Almas gemelas

1617 Palabras
Choques eléctricos hacían convulsionar el cuerpo del Capitán América. Howard, por su parte, se mantenía fuera de la cabina donde mantenían al superhéroe, junto con su reducido equipo de laboratoristas. Estaban frente a una consola que mostraba niveles de energía máximos y observaban atentamente por el gran cristal al cuerpo del capitán que seguía sin vida.   —Señor Stark, su hijo acaba de arribar a la torre —anunció Jarvis en volumen bajo.   Howard entrecerró los ojos, le había pedido a Tony llegar puntual para que estuviera presente en el proceso de reanimación, pero había llegado media hora tarde, ya no tenía caso que estuviera en la torre.   —Ahora no —se quejó presionando de nuevo el botón para que la energía volviera a chocar contra el cuerpo del Capitán América—. Es muy tarde, dile que vuelva a la mansión.   —Señor, su hijo desactivó la comunicación y está subiendo hacia el laboratorio.   Howard soltó el botón emitiendo gruñidos bajos que ponían nerviosos a sus trabajadores.   —Demonios, Jarvis. Deja de consentirlo y activa la comunicación para transmitirle mi orden.   —Lo siento, señor —se disculpó la inteligencia artificial—, pero no tengo permitido hacerlo. La jerarquía en mi sistema dicta que el señor Tony Stark es la prioridad.   Vanko —habló en tono grave ignorando el último comentario—, ve y encárgate de ese niño. No le permitas subir a este piso, en este momento es peligroso que se mantenga cerca.   El alfa asintió, revisó los niveles de feromonas en el ambiente y cuando se aseguró de que todo estaba bajo control, se retiró rápidamente del lugar.   Por una parte, Howard reconoció que había sido mejor que Tony no llegara a tiempo, pues a pesar de que todavía no lograban regresarle la vida al capitán, el cuerpo del alfa expulsaba un leve aroma territorial. Si Tony llegaba a percibirlo podría causarle algún tipo de descontrol pues apenas habían pasado unos días de su último celo, todavía se mostraba un poco receptivo, más de lo normal. Lo mejor era mantenerlo alejado hasta asegurarse de que los aromas estuvieran bajo control.   Una intermitencia en el frecuente sonido del monitor donde se reflejaba el pulso del capitán, provocó que las respiraciones de todos se pausaran.   Era hora de inyectarle la fórmula con adrenalina.     ***** —Vanko es un amargado —farfulló Tony cruzándose de brazos.   Era absurdo el haber sido llamado y que cuando llegara lo encerraran en un pequeño cuartucho apenas iluminado por una diminuta ventana casi pegada al techo.   —De haber sabido que estaría aquí, me hubiera quedado en casa trabajando.   —Fue tu culpa por haber llegado tarde —se burló Happy, quien se mantenía del otro lado vigilando el pasillo—. Si hubieras salido de tu laboratorio cuando te lo pedí, tu padre te hubiera recibido y estarías presenciando la resucitación del Capitán América.   —Como sea —refunfuñó tirándose sobre la pequeña camilla, el único mueble que decoraba aquel lúgubre lugar—. Tengo sed, ¿podrías traerme algo de beber?   — ¿Prometes no escapar? —Preguntó Happy con voz divertida.   —Muy gracioso —habló fingiendo indignarse—, como si tuviera la llave para salir de aquí.   La risa del beta lo hizo sonreír, a veces le parecía divertido lo ingenuo que era su guardaespaldas respecto a la seguridad tanto de la mansión como de la torre.   —Muy cierto, pequeño omega —seguía burlándose su asistente—, iré por tu bebida, no tardo.   Tony presionó un botón de su muñequera, revelando un holograma que mostraba el pasillo de donde se alejaba Happy. Para su suerte estaba vacío, así que se puso de pie de un brinco y se acercó a la puerta.   —Jarvis, abre la cerradura —susurró emocionado hacia su muñequera.   En cuanto el seguro se destrabó, se asomó para cerciorarse de que no hubiera nadie merodeando. Rápidamente salió de aquel lugar cerrando de nuevo con otra orden y se echó a correr hacia las escaleras de emergencia. Ese lugar normalmente se mantenía despejado, por lo cual, tuvo toda la tranquilidad de subir los cinco pisos que lo distanciaban del lugar donde se encontraba el Capitán América. Moría por hablar con él y averiguar un poco más de su naturaleza.   Cuando llegó al piso objetivo, se asomó curioso, y a pesar de la poca luz del lugar, casi brincaba feliz al ver todo despejado. Entró con mucha seguridad caminando por los largos pasillos, aunque comenzó a sentirse nervioso conforme avanzaba pues un mal presentimiento se asentaba en su corazón.   —Jarvis —susurró a su muñequera.   Al no obtener respuesta de su inteligencia artificial se detuvo de golpe para verificar el funcionamiento de la misma. El aparato mostraba un “fuera de señal” desconcertante. Era imposible que Jarvis no tuviera acceso a toda la torre. Debió ser desactivado para ese piso y él ni siquiera se había dado cuenta por estar tan ensimismado en sus pensamientos.   «¡Algo salió mal!» Sus instintos le gritaban.   Y como si fuera una premonición, un estadillo de cristales lo hizo brincar un poco. Un conjunto de gruñidos y órdenes secas de alfas retumbaron en el lugar. Las voces no eran familiares, Tony sabía que se encontraba en un grave peligro, pero no podía huir, sus piernas no respondían.   Al fondo vio una puerta oscura y por el gran alboroto que retumbaba en el lugar, sospechó que se trataba del laboratorio donde se estaba llevando a cabo la resucitación del Capitán América. Algo había salido mal y si solo había alfas en ese lugar, su vida corría un gran peligro. Intentó con todas su fuerzas poner en funcionamientos su cuerpo para huir, sin embargo, un potente aroma le golpeó la frente, era tormentoso, desesperado y de una forma extraña, muy excitante. Cualquier remanente de instinto de supervivencia se esfumó de su sistema, se sentía atrapado por él, parecía que no había salida. Unas garras invisibles habían rodeado su pequeño cuerpo conduciéndolo inconscientemente a la boca del lobo.     ***** Steve Rogers despertó con una gran agitación. Se encontraba en una habitación tan iluminada que no le permitía ver a su alrededor. Cuando intentó moverse, unas gruesas cadenas no se lo permitieron.   —Capitán Steve Rogers, necesita tranquilizarse —habló una gruesa y familiar voz.   Sus sentidos se pusieron alerta cuando pudo detectar la cercanía de tres alfas. Forcejeó con mayor fuerza, siendo un intento inútil. Su desesperación creció cuando una avalancha de recuerdos se amontonó en su mente.   Recordaba estar peleando contra Red Skull en una nave que estaba cayendo en picada en el hielo.   «Debería estar muerto», se dijo lleno de angustia por no entender lo que estaba sucediendo.   Escuchó una puerta abrirse y unos pasos se acercaban a la vez que podía percibir un delicado aroma, pero demasiado llamativo como para pasar desapercibido.   —Capitán, necesitamos hablar.   Su piel se erizó al volver a sentir la familiaridad esa voz, aunque sin poder reconocerla.   En cuestión de pocos segundos imaginó todo tipo de escenarios. Tal vez sus enemigos lo habían capturado y experimentado con él. Y lo peor de todo, era muy probable que Hydra hubiera ganado la guerra.   Steve concentró su fuerza y después de unos intentos más, pudo romper las ataduras. De inmediato se incorporó para atacar a un tipo de bata blanca, aventándolo contra una pared de cristal que no había visto. El aroma de aquellos alfas se hizo más fuerte y comenzó una corta pelea donde intentaban amedrentarlo, pero ninguna orden era lo suficientemente pesada como para doblegarlo. Al contrario, lo hacían enfurecer aún más y con sus habilidades de súper soldado prime, pudo dejar inconscientes a los presentes.   Steve aspiró pesadamente en un intento de controlarse y averiguar el lugar en el que estaba, cuando la dulce esencia se hizo más fuerte. Olía a nostalgia, a deseo desbordante, a desesperación por atención con una combinación de dulce olor a café que lo invitaba a tomar, a poseer, a marcar.   Cegado por el instinto de dominar, derrumbó la puerta con una patada y salió al oscuro pasillo olfateando con desesperación. Tirado en el piso se encontraba un pequeño y tembloroso ser con la respiración desbocada y unos hermosos ojos castaños oscurecidos. Era un omega quien desprendía tan fascinante fragancia, se veía tan desprotegido y a la vez dispuesto a ser marcado, podía percibir el deseo en el aire.   —Mío —gruñó excitado abalanzándose sobre él para olfatear ese delgado cuello.   Un conjunto de emociones contradictorias se convirtió en un gran peso en su corazón que lo hizo proferir gemidos exasperados. Ese aroma lo había disfrutado durante toda su vida a través de una bebida y ahora un omega se lo ofrecía en forma de feromonas, había encontrado a su alma gemela sin siquiera tener que buscarla.   Abrió la boca escurriendo saliva por el deseo de probar aquella piel. El pequeño ser se estremeció jadeando acalorado, unas pequeñas manos se sujetaron de su pecho y por primera vez se dio cuenta de su desnudez. Tenía la entrepierna endurecida frotándose ansiosa contra los muslos de la criatura.   —Capitán —sollozó el muchacho con una dulce voz, siendo esto lo suficiente para que su mente abandonara la poca cordura que le quedaba.   Su garganta emitió un espeso gruñido lamiendo ese dulce cuello y encajó los dientes hasta percibir el sabor de la sangre. El omega enredó los brazos sobre su cuello atrayéndolo hacia abajo. Mostraba el deseo por continuar para sellar el vínculo y su instinto no podía estar más de acuerdo, lo deseaba, quería verlo deshacerse en sus brazos, que aceptara la marca y hacerlo completamente suyo.
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