Las manos de Ezra temblaban de una manera en la que jamás lo habían hecho. Nunca había estado tan nervioso o preocupado por algo. Hirsch había fallado. Y en algo de aquella magnitud, no podía darse el lujo de hacerlo.
Habían sido descuidados y torpes, —Por no decirlo de otra manera—y en aquella ocasión las cosas debieron haberse hecho con una exactitud sobrehumana. Pero lo habían arruinado.
Bajó de su mercedes n***o y colocó sus lentes solares, miró en todas las direcciones y cuando se percató que estaba solo caminó con lentitud, sintiendo como todo su ser era invadido por los nervios. Estaba aterrado.
Entró al hospital por la puerta que estaba conectada al estacionamiento. No necesito preguntar nada a nadie, Hirsch se había hecho cargo de aquello. Así que él solo tuvo que seguir el camino que le había indicado. No era difícil. Tercer piso, primer pasillo a la izquierda, seguir derecho hasta la maceta roja, entonces a la derecha, cuarta puerta y él ya lo estaría esperando.
Y así fue.
Tal como Hirsch le había dicho.
Él le abrió la puerta y Ezra entró a aquella habitación.
Su boca estaba completamente seca, era como si de pronto su cuerpo hubiese dejado de producir saliva. La chica estaba recostada, dándole la espalda a la puerta. Lo único que Ezra podía identificar era su cabellera rubia.
Con paso temeroso empezó a acercarse. Ella no se movía, lo único que le permitía saber que seguía respirando era aquel monitor de signos vitales que se mantenía produciendo aquel pitido.
—No te acerques— dijo Ángela.
—¿Qué ha...?—
—No— ella lo interrumpió. Entonces decidió que tenía que hacerle frente, y así lo hizo. Cuando Ezra vio el rostro de la chica, un enorme nudo apareció en su garganta. —No mientas—
La chica tenía al menos cinco puntadas en una cortada que recorría su frente. Su nariz estaba golpeada e hinchada, con un pequeño corte en el puente. Su labio inferior estaba roto. Y ni hablar de lo que él no podía ver. A simple vista, lograba observar la venda que cubría su torso, pero no sabía que la chica se había roto dos costillas, su pulmón apenas y se salvó de ser perforado y milagrosamente los doctores pudieron detener su hemorragia interna. Pero su hijo...
No.
Él no había tenido suerte.
—¿Qué esperabas que hiciera?— preguntó él. Ángela le dedicó una sonrisa llena de amargura; esa que solo logras cuando ves a alguien que intentó destruirte y se atreve a fingir que no es así.
—Te dije del embarazo en el cuarto mes— ella tragó saliva con dificultad y miró al techo, como si con aquello le fuese más fácil continuar —Había pasado el primer trimestre. Se supone que ya no había riesgos—
Ezra se sentía incapaz de continuar con aquella conversación. Por primera vez en mucho tiempo se quedó sin palabras. No que hubiese creído que era mejor guardar silencio; no. Simplemente, no sabía qué podía decir.
—Me decías que era lo más preciado que tenías. Y me mandaste a matar en un absurdo accidente automovilístico— le costaba continuar. Ya sea porque los sentimientos la traicionaban o por el dolor que sufría. —Demostraste ser no más que aquel gusano infeliz y egoísta que todos dicen que eres—
—¿Que esperabas que hiciera?— preguntó por fin —¿Qué saltara del gusto?—
—No— admitió la rubia —Pero tampoco esperaba que me mandaras a asesinar—
—No moriste—
—¿Y piensas que eso fue suerte?— sus palabras estaban llenas de ironía, —Estuve despierta cada maldito segundo previo a que llegara la ambulancia. Tú no tienes idea de lo que es estar rogando por morir—
—Sabes que pude haberte ayudado con eso—
—No. Y no lo harás— Ángela apretaba sus dientes con cada palabra que soltaba —Te hundiré Ezra Tremblay. Te juro por mi vida que lo haré—
Se quedó impactado.
¿Realmente le había dicho aquello?
