ECLIPSE
Me despierto de golpe, algo tira de mí desde el otro lado del tiempo y la noche de mi sexto cumpleaños me atraviesa con la misma precisión de un bisturí. La vela que se apaga, la voz quebrada de mi madre, las manos que me arrancaron de la silla; cada fragmento regresa y se acomoda en mi pecho, el peso conocido de la traición me asfixia.
Me incorporo en la cama con el corazón galopando, un sudor frío recorre mi piel, respiro hondo, obligando a mi cuerpo a calmarse; no puedo permitirme otro temblor. Nadie puede ver que, por un segundo, la niña asustada vuelve a vivir. Nadie.
—Nunca más —murmuro, más para cerrar una herida que para prometerle algo a alguien.
La ventana está entreabierta; el aire de la madrugada entra con olor a asfalto y a lluvia, pero prefiero la oscuridad. La luz me confunde; las sombras me explican mejor lo que soy ahora. Camino descalza, sintiendo el frío de la madera bajo mis pies; cada paso es una confirmación de que sobreviví y me rehíce con piezas afiladas: desconfianza como coraza, crueldad como herramienta, precisión como arma.
Recuerdo la sonrisa de aquel hombre de ojos verdes —esa calma que olía a poder— y la imagen trae una rabia que no busca consuelo, sino estrategia. No busco compasión; no me interesa que me entiendan. Soy la suma de lo que me hicieron, y esa suma es letal.
Me siento en el borde de la cama y dejo que la respiración vuelva a un ritmo aceptable. La ciudad afuera respira indiferente. Yo, en cambio, despierto con la certeza fría de quien sabe que la noche en que me vendieron, marcó el nacimiento de algo peligroso, y no estoy dispuesta a regalarle ni un fragmento más de mi vida a nadie.
—Estúpida —cierro los ojos con fuerza.
Mis manos tiemblan, desciendo la mirada, despertar en medio de la madrugada, con esta sensación ácida en el pecho, se va haciendo costumbre. Remojo mis labios. Hoy cumplo 18 años, hace tanto que dejé aquel asqueroso sitio al que una vez llamé hogar, que ya no recuerdo bien los rostros de aquellas personas con las que viví seis años. Ahora son solo imágenes borrosas. Cada que despierto, mi cerebro los borra por completo, existen sus nombres, y lo que significaron, nada más.
Desde que llegué aquí, nunca fui una princesa como me prometieron, no, aquella noche me arrancaron la inocencia, mi cuerpo se convirtió en un lienzo sucio que cualquiera podía manchar. Me violaron a los seis años, me arrastraron al fango, y mientras lo hacía, aquel hombre me susurró la verdad que se tatuó en mi piel; mis padres me habían vendido a Manuel Carlton, líder de la mafia aquí en Texas.
Esa noche perdí todo, mi identidad, mi inocencia, mi realidad se desmoronó y quedó solo el esqueleto de alguien que una vez sonrió y sopló una vela del pastel.
Cuando termino de alistarme, recorro con la mirada el costado de la cama, en donde está el vestido n***o que me ordenaron ponerme hoy en la noche.
El clic de un sonido que viene de la puerta, me regresa a la realidad, las luces están apagadas, solo permanece la luz de la luna que se filtra por la enorme venta, corro y me escondo en una de las esquinas de la habitación, detrás de un sillón elegante, me muevo tan rápido, que quien sea que entre, no le da tiempo de saber mi ubicación.
Mis ojos están acostumbrados a la oscuridad, los pasos son pesados, lentos, seguros, mi cerebro revoluciona pensando en más de cinco salidas, lista para atacar, saltar, defenderme, la rabia que siento me convierte en una fiera. Estoy a nada de herir a la sombra que se mueve, hasta que…
—¿Eclipse?
La voz ronca en automático, me desarma y estabilizo mi respiración.
—¿Por qué está tan oscuro?
Las luces se encienden y poco a poco, como cosa que emerge del mar, salgo de mi escondite, a la defensiva.
—Ahí estás.
El chico delante de mí, es uno muy apuesto, de cabello oscuro, ojos verdes y piel morena, viste un traje n***o con una camisa del mismo color, y corbata azul cielo; Xander Carlton, el hijo menor de Manuel, el hombre que me convirtió en esto.
