MARVIN
Termino mi cigarrillo en menos tiempo del esperado. Esta situación no me agrada, el tener a una chica en ese estado, es peligroso, sumando su pasado, no sabemos nada de ella, más que su nombre, no tenemos idea de qué escapa y aunque tengamos certeza de lo que ocurrió, eso no es apuesta segura de su pasado. Muevo el cuello con estrés, abro la puerta para entrar, pero un cuerpo pequeño choca contra mí, el impacto no me mueve ni un solo centímetro. Desciendo la mirada y me encuentro con la chica, quien toma su distancia enseguida, levantando las manos igual que un boxeador profesional que está a punto de atacar a su contrincante.
Yo entro y cierro la puerta a mis espaldas, sin cortar contacto visual con ella, ya no está débil, pero, aun así… sus piernas tiemblan, parece estar a punto de desmayarse y la sostengo del brazo.
—No… —Susurra con la mirada fiera.
—Tienes que descansar —tiro de ella con suavidad.
Es tan ligera, que la llevo sin dificultad hacia el corredor que da a las habitaciones. No pone resistencia, pese a que en sus ojos encuentro negación y resistencia mental. Llegando al pasillo, los gemidos sexuales que provienen de mi habitación, tensan mi cuerpo. Ayudo a la chica a acostarse, suelta algunos sonidos guturales.
El suero está desconectado, Kabil me mostró cómo cambiarlo, lo hago, enciendo las luces y busco conectarlo hasta que ella me da un manotazo.
—No —gruñe.
—Es por tu bien, solo conectaré el suero, estás deshidratada —le explico en breve.
Sigue renuente, pero me deja conectarla una vez más, estudiando cada uno de mis movimientos con desconfianza. Termino y me dirijo a la salida, antes de irme, me detengo bajo el umbral de la puerta y la miro por encima del hombro.
—Sea lo que sea que te haya pasado, piensa que tienes que recuperar fuerzas, no seas imprudente y duerme —espeto con firmeza.
Salgo de la habitación y me dirijo a la mía. Entrando, el aroma a perfume de lavanda invade todo el lugar, mis ojos viajan hasta la rubia que está acostada en mi cama, boca abajo, en bragas, mientras ve una película en donde los protagonistas están teniendo sexo.
—Deberías bajar el volumen, esa cosa se escucha por todo el pasillo.
Caroll da un respingo y se gira para incorporarse. Sosteniendo el control remoto con fuerza. Mis ojos viajan por su culo y por su boca redonda, con el hoyuelo definido en su barbilla y esos ojos azules que son más claros que los míos. Su cabello rubio está húmedo y cae por sus hombros, dejando a su paso un camino de gotas de agua que se resbalan por su piel casi blanca.
—Odio a Gray —suelta mientras se incorpora.
—Cincuenta sombras no es tu película favorita —confirmo, quitándome la chaqueta.
—Anastasia es una lamebotas todo el tiempo, se hace la valiente, pero es una tonta.
—Estamos de acuerdo con algo.
Caroll se muerde el labio inferior y se baja por completo de la cama, camina hacia mí, agarrando el dobladillo de mi playera.
—Hace calor —susurra, levantando la tela.
La detengo de último momento, eso la crispa.
—¿Qué crees que haces? Ya no somos nada, Caroll.
Ella se paraliza y me mira con desafío.
—¿De verdad?
Le sostengo la mirada en silencio unos minutos.
No me muevo, ella tampoco lo hace, se suelta de mi agarre y retrocede, se da la vuelta y comienza a recoger sus cosas.
—Tienes razón, no sé qué mierda hago aquí, mejor me voy —se inclina hacia adelante para recoger su falda, lo que me da una vista que se me antoja—. Sabes qué, debí haberle hecho caso a Reagan y follarme a su amigo Jaxon.
Finaliza, esa es la reacción que buscaba, me interpongo en la puerta para evitar que salga.
—¿Ahora qué? —pone las manos en jarras—. Ya me voy.
—Es demasiado noche.
Sonrío para mis adentros, Caroll es demasiado orgullosa para pedir lo que quiere.
—Puedo llamar a Ana para que venga por mí.
—Está embarazada, Kab no se lo va a permitir.
—Está Reagan —encoge los hombros.
—Cuida de Saga por las mañanas y por la noche le ayuda a su hermana Piper, con sus cinco sobrinos.
—Ela.
—Estará ocupada con Ozzian y con Saga a esta hora.
—Entonces se lo pediré a Jaxon, Reagan me lo presentó el otro día —se irrita frunciendo los labios.
Mi humor se pudre, la mención del amigo de Reagan me incomoda. La diversión debió haber desaparecido de mi rostro, porque Caroll sonríe con triunfo.
—Sabes algo, ya que somos amigos, te contaré que tengo planeado follarlo, tal vez él sí quiera perforarme el coño…
Presiono sus mejillas con una mano. Sus labios se ven curiosos y no puede hablar.
—Oyyyyy… eee.
—Deja de decir tonterías.
—No… shhh… on… ton… te… rriias.
Mi polla palpita dentro de mis pantalones. Sus ojos se abren como platos y termino por soltarla.
—¡Oh por Dios! —exclama—. ¡Estás celoso! ¡Te pusiste celoso!...
Rodeo su cintura y la estrecho contra mí.
—Lo estoy, ¿y qué? Deja de mencionar al amigo de Reagan.
—¿Qué harías si lo follo? —inquiere con un gesto mimado.
Acaricio su mejilla con los nudillos de mi mano derecha.
—No me gusta pensar en hipótesis, eso no pasará.
—¿Cómo estás tan seguro de eso?
—Porque me amas, Caroll.
Su sonrisa se desvanece, sus mejillas se ponen rojas, evita mirarme, sé que le da vergüenza pedir lo que yo también quiero, si no doy el paso, ella estará irritable, indecisa y escandalosa todo el tiempo.
—Regresa conmigo —mi mano se desliza por debajo de su blusa, tocando su espalda desnuda.
—¿Estás seguro? —tiembla bajo mi toque, remojando sus labios.
—Sí, te quiero a mi lado —la llevo hasta la cama—. Te quiero mía.
Le quito la blusa por arriba de la cabeza, dejando al descubierto sus pechos respingones, sus pezones rosados están endurecidos, son perfectos, puntiagudos, erectos, redondos, ella es perfecta.
—Está bien —musita al tiempo de me quita la playera—. Pero tengo una condición.
Sus manos son hábiles a la hora de bajarme los pantalones, incluyendo el bóxer.
—¿Cuál? —pregunto, sabiendo la respuesta de antemano.
Ella desliza sus bragas con un movimiento lento, calculado, se toma su tiempo, hasta que queda completamente desnuda ante mí.
—Quiero que me folles.
—¿Ya estás lista? —me acerco a ella, rodeando su cuerpo, sentirla desnuda entre mis brazos, es algo que me gusta.
—Quiero que tú seas mi primero —gime cuando beso su cuello—. En todo. Ya no quiero ser virgen, te amo, y quiero que seas solo tú.
—Ya no eres virgen —la recuesto en la cama.
—Del culo, pero mi coño jamás ha conocido una polla —arruga su nariz—. Por cierto, me sigues debiendo un viaje al mar, dijiste que el sexo anal no dolía tanto, y adivina qué, ¡duele un infierno!
Mi erección está a punto de explotar, ver a Caroll desnuda bajo mi cuerpo, con las piernas abiertas, dispuesta a recibirme, dejarme admirar su coño por completo rosado, sin un ápice de bello, húmedo, me hace perder la cabeza. No digo nada, no le recuerdo que fue su idea el que primero tuviéramos sexo anal, después del oral. Jamás la presioné para tener sexo. No pienso hacerlo ahora, hasta que ella esté preparada y muy segura.
Llevo mi mano hasta su coño y acaricio con los dedos su clítoris, haciendo un recorrido con los labios, que va desde su cuello hasta sus pechos. Capturo uno de sus pezones y lo succiono.
—Ah —se arquea—. No me distraigas, Marvin.
—No lo hago —paso mi atención al otro.
—Quiero que me folles —jadea con fuerza.
Tenso el cuerpo de la excitación. El silencio es una herida que se rompe por la respiración agitada de Caroll, y el roce de mi boca contra su cuerpo.
