MARVIN
HORAS ANTES
—¿Estás seguro de que estás bien?
La voz de Ozzian se vuelve ronca al otro lado de la línea, puedo notar que intenta ocultar su preocupación, pero falla, lo conozco mejor que nadie.
—¿Por qué no lo estaría?
Se queda callado.
—Porque tú y yo sabemos que estás huyendo.
Proceso sus palabras.
—¿Huyendo de qué?
—De Caroll, por ejemplo.
Mis ojos se fijan en el cielo soleado, mientras giro el volante dando la vuelta en una curva.
—¿Por qué tendría que huir de ella?
—Todos sabemos que su relación fue muy intensa, y ahora que no están juntos, Elaxi dice que los dos quedaron destrozados después de haber terminado. Por más que las chicas quieran sacarle información, ella evita hablar de ustedes dos.
—Elaxi dice muchas cosas sin sentido últimamente —suelto un suspiro cargado de cansancio.
—Me preocupas.
—Y no es necesario, están exagerado.
Entiendo la preocupación de todos, al haber mantenido esta ruptura y lo que conlleva, en reserva, los dos lo elegimos así. Y, al contrario de lo que piensan, Caroll y yo terminamos porque así lo decidimos ambos, no hubo llantos, no hubo gritos, peleas, infidelidad, nadie engañó, mintió, o hirió.
—No estoy destrozado y te prometo que ella tampoco lo está —le aseguro.
—Ustedes…
—Tengo que colgar, regreso mañana en la mañana, cuida de tu hija y tu esposa —cuelgo.
Observo la pantalla de mi celular, la foto de Caroll aparece, ella lleva puesto un bikini de dos piezas, color rosa, tengo la misma foto de fondo desde que ella la puso como marca de territorio. Apago el celular y me relajo.
Las horas pasan, llegando a mi destino, diviso a lo lejos la casa rodeada de grandes hectáreas. No es la primera vez que estoy aquí, no es la primera vez que hago esto. Cada año suelo venir a Texas como un ritual privado. Estaciono el auto a las afueras de la casa, el aire se respira bien, puro.
—¡¿Eres tú, Marvin Rosewell?!
Sonrío al ver a la anciana que camina a prisa en mi dirección.
—Reina —saludo—. Es bueno verte de nuevo.
—Oh, cielos, ven aquí muchacho —me envuelve en un abrazo cálido y lo respondo del mismo modo—. Has crecido bastante.
—Y tú te ves más joven.
—Muchacho mentiroso.
Sonrío.
—Traje algunas cosas —camino hasta la cajuela del auto—. También vine a encargar algunos suministros de vino que debe llegar en la semana.
—No tienes que venir, Marvin, lo sabes ¿verdad?
Cargo una de las cajas y me doy la vuelta.
—Ella se fue hace unos años, no tiene caso que sigas viniendo, estamos bien.
—Se lo prometí a Marie —confieso—. Además, eres su abuela, no puedo dejarte a ti y a Luis en el olvido. Son mi familia.
—Hay, mi niño, ojalá ella se hubiera enamorado de ti y no de Ozzian Carter, pero mi nieta se obsesionó con él, sin ver que tenía a su lado a un chico que vale más que el oro.
—Es mejor no pensar en el pasado, ella está descansando.
Reina me observa unos segundos, luego suelta una risa que me contagia y los dos bajamos las cajas con comida, y despensa que les va a servir por este mes.
Entrando, el olor a café recién hecho y tarta de manzana, inunda cada rincón de la casa. Me trae recuerdos, los chicos y yo pasamos dos Navidades aquí, junto con Marie, antes de que todo se derrumbara.
—¿En dónde está Luis?
—Fue al pueblo, no tardará en llegar.
—Entiendo.
—Por cierto, cuéntame de ti, ¿hay alguna chica que ya haya robado tu corazón?
Termino de meter las latas en la alacena.
—Hay una chica.
—Eso es bueno, ¿y ya son pareja?
Sonrío.
—Terminamos hace unas semanas.
—Lo siento mucho.
—Está bien, estamos bien.
—Pareces en paz con esa decisión. ¿La quisiste?
Sigo con las latas de guisantes.
—El amor nunca fue el problema.
—La amas, todavía la amas —confirma, asintiendo con la cabeza.
—Dejemos de hablar de mi vida personal, mejor cuéntame cómo va la cosecha.
Las horas pasan, Luis llega a la hora, montamos un rato, me acompaña al pueblo a hacer los encargos de vino, hasta que anochece.
—Deberías quedarte e irte en la mañana —dice Reina a mis espaldas.
Cierro la cajuela que ha quedado vacía.