Xander da dos pasos hacia mí, cortando la distancia, yo doy cuatro más hacia atrás. Eso lo hace detener.
—Soy yo, ¿por qué te alejas?
Sello mis labios, Xander es el único de los Carlton, que desde el momento uno en el que puse un pie en el infierno, me trató como lo que nunca seré: una princesa. Él siempre curó mis heridas, me contaba cuentos cuando era niña, y es quien me ha entrenado, gracias a él, sé usar 70 armas distintas. Sin embargo, eso no quita el hecho de que sea lo que es, y que porte esa sangre maldita. Tiene veinticuatro años, si hago a un lado su naturaleza, podría decirse que es la persona más decente que he conocido en la vida.
—Eclipse —insiste en pronunciar mi nombre, en ese tono amable.
—¿Qué haces aquí? Xander —inquiero con cautela, en un tono demasiado bajo—. Tu padre dejó muy en claro que nadie podía entrar sin su autorización, y dudo que tú la tengas.
Mete ambas manos dentro de los bolsillos de sus pantalones, hace dos semanas que no lo veo, nunca hago preguntas a nadie sobre nada ni nadie, algo que aprendí a la mala.
—Bueno, no tenía idea de que te habían encerrado aquí, acabo de llegar, uno de los sirvientes me lo contó y he venido a ver a mi mejor amiga —encoge los hombros, quitándole demasiado peso a su respuesta.
Aparento relajar mi cuerpo, sus ojos me recorren de pies a cabeza, no con lascivia, no veo ni un destello de lujuria en su mirada, sino, más bien con lástima y tal vez un poco de afecto, ¿qué es eso? No lo sé, pero si tuviera que compararlo, diría que es lo más parecido a cuando acaricia a su perro.
—Ponte algo más cómodo —se inclina para recoger la enorme bolsa de alguna tienda de moda—. Te tengo una sorpresa. Por tu cumpleaños.
Me lanza la bolsa con una sonrisa de oreja a oreja y la agarro por puro reflejo.
—Anda, te espero afuera.
Abro la boca para decir algo, pero él solo gira sobre sus talones y sale de la habitación, dejando que el silencio reine de nuevo. Frunzo el ceño al ver el contenido de la bolsa, saco una a una cada prenda, son unos sencillos jeans, con botas militar oscuras, una blusa blanca y una chaqueta negra.
Me siento familiar con esto, me visto, salgo de la habitación, Xander me está esperando recargado en una de las paredes.
—Eso está mucho mejor —se limita a decir, ladeando una sonrisa.
No respondo ni a su gesto, ni a sus palabras.
—Bien, andando.
Camina por el sinuoso pasillo, mi instinto me grita que regrese a la habitación, Manuel dio una orden, sin embargo, la curiosidad siempre me ha matado, por lo que mis piernas ya se empiezan a mover, antes de que les de la orden. Memorizo cada paso que damos, estando en alerta todo el tiempo, hasta que llegamos a las afueras de la mansión.
Un auto blindado nos está esperando, me detengo en seco, lo que lo hace girar y mirarme por encima del hombro.
—¿Qué pasa?
Niego con la cabeza, retrocediendo un paso.
—Solo daremos una vuelta, estaremos de regreso antes de que alguien se de cuenta de tu ausencia.
Niego con la cabeza, retrocediendo dos pasos más.
—Eclipse —suelta un suspiro lleno de cansancio—. Somos amigos, no te haría nada malo. Confía en mí.
Niego con la cabeza, dando un paso más hacia atrás.
—Por favor, quiero darte una sorpresa por tu cumpleaños —la tristeza se cruza en su mirada y la culpa me aplasta.
No sé cuánto tiempo estamos así, viéndonos el uno al otro, al final, decido ir, en algo tiene razón, Xander siempre me ha protegido incluso de su propio padre y hermano mayor. Cuando estira su mano en mi dirección, la tomo y el aire de mis pulmones se libera.
—Buena chica, anda, esto te va a gustar —tira con delicadeza de mí y entro al auto, teniendo un déjà vu.
