Siete días. Han pasado siete días desde que vi por última vez a mi familia y siento que estos días se han convertido en años. Es extraño porque en tan poco tiempo he comenzado a olvidarme de pequeños detalles como el nuevo corte de cabello de mi hermano o qué tan blanca era la piel de mi madre. Siete días han iniciado con la creación de un abismo entre ellos y yo. Prefiero pensar que eso se debe a las cosas que ahora pasan mucho por mi mente y que me preocupan, cosas que me han llevado a ponerlos en el sótano de mis pensamientos.
Me alivia mucho no estar sola, la soledad en esta fría casa me habría llevado a perder la cordura, me mataría lentamente como el frío del invierno a una flor. Tengo un nuevo compañero de casa y amigo, Noah, el chico de los ojos dorados. Nunca menciona su apellido ya que en este extraño mundo del que ambos somos parte, es mejor evitar cualquier cosa que pueda vincularte con tu familia, por el bien de ellos y el tuyo.
Con dificultad me incorporo de la cama ya que la fiebre que ha estado cerca de matarme en estos días dejó rezagos en mi cuerpo, haciendo que cada movimiento me cause un agudo dolor. Por días he pasado sufriendo de ataques de dolor intensos donde siento que los músculos me son arrancados de los huesos. El dolor es insoportable y muy lento.
Mi nuevo acompañante me explicó que esos dolores son muy normales sobretodo después de la primera transformación, donde el cuerpo se acostumbra a soportar los cambios en la morfología. Las personas que tienen el don pero son muy débiles no logran soportarlo y mueren a pocos días de su primera transformación. No hay nada que hacer para ayudarlos, todo esto se limita a la supervivencia del más fuerte.
Pensar en eso no es algo que me anime ya que cada vez que padezco de ese dolor siento que estoy al borde la muerte y temo no ser lo suficiente fuerte para soportarlo. Noah intenta sacarme ese miedo diciéndome que no me ve como una persona débil y yo intento con todas mis fuerzas creer eso.
Me pregunto ¿cómo pasó él por todo esto completamente solo?
Estiro mi mano hasta alcanzar el reloj que descansa sobre mi mesa de noche. Son las seis de la mañana y aún el bosque continúa cubierto de un cielo nocturno.
Una vez que me levanto de la cama recojo la suave cobija de lana con la que Noah me cubrió durante la noche. La aprieto en mis manos con melancolía cuando en mi mente vuelven los recuerdos del día en el que mi madre me la regaló. Sufría de mis primeras pesadillas y ella dijo que con esto no las volvería tener. Obviamente mintió pero aún así me aferré a ella por mucho tiempo.
Bajo las gradas sintiendo la fría madera bajo mis pies descalzos y entro en la cocina donde encuentro a Noah. Al verme sonríe mostrando unos suaves hoyuelos en sus mejillas. Intento devolverle la sonrisa, pero creo que termino haciendo una extraña mueca.
- ¿Estas bien?- me pregunta con preocupación.
- Sigo un poco mareada, pero estoy mejor.- respondo acerándome a él para observar qué cocina con tanta concentración.
El olor dulce y cálido de la masa de panqueques cocinándose hace rugir mi estómago. Se ve tan perfecto y delicioso.
-Tengo otra pregunta.- le digo viéndolo fijo a los ojos mientras me siento en el mesón a un lado de donde él está cocinando.
- Te escucho.- responde con calma mientras abre los gabinetes y saca algunas cosas para cocinar.
-¿Por qué nunca antes te había visto?.- Me resulta extraño verlo como una persona tan familiar cuando no tengo ninguna recuerdo de él. El pueblo más cercano al bosque es demasiado pequeño por lo que todos nos conocemos, debería haberlo visto al menos una vez pero cuando lo pienso no encuentro nada. Si vivimos tan cerca todo este tiempo por qué nunca había tenido contacto con él. -¿Eres de otra ciudad? ¿Has vivido solamente en este bosque?
Él sonríe por la cantidad de preguntas que le hago y me pide que tenga calma.
-Viví en California cuando era niño y cuando cumplí trece mis padres se mudaron aquí, al bosque al igual que los tuyos.- dice mientras intenta mover la comida del sartén con una espátula .-Obviamente ellos ya sabían lo que me esperaba y no tuvo que pasar mucho tiempo para que me transformara y se marcharan.
Me muerdo el labio al escuchar su respuesta. Me siento un poco culpable, no quiero hacerlo sentir mal por recrear en su mente los feos momentos de su pasado.
-¿Cuándo fue tu primera transformación?
- A los catorce años.- responde y me guiña un ojo mientras coloca más masa en el sartén.
Demasiado joven como para vivir en tanta soledad, un sentimiento de melancolía crece dentro de mí a medida que lo imagino teniendo que enfrentarse a esta realidad a tan temprana edad.
-Te admiro, me imagino que no fue nada fácil.- respondo y él vuelve a sonreírme con ternura. Un sentimiento extraño pero cálido se abre paso en mi cada vez que sonríe así.
- Te gustan los panqueques ¿verdad?.-pregunta él, sacándome de mis pensamientos. Asiento y él pone a mi lado un plato con una torre enorme de panqueques.- Come todos los que quieras, los preparé para ti.
Me da ternura ver que me ha preparado un gran desayuno y sobre todo mi favorito. Tomo la torre de panqueques y los coloco sobre la mesa para después servirme lo que más pueda.
-Está es mi comida favorita.- le digo guiñándole un ojo.
-Lo noté, todos esos cajones están llenos de masas para prepararlos. - responde riendo.
