CAPÍTULO 2 — A la distancia

1525 Palabras
Cuando volví a la empresa, después de salir por un café con Narcisa, me quedé pensativa el resto del día. Ni siquiera salí a almorzar. Albena me insistió unas cinco veces para que fuera a almorzar y ante mi negativa, poniendo de excusa que tenía mucho trabajo, terminó pidiendo un almuerzo para mí y me obligó a comer. Me dejó todo servido en mi escritorio y no se movió de ahí. —No me iré hasta que te vea comer, Lena— me dijo de brazos cruzados. —En primer lugar, soy la dueña de esta empresa y… —No me importa. Podrás ser la dueña, pero yo soy tu mano izquierda en esta empresa, porque Erik es la derecha y debemos velar por tu estabilidad en todo sentido. Tu padre jamás me hubiese perdonado que dejara que te enfermaras y lo sabes. Aunque solo nos vimos una vez con Sygurd, por obvias razones, sé que me hubiese dicho hasta el cansancio que te cuidara. —Está bien— le dije derrotada. No era una niña chica que necesitara que la cuidaran, pero estaba sola en el mundo y agradecía que a veces, alguien me cuidara. Sabía que tenía a Erik, Albena y Narcisa a mi lado, pero cuando decía que estaba sola, era porque ya no tenía a mi padre junto a mí. Tres meses desde su partida y se sentía como si hubiese sido ayer. Solo cuando me comí la mitad del almuerzo, Albena se fue de mi oficina para almorzar. Ella era una chica muy linda, tenía treinta y cinco años, pero no los aparentaba. De hecho, se veía mucho más joven. Era una persona muy seria en el trabajo y a pesar de que ya nos conocíamos hace tres meses, aun no podía verla actuar fuera de la oficina. Siempre me preguntaba si era igual de seria con sus pares. Cuando terminé de almorzar, boté a la basura los envases de la comida y me fui al baño privado que tenía en mi oficina para lavar mis dientes y mis manos. Me estaba cepillando mientras me miraba en el espejo, cuando se me vino un recuerdo a la mente. Alvar entraba al baño cada vez que me cepillada y se colocaba detrás de mí. —Hasta cuando te cepillas los dientes eres hermosa, Lena— me dijo en aquella ocasión. Decidí olvidar ese recuerdo y terminar de cepillarme. Volví a mi escritorio y continué trabajando, pero a la media hora no pude seguir. Estaba demasiado desconcentrada y esa sensación pequeñísima de empoderamiento que había tenido en la mañana, se había esfumado como la niebla cuando sale el sol. Me recosté en la silla de mi escritorio y giré en ella para ver hacia afuera a través de la pared de vidrio que me mostraba el hermoso jardín lleno de flores coloridas y árboles en tonalidades verdes. El edificio de la empresa era en un noventa por ciento de vidrio. El otro diez por ciento era obra gris, o sea, de paredes de hormigón visto, porque los baños y el comedor enorme que había en el lugar debían estar cerrados a la vista de los demás. Así lo había decidido mi padre, cuando encargó la construcción del edificio hace unos tres años atrás. Y lo mejor de todo, es que el edificio era autosustentable. La visión de papá había quedado hermosa y perfecta gracias a los Virtanen-Asturias. Esos dos arquitectos habían sido los mejores para canalizar las ideas de mi padre. Aún no conocía al matrimonio de arquitectos, pero esperaba hacerlo pronto, porque desde hace un mes, había adquirido un nuevo sueño en la vida, quería viajar a otros países y Finlandia iba a ser el primero. Di un suspiro profundo y miré mis manos mientras jugaba con ellas en mi regazo. Desde que Alvar había elegido a otra, me sentía extraña, como si una parte de mi corazoncito estuviese en pausa, esperándolo. Pero tampoco estaba dispuesta a esperarlo toda la vida. Había comenzado a vivir mi propia vida desde hace tres meses y recién tenía treinta años. Tenía mucho qué vivir, experimentar y conocer. Sabía que no podía quedarme toda la vida esperando, mucho menos me podía hacer ilusiones con algo que ya no sabía si sucedería algún día. El día en que Alvar y yo nos habíamos conocido, había sido caótico. Terminé mordiendo su cuello sin medir consecuencias y a la vez, él terminó salvándome la vida. Ese solo gesto de parte de él había sido el detonante para que formáramos una amistad de una manera muy rápida. Todo se había