Dentro del auto, me alejo de él lo más que puedo, eso lo hace soltar una carcajada ligera.
—Y dime, ¿cómo han estado las cosas ahí adentro?
—No lo sé.
—¿Sabes por qué te han metido en esa habitación?
—No.
—Como siempre, eres muy parlanchina —ironiza.
Me quedo en silencio, estudiando cada uno de sus movimientos. No dice nada más y se lo agradezco, me gusta el silencio. Pongo mi atención en el paisaje de Texas, nos vamos alejando de la zona de la mansión hasta que llegamos a una especie de cima en la montaña.
—Anda, salgamos.
Imito lo que él hace y salgo del lujoso auto, en cuanto lo hago, mis ojos se agrandan al ver la hermosa luz de sol, presenciar el amanecer es algo que disfruté solo una vez, cuando tenía ocho años. Pero esto… es mucho mejor.
—Feliz cumpleaños, Eclipse —dice Xander a mis espaldas.
—Hermoso —digo por lo bajo.
—Sabía que te gustaría, desde aquí se ve mejor el amanecer, además de que no todos los días cumples dieciocho años.
La mención de mi edad hace que mi sonrisa flaquee, me quedo demasiado quieta, grabando en mi memoria cada detalle. Me doy la media vuelta y la realidad me golpea, Xander está sonriente, sus ojos se anclan en los míos y su gesto alegre se borra.
—¿Eclipse?
—Llévame a la mansión, ahora.
Paso de largo y entro al auto con premura. Ambos sabemos muy bien que si su padre se entera de esto, a la única que van a castigar es a mí. Él no tarda en entrar, da la orden al chófer y nos ponemos en marcha. No miro atrás, no tiene caso. Por las noches, cuando las pesadillas me aplasten, podré recordar este momento y usarlo como vía de escape.
Llegamos a la mansión y bajo del auto con tanta rapidez, que no me doy cuenta de que la mano me tiembla, hasta que Xander coloca la suya sobre la mía.
—Mi padre duerme hasta tarde, anoche tuvo una reunión, y mi hermano… él no está aquí, no tienes nada de qué preocuparte —arguye con un tono tranquilo.
Aparto mi mano.
—Gracias por lo de hoy, nunca lo olvidaré —le sostengo la mirada—. Ahora quiero regresar a esa habitación.
Xander me observa con lástima, asiente y lo sigo pese a que ya me sé de memoria el camino. Los asesinos que están vigilando todo el tiempo, bajan la mirada cuando él pasa. Una vez en la habitación, él se queda bajo el umbral de la puerta.
—Bueno, te veré después, quería ser el primero en felicitarte.
«Desde que tengo siete años, eres el único que me felicita en mi cumpleaños»
Asiento en señal de agradecimiento. Se marcha cerrando la puerta y me quito la ropa para colocarme el vestido n***o que me dieron. La orden de Manuel Carlton fue clara, ponerme eso hasta que fuera llamada. La tela es suave cuando se desliza por mi cuerpo, y el escote es discreto.
Las horas pasan, una sirvienta entra con una charola llena de comida y agua que devoro, más tarde entran dos mujeres que me arreglan, según sus palabras, me hacen cosas en el cabello, me maquillan, y cuando por fin terminan, se marchan, no me veo en el espejo, no soy vanidosa, no me interesa si me veo bonita o mal, estoy hecha para otra cosa, y esto debe ser alguna misión.
Las horas vuelven a pasar, nadie entra, camino de un lado a otro, me asomo por la ventana, después me quedo recostada sobre la cama, boca arriba. Mirando el techo, hasta que anochece y entonces la puerta se abre. El ambiente se pudre, me incorporo de golpe, tomando distancia.
—Te ves muy hermosa, mi querida Eclipse.
La piel se me eriza al ver al hombre delante de mí. Entrecano, con ojos tan verdes como irreales, tez morena, rodeado de cinco hombres armados, viste un traje oscuro, elegante, con una corbata naranja. Todo en él grita peligro, advertencia, muerte. Manuel Carlton es el hijo de puta al que sirvo, el mafioso más peligroso de todo Texas, y el hombre que me violó a los seis años.
