Capítulo 11.1

2722 Palabras
Aunque sabía que, ante algún hecho desfavorable, la Madre Luna alertaría de inmediato a Amelia para que lleguemos al rescate del equipo que enviamos a territorio Dracul, no podía dejar de estar preocupado por los míos. Durante la semana que estuve pendiente del entrenamiento de Catalin para que controle su don de nacimiento, había descuidado mis responsabilidades en los temas del holding, por lo que esa tarde de sábado estaba reunido con mi séquito en la biblioteca de la mansión poniéndome al día en mi labor profesional. Sin embargo, no lograba concentrarme en los negocios que se basaba la prosperidad que gozaba la manada porque estaba ansioso por tener noticias desde Bran. – Vamos, Stefan. Todo va a salir bien. Basta con que Katha encienda las llamas para que todos Los Dracul se alejen de ellos –comentó Patrick para calmar mi preocupación. – Es que yo debería estar liderando esa incursión –recalqué nuevamente. – Si Amelia te pidió que no lo hicieras, es por algo –mencionó Matthias, y eso me dejó pensando. – Exacto. Piénsalo un poco. Para mí que en los planes de la Madre Luna está que tú no fueras parte de ese equipo de rescate –dijo Gonzalo, y encontré sentido a sus palabras. – Ahora que lo pienso, creo que de alguna manera era adecuado que yo no vaya –sostuve, y ellos estaban de acuerdo conmigo-. Sigamos viendo los temas que nos tienen aquí reunidos. Tras acabar con todos los pendientes de los negocios y cenar, me fui a descansar al lado de mi Luna, quien ya no necesitaba dormir, pero igual se acostaba a mi lado para mimarme mientras relajaba mi cuerpo por unas pocas horas, ya que, como licántropo, no necesitaba dormir tantas como lo hacen los humanos. Cuando desperté, aún era de madrugada. Al ver la hora en el reloj de muñeca que dejé en la mesa de noche, calculé de inmediato la hora que estarían en Europa, por lo que supe que era cuestión de minutos para que los míos dejen Teramo junto a los guerreros Barone y se dirijan a Bran. Sin poder permanecer un minuto más en la cama –cosa que a Amelia le llamó la atención porque me encantaba estar echado junto a ella, haciendo más que dormir-, le pedí a mi Luna que me acompañe a caminar por el vecindario. Necesitaba despejar mi mente. – Creo que estás tan tenso porque aún no superas lo ocurrido durante la celebración de nuestra boda humana –y mi Luna tenía razón, aún el recuerdo de verla cayendo desde la terraza de la mansión, con su vestido de novia ensangrentado, con los latidos apenas audibles, era algo que no se me hacía fácil dejar en el pasado. – Mi Luna, sé que estás bien, que todo salió a nuestro favor, pero los hechos de esa noche aún están frescos en mi memoria. Creo que con el paso del tiempo podré dejarlos en el baúl de los recuerdos de mi mente –dije mientras detuve el paso y la atraje hacia mí para acariciar su lindo rostro. En ese momento tenía la mirada oscura como el café, esa tan linda de la que me enamoré. – Stefan, eres un licántropo, y sabes que lo que ocurrió se queda en el pasado. No le des más vueltas en tu mente a ese recuerdo –dijo Amelia y puso su delicada mano derecha sobre mi sien izquierda-. Si quieres puedo quitarte ese recuerdo. – No, mi Luna, por favor, no lo hagas –en ese momento la abracé tan fuerte para asegurarme que ella era real y no un espejismo creado por mi imaginación-. Todo recuerdo sobre ti, sea bueno o malo, no lo quiero perder. Solo abrázame y conforta mi mundano ser con tu divina existencia. Desde que Amelia recuperó la consciencia divina y el poder que con ella se le otorgaba, tenerla entre mis brazos me proveía de una paz que me hacía feliz. Que me hiciera recordar el tiempo que siendo espíritu pude compartir con ella, y saber que estábamos destinados a ser el uno para el otro