—¿De qué demonios hablas?—
—Si algo me pasa alguien colará nuestras fotos en internet— estableció —Y no solo eso. Esta mañana he grabado un vídeo en donde te responsabilizo por cualquier cosa que pueda ocurrirme. Hay bastantes copias, Ezra—
—¿Me estás amenazando?—
—Sal de aquí—
—¿Por qué esto no me sorprende?—preguntó —Siempre tuvo que haber dinero de por medio, ¿Cierto?—
—Eres increíble Ezra— dijo Ángela —¡Le encargaste a tu matón que se deshiciera de mí y a pesar de ello te haces la víctima!—
—Creo que ambos sabíamos que no eres alguien prescindible en mi vida—
La chica no se veía ni dolida, ni sorprendida, ni asustada. Estaba furiosa; de no haber sido por su estado, se hubiese lanzado a atacar a aquel hombre que días antes juraba amar.
—Te destruiré Ezra— sentenció la rubia. En su voz no había ni rastro de duda o compasión. Aquella dulce chica que solía ser había desaparecido. —Acabaré contigo y desearás nunca haberme conocido—
—Eso ya lo hago— sentenció.
—Lárgate—
—Tú no tienes poder en mí—
—¡Lárgate!—
—¿Qué me harás si no lo hago?— él caminó a ella. Pero no la observaba, la miraba directamente a aquellos enormes ojos azules que estaban demasiado hinchados y su borde era de un tono morado casi n***o. —Quiero ver como llamas a alguien muerta—
No iba a estar muerta cuando lo hiciera. Mientras él la amenazaba, ella había presionado el botón de emergencias que estaba a un costado de su cama. Por lo que cuando él se acercó ya varias enfermeras se encontraban en la puerta. Por lo que a la rubia solo le quedó gritar.
—Señor, tendré que pedirle que se vaya— le pidió una enfermera, mientras que otra se acercaba a Ángela para determinar la razón de sus gritos.
—No me iré— estableció Ezra, —¡Está mintiendo!—
—Señor, retírese por favor— le pidió otra enfermera.
—¡No me iré!—gritó —¡No me moveré de aquí!—
Ezra estaba en un ridículo juego de poder en contra de Ángela y le era imposible hacerse a la idea de que iba perdiendo. La chica había avanzado al menos quince pasos en cuestión de segundos y él empezaba a quedarse atrás. No podía, simplemente no lo haría.
—Señor necesitamos...— empezó a decir un enfermero que de pronto había aparecido en aquella habitación.
—¡Ella miente!— gritó.
Pronto había demasiados gritos y personas en aquella habitación, pero apenas aquellos dos enfermeros lo arrastraron fuera, reinó el silencio. Apenas lo soltaron en el pasillo, Ezra se apartó de ellos de golpe, ajustó sus prendas y se fue directamente a su auto.
No podía dejar de pasar sus manos por su rostro, restregándolo y rascando su ya espesa barba. Necesitaba una solución a sus problemas y de manera urgente. Pero no podía volver a dejarle aquel encargo a Hirsch, aquel inepto volvería a arruinarlo. Necesitaba de alguien frío, calculador y que fuese infalible.
Y aquel nombre llegó a su boca acompañado de un suspiro.
*
—¿Te das cuenta de lo que me estás pidiendo?— le preguntó Florence meneando el contenido que tenía en su copa. —¿Acaso has enloquecido?—
—Tiene fotos— señaló.
Florence alzó sus cejas un poco y le dio un pequeño sorbo a su vino.
Ezra había creído que cuando le confesara que tenía una amante y que casi había sido padre, Florence enloquecería, le pediría el divorcio y se llevaría a sus hijas. Pero lo único que hizo fue soltar un gran y sonoro suspiro, esperar a que Alana le trajese una copa de vino. Entonces, cuando ambos volvieron a quedar solos, solo alzó un poco su rostro, se removió un poco en aquel sillón de piel en el que se encontraba y dijo:
—Lo sé.
—Entonces habrá que eliminar esas fotografías—
—Dijo que había demasiadas copias— mencionó Ezra sentándose en la silla que estaba situada detrás de su escritorio. —E inclusive un video. Significa que debe de haber demasiadas personas involucradas—
—Significa que solo hay una persona adicional involucrada— le corrigió Florence, —Y que fuiste engañado por una chica de veinte años—
—¿Por qué no me estás gritando?— quiso saber Ezra. Florence le dio otro trago a su copa—uno bastante más largo que el anterior— y le dedicó una mirada llena de cansancio.
Cansancio que solo un matrimonio lleno de mentiras y engaños después de años trae consigo.