Sus ojos recorren mi cuerpo con lujuria y de pronto me siento demasiado expuesta, desnuda.
—Bajaremos y no dirás nada, no harás ni una sola tontería, no quiero que te apartes de mí —espeta con firmeza—. ¿Has entendido?
—Sí, señor.
—Buena chica, mírate, con ese vestido puesto, hasta pareces una mujer, lástima que seas tan fea —ríe mostrando sus dientes blancos y perfectos—. Sígueme y tómame del brazo.
Hago lo que me pide, pese a que hacerlo me cause repulsión. Caminamos en silencio, mil cosas pasan por mi mente, hasta que llegamos a una especie de salón enorme, las puertas se abren y enseguida veo a toda la gente que, vestida elegante, conversan, bailan, ríen, beben. Algunos se cruzan por nuestro camino y él los saluda con una actitud amable.
Un nudo se forma en mi estómago cuando en mi campo de visión aparece Ash Carlton, el hijo mayor de Manuel, un hombre alto, delgado, pero fornido, con las mismas características que al parecer los hombres de esta familia, tienen; cabello n***o, ojos verdes y tez morena. Arrogante, altanero, cruel, todo lo contrario, a su hermano menor, Xander.
Ash tiene veintinueve años, casi treinta, y es el tipo más apuesto pero severo, que he conocido en la vida. En cuanto sus ojos se posan en mí, desde la distancia, me sonríe y un escalofrío recorre todo mi cuerpo hasta el punto de estremecerme.
—No hagas nada idiota —demanda Manuel, mirándome de reojo.
Asiento.
La noche transcurre de lo más aburrido, Manuel no me deja separarme de él, no veo a Xander por ninguna parte, y trato de evitar la mirada de Ash. Hasta que Manuel pide la atención de todos y el silencio es ensordecedor.
—Muchas gracias por haber venido, es un honor contar con su presencia esta noche —se toma su tiempo antes de seguir hablando—. Como muchos ya lo saben, se han corrido rumores acerca de quién va a ser el sucesor de esta familia tan prestigiosa.
Percibo el movimiento de una persona a mi derecha.
—Mi hijo mayor, Ash, es quien va a liderar esta organización, al lado de su querida prometida…
«¿Prometida? ¿Quién en su sano juicio se casaría con él? No conozco a esa chica y ya siento lástima por ella»
—Eclipse Davis.
El alma se me cae a los pies cuando escucho mi nombre, todo sucede tan rápido, que no tengo tiempo de reaccionar. Un brazo rodea mi cintura por detrás, y me acerca a un cuerpo, levanto la mirada al tiempo que una horda de aplausos hace eco en cada rincón.
No es real, esto no es real…
—Lo es, querida Eclipse, eres mía —me susurra al oído.
Levanto la mirada y las náuseas me invaden al ver el rostro de Ash Carlton, tan cerca del mío. No respiro, solo existo, fui entrenada como asesina de esta organización, como una muñeca que puede ser usada a su antojo, las veces que quieran, en el momento que quieran, cuando quieran, este es mi destino, pero lo que acabo de escuchar, es mucho peor que cualquier tortura a la que me hayan sometido.
—Ella es Eclipse Davis, una de las mejores mujeres de nuestra organización, gracias a ella hemos logrado mucho, se ha encargado no solo de ser un fiel m*****o, sino, de acabar con muchos de nuestros enemigos —continúa Manuel—. Así que no hay mejor mujer para Ash, que ella.
Muchos pares de ojos están sobre mí, tenso el cuerpo, la mano de Ash se desliza por mi cintura baja.
—Démosle una bienvenida a esta familia —Manuel eleva la copa de vino que sostiene entre sus manos, como un trofeo.
Él me violó siendo una niña, y ahora me quiere entregar a su hijo mayor, los Carlton son las personas más retorcidas que he conocido en la vida. Todos elevan sus tragos y yo me quedo anonadada, desconfiada, asqueada por todo lo que veo. Nadie pone objeción, nadie es capaz de decirle nada, porque saben que, si lo hacen, el destino que les espera es peor que la muerte. Ni hablar de la enorme diferencia de edad que hay entre los dos, Ash casi cumple treinta y hasta apenas unas horas atrás, yo tenía diecisiete años.