dado en cosa de días. Sus brazos enormes y musculosos me habían acunado cuando más lo había necesitado. Pero ahora ya no los tenía, porque le pertenecían a otra. —Siempre que me necesites, estaré para ti, Lena— me había dicho Alvar en una ocasión. —Y yo lo estaré para ti, Alvar— le contesté sonriente. Ver sus ojos color violetas me daban paz en ese entonces. Esa rara combinación de colores que formaban un hermoso violeta me transmitía tanto cada vez que los veía. —Te he dicho que no me mires así— me regañó sonriente en esa oportunidad. — ¿Por qué? — le pregunté curiosa. No entendía por qué siempre me decía eso. —Porque siento que ves a través de ellos, que puedes leer mi mente— eso me hizo reír mucho, porque sentía que era él quien podía leer mi mente y ver a través de mis ojos. —No es cierto. Eres tú quien siempre adivina todo lo que estoy pensando— nos reímos un rato, porque él sabía que yo no estaba equivocada. Él siempre adivinaba lo que pasaba por mi mente y actuaba en función de eso. Teníamos una conexión muy especial en aquel momento. Ahora, no sabía si aún la teníamos. Nuestra amistad se dio de una forma muy extraña y rápida. Desde el día uno en que nos habíamos conocido, habíamos comenzado a conectar de apoco el uno con el otro. Aunque siendo honesta, a mí me había costado el doble de lo que le costó a él, porque la forma en que nos habíamos encontrado en la vida había sido terrible. Los primeros días, dudaba siquiera en hablarle. Conforme fueron pasando los siguientes días, ya hablábamos mucho más. Hasta que, a las semanas siguientes, ya parecíamos novios delante de nuestros conocidos. Alvar había perdido a su madre hace algún tiempo, cuando nos habíamos conocido. Solo tenía a su padre, siendo el más cercano a él. Yo había perdido a mi amado padre y ese vacío que ambos teníamos en el corazón, nos había hecho tener algo en común. No podía actuar como una niña y decir que ojalá nunca lo hubiese conocido, porque siempre había pensado que las cosas pasaban por algo. Pero desde hace un mes, las cosas habían cambiado en un cien por ciento. Yo ya no era protagonista en su vida, ahora solo era un espectador. Me giré en la silla nuevamente y traté de seguir trabajando. Me costó demasiado concentrarme, porque la reunión que habíamos tenido en la mañana los dos solos me había dejado una rara sensación. Pero tenía una responsabilidad enorme y debía continuar con mi trabajo costara lo que me costara. A las nueve de la noche, decidí terminar de trabajar e irme a casa. Desde hace un mes me estaba yendo sola. A veces Erik me llevaba, pero la mayoría de las veces tomaba un taxi. Ya sabía cómo moverme por la ciudad, Narcisa se había encargado de enseñarme y siempre iba a estar agradecida con ella por eso, porque me había ayudado a ser mucho más independiente. Cuando llegué a mi departamento, abrí la puerta lo más rápido que pude y entré. ¿Por qué entraba rápido cada noche? Pues, porque Alvar y la otra, vivían al frente de mi departamento. Hace dos meses me había comprado el departamento que estaba al frente del de Alvar. Vivíamos en el último piso de un edificio muy moderno en el centro de la ciudad. En ese piso, solo había dos departamentos, el de él y el mío, separados en cada extremo con el ascensor justo en medio del pasillo. En aquel momento, había sido una buena idea comprarlo, pero jamás me hubiese imaginado que semanas después, esa iba a ser la peor idea que se me hubiese ocurrido. Vender este departamento me iba a costar demasiado, porque era bastante caro y lujoso. Tenía dos pisos y amplios espacios. La terraza era enorme y la vista hacia la ciudad le aumentaba considerablemente el valor. Por eso aún no lo vendía, porque, por un lado, me estaba costando mucho tomar la decisión de venderlo por razones sentimentales y, por otro lado, estaba segura de que me iba a tardar harto en venderlo en el mercado. Pero deshacerme de él implicaba alejarme de Alvar y no estaba lista aún para eso. Al menos no todavía. Mientras tanto, me conformaba con verlo a la distancia en cada lugar que nos encontráramos. Estaba mal, lo sabía, pero era algo que no podía evitar.
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