Dio la última calada a aquel cigarrillo, antes de apagarlo contra su bota.
Quinn Tremblay sentía que su vida había perdido el sentido desde su divorcio. Pero no se atrevía a decírselo a nadie. Sería la comidilla de entre todas las mujeres de alta sociedad. Y no quería volver a serlo.
Sus nervios estaban a flor de piel todos los días, a todas horas.
La cabeza de Quinn era todo un laberinto.
Intentaba adentrarse en los asuntos de la oficina, pero bueno... Quinn no era Ezra o Florence. Cada que lo intentaba, era evidente que nunca había siquiera asistido a una de las reuniones por completo. En su defensa, cuando Quinn era más joven aseguraba que se convertiría en una cantante.
Ella tenía el talento y solía tener la belleza envidiable al igual que su físico.
Pero de acuerdo con ella, había arruinado su vida al conocer a Harry Rawson. El padre de Aydan. Aquel que fue su amor adolescente y que ella juraba que la amaba.
Miraba con nostalgia aquella fotografía que ocultaba en el fondo del cajón de su mesita de noche que se encontraba al lado derecho de su cama.
En ella se apreciaba a un joven Harry apoyado a su viejo mustang del sesenta y cinco, con su perfecta pintura de color rojo. Él sonreía bastante en aquella vieja fotografía, la cual estaba algo desteñida por el paso de los años. Pero lo cierto es que el amor de Quinn no era una foto, este no se había aminorado el tiempo. Seguía ahí dentro de ella, sin perder intensidad y ganando fuerza.
Claro que si le decía a alguien de aquello la tacharían de loca. ¿Quien en su sano juicio sería capaz de seguir amando a Harry después de todo lo que le había hecho? Prácticamente la había dejado a su suerte; a ella y a su propio hijo.
Inclusive se había negado a darle su apellido a Aydan.
Pero ahí estaba Quinn, sintiendo como su corazón se exprimía al observar su perfecta sonrisa en aquella fotografía.
Harry era un m*****o de una de las familias más acomodadas de la ciudad, así como Quinn a la vez lo era. Pero, la familia de él les dio la espalda cuando se enteraron del embarazo de la chica. Tuvieron que casarse en una pequeña capilla a las afueras de la ciudad. George Tremblay no ignoró a su hija, pero ella a él si.
Después vinieron las peleas que terminaron con su matrimonio. Un matrimonio que su padre había planeado.
Y ahora lo único que podía decir que le quedaba era Aydan. Pero, por monstruoso que sonase ella no era capaz de amarlo.
Si tan solo Aydan fuera más parecido a su padre hubiese sido la adoración de Quinn. Desgraciadamente el chico era de lo más parecido a ella. Con sus rizos rubios, piel de porcelana y labios finos. Ni siquiera sus ojos se parecían a los de su padre. Los ojos el joven eran demasiado azules, mientras que los de Harry eran un tono ámbar.
Quinn se hizo de todas sus fuerzas para volver a guardar aquella fotografía en su lugar y ponerse de pie. Salió de su habitación dirigiéndose directamente al estudio que solía ser de su padre. Era la única en aquella casa que sabía dónde George Tremblay solía ocultar su dinero.
Su padre había confiado todos y cada uno de sus escondites a tres personas.
Aydan.
Morgan.
Y Quinn.
Les había dicho que la única razón por la cual les contaba aquello era para protegerlos.
—Así nunca tendrán que preocuparse por no poder comer una vez que me haya ido— decía. —Pero necesito que sean responsables y cuiden también de Darcy, a ella no le he dicho por qué es demasiado pequeña. Probablemente lo olvide. Recuerden que es dinero para una emergencia—
¿Qué diría su padre si supiera en que estaba gastando parte del dinero?
Para ella aquello era una emergencia. Necesitaba algo que la hiciera sentir viva. Despertar.
Wallis los había metido a todos en un gran problema.
Y encima de todo se había ido a conseguir más inversores, abandonándolos.
Se merecía un descanso, ¿No?
Intentando no hacer demasiado ruido, Quinn Tremblay avanzó por aquella enorme casa hasta llegar a su automóvil.