—Bebe —la demanda de mi ahora prometido, me obliga a poner mi atención sobre él, quien me tiende una copa de vino rosa—. Este es tu regalo de cumpleaños.
Agarro la copa y bebo, tal y como me han ordenado, Manuel indica que la fiesta continua y el salón vuelve a estar rodeado de sonidos inconexos.
—Es hora —le dice Manuel a su hijo.
Me quitan la copa de las manos, mi cuerpo se siente entumecido, me han drogado, no me asusta, soy un cuerpo sin vida, seguro Manuel me va a volver a violar, o puede que lo haga Ash, como prueba de la mercancía, sonrío en mis adentros, mi autoestima está tan por los suelos, mi valor desapareció, yo misma me reduzco a una sucia cosa inservible.
—Camina —Ash me lleva del brazo a la salida.
Mis piernas se mueven tratando de seguir el ritmo de sus pasos, sé que Manuel viene detrás de nosotros, su presencia es difícil de ocultar, todos los Carlton huelen a muerte, a vida podrida y llena de sangre. Mi visión se vuelve borrosa, la boca se me seca y creo que tropiezo, pero alguien me sostiene antes de que mis rodillas se impacten contra el suelo.
—Eres una puta inútil —escucho que alguien me dice, pero no puedo diferenciar quien, Manuel o Ash, los dos se parecen demasiado.
Las luces de los pasillos son tenues, de pronto, una ráfaga de aire gélido golpea mi rostro y me estremece el cuerpo, hemos salido de la mansión, vamos caminando por un sendero que va en zigzag, bajamos unas escaleras, entonces, entramos a una especie de cueva lujosa, con rendijas de oro, adentro, el olor a loción masculina se hace más fuerte, casi no puedo distinguir nada.
—Hemos llegado.
Alzo la mirada con dificultad, adentro, hay muchos sillones rodeando el área circular, cuento a los hombres que están sentados ahí, son cerca de treinta.
—Siento mucho la espera, debíamos hacer las presentaciones antes —habla Manuel.
Me volteo a verlo, justo cuando Ash me arranca el vestido, dejándome en ropa interior, quedando expuesta ante estos hombres. La piel se me eriza y por más intentos que hago de mantenerme en mis cinco sentidos, la influencia de la droga en mi sistema, no me permite hacer nada.
—Aquí está —Ash me empuja.
Pierdo el equilibrio y caigo de rodillas.
—Está prohibido el sexo vaginal, eso me pertenece, por lo demás, pueden hacer con ella lo que quieran, se usará protección y nada que la pueda matar, si lo hacen, las consecuencias son la muerte lenta, hay cámaras por todos lados, así que cuidado con lo que hagan —la voz de Ash es tranquila, su serenidad me aterra, aunque no lo demuestre.
Ellos me están entregando a estos treinta hombres, el miedo se instala en mis profundidades, atravesando hasta mis huesos, mis ojos se llenan de lágrimas, una cosa es la tortura a la que me someten, otra, a las violaciones constantes de Manuel, Ash nunca me ha tocado, pero esto… es peor, no le resto importancia, sin embargo, no quiero que ellos me toquen.
—Por favor… —Susurro a Ash, viendo como los hombres se van quitando sus trajes costosos—. No, por favor… no…
Mi tono de voz es apenas audible, estoy haciendo lo que hace mucho tiempo dejé de hacer; suplicar.
—Cállate, nadie te dio permiso de hablar, vendré por ti en la mañana.
Escucho sus pasos alejarse, temerosa, miro por encima del hombro, Ash y su padre se han ido, cerrando la reja con candado. Lo sabía, nadie me salva, nadie me escucha, nadie me mira, nadie me entiende, soy nadie para todo el mundo, y el mundo nunca fue algo para mí. Llorar nunca ha servido de nada, confiar en las personas es una pérdida de tiempo. Si el mundo decidió que yo no era más que basura, que se joda, que se jodan todos.
—Nos vamos a divertir, muñeca.