por la eternidad, fue algo más que me llenó de confianza y seguridad sobre la relación predestinada que teníamos, por lo que pensar en perder un recuerdo, aunque fuese ese tan desagradable, no cabía en mi entendimiento porque todo lo que tenía que ver con ella era para mí precioso. Al llegar el amanecer a Lima, las calles del vecindario empezaron a llenarse de miembros de la manada que salían para hacer sus actividades de domingo. Todos nos saludaban con mucha alegría, con sonrisas y gestos que nos dejaban su aprecio por nosotros. Ellos, que estaban asentados en Perú, lejos del territorio original de Los Höller, nunca habían pensado que el Alfa y la Luna vivirían entre ellos, por lo que valoraban mucho ese tiempo que pasábamos en el vecindario de Renania. Estábamos regresando a la mansión cuando Amelia recibió telepáticamente un mensaje de Killari. – Todo ha resultado mejor de lo que esperábamos, amor. Dentro de una hora, Killari y Helmut llegarán para comentarnos los pormenores –dijo Amelia sonriendo y jalando de mi mano para ir pronto a nuestra habitación-. Debemos cambiar nuestras ropas y vestir algo más imponentes y elegantes. – Pero ¿por qué? Además, ¿solo regresarán Killari y Helmut? ¿Por qué no lo hace todo el equipo? –saber que solo la bruja de los Andes Peruanos y su compañero llegarían a la mansión hizo que la preocupación regresara. – Stefan, todo está bien. Vamos a la habitación, cambiemos de ropa rápido y pidamos que nos lleven el desayuno a la biblioteca, para esperar a Killari y Helmut. Ellos tienen mucho que contarnos. Tras lanzar un suspiro de rendición ante mi Luna, me dejé llevar por ella y seguí todo al pie de la letra, como ella lo había indicado. Apenas habíamos recibido las viandas del desayuno en la biblioteca, cuando volví a demostrar mi ansiedad al no dejar de mover la pierna derecha. – ¿Qué debo hacer para que te tranquilices? –preguntó Amelia-. Quizá te ayude que te distraiga –dicho eso, mi Luna se sentó sobre mí a horcajadas. Y sí, en esa posición me olvidé de todo. – Veo que has escondido tu divinidad –mencioné provocativamente al ver los ojos rojos de vampira. – Si quiero portarme osada contigo, debo mantenerla oculta –después me dio un beso apasionado que hizo que pegara mis manos a sus caderas y me olvidara hasta de mi nombre. Apenas teníamos unos cuantos meses de habernos encontrado en esta vida, días de haber recordado lo que tuvimos siendo espíritus, cuando empezó nuestra existencia, por lo que siempre fuimos conscientes que entre nosotros lo que nunca escasearía sería el amor, la pasión, el deseo y el compromiso: un amor perfecto. Su largo vestido empezaba a incomodarme, así que comencé a subirlo para darme paso entre sus piernas. Ella desabotonaba el chaleco de mi traje y deshacía la corbata. Yo ya estaba en llamas por ella, cuando de repente soltó: «Killari y Helmut ya llegan». De un salto Amelia y yo estábamos parados, uno al lado del otro, en medio de la biblioteca. Yo me desesperaba acomodando mi camisa, chaleco y corbata, quitándome los restos de labial de Amelia que se había quedado en mi rostro, mientras que ella, con un simple paso de su mano sobre su vestido, quitó las arrugas producto de nuestra travesura y retocó su ligero maquillaje. Cosas que le permitían la divinidad que poseía al poder controlar y manejar la realidad a su antojo. De la nada, unas chispas aparecieron enfrente de nosotros, y de a pocos un portal dimensional empezó a abrirse. Segundos después, aparecieron Killari con Helmut. Ambos lucían sonrientes y se les veía bien. Por impulso me lancé sobre Helmut para abrazarlo, dándole la bienvenida, mientras que mi Luna hacía lo propio con Killari, claro que con menos exaltación. – ¿Están bien? ¿Por qué no han venido los demás? ¿El brujo Sasha