo. Decidió restarle importancia, después de todo, aquello no era de vida o muerte. Al chico le gustaba pasar tiempo con Darcy, inclusive su pequeña prima despertaba en él ganas de ser padre. Un tema que apenas su proyecto viera la luz, le propondría a su esposa. —¿Como te fue en la escuela hoy?—le preguntó apenas salieron de la mansión Tremblay y comenzaron a caminar por el camino empedrado. —No funcionó tu consejo— Cayden frunció un poco su entrecejo al escuchar aquello. —¿De verdad?— la miró incrédulo al preguntarle. —Las otras niñas han dicho que seguramente mis galletas tenían veneno y las han tirado a la papelera— —Haremos eso para la próxima— rascó un poco su barba iniciante antes de agregar: —Esas niñas no tienen ni idea de lo que se pierden— —Odio la escuela— —Me preocuparía si dijeras lo contrario— —Además está este niño que no tolero—Cayden rio por lo bajo al comprender de qué iba aquello. Tiró de la correa con amabilidad para que Percy alentara un poco su paso y dejará de jalarle. —¿Un niño?— —Liam, me jala de mis cachetes cada vez que me ve— la pequeña arrugó un poco su nariz— Los aprieta. Es un tonto— —¿Tus cachetes?— —Si— —Un niño— —Uno con piojos— —¿Piojos?— —Sí— asintió levemente con su cabeza —Yo los vi, saltaban en su cabeza— Cayden no pudo contenerse más y soltó una gran carcajada. —Darcy, no digas mentiras— apenas logró reprenderla entre risas. —No son mentiras— —Los piojos no se ven como en las caricaturas— señaló el rubio. —¿Ah no?— —No— Cayden miró a la pequeña al decir esto. —Tendrías que estar sobre su cabeza y muy cerca para verlos— Darcy soltó un resoplido y se cruzó de brazos. —Y...¿Te gusta?— Las mejillas de la niña la traicionaron por completo, al tornarse de un rojo carmesí tan intenso mientras ella negaba demasiado rápido con su cabeza. —¡Es un tonto!— exclamó —Se ha burlado del Señor Miel— —¿Que le ha dicho al pobre?— —Ha dicho que se ve sucio— —Quizás al Señor Miel le hace falta una visita a la lavadora, ¿No lo crees?— —No, el Señor Miel es perfecto como esta— Cayden le dedicó una dulce y tierna sonrisa a su prima, sabiendo perfectamente que esa noche tendría que escabullirse en su habitación para llevar al peluche a lavar. —¿Le has dicho a Morgan acerca de tus compañeras?— —No— admitió Darcy —Probablemente se ponga como loca si se entera— —Deberías hacerlo, no hay nadie mejor en esta familia para afrontar burlas— —¿De verdad?— —Sí. O a la tía Quinn— mencionó. —Ella fue quien habló con las niñas que le cortaron su trenza a Morgan a tu edad— —¿Morgan usaba trenzas?— —Si, la señora Alana se las hacía sin falta cada mañana— —¿Hace cuantos años?— —No muchos— el chico empezó a hacer cálculos mentales para responder a su pregunta. —¿Cuarenta?— Volvió a soltar una sonora carcajada. —No, Morgan no es tan anciana— señaló, —Quizás unos diecisiete o dieciocho— —Son muchos años—insistió la más joven. —No Darcy—Cayden sonrió nostálgico. —La vida se nos va en un abrir y cerrar de ojos. Los años nunca serán suficientes— Cayden se sumergió un poco en sus pensamientos. Quizás si hubiese sido más inteligente y avanzado más rápido con su investigación, su abuelo no hubiese muerto. Dejó de pensar aquello cuando Darcy saltó en un charco de lodo, empapándolo. * —Florence debería prestarle más atención a sus hijas— señaló Imogene quien alzaba las cobijas de su lado de la cama para entrar en ella. —Creo que debería de parar de exigirles tanto— admitió Cayden sentándose en la esquina de la cama. Tomó su bota y sin desamarrar las agujetas se deshizo de ella. —Me siento como una intrusa en esta casa— admitió la chica recogiendo todos sus rizos negros en una coleta. Algunos de estos eran demasiado pequeños como para sujetarse, así que quedaron enmarcando su rostro. —Solo hago la presentación del proyecto y regresaremos a la nuestra— Cayden tomó la mano de la chica y depositó un pequeño y gentil beso en ella. —Te lo prometo— Ella asintió y tomó aquel libro que tenía en su mesita de noche. El rubio se dedicó a observarla por unos segundos antes de continuar con su rutina para dormir. Estaba perdidamente enamorado de ella. Cayden no era atraído fácilmente. Y eso había quedado demasiado claro por todas las chicas a las que había rechazado. Él buscaba más en su compañera que una belleza que sabía que era pasajera. Él quería encontrar a alguien que lo apoyara en sus metas y que lo impulsara. No que le hiciera frenarse. Y si, el flechazo había iniciado por la hermosa piel de la chica, que de inmediato lo cautivo. Pero eso no lo era todo. Al principio, él creyó que sería algo pasajero; pronto encontraría algún defecto o ideal que él no compartiera y aquello le bastaría para superarla. Hasta que la chica sacó la calificación más alta en aquel examen de matemáticas. Superándolo. Nadie lo había hecho. Entonces él se esforzó lo suficiente como para volver a ser el primero en la clase. Y lo consiguió. Pero se dio cuenta de que ella se lo había permitido. Entonces intentó llamar su atención aceptando aquella propuesta de ser modelo. —Por qué a las chicas les gusta, ¿No— le había dicho a su padre cuando este le preguntó la razón de su repentino cambio de opinión. Pero Imogen no pareció asombrarse por ello, así que al cabo de unos meses dejó aquel intento resumido en nada y creyó que no podría llamar su atención. Entonces en la clase de historia se percató que la chica leía el mismo libro que él había leído días antes. Así empezó a dejarle libros en su mochila, casillero y escritorio. Sin saber que la chica también había quedado flechada por él desde el primer día en que lo vio. Cayden no buscaba la belleza física, pero a pesar de ello encontró a la mujer que de acuerdo a él, era la más hermosa del planeta. Imogen tenía una sonrisa blanca y radiante, sus ojos le recordaban al café de las mañanas que tanto amaba y su piel a las almendras que desde pequeño le fascinaban. No había lunar o poro en su piel que él no amara. Era inteligente y bondadosa. ¡La chica era perfecta! Desgraciadamente, la familia del muchacho no.
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