Capítulo: 10

2235 Palabras
Florence dejó aquel paquete donde ya había dejado cientos antes. No miró atrás, ni siquiera se preguntó qué es lo que habría dentro de aquella caja. No. Mientras menos supiera, mejor. Subió nuevamente a su camioneta y prendió la calefacción. Aquel día hacía más frío que en cualquier otro que hubiese pasado aquel mes. Pensó en que aún le faltaba entregar otros tres paquetes más y que apenas terminara llevaría a lavar su vehículo. No quería rastro alguno que pudiera meterla en algún problema. Soltó un suspiro y puso la camioneta en marcha, tenía un gran recorrido qué hacer. Manejó en dirección al hospital "La guardia médica" y frunció un poco su entrecejo. ¿Qué clase de doctores le comprarían algo a O'Neil? Pero, al final, ¿Quién era ella para juzgar? Para sorpresa suya, al llegar al estacionamiento de aquel hospital reconoció aquel Mercedes n***o con esas placas que conocía de memoria. Ladeó un poco su cabeza y la curiosidad se apoderó de ella. Aparcó lo suficientemente lejos de aquel carro para que no fuera vista en caso de que Ezra fuese a este. Bajó con el paquete en manos y cerró con alarma su camioneta, caminó hasta aquel basurero en el que le habían ordenado que dejara aquella caja de cartón, acató la orden y entró al hospital. Paseaba su mirada de un lado al otro en búsqueda de su marido. —Disculpa señorita— llamó la atención de una de las enfermeras que pasaba cerca de ella con estas palabras, —¿Sabrá si Ezra Tremblay está aquí?— —¿El empresario?— Florence asintió. —Es su esposa, ¿Cierto?— Volvió a asentir. —Lo he visto en uno de los pasillos del tercer piso— señaló. —Gracias— Entonces se dirigió al elevador y una vez dentro presionó el botón que tenía un enorme tres a su lado. Espero unos segundos hasta que este se detuvo y empezó a deambular por los pasillos, echando miradas fugaces y rápidas dentro de las habitaciones o consultorios. Hasta que divisó a Hirsch. Y fue demasiado evidente que él también logró verla. Llevó su índice frente a sus labios, indicándole que guardara silencio y así lo hizo. Después de todo, también trabajaba para ella, a pesar de que le guardaba más secretos a Ezra. Con su mano le hizo un ademán para qué se retirará y a pesar de que no quería lo terminó haciendo. Con un paso bastante sigiloso se acercó a la puerta que estaba abierta de par en par. Se quedó detrás de la pared y pegó a esta su oreja lo más que pudo. —Te dije del embarazo el cuarto mes— escuchó decir a una voz femenina, —Había pasado el primer trimestre. Se supone que ya no había riesgos— Florence no necesitaba explicación para ello, era demasiado obvio de qué iba aquello. Tuvo que morderse la lengua para no soltar un grito en aquel momento. Florence no era tonta, no. Llevaba años sospechando cada que Ezra no se encontraba en la oficina o no llegaba a su casa para dormir. Pero, algo muy distinto era sospechar a confirmarlo. Aquella mujer que parecía fría como la nieve tuvo que hacer uso de todas sus fuerzas para no desmoronarse. Hirsch que estaba aún cerca, se acercó a ella con intención de ayudarla, pero Florence no lo permitió. Volvió a hacer aquel ademán con su mano indicando que se retirara. Y el hombre no tuvo las agallas para desobedecer, así que tan solo se apartó. Llevó una de sus manos a su boca en un intento de cubrir cualquier sonido que sus sollozos pudieran causar. Florence estaba llorando, por qué aquello le dolía aún más de lo que jamás llegó a creer que podría dolerle. A pesar de sus sospechas y lo mucho que se había preparado para aquel momento, siempre tuvo esperanza de que aquello no fuera más que una suposición de ella. Pero, esa esperanza estaba siendo destrozada y dolía; era un sentimiento desgarrador que le sacaba lágrimas que en años no habían logrado encontrar un camino para salir. Lo que le dolía era saber que había acertado. Como pudo, volvió a pegar su oreja contra la pared y se obligó a normalizar su respiración. Conforme esta se iba relajando, ella se iba atreviendo a ir apartando su mano de su boca. —Acabaré contigo y desearás nunca haberme conocido— escuchó a la misma voz femenina decir. Apenas asomó un poco su cabeza por la puerta abierta, pudo oír a Ezra gritar. Decidió que ya había tenido suficiente de aquello. Se apartó de la pared y permaneció unos segundos ahí, de pie. Asegurándose que al dar un paso no fuera a caer. Entonces, cuando los enfermeros pasaron a su lado, Florence se fue directamente a su camioneta. Una vez ahí, decidió que no tenía tiempo para llorar, sino que debía pensar. Darcy era bastante pequeña como para pasar por el divorcio de sus padres, sobre todo en aquella situación. Y Morgan... ella ya tenía demasiado de qué preocuparse. Simplemente, aquel no era el mejor momento. Florence soltó un suspiro y esperó a ver a Ezra subir a su automóvil. ¿Quién diría que Florence lloraría por algo que ya sabía? Pero así lo hacía, se permitía llorar sabiendo que nadie observaba y que el único testigo de aquello era ella misma. Normalmente, cuando Florence lloraba lo hacía en un completo silencio, pero hacía más de un par de años de aquello. Por lo que cuando los sollozos fueron audibles se sorprendió, pero no los impidió. Les permitió fluir a su propio volumen y sentir como si estos le ayudarán a desahogarse. No lo hacían. En absoluto. Ella no era alguien que se sintiera cómoda, llorando, aquello solo la hacía sentirse vulnerable. Y no era algo que le agradara particularmente. Pasó las manos por su rostro y lo restregó un poco, apartando las lágrimas que caían por sus mejillas. Intentó tranquilizar su respiración, con su frente pegada contra el volante. Ya tendría tiempo para ingeniarse alguna manera para hacer sufrir a Ezra, pero por el momento, tenía demasiadas cosas que hacer. * —¿Te hizo daño la hamburguesa de ayer?— le preguntó a Darcy preocupada. La pequeña negó y llevó sus pequeñas manitas sobre su estómago. —Me empezó a doler después de comer un chocolate— señaló. —¿Y de dónde has sacado un chocolate tú si no alcanzas la alacena?— quiso saber Florence agachándose para quedar del tamaño de la pequeña. Su hija abrió mucho los ojos y pudo notar que se pensaba demasiado su respuesta. —Darcy— se puso de pie y la niña desvió su mirada al suelo. —De la cama de Morgan— apenas dijo audible. —Tu hermana tiene años sin comer dulces— mencionó, tomó a la niña en brazos y caminó hasta la cocina con ella —Seguramente estaba pasado— —¿Significa que envenené a Aydan?— Florence inclinó un poco su cabeza sin comprender. Bajó a Darcy y la pequeña subió a un banco de la isla de la cocina donde se sentó —Le di la mitad de uno— —Significa que ambos necesitarán medicina— estableció. —Alana, ¿Crees que podrías hacer un caldo de pollo para Darcy y Aydan?— —¿Ha enfermado la pequeña princesa?— preguntó acercándose a Darcy y colocando su mano sobre la frente de la pequeña. —La pulga comió un chocolate en mal estado y le dio la mitad— explicó Florence. —No quiero verduras— hizo un berrinche Darcy. —Hubieras considerado eso antes de buscar chocolates por la casa— la reprendió. —¿Y yo como iba a saberlo?— la pequeña se cruzó de brazos e hizo un puchero —No quiero— —¿Sabes que eso comen las princesas?— le preguntó Alana mientras se movía por la cocina y sacaba cosas de aquí y allá. —Las princesas no comen eso— Darcy seguía a la defensiva—Ellas comen lo que quieren— —Si, pues tú no eres una princesa— estableció Florence, —Comerás las verduras— La niña se mantenía con sus brazos cruzados y haciendo un pequeño berrinche cuando Marisol llegó a la cocina. —Hola, señora Tremblay; hola, Darcy— —Hola Sol— dijo Florence con un tono evidente de cansancio en su voz. La chica frunció un poco su entrecejo cuando notó que no obtuvo respuesta alguna de la más pequeña. —¿Ocurre algo, Darcy?