y su familia ya se encuentran en Teramo? –empecé a saturar con mis preguntas al pobre de Helmut, que no sabía cuál responder primero. – Cálmese, Alfa, por favor –soltó el callado Helmut-. Todos estamos bien, y todo salió mejor de lo que esperábamos –la sonrisa de uno de los mejores guerreros Höller me tranquilizó, así que lo solté y me senté al lado de mi Luna, quien acarició mi brazo para que no me sintiera avergonzado ante Killari y Helmut por mi comportamiento. – Querido Stefan, voy a responder a tus preguntas y después voy a proceder a narrarte cómo se han dado los hechos –dijo Killari y empezó a despejar mis dudas y a contar lo que ocurrió. – ¡Vaya! Sí que las noticias que nos han traído son muy alentadoras –solté cuando la bruja de los Andes Peruanos terminó de narrarnos lo ocurrido en Bran en los últimos días. – Entonces, Stefan, ¿estás dispuesto a recibir a Lucian y a su compañera eterna? –preguntó Killari seria. En ese momento tenía muchos sentimientos encontrados. Por una parte, estaba feliz de que Los Dracul hayan roto el pacto que los hacía aliados de Satanás porque significaba que todo se alineaba para que la Profecía se haga realidad. Sin embargo, recordar que Laura intentó dos veces acabar con la vida de Amelia, además que fue la causante del aborto de nuestra cría, y que Lucian y sus guerreros cruzaron medio planeta para matar a mi Luna, era algo que no me permitía estar 100 % seguro de querer ayudar a Los Dracul. Al demorarme en responder la pregunta que hiciera Killari, Amelia apretó una de mis manos, llamando mi atención. «Entiendo que guardes algo de resentimiento en contra de Lucian y Laura, pero era necesario que alguien actuara como el villano en esta historia para que se haga realidad la Profecía. Todo el que se equivoca tiene derecho a resarcir los errores», explicó Amelia, y las palabras “arrepentimiento” y “redención” llegaron a mi mente. Yo también había cometido errores, de los cuales me arrepentí y busqué redimirlos por medio del perdón. «Si ya fui perdonado, ahora toca ser quien lo ofrezca», a esa conclusión llegué, dejando ir el resentimiento que guardaba. – Killari, si Los Dracul necesitan apoyo para poder ser libres de Satanás, no dudes que lo tendrán. Los Höller seremos sus aliados con el fin de ayudarles a defender su derecho a elegir su destino –respondí con seguridad y aplomo, por lo que mi Luna, la bruja y el guerrero sonrieron satisfechos. – Entonces, completa tu atuendo vistiendo el saco de tu traje porque el Príncipe Dracul y su compañera eterna estarán con nosotros en breve. Lo dicho por Killari hizo que me ponga incómodo. En un primer momento pensé que la visita de Lucian y Laura se pactaría para días posteriores, por lo que imaginé que tendría tiempo para preparar mi discurso. Amelia sintió mi incomodidad, por lo que le pidió a Killari y Helmut que nos dejaran solos. La bruja abrió nuevamente un portal, y desapareció junto a su compañero eterno. – Sé que para ti sería mejor si la visita de Lucian y Laura se plantea dentro de unos días, pero la situación amerita que se actúe rápido –mencionó mi Luna mientras tomaba mi saco y caminaba hacia mí para ayudarme a vestirlo. – Lo sé. Solo que me hubiera gustado poder pensar las palabras que les ofreceré. No quisiera que las emociones me ganen y terminar empeorando la situación de Los Dracul –fui muy sincero al decirle lo que en ese momento pasaba por mi mente. – Stefan, eres un ser de buen corazón. Por más impulsivo y vehemente que seas, sabes controlarte y mantener la compostura. Y creo que en esta situación, es mejor que lo que tengas que decirle a Lucian y Laura salga de aquí –mi Luna posó su pequeña mano sobre el lado izquierdo de mi pecho, donde estaba mi corazón latiendo de emoción porque la tenía cerca- en