Noah abre las encimeras y saca una miel de maple, la riega sobre los panqueques con delicadeza y se sienta en la silla que está frente a la mía. Por algunos minutos me observa comer y me siento un poco incómoda ya estoy segura de que en este momento no está teniendo una linda imagen mía, por lo que decido distraerlo:
-¿Cómo conociste a los lobos que quieren matarme?- pregunto con curiosidad mientras como.
- Este es su territorio, Emma.- responde un poco tenso.- Cuando mis padres me abandonaron la pequeña casa donde vivíamos estaba igual en su territorio, después de un tiempo me encontraron y anduve con ellos.
-Yo no recuerdo haber visto lobos cerca de mi casa.- le digo con el ceño fruncido al estar confundida.
-No solemos acercarnos mucho a las casas de los humanos o a las carreteras. Tener contacto con ellos lo único que trae es problemas.
Anoto su consejo de supervivencia en mi mente: No humanos, listo.
Me sirvo más panqueques una vez que mi plato queda vacío y los como con deseo. No entiendo por qué ahora siento su sabor mucho más delicioso además de que mi hambre no parece satisfacerse.
-¿Puedo llenarme con esto y así no tener que cazar cuando sea un lobo?- pregunto con curiosidad.
-No.- dice él riendo.- Sería genial si esto fuera tan fácil. Tienes que mantenerte fuerte tanto en tu forma humana como en tu forma de lobo y en ese caso la mejor forma de estarlo es cazando.
Aprieto los labios, esperaba no tener que cazar más. Es ahora, cuando tengo pleno control de mi mente, que me siento mal al estar cazando seres vivos y despellejándolos.
Noah estira su mano hacia la mía y la acaricia con suavidad.
-Te entiendo, no es fácil en un inicio. - comenta él con sus ojos fijos en los míos.
-Me gustaría saber cómo lograste pasar por...- mis palabras quedan en el aire. Una punzada se adueña de todos mis músculos. Hago una mueca de dolor y aprieto los ojos esperando que se detenga.
-¿Estás bien ?- pregunta Noah asustado dejando a un lado su comida.
- Será mejor que vaya a recostarme.- respondo y con dificultad me levanto de la silla.
Apenas doy un paso cuando de repente el dolor se vuelve insoportablemente intenso, siento que todo mi cuerpo se paraliza en agonizantes calambres y espasmos. La espalda me duele tanto que caigo de cara al frío suelo, mis piernas arden como si acabaran de tocar ácido. Intentar levantarme es inútil ya que mi cuerpo no responde a ninguno de mis movimientos. Siento como todo mi cuerpo se cubre de sudor y de nuevo siento que me quemo.
Noah salta de su silla a mi lado, me toma en sus brazos y me aprieta contra su pecho para cargarme. Pego mi rostro a su camisa intentando soportar todo esto, pero me cuesta demasiado. Mi compañero sube las gradas lo más rápido que puede y me lleva a mi habitación.
Me suelta en mi cama mientras yo sigo llorando y agarrándome la cabeza con las manos.
-Tranquila.- me susurra mientras me seca las lágrimas con sus dedos.-Todo va a estar bien.- en sus ojos veo que tiene pánico, como si parte del dolor lo estuviera sintiendo él.
Estiro mi mano hacia él y no duda en tomarla. La esconde entre sus dos manos, abrigándola con delicadeza.
-Resiste.- me pide en un sollozo.- No luches contra el dolor, Emma.- me avisa mientras me mira con atención.
Solo quiero que esto se detenga.
Doy un grito cuando siento todo mi interior revolverse dentro de mí.
-No luches contra el dolor, Emma.- repite él con seriedad.-Si lo haces puedes morir.
Aprieto su mano con tanta fuerza que temo arrancársela pero Noah ni siquiera parece notarlo.
Jadeo cada vez que los espasmos me electrocutan, es la peor clase de dolor en el mundo, como si cada centímetro de mis huesos se quebrara para luego volverse a unir.
Cierro los ojos intentando recordar la voz de Noah y sus instrucciones :"No luches contra el dolor". He intento obedecerlo. Me permito sentir el dolor y luego dejarlo ir.
Lentamente mi cuerpo comienza a relajarse y los espasmos se vuelven menos intensos. En mi interior poco a poco todo comienza a sentirse en calma. He pasado por esto hace varios días y sé que el dolor vuelve cuando menos lo espero, cada vez que sucede ruego por que sea la última.
- Quedate .- le pido a Noah apretando su mano. Él asiente y sin dudarlo se recuesta a mi lado, rodeando mi cintura con sus fuertes brazos.
- No me iré.- susurra en mi oído. Entre sus brazos me siento como un ser diminuto.
Apoyo mi cabeza en su cuello y cierro los ojos, su aroma es delicioso, es fresco y limpio, me recuerda al aroma de las plantas después de qué pasó una tormenta.
Sin darme cuenta me voy quedando dormida, sin pensar en el ligero dolor que todavía siento, en el frío que entra a la casa o en el sonido de las pequeñas gotas de agua que caen en el bosque.
-¿Te sientes mejor?- susurra a mi oído haciéndome cosquillas.
- Sí, Noah.- le respondo en voz muy baja porque me estoy quedando dormida.- Gracias por quedarte.
-¿Quieres que me vaya?- Pregunta en una voz tan baja que casi parece inexistente.
Me quedo callada y como respuesta acomodo mi cabeza en su pecho. Lo abrazo con más fuerza y me siento más cómoda que nunca.
Es su tierna risa lo último que escucho antes de quedarme dormida.