—No puedo, tengo responsabilidades, pero prometo venir en dos meses y estar en contacto —abrazo a la anciana que funge como una abuela cariñosa—. Te llamaré cuando llegue.
—Saluda a los chicos de mi parte, esos tres bribones, no puedo creer que ya sean padres los tres.
—Kabil va por el segundo, Ana está a meses de dar a luz, Ozzian y Ela dicen que tienen suficiente con Saga, en cuanto a Ian y Piper —río—. Bueno, creo que, con los quintillizos, no les quedarán ganas de más hijos ni en esta, ni en otra vida.
La risa que suelta Reina me da nostalgia.
—Dios, la familia ha crecido bastante, y pronto te unirás al club —me da una palmada en la espalda.
—No lo sé.
—Cuando llegue la indicada, lo sabrás.
—¡Marvin, dale las gracias a Elaxi Carter por todo, los fertilizantes que mandó, son de la mejor calidad! —grita Luis a la entrada de la casa.
—¡Le diré! —levanto la mano.
Antes de entrar al auto, les echo un último vistazo, enciendo el motor y me pongo en marcha, si manejo toda la noche sin hacer pausas, puede que esté de regreso en Bermaunt antes de las diez de la mañana. Me pierdo en mis pensamientos, prendo la radio y la música no ayuda con los recuerdos que vienen como golpe de realismo.
Marie, la chica de la que estuve enamorado, la chica que era intocable, imposible, porque era de Ozzian. En el pasado le hice mucho daño a personas inocentes por querer que mis amigos, mi familia, permaneciera unida. Piso el acelerador. Antes de que Marie muriera, le prometí que me haría cargo de sus abuelos, pese al consumo de las drogas, y de haber sido secuestrada por Oliver para ser prostituta, algo de lucidez había en ella por ratos. Y la preocupación por sus abuelos siempre fue latente.
La noche se traga la carretera en menos de lo que pienso, las manos se me acalambran y el culo me duele. Las horas pasan y cuando a lo lejos veo una gasolinera, decido hacer una parada. Apenas estoy apagando el motor del auto, cuando mi celular vibra dentro de uno de los bolsillos de mis pantalones. Lo saco, y al ver el nombre que resplandece en mi pantalla, respondo.
—Hola.
—Dicen que has escapado por mi culpa.
Es la voz de Caroll.
—Dicen que estás devastada por el rompimiento y que no quieres hablar con las chicas.
—Sí, he escuchado ese rumor —bufa—. Dicen que estás llorando mi ausencia y que eres un tonto.
—Dicen que eres una caprichosa y mimada, pero ambos sabemos que no es verdad, que solo es una fachada.
—Touché.
Me quedo callado, recargando mi cabeza en el respaldo del asiento.
—¿Llegas mañana?
—Sí.
—¿En dónde estás ahora?
—Hice una parada en una gasolinera.
—Debes comer algo, por cierto… —Guarda silencio.
—¿Qué sucede?
—Quiero verte.
Me quito el cinturón de seguridad.
—¿Pasó algo? —bajo del auto.
—No necesito que me pase algo para verte.
Reviso la hora que marca mi reloj de mano.
—Lo sé, mañana pasaré a la casa de tus tíos, te invito el almuerzo y hablamos.
—¡Cool! ¡Eres el mejor! Solo no llegues tarde, sabes que odio la impuntualidad.
Cuelga antes de que pueda responder algo. Guardo el celular, bajo del auto, entrando tomo una botella de agua y los dulces que a la rubia de ojos azules le gustan.
PRESENTE
Afuera de la gasolinera, el sonido de llantas rechinando, me hace mirar atrás por el espejo retrovisor, quince autos blindados llegan, de ellos salen hombres de traje n***o, con armas en las manos.
«Salí a tiempo de ahí»
Piso el acelerador y me alejo. Sé, por Luis, que la zona está bajo una guerra de mafias, no dijo mucho al respecto, pero me aseguró que no se meten con la gente local, si no se cruzan por su camino.
Tamborileo los dedos en el volante, y conduzco sintiendo la brisa gélida en el rostro.
[...]
Llego a Bermaunt, mucho antes de lo previsto, apenas son las cinco de la mañana. Muevo el cuello con estrés, llegando a casa, aparco y entro, se siente bien estar de nuevo en mi hogar. Aunque haya tenido remodelaciones por culpa de Elaxi, ella y Ozzian pensaron que darle un nuevo aire, me haría pensar menos en Marie, después llegó el torbellino rubio y todos esos recuerdos quedaron en el pasado, enterrados.