vez de que salga de aquí –y con su otra mano tocó mi sien derecha-. A ellos, que te han hecho daño, debes hablarles con el corazón, para que sepan que en verdad los perdonas, y que no es solo por puro protocolo. – ¡Ay, mi Luna! –ya la tenía cargada, abrazada a mí-. ¿Qué haría sin ti? Tienes ese particular don de ser mi calma y mi consciencia. – Porque te conozco, soy capaz de ayudarte de esa manera. Y porque te amo lo hago, ya que mi mayor deseo como tu compañera eterna es que siempre puedas ser una mejor versión de ti –las palabras de Amelia, más el tierno abrazo con que respondía el gesto que tuve al acercarla a mí, ayudaron a que mi cabeza estuviera fría y mi corazón cálido, como debe de ser ante la toma de decisiones importantes. El sonido en aumento de chispas nos avisó de que un portal se abría, así que mi Luna y yo nos acomodamos para recibir a nuestros visitantes que llegaban desde Bran. Killari y Helmut avanzaron primero, y tras ellos se veía a Lucian y Laura. Al cerrarse el portal, príncipe y compañera eterna hicieron una venia, quedando con las cabezas agachadas, señal de sumisión. Miré a Amelia, quien tenía una expresión benevolente que me hizo entender que debía acercarme y poner fin a esa postura nada digna para el príncipe de un clan vampírico. – Por favor, ¿pueden dejar esa pose sumisa y nada adecuada para ustedes? –dije a los recién llegados, olvidándome por completo de los protocolos-. Laura, siempre fuiste muy soberbia y prepotente, así que no debes agachar la cabeza. Y tú, Lucian, si eres el compañero predestinado de Laura, significa que también eres altivo y orgulloso, así que eso de mantener la cabeza agachada no es lo tuyo –Amelia sonreía divertida, ya que sabía que estaba hablando con el corazón al ser directo con ellos. En cambio, Killari y Helmut estaban sorprendidos porque pensaron que actuaría siguiendo un trato más serio y protocolar. La pareja de recién llegados enderezó sus espaldas y levantaron sus cabezas. En su mirada había confusión, ya que no se esperaron el trato tan cercano que les daba-. Por favor, no malinterpreten mis palabras, pero comprenderán que entre nosotros no puede haber un trato protocolar, como si nunca nos hubiéramos tratado. Sé que contigo, Lucian, es la primera vez que hablo, pero si ya estuviste en mi territorio e hiciste lo que quisiste, puedo dejar de ser formal. – ¿Gracias? –dijo Laura con tono de pregunta. Estaba tan confundida. – De seguro pensaste que tendrías que humillarte para conseguir de mí el perdón y la ayuda que necesita el que ahora es tu clan –respondí de esa manera la duda de Laura-. La verdad es que hasta hace poco estaba renuente a brindarles nuestro apoyo. Todo lo que hiciste para herir a Amelia aún lo tengo aquí –señalé mi cabeza-, pero mi Luna siempre fue una excelente mujer, mucho mejor de lo que yo soy, siendo un licántropo que no debería guardar resentimiento, pero estuve conviviendo demasiado cerca con los humanos cuando ella llegó a mi vida, y algo se me debió quedar de ellos. Bueno, como sea, sin rencores, Laura. Yo también te hice daño. Nunca debí proponerte que seamos pareja cuando no nacimos el uno para el otro, y lo sabíamos bien. Lamento haberte utilizado y no pensar en cómo te dañaría. Perdóname por el mal que te causé –terminé de decir e hice una venia. Ahora era yo quien se humillaba, algo que sentí en ese momento que era necesario. – Creo que esa pose no es la más adecuada para el Alfa Höller, predestinado de la hija de la Madre Luna –soltó Laura. Cuando me erguí y pude mirarla a los ojos, me encontré con la hermosa sonrisa que vi esa noche en mi fiesta de cumpleaños, cuando la conocí. – Gracias –dije al asumir que esa era su manera de entregarme su perdón.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR