CAPÍTULO 4 — Una muerte inesperada

1807 Palabras
Recordar cómo nos habíamos conocido con Alvar era algo triste y, aunque con el pasar de los días esa tristeza se transformó en cariño y amor, no dejaba de ser un recuerdo amargo por el solo hecho de saber, que mi padre ya no estaba con vida y a mi lado. Esa mañana había decidido hacer un pastel. El día iba a estar hermoso. Con los años, me había vuelto una experta en el clima. Después de todo, haber crecido sin la tecnología, me había dado un sexto sentido para poder sobrevivir. Teníamos un teléfono en casa, que papá utilizaba para sus reuniones y también cuando era algo de suma urgencia, o sea, unas dos veces al año y eso con suerte, porque urgencias jamás habíamos tenido afortunadamente. Era lo más tecnológico que teníamos en la isla. Antes de salir a buscar leña para la cocina y la chimenea, fui a ver a mi padre a su habitación. Toqué la puerta, pero no me respondió. Abrí la puerta lentamente y vi que él aún estaba dormido. Cada año, celebrábamos mi cumpleaños con un pastel que mi padre preparaba especialmente para mí, luego salíamos a cazar algún animal que encontrásemos en el camino, nos daba igual el tipo de animal que fuera. Terminábamos el día haciendo una fogata en medio del bosque que nos rodeaba y nos comíamos lo que fuera que hubiésemos cazado durante el día. —Papá, iré a buscar leña, pero vuelvo pronto— le dije mientras me acercaba lentamente a él. —Está bien, hija. Me quedé dormido— me respondió él tratando de desperezarse. —No, no. Aún es temprano. Solo soy yo y mi buen humor levantándose demasiado temprano, porque hoy es un día muy especial— le contesté emocionada, porque realmente había estado esperando mucho tiempo ese día. —No tardes, por favor— me pidió él. —Vuelvo enseguida. Te amo, papá— le dije, dándole un beso en su frente y despidiéndome para salir a buscar leña. —Y yo a ti, pequeña, ve con cuidado— me respondió él mientras yo cerraba la puerta de su habitación. Cuando estaba pronta a salir de la casa, me puse las botas de agua, una chaqueta y tomé el bastón que utilizaba para caminar a través del terreno fangoso que había en el bosque. Caminé unos diez minutos por el sendero que habíamos creado mi padre y yo, cuando habíamos llegado a la isla, hace, exactamente, veinticinco años atrás. Comencé a recoger varios trozos de madera que había en el camino y media hora después, estaba lista con la cantidad que iba a necesitar para la chimenea y la cocina. Cuando iba devuelta a la casa, vi pasar frente a mí, muchos conejos y muchas aves, y pensé que, exactamente, eso quería terminar comiendo en la fogata que íbamos a preparar esa noche junto a mi padre. Ya sabía lo que quería cazar. Regresé a casa muy contenta, porque ese día iba a ser muy especial. Para mis treinta años, quería preparar yo misma el pastel de cumpleaños. En parte, no quería que él trabajara y esta era una forma de agradecer tantos años de dedicación hacia mí. Había tenido una infancia feliz junto a mi padre, en la enorme isla que él había comprado para los dos. Prácticamente, vivimos durante veinticinco años en una isla de mil hectáreas, llena de flora y fauna, rodeada de mar y solos. Completamente solos, sin ningún otro humano alrededor. Teníamos contacto con otras personas cada dos meses, cuando viajábamos devuelta a la civilización y comprábamos provisiones para nuestra casa, pero solo eran un par de “holas” y otro par de “hasta pronto”, nada más. Entré a la casa y llamé a mi padre, pero no me contestó. Salí a buscarlo alrededor de la casa, pensando en que estaba por ahí, pero no lo encontré. Subí a su habitación y toqué la puerta, pero nadie contestó. Decidí entrar para saber el motivo de su tardanza. —Papá, me estoy cubriendo los ojos en caso de que estés desnudo, solo quiero saber que estás bien— me quedé de pie, en medio de la habitación, pero nadie me contestó —Papá solo dime si necesitas algo, si estás bien, lo que sea, deja de asustarme, por favor— pero nuevamente no hubo respuesta. Destapé mis ojos y miré en la habitación, pero no había rastro de él. Lo busqué en el baño y tampoco estaba. Comencé a asustarme, mi padre nunca había sido de jugarme bromas, ni mucho menos asustarme de esa manera. Así que, lo busqué por todo el segundo piso y nada. Bajé la escalera mientras lo llamaba, pero él no respondía. Di vuelta el primer piso buscándolo, pero no había rastro de él. — ¿Dónde te metiste, papá? — pregunté a la nada. Esperé un rato, sentada en el sillón de la sala, quizá él había salido a buscarme, así que, en cualquier momento debía regresar. Media hora después, mi padre aún no aparecía y yo ya estaba desesperada. Jamás había estado sola, mucho menos en esa enorme isla. Decidí salir a buscarlo en el bosque. Mientras caminaba a paso rápido y gritaba su nombre, me iba imaginando cientos de escenarios; mi padre accidentado en algún lugar, ahogado en el mar, asustado y desorientado en medio del bosque, pero esa idea la deseché. Mi padre conocía al