Lo primero que hago es poner a cargar la pila de mi celular, me dirijo a la nevera y tomo una cerveza fría, al tiempo que me dejo caer en el sofá, revisando en la laptop algunos correos de proveedores con los que hoy tenemos una reunión, Ozzian y yo. El negocio del bar familiar va tan bien, que mi cuenta bancaria escupe dinero, pese a eso, me gusta vivir modestamente, con comodidad, no me gustan las mansiones, ni los autos de lujo, prefiero la comodidad y seguridad de esta casa.
Termino mi cerveza y entro al baño para ducharme, me quedo bajo el agua más tiempo del esperado, cierro los ojos y las imágenes del pasado con Marie regresan. Ella drogada, ella metiéndose en el camino de Oliver, ella rompiéndole el corazón a Ozzian. Todo fue un drama que vi venir y no hice lo suficiente para detener. La culpa se sigue adhiriendo a mí, quemando mi piel con cada cosa que quiero borrar.
Fui inmaduro en aquella época, me prometí no volver a cometer los mismos errores, y eso he estado haciendo, redimiendo mi alma. Cierro la llave de la regadera, enrollo una toalla alrededor de mi cintura y salgo del baño para ir directo a mi habitación. No obstante, de soslayo alcanzo a ver que una sombra se mueve, una que viene de la estancia principal.
Frunzo el ceño, espero unos segundos, el silencio es ensordecedor, no sucede nada, no hay nadie, pienso que debió haber sido mi imaginación. Entro y me pongo una muda de ropa nueva y decido ir a la cocina para prepararme algo de comer. Abro la alacena, sacando un par de huevos, hasta que me doy cuenta de algo, una ráfaga de aire helado golpea el ambiente. Me quedo quieto, mirando cada cosa, todo está tal cual, pero tengo un mal presentimiento, me giro y voy directo a la puerta principal. Dándome cuenta de que está abierta. Recuerdo haberla cerrado bien.
No creo que sean ladrones, jamás hemos tenido a alguien que quiera robarnos, cuando vivíamos aquí los chicos y yo, mucho menos ahora. No me meto con nadie, no tengo enemigos. Me asomo a las afueras, mi auto sigue en donde lo dejé, salgo para verificar que las puertas estén cerradas, y lo están, sin embargo, al rodearlo y caminar hacia la cajuela, es otra historia, parece estar cerrada, pero se encuentra entreabierta, la abro y no hay nada, solo un olor a sangre, sudor y...
—Mierda.
Entro de nuevo a la casa, reviso cada sitio, recorro cada rincón, las habitaciones, el baño, la cocina, la estancia principal, todo está como siempre, nada anormal. Miro por la ventana, casi amanece. Entonces, viene a mi mente un sitio que no he revisado, el taller. Agarro mi celular, listo para llamar a la policía, salgo rápido y en efecto, veo aún a las distancias, que la enorme puerta se encuentra entreabierta.
Desciendo la mirada y observo algunas manchas de sangre esparcidas por el suelo, dejando un camino que va directo al taller. A mi mente viene la idea de un animal herido, es mi primera opción, tal vez un perro. Abro con fuerza la puerta, el sonido chirriante resuena por todo el lugar, adentro solo hay dos autos, mi antiguo carro y uno más que estoy arreglando en mis tiempos libres, solo para entretenerme, ahora que los chicos tienen sus propias familias, es un tanto difícil vernos como antes.
El camino de manchas rojas es más grande, la sangre que está siendo derramada es mucha. Mis ojos recorren todo el lugar, un olor a sangre y vainilla, se mezcla en el aire. Esto no es un animal.
—Sea quien seas, sal, no te pienso hacer nada, pero has entrado en propiedad privada y es un delito grave —amplío mi postura, caminando hasta donde termina el rastro de sangre, en medio de la estancia.
Levanto la mirada, nada, miro a mi derecha, a mi izquierda, diviso los almacenes, solo por no dejar nada fuera de revisión, son pequeños y son incapaces de guardar a una persona, abro uno a uno hasta que me canso.
—Parece que estás herido, puedo ayudarte, pero tienes que salir de donde quieras que te hayas escondido —rompo el silencio con un tono nivelado—. Si sales ahora, prometo no llamar a la policía, parece que necesitas ayuda.
Un silencio largo, espeso y nebuloso, se instala a mi alrededor.
—No estoy molesto, solo…
Me quedo callado al percibir un movimiento a mi izquierda, un quejido débil que viene de uno de los autos, el que estoy arreglando, camino lento hacia él, me asomo al interior por las ventanas cerradas, no hay nadie. Paso por la cajuela, se ve cerrada, la abro por si acaso, pero al hacerlo, alguien sale de ahí, saltan encima de mí y caigo al suelo de bruces, en medio de un grito desgarrador que parece el toque del inicio de una guerra, y que no me pertenece.