Esa noche solo lloré. Lloré tanto que, en mitad de la madrugada, comencé a sentirme deshidratada y cansada. Mi teléfono no paraba de sonar. Llamadas y mensajes de Alvar, Erik y Narcisa llenaron mi buzón de voz y dejaron notificaciones por montón en aquel aparato. Por fortuna, nadie sabía dónde estaba y Albena jamás diría nada, porque me lo debía. Era lo mínimo que ella podía hacer. En medio de la cama, abrazando mis piernas y dándome autocontención, me juré no volver a sufrir. No me lo merecía. Nunca le había hecho daño a nadie y reafirmé esa idea que tuve alguna vez, de que había salido muy pronto de mi amada isla. Traté de dormir, pero la única vez que pude, una pesadilla me asustó demasiado y luego de eso, desistí de volver a intentarlo. Me sentía agotada física y mentalmente. Mi cuer