▬▬▬▬▬▬ ◆ ▬▬▬▬▬▬
Mi respiración me pesa, cada una de mis extremidades arden, no me puedo mover, el aire huele a alcohol, a cigarrillo, a sudor y marihuana. Mis labios están secos y se sienten agrietados. Las puntas de mis dedos se aferran al piso, el frío que me atraviesa es como una cálida bienvenida dentro de todo este infierno.
Anoche no solo me violaron treinta hombres, me golpearon, me torturaron, me hicieron tragar sus vergas asquerosas para después usarme a su antojo. Entreabro los ojos, la luz de la luna se filtra por las rejas de la entrada. Aún no amanece, pero todos están demasiado ebrios, cansados y están dormidos.
La sangre se me ha secado en la boca, siento todo el rostro hinchado, mis pechos se aplastan contra el suelo, y mis piernas abiertas, no las puedo cerrar. No me mataron, ni para eso sirvieron. Respirar duele, ¿por qué? Si mis padres me iban a arrojar a este infierno, ¿no era mejor haberme abortado desde un inicio? Quisiera no existir. Ya no puedo llorar, creo que hace unas horas me sequé por dentro.
Cierro los ojos lento, cuando el sonido chirriante de las rejas, me obliga a abrirlos de nuevo.
—¡Mierda!
Esa voz… es de Xander.
—Hijos de puta —se escucha realmente preocupado—. Debí haber imaginado que harían esto. Prepara el auto, rápido, que nadie te vea, en una hora amanece y mi estúpido hermano mayor no tardará en venir.
—Sí señor.
Los pasos se van alejando, cuando Xander me toca el brazo, me estremezco a su tacto y suelto un quejido.
—Shhh, tranquila, soy yo, Eclipse, Xander.
No me muevo. No lo veo.
—Te voy a sacar de aquí, ¿entiendes? No voy a volver a dejar que te hagan algo.
«No te creo una mierda, Xan»
—¿Te puedes levantar?
Hace el intento por ayudarme a incorporarme, pero en contra de mi voluntad, suelto un gemido, me duele el culo, sigo sin poder cerrar las piernas.
—Lo siento tanto, Eclipse, pero tenemos que darnos prisa, perdóname por esto.
Xander me voltea y grito fuerte, mi sonido me desgarra la garganta, él no para de pedirme perdón por algo que no hizo, siento que algo se desliza por mi cuerpo, es ropa, él me está vistiendo. Cada movimiento que él hace, me duele mares, no paro de quejarme, no me contengo, todo arde. Me ha colocado una sudadera que me queda enorme, es azul marino, mis uñas se aferran al piso y las clavo, me rompí algunas cuando le arañé el rostro a alguien. Xander desliza un par de bragas de algodón por mis piernas, cuando levanta mi culo, el dolor incrementa, pero no se detiene, luego me coloca unos pantalones, y me pone unos tenis.
—Todo está listo, señor —regresa uno de los hombres de Xander.
—Ayúdame con ella…
En cuanto el hombre intenta acercarse, niego con la cabeza y me aferro a la mano de Xander.
—Entiendo, lo haremos juntos, ¿está bien?
No respondo, no asiento. Xander me ayuda a incorporarme, pero al momento de sentarme, mi trasero me duele y me dejo caer. Sus brazos detienen mi caída y me levantan del suelo, al estilo nupcial.
—Vámonos de aquí, Eclipse, te llevaré a un lugar donde nadie nunca te va a encontrar. Nadie te va a volver a poner un dedo encima.
Escondo mi rostro entre su pecho, él huele bien, demasiado bien, el dolor en mi culo persiste, todo el cuerpo me arde, cierro los ojos, no sé a dónde me lleva, no sé nada, ni el camino por el que vamos, solo quiero morir. De pronto, me mete a un auto, mis manos se aferran al asiento por la incomodidad de mi culo contra él.
—Todo estará bien, en cuanto estés a salvo, llamaré a un médico —me coloca el cinturón de seguridad.
Cierro los ojos, no puedo más, me pierdo en la oscuridad de la madrugada, escucho que el auto se enciende y con eso me quedo hasta que me pierdo en un pesado sueño.