Si.
El mismo viejo mustang de la fotografía. Era lo único que le quedaba de Harry Rawson.
Subió a este y manejo hasta aquel lugar en el que nadie esperaría verla. ¿Quién creería que Quinn Tremblay era drogadicta?
Claro que a ella no le gustaba admitir su problema, seguía insistiendo en que podría detenerse cuando ella quisiera. Y el pretexto del porqué no lo había hecho era que no quería.
Estaba segura de que nadie de su familia se dirigiría a aquella zona de la ciudad. No había quien la reconociera y eso le apartaba esa tensión invisible que siempre sentía sobre sus hombros. Mientras más se alejaba, mejor se sentía.
Cuando aparcó el viejo mustang en aquel callejón un escalofrío le recorrió la espalda. Estacionada justo a unos cuantos metros estaba la camioneta de su cuñada. Retrocedió un poco y oculto lo mejor que pudo su carro, con el mero objetivo de no ser vista.
"Quizás Florence no es tan estirada" pensó.
Permaneció en su escondite observando. No había rastro de Florence.
Estuvo ahí por lo que le pareció demasiado tiempo, inclusive, la idea de irse y volver más tarde se le cruzó por la cabeza. Hasta que escuchó gritos. Entonces su corazón se aceleró, reconoció la voz de Florence y le aterró la idea de que algo pudiese pasarle.
Bajó del carro y paseó su mirada por aquella calle. Lo único que encontró que le pudiera ayudar fue un tablón de madera.
Colocó sus manos alrededor de este y lo apretó con gran fuerza, no se detuvo hasta que sus manos se pusieron completamente blancas, con excepción de las puntas de sus dedos que estaban rojas. A pesar del miedo que sentía se las ingenio para empezar a caminar a aquel callejón.
Sus piernas temblaban, pero aún así sus pasos eran decididos.
Por más que no pudiera tolerar a Florence y que su relación con Ezra no estuviese en los mejores términos, era su familia. No había algo que no se atreviera a hacer por ellos.
Estaba a tan solo unos pasos de aquel cobertizo cuando Florence salió de ahí corriendo a tropezones. Quinn quedó paralizada, pero la pelirroja ni siquiera la miró. Subió a su camioneta de una manera increíblemente rápida y arrancó.
—Más te vale que no vengas a dar problemas— le dijo el rubio.
No conocía su nombre.
Seguramente él sí conocía el suyo.
—Vengo a...— las palabras simplemente no salieron. Y menos cuando la mirada del chico se posó en sus manos que aún sostenía el tablón de madera. Entonces lo soltó y este golpeó el piso. Metió su mano dentro del bolsillo de sus jeans y le tendió el dinero.
El chico se lo arrebató de mala gana.
—Y también vengo a...—
—Debes demasiado—
—Pero necesito...—
—Tus problemas de adicción no son mi asunto—
—Tan solo un poco—
—Tu familia se ha quedado sin dinero— soltó, —Veo las noticias ¿A quien le robarás ahora?—
—Siempre consigo el dinero—
Asintió.
—Dos días más—
—No puedo hacer que desaparezca tanto dinero, se darán cuenta—
—Dos días—
Quinn sabía que no podía ganar aquella discusión, así que solo asintió.
El chico rubio sacó del bolsillo de su pantalón una pequeña bolsita con aquel polvo blanco y fino que lograba que Quinn se mantuviera tan serena a pesar de que todo se estuviera derrumbando.
La lanzó a sus pies y sin decir nada entró de nuevo a aquel cobertizo. Quinn tomó del suelo aquella bolsita y la guardó en uno de los bolsillos de su cardigan.
Al subir a su carro no fue directamente a la mansión Tremblay. No. Se dió el lujo de manejar un buen rato por la carretera.
Le gustaba cuando las carreteras estaban tan despejadas que era el único auto en ellas. Se permitía verlo como una opción. A pesar de que fuera un acto tan desalmado el cual ninguna madre siquiera tendría que planteárselo.
Pero ella lo hacía.