revés y al derecho esta isla. Pero de una cosa sí estaba segura, algo le había pasado, lo conocía muy bien. Recorrí todos los lugares que conocía de la isla o al menos eso pensaba yo. Llamé a mi padre, le grité, lloré y corrí, pero él no respondía. Al rato, recordé el segundo sendero que habíamos creado hace años atrás. El sendero que nos llevaba hasta un claro, que estaba rodeado de árboles y justo en medio, habíamos plantado un árbol. Era un cerezo, el árbol favorito de mamá, según me había contado mi padre cuando yo era pequeña. Lo habíamos plantado hace un par de años atrás, cuando tuve una crisis existencial a mis veinte, porque un día me comencé a preguntar ¿Por qué mi mamá nos había abandonado? Mi padre no supo darme una respuesta clara. En cambio, al día siguiente, cuando fuimos hasta la civilización, me compró un cerezo y me animó a plantarlo. Comencé a hablarle al cerezo todos los días, como si fuera mi madre. Corrí tan rápido como mis piernas me lo permitieron hasta que llegué al claro. Entorné la vista y al lado del árbol, vi que había un bulto. Caminé hacia aquel lugar, llamando a mi padre. — ¿Papá, eres tú? Te estaba buscando— le dije mientras caminaba hacia el lugar — ¿Qué haces acá? Me asustaste muchísimo— pero él seguía sin responderme. A medida que me iba acercando, comencé a detallar la escena. Mis lágrimas comenzaron a caer, porque comencé a darme cuenta de lo que mis ojos veían. Cuando llegué hasta aquel bulto, vi que era mi padre, acostado en el pasto verde que crecía alrededor del árbol de cerezo que ya estaba grande en tamaño. Me apuré a socorrer a mi padre, pero él no respondía. Le practiqué respiración boca a boca, tal como él me había enseñado desde pequeña, pero no dio resultado. No me quise rendir y seguí masajeando su corazón con el rcp. No supe por cuánto tiempo estuve practicándole la reanimación, pero en un determinado momento, un hilo de sangre comenzó a salir de sus oídos y de su nariz. En ese momento me detuve. Mi padre se había ido de este mundo. Lloré por horas sobre su cuerpo. Estaba deshecha y sola. Estaba tan mal, que no recordaba ninguna instrucción de las que me había dejado mi padre, en caso de que algo le sucediera. Cuando el sol se estaba escondiendo en el horizonte, me calmé. Ya no me quedaban lágrimas, me sentía deshidratada y cansada. Me levanté del suelo y caminé hacia la casa. Aquel sendero no era tan largo, me tomaría unos diez minutos llegar hasta la casa. Cuando me paré frente a la puerta, comencé a recordar todo lo que mi padre me había indicado hace un par de años. —Lena, si algo me llegase a ocurrir, debes hacer lo siguiente…— mientras entraba a la casa, iba recordando paso a paso sus indicaciones —Debes entrar a mi oficina, abrir el primer cajón y sacar la carpeta azul que está dentro…— tomé la carpeta azul y la abrí con mucho cuidado, porque no sabía qué había dentro —La primera hoja que verás, es mi testamento, en él se indica que tú heredarás todo, absolutamente todo lo que poseo. Nadie jamás, podrá quitarte lo que te pertenece, me encargué de eso hace muchos años…— leí el testamento y efectivamente, yo era la dueña de todo; su empresa, la isla, el fideicomiso absurdamente millonario que tenía mi padre, todo, absolutamente todo, era mío a partir de ese momento —La segunda hoja que verás, son unos números telefónicos, debes llamar a cada número y simplemente decir “Sygurd ha muerto, soy Lena Nygard y necesito que vengas” y luego cortar. Esas personas saben qué hacer hace muchos años. Ellos te ayudarán en todo…— mientras sacaba el teléfono del mismo cajón que había abierto y lo encendía para comenzar a llamar, noté mis manos temblorosas. Solté el teléfono y respiré profundo. Mi padre me necesitaba, y él necesitaba a toda esa gente para hacer valer sus últimas palabras testamentadas. Volví a tomar el teléfono, abrí la aplicación de llamadas y curiosamente, se abrió en la parte que decía “registro de llamadas”. Había una llamada entrante de un número desconocido, pero con el nerviosismo del momento, no la tomé en cuenta. Cuando tuviese tiempo, averiguaría quién había llamado a mi padre esa mañana. Llamé a los tres números que había en esa hoja de papel. Cuando contestaron la llamada, simplemente recité las palabras que mi padre me había ordenado en aquel entonces y corté la llamada —Una vez que llames a esas personas, leerás la tercera hoja. En ella se indica mi petición para el funeral. Quiero que cumplas mi última voluntad a cabalidad, si lo haces, estaré eternamente agradecido contigo hija…— Mi padre quería ser cremado y que sus cenizas se esparcieran en aquella isla. Por toda la isla —La cuarta hoja y última que encontrarás en esa carpeta, es una carta para ti. Léela cuando te sientas lista, antes de dejar la isla, porque en ella te dejo un par de instrucciones más…— no quise leer la carta todavía. Prefería esperar a que llegaran las tres personas a las que yo había llamado.
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