A la mañana siguiente, mi ánimo seguía igual. Me sentía muy cansada, triste y sola. Siempre habíamos sido mi padre y yo. De mi madre no recordaba nada y nunca pregunté sobre ella tampoco. Papá me sentó en el sillón de la sala de estar a los diez años. Me dijo que solo éramos él y yo, que mi madre nos había abandonado cuando yo era una recién nacida, pero que jamás iba a hablar mal de ella. Me preguntó si yo quería saber algo sobre aquella mujer, pero la verdad, nunca sentí curiosidad, así que, jamás pregunté. A pesar de que éramos solo nosotros dos, nunca me había sentido sola. Cada recuerdo que tenía en mi memoria estaba adornado con la sonrisa de papá, con sus abrazos y sus incontables “te quiero” que cada día me regalaba. Él había sido todo para mí, mi padre, mi amigo, un hermano mayo

