Apenas cerré la puerta de mi casa, me giré y miré por el ojo de la puerta hacia el pasillo. Cada noche lo hacía esperando a que Alvar se asomara y viniera hasta mi casa. Era una tonta idea, lo sabía. Pero aún no podía alejarme de él completamente. Cuando veía que no sucedía nada, después de unos dos minutos, me rendía y me alejaba de la puerta. Era muy absurdo todo.
—Debes olvidarte de él, Lena. Ya tomó su decisión— me repetía cada noche.
Dejé mis cosas en la habitación que ocupaba de oficina y encendí mi computador personal, para continuar con mi búsqueda de viajes. Estaba decidida a tomarme unas vacaciones en algún momento. Aún no sabía cuándo, pero sabía que sí quería hacerlo. Finlandia sería el primer país, luego algún lugar asiático. Llevaba muy poco tiempo en la empresa y al menos, ya sabía absolutamente todo lo que debía saber para manejarla en un cien por ciento. Además, contaba con Erik y Albena a ciegas y sabía que ellos cuidarían de mi enorme bebé en mi ausencia.
Antes de seguir con mi búsqueda, decidí cambiarme de ropa. Subí a mi habitación y apenas entré en ella, comencé a desnudarme. Me di una ducha rápida para relajarme un poco y me puse un pijama, que, según Alvar, era sexy. Lo había comprado hace mucho tiempo atrás y cuando nos separamos, me compré muchos en ese mismo modelo y de todos los colores. ¿Por qué? No lo sé. Solo lo hice y ya. El pijama resaltaba demasiado mi figura, tenía un short demasiado corto, que apenas cubría mi trasero y una camisa sin mangas en la parte de arriba. Había decidido colocarme el que era de color rojo.
Cuando estuve lista, bajé a la cocina y me serví una copa de vino como cada noche. Quizá era solo idea mía, pero beber una copa en la noche me ayudaba a dormir bien. Iba caminando hacia mi oficina, bebiendo de mi copa, cuando sonó el timbre del departamento. Miré la hora en el reloj de pared de la sala de estar y recién eran pasadas las diez de la noche. De seguro era Narcisa, porque a veces llegaba de sorpresa en las noches. Aunque no entendía por qué tocaba el timbre, si ella tenía llaves de mi casa. Se las había dado hace dos semanas, cuando estuvo un día entero insistiéndome que le diera una copia en caso de emergencia, cosa que me pareció razonable.
—No entiendo por qué tocas, Narcisa…— le dije cuando estaba abriendo la puerta. Pero me detuve y dejé de hablar, porque Alvar era quien estaba del otro lado, en el pasillo —Alvar… qué…— no alcancé a decir nada más, porque él entró a mi departamento rápidamente, cerró la puerta de un portazo, me tomó de la cintura y me besó apasionadamente.
Por unos segundos pensé en alejarlo, pero había extrañado sus besos y sus caricias. Así que, le respondí el beso con todo el amor que sentía por él. Lo abracé por el cuello con la mano que tenía desocupada y ahí me quedé. No me importó que sus labios tocaran otros labios cada noche, ni que sus caricias le pertenecieran a otra ahora. Lo había extrañado tanto, que no pude evitar sentir tristeza y un par de lágrimas salieron de mis ojos, mientras lo besaba.
Estaba locamente enamorada de Alvar y moría por decirle que se quedara conmigo, pero las cosas habían terminado muy mal entre los dos y él había tomado otro camino. Sabía que el beso iba a terminar en cualquier momento, pero no quería que eso sucediera, así que, lo abracé más fuerte aún, tratando de que mi otra mano no soltara la copa de vino.
Cuando él cortó el beso, pegó su frente a la mía y cerró sus ojos. Con mi mano libre, toqué su cuello, acaricié su rostro, toqué su pecho fuerte y musculoso tratando de no olvidar su hermoso cuerpo.
—Lo siento— me dijo de repente. Suspiró y separó su rostro del mío. Aproveché de mirarlo y detallar su bonito rostro perfecto, sus tatuajes en el cuello y sus ojos violetas. Acaricié su mejilla y pasé mi dedo por sus labios.
—Yo lo siento más— le respondí en un susurro. Le di un corto beso en sus labios y cuando me separé de él, nos abrazamos. Aspiró mi perfume, del que aún quedaban rastros en mi cuello, lo besó y se fue tan rápido como había entrado en mi casa.
Era la primera vez que nos besábamos desde hace un mes, desde que nos habíamos separado. Me quedé mirando a la puerta unos minutos. Cuando mis lágrimas dejaron de bajar silenciosas por mis mejillas, sequé los rastros de ellas, tomé un sorbo de mi copa de vino y me fui a mi oficina. No fui capaz de seguir con mi búsqueda y terminé apagando el computador. Me recosté en la silla y miré al cielo estrellado a través de la ventana. Me bebí la copa de un sorbo y me quedé pensando en lo sucedido hace un rato.
Pero como cada noche, no podía dejar de rememorar lo que había sido mi vida hasta ese momento. Y recordar cuando cumplí treinta años, era algo que siempre repetía en mi mente, porque había sido algo muy doloroso.
Llevaba ya tres meses en la empresa que había heredado de mi padre. Había tratado de aprender rápidamente todo lo que debía saber para manejarla de la forma más eficiente posible. No quería joder su memoria, mucho menos el patrimonio enorme que me había dejado.
Ser la única heredera de Sygurd Nygard, conllevaba una tremenda responsabilidad. No por nada, su empresa se había convertido en la mejor del país, en cuanto a tecnología y avances médicos se trataba. Éramos los primeros del mercado en la fabricación de elementos ortopédicos para personas que lo requerían. Teníamos laboratorios de primer nivel, en los cuales, se llevaban a cabo importantes investigaciones en el ámbito científico. Realmente éramos los mejores y eso me llenaba de orgullo.
Pero el orgullo se opacaba con el sentimiento de tristeza que tenía en el corazón y en la mente. Vivir en la ciudad era sencillo, salvo por un par de detalles que siempre rondaban en mi cabeza. Me sentía sola a veces, independiente de que Erik y Narcisa me hicieran compañía. Ellos se habían transformado en mi familia, no sabía si de forma permanente, pero al menos, por el momento, eran mi soporte emocional y estaba agradecida con ellos por eso.
Cada noche recordaba sus besos, sus caricias, nuestra primera vez. Pero también recordaba cómo nos habíamos conocido y las circunstancias que rodeaban ese amargo recuerdo. Siempre me preguntaba lo mismo, ¿Alvar y yo estábamos destinados? Solo el tiempo y el destino lo podrían confirmar en algún momento.