—Por qué con eso no recuperó la dignidad que me has arrebatado— señaló —Seguirás siendo el padre de mis hijas y la empresa no está en su mejor momento como para soportar un escándalo de estos—
Florence le miró y él hubiese dado lo que fuera por saber qué pensaba.
Pero Ezra sabía que no lo descubriría y eso era en parte razón por la cual, con el paso del tiempo, había perdido el interés en ella. Florence era demasiado misteriosa, fría y distante. Aquello en un principio a un joven Ezra Tremblay le había fascinado, como si se tratase de los mismísimos secretos de la humanidad.
Inevitablemente, él se cansó de su frialdad.
Aquel misterio perdió su chispa y se convirtió en algo tedioso, casi exhaustivo.
—Lo solucionaré— decretó.
—¿Cómo lo harás?— quiso saber Ezra.
—Haré lo que Hirsch y tú no fueron capaces de hacer— con aquello le brindó una pequeña mirada —Pero tendré que conocer primero quién tiene... esa información—
Ezra asintió.
Se recargó un poco más en su silla y cerró un poco los ojos. De cierta manera podía estar tranquilo, confiaba plenamente en que Florence se haría cargo. De aquello no le quedaba duda alguna.
—Tú hablarás con Morgan— sentenció.
—¿Hablar con Morgan?—
—Violet me ha confesado algunas de sus inquietudes— admitió —Creen que Morgan no es lo suficiente "afectiva" con Logan, además de...—
—Estoy al tanto de sus mensajes nocturnos— la interrumpió Ezra.
—Te encargarás de ese asunto— Ezra asintió —Y a cambio yo me encargaré de solucionar el error tan grande que has cometido—
Ezra abrió los ojos y miró a Florence.
Si, ella seguía siendo hermosa a pesar del pase de los años. Mantenía aquel porte y desbordante seguridad de cuando era joven. Si no fuera por algunas insignificantes arrugas que estaban en su rostro o por los mechones de cabello blanco —Los cuales insistía en cubrir entintándolos una vez al mes— cualquiera podría pensar que apenas iría por los treinta y algo.
Ezra sabía que Florence tendría algo que ninguna jovencita lograría siquiera a desear. Ella nunca se sobresaltaba, así le dieran la peor noticia, no lo hacía. En cambio, su cerebro ideaba un millar de planes para salir de aquello. Cada uno más eficiente que el anterior.
–¿Fue su juventud?— preguntó.
Ezra agitó un poco su cabeza y salió de sus pensamientos.
—¿Qué?— fue lo único que atinó a decir.
—¿Lo hiciste por qué te atrajo su juventud?— insistió. —¿O solo fue por su cuerpo?—
Se cuestionó si sería mejor mentirle y decirle que si había sido por el cuerpo de la chica. Florence tenía un cuerpo de envidia para su edad, pero seguía teniendo sus inseguridades. Por un momento creyó que sería mejor decirle aquello, antes que confesarle la verdad. No estaba preparado para que su esposa, después de casi treinta años de matrimonio, conociera lo enfermo que podía llegar a ser. Lo mucho que necesitaba golpear a alguien y que aún le pidieran más.
—No— admitió —No tuvo nada que ver con su juventud—
—¿Belleza?— él negó —¿Por qué fue entonces, Ezra? No me vengas a decir que es amor—
—¿Que si lo fuera?— ambos sabían que aquello no era una posibilidad. Pero él pensaba que podía despertar algo en Florence, hacerla, aunque sea sentir una pizca de celos.
—Tomaría a mis hijas esta misma noche y nos iríamos a donde no nos pudieras encontrar— confesó —No podría estar con alguien que está dispuesto a matar a alguien que ama—
Aquello le tomó por sorpresa.
—¿Entonces? ¿Qué fue?—
—Podía lastimarla— Florence alzó un poco sus cejas —Nunca se negaba a algo que yo le ordenara. Y siempre se mantenía atenta, dispuesta y...—
—Es una prostituta, Ezra—soltó Florence, —Ese es su trabajo. Si le dieras un fajo de billetes y le dijeras que caminara sobre vidrios rotos lo haría, por qué no puede generar dinero de otra forma y lo necesita—
—¿La estás defendiendo?—
Algo se asomó en los ojos de Florence, pudo haber sido compasión o furia.
Como quiera, su expresión neutra regresó cuando dijo:
—Háblale a Morgan.