Y demasiado seguido. Desde el cumpleaños número ocho de Aydan aquella pregunta deambulaba por su mente y se hacía presente al menos una vez al día.
Sobre todo cuando manejaba. Sería tan endemoniadamente fácil hacerlo.
Pero lo difícil era empezar, siempre los inicios son lo complicado. Sabía que muchos quedarían tan sorprendidos como decepcionados.
Pero ya había decepcionado a demasiados, ¿Qué sería uno más a aquella lista?
Así que se permitió pensar en ello.
Se permitió pensar un plan demasiado detallado mientras recorría aquel camino que alguna vez su padre le había enseñado. Conducía a los jardines de la casa. Pero nadie tomaba aquella carretera porque era un tramo demasiado largo. Muchos rodeos innecesarios y demasiada gasolina perdida.
Pero cuando se quiere pensar esto no importa.
Si lo hacía cuando por primera vez se atrevió en pensar en hacerlo, hubiese sido un monstruo. Pero en aquel instante, con todo lo que ocurría sería justificada.
No del todo y puede que algunos no la perdonarán.
Pero eso le era suficiente.
*
Había días donde Quinn sentía que aquellos polvos eran mágicos y que lograban que todo a su alrededor se sintiera bien.
Pero, había días en los que no ayudaban en nada, de hecho, sentía que empeoraban las cosas. Como aquel día. Ahí, encerrada en su habitación sentía que todo se derrumbaba.
Estaba llorando y cualquiera que pasara por fuera de aquel cuarto podría escucharla.
Se sentía sola y arrastrada a un abismo en el cual solo había oscuridad y tristeza. No más.
Creía que no tenía la fuerza suficiente para continuar, pero, sobre todo, ella no quería.
Su corazón parecía estrujarse y su cabeza la bombardeó con mil y un recuerdos que dolían y destrozaban. Se sentía tan sola, pero no quería la compañía de nadie. No quería compasión o empatía.
Deseaba con todas sus ganas una salida. Quería que aquel plan en el que se había atrevido a pensar durante el camino de regreso a casa se volviera realidad.
Claro que para ello debería ser lo suficientemente valiente como para llevarlo a cabo.
A pesar de lo mucho que todo en ella le gritaba que permaneciera ahí, en el suelo de su habitación, recostada y llorando se puso de pie. Sabía que Morgan pronto regresaría de sus clases de equitación y no volvería a tener oportunidad de tomar más dinero.
Fue directamente al escondite en la sala. Dentro de la chimenea paso sus manos hasta que sintió aquel borde y abrió el compartimento. De este tomo el poco dinero restante que quedaba y lo guardó dentro de su sostén.
—¿Buscas algo tía Quinn?— la dulce vocecita de Darcy llamó su atención.
—No cariño— intentó darle una sonrisa.
—¿Qué es lo que te has guardado?—
Quinn observó a su pequeña sobrina. Era bastante lista para su edad, pero claro que era aún solo una niña. Miró sus manitas que intentaban esconder aquel envoltorio dorado.
—Es eso un... ¿Chocolate?—
La niña miró en dirección a sus manos y después salió corriendo.
Quinn caminó con una lentitud extraordinaria por la mansión. Permitiéndose sentir por primera vez en un largo tiempo la ausencia de su padre. Sus lágrimas seguían cayendo por su rostro, pero no se molestaba en detenerlas.
—¿Esta todo bien?— apenas levantó su mirada se topó con la de Cayden.
—Oh, claro que sí cariño— soltó un suspiro al darse cuenta de que el rubio no le creía, —Es solo que extraño a...—
—Todos lo hacemos— el chico intentó sonreírle.
Pero no lo logró.
—¿Cómo están tus padres?—
—Hace rato me marcaron y me dijeron que el señor Jan ha aceptado los términos del trato— mencionó, —Se supone que estarán aquí para el domingo por la tarde—
—Es asombroso cariño—
Asintió.
Ninguno de los dos continuó con aquella plática y ambos partieron a sus respectivos caminos.
Quinn volvió a encerrarse dentro de su habitación. Y permitió que una vez más, sus sentimientos la consumieran.