— —La pulga no quiere verduras— explicó Florence pasando su mano por su rostro en una evidente muestra de lo mucho que aquello la estresaba. —Enfermó del estómago por un chocolate en mal estado que comió— —¿Estás bien, Darcy?— —No— la niña recargó su barbilla en la mesa, —Me duele mi panza y tuve que ir al baño unas doscientas veces— —No digas mentiras— la reprendió Florence. —¿Un chocolate le hizo eso?— preguntó Marisol. —Seguramente tendría años pasado— Florence intentaba encontrar una explicación lógica para aquello. —Lo encontró debajo de la cama de Morgan— Marisol le dirigió una rápida mirada a su madre y después ambas empezaron a buscar en los cajones. —¿Ocurre algo que deba saber?— preguntó Florence. —Sí— contestó Marisol sin prestar atención realmente. Estaba completamente concentrada en rebuscar dentro de aquellos cajones. —¿Si?— —¡No!— se apresuró a decir mientras sacaba una caja blanca con pastillas. —Solo que Morgan y yo tenemos años sin ir a pedir dulces. Seguramente habrá expirado hace unos nueve años— Florence achicó sus ojos. La chica mentía. —Todo esto es tu culpa— dijo Darcy mirando a su madre. —¿Mi culpa?— —¡Si los chocolates estuvieran junto a mis jugos, no hubiera comido chocolates de Morgan!— —Pulga, no estás comprendiendo que quien está en problemas aquí, eres tú— señaló Florence. —Primero entraste en el cuarto de Morgan, hurgaste en sus cosas y tomaste algo que no era tuyo. ¡Además, comiste azúcar antes de comer!— —¿Estoy en problemas?— —Si Darcy, estás en problemas— sentenció Florence. —No podrás invitar a tus amigos en dos semanas— —Creí que me castigarías— soltó la pequeña. Florence miró incrédula a su hija. Y comprendió que aquel terreno era más delicado de lo que pensaba. —Aquí— Marisol le tendió media pastilla y un vaso con agua a Darcy. —No quiero— volvió a cruzarse de brazos y hacer un pequeño puchero. —Si no la tomas me escabulliré por la noche dentro de tu cuarto y sentaré al Señor Miel al lado de Bambú— —No puedes hacer eso— sentenció Darcy —Sabes que el Señor Miel le teme a los leones y debe dormir conmigo por qué le da miedo la oscuridad— —Hasta el fondo— Marisol acercó aún más el vaso de agua. La niña soltó un fuerte y demasiado exagerado suspiro, tomó la pastilla y el vaso de agua, para después obedecer las órdenes de la chica. —A ver esa lengua pulga— dijo Florence apretando la nariz de su hija para que esta abriera la boca. Darcy le mostró la lengua a su madre. —Necesito un manual para criarte, de otra forma me volverás loca— Probablemente, Darcy iba a decir algo, pero Aydan entró a la cocina prácticamente corriendo, llamando la atención de todas las presentes. —Hola, tía; Darcy— saludó el rubio empezando a hurgar en los cajones —Hola, Marisol; señora Alana— —Hola Aydan— lo saludó Florence. —¿Buscas algo, cariño?— —No— mintió el chico. —Solo un encendedor— —Tú no fumas— señaló Florence. Él apretó un poco sus labios y asintió sin apartar su mirada del cajón. —Quiero empezar— otra mentira. Era asmático. —Ten Aydan— Alana se acercó a él con una pastilla y un vaso de agua. Su sobrino se ruborizó demasiado. —¿Te envenené?— preguntó la más pequeña. —No corriste con tanta suerte— dijo el rubio tragando la pastilla. —Solo me causaste una infección estomacal— —¿Qué hubiera pasado si te envenenaba?— —Gracias a Dios no tenemos la respuesta— —¿Saliste temprano?— quiso saber Florence. —Estaba en un examen cuando me di cuenta de que quizás el chocolate que me dio Darcy no era un dulce— Aydan se dio cuenta de que había hablado de más. Y Florence no era tonta, de inmediato lo notó. —¿A qué te refieres Aydan?— —Cayden le regaló unos chocolates de broma a Morgan. Creo que eran laxantes— si Florence no hubiese escuchado unos pasos acercarse a la cocina, habría puesto la atención suficiente como para darse cuenta de que el rubio acababa de decir una mentira. —Hola— apenas y saludó Ezra al entrar a la cocina. —Florence, ¿Crees que podríamos...?— —Sí, creo que debemos hablar.
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