“Basura, basura, no eres más que una sucia basura, eres fea, tan fea, que nadie nunca te va a mirar ni a querer, nadie te va a elegir”
Abro los ojos de golpe, algo recorre mi espalda, tengo calor, dolor, y la boca la tengo seca, una mano toca mi frente.
—Carajo, tienes fiebre, ya casi llegamos, Eclipse, aguanta un poco más, por favor.
Miro alrededor, seguiremos dentro del auto, pero eso no es lo que llama mi atención, sino, el hecho de que sea de noche, él parece entender mi mirada.
—Y anocheció, te has dormido todo el día.
Por unos segundos me pierdo en el verde de su mirada.
—Ya casi llegamos a la casa de mi amigo, es de mi confianza, ahí estarás a salvo, la organización no tiene idea de…
El sonido de un disparo hace que mueva el volante de manera brusca, las llantas rechinan y el corazón me estalla dentro del pecho.
—¡Joder, nos encontraron!
Mi respiración se agita, el miedo me paraliza, porque las consecuencias para mí serán peores. Hiperventilo mientras alguien nos dispara.
—¡Agáchate!
Hago lo que me pide, el dolor pasa a un segundo término cuando la adrenalina toma el protagonismo. El auto va a demasiada velocidad. Miro a Xander, la preocupación resalta en sus facciones, los nudillos de sus manos se ponen blancos y llega un momento en el que gira y nos volcamos.
Todo sucede en menos de un pestañeo, algo se me clava en el brazo, mi cabeza golpea contra el vidrio de la ventana, damos varias vueltas hasta que todo se detiene. Escupo sangre, volteo y Xander maldice bajo, tiene un fierro clavado en la pierna izquierda.
—Maldición —se mueve lento, pero saca algo de sus pantalones—. Eclipse, tienes que irte.
—No —susurro, rota, confundida—. Tú y yo… seremos castigados igual.
—No, tú nunca mereciste esta vida, yo nací en este mundo criminal, pero tú no, no perteneces aquí, Eclipse, tienes que irte antes de que te encuentren, este dinero te servirá por unos meses.
—No, nos iremos juntos —tiemblo, mis manos tiemblan cuando me quito el cinturón de seguridad.
—Tienes que recordar la primera regla que te enseñé, ¿me la repites?
—Tengo que sobrevivir, no importa lo que pase, no importa a quien tenga que aplastar, mi vida es primero, mi seguridad, nada más importa —contesto lo que me sé de memoria desde los siete años.
—Eso es, así que toma este dinero —lo coloca en mis manos—. Corre lo más rápido que puedas, no te detengas, no mires atrás, escóndete, busca un lugar, eres buena en eso, y cuando estés segura, sal y escapa de aquí. Mantén un perfil bajo, no te metas en problemas, busca un empleo de lo que sea, pero nada llamativo.
Sus ojos se llenan de lágrimas y es la primera vez que veo a un Carlton, llorar.
—Perdóname por no poder hacer más por ti, por no haber podido protegerte todos estos años, no es fácil para mí, nunca lo fue. Hay demasiado en juego, y esta noche me tocó perder —agarra mi rostro con delicadeza—. Vales, Eclipse, vales demasiado, nunca lo olvides.
Me le quedo viendo, creo que se ha vuelto loco. Su rostro se acerca más y más al mío, entonces, sus labios rozan los míos.
—Te amo —ejerce más presión en ellos y después rompe el contacto, volviendo a parecer duro—. Vete.
—No.
—Hazlo.
—No.
—¡Ahora!
—¡Qué no, que no, que no!
—¡Es una puta orden! Joder.
Mis labios se sellan, fui criada para acatar órdenes, y cuando escucho esa palabra, algo en mi cerebro se activa y salgo del auto.
—¡Corre y no mires atrás, jamás regreses a Texas! ¿Me oyes? ¡Jamás vuelvas!
Es lo último que escucho de Xander. No miro atrás, no lo hago, corro, mi supervivencia es primero, yo soy primero, me repito eso como un mantra. El sonido de una explosión me detiene en seco unos segundos.
Algo en mi pecho se aplasta, la verdad me hiere como frío puñal, Xander ha muerto.