—Lo prepararé todo entonces.
—Hazlo ahora —demanda.
—Se trata de ti, tiene que ser perfecto, no seas caprichosa.
La luz que proyecta la televisión encendida juega con su figura, delineando curvas que no deberían pertenecer a algo tan humano. Su piel brilla bajo la luz tenue de la lámpara, y mientras mis labios recorren su vientre, siento cómo la razón se me disuelve lentamente.
No lo soporto más y la beso con rabia, con intensidad, ella responde a mi toque, a mi demanda, se estremece tanto cuando le meto la lengua hasta la garganta, que aumento el ritmo, chocando mis dientes contra los suyos.
—Marvin... —susurra con un hilo de voz.
—Caroll.
Su nombre, en mi boca, es una plegaria; el mío, en la suya, suena como una condena, rompo el beso por la falta de aire. La miro desde abajo. Su cabello rubio se desordena sobre la almohada, sus labios entreabiertos tiemblan al ritmo del aire que entra en su pecho. Tiene los ojos cerrados, pero sé que siente cada movimiento de mis dedos, cada roce lento y calculado.
—Te extraño —sus manos se aferran a mis brazos y abre más las piernas, yo me coloco en medio de ellas, rozando mi polla con su entrada húmeda.
—También lo hago.
Esta vez no la beso como un gesto de ternura, sino como quien reclama lo que lleva demasiado tiempo deseando. Mis labios encuentran los suyos con una intensidad que roza lo cruel. Este beso quema, hiere, exige. Mi boca la busca y la muerdo, siento el sabor metálico en su labio, una línea diminuta de sangre que ella me devuelve con un gemido ahogado.
—No te contengas —le murmuro contra la boca.
Ella sonríe, una sonrisa apenas visible, traviesa, peligrosa, ilumina sus finas facciones. Sus dedos suben hasta mi nuca y me atraen de nuevo hacia ella. Esta vez es más que un beso: es un enfrentamiento, una guerra sin banderas. Muerde mi labio con la misma furia con la que yo la había marcado antes. Siento el ardor, el sabor a hierro, la necesidad animal de perderme en ella.
El mundo se reduce a su piel y al sonido de su respiración quebrada. La beso en el cuello, en los hombros, todo en ella es un mapa que estudio con obsesión, un misterio que solo puedo resolver con mis manos.
Mis labios hacen un trazo por su vientre plano hasta llegar a su coño rosado, huele demasiado bien, salivo y paseo mi lengua por su clítoris. Ella jadea con fuerza, abriendo más las piernas, yo estiro una mano y agarro uno de sus pechos, apretando su pezón mientras me como su coño.
Sus dedos se enredan en mi cabello y arquea la espalda, ofreciéndose sin palabras, como si el lenguaje fuera una forma inútil de comunicación entre dos cuerpos que ya se entienden demasiado bien. La deseo, pero no como se desea algo efímero. Es un deseo denso, silencioso, peligroso.
—No sabes lo que provocas en mí —le digo, apenas audible.
—Quizá sí —responde ella, con una voz baja, cargada de desafío.
Me como su coño hasta que ella jadea sin parar, cuando termino, sus piernas tiemblan. Me pierdo en su mirada azul, no de un azul zafiro como el mío, no, el azul de sus ojos es aguamarina. Siempre he tenido el control de todo, pero con Caroll, es como estar al borde del abismo cada que nos unimos de esta manera.
—En cuatro —tiro de sus tobillos y le doy la vuelta, colocando una almohada debajo de su vientre.
Ella abre las piernas, dándome una perfecta vista de su culo redondo y firme, su puerta trasera está igual de rosada y exquisita que la primera vez que la vi. Introduzco un dedo y ella se queja.
—Marvin…
—No te dañaré mucho.
Ella se queda callada.
—¿O quieres que lo haga? —saco mi dedo y lo vuelvo a meter.
—No… ah, sí, quiero que lo hagas, y quiero que me duela.
Sus palabras hacen que mi polla se ponga más dura que el cemento.
—¿Quieres que duela?
—Me gusta cuando duele.
Sostengo su cintura con ambas manos.
—¿Por qué?
Ella abre más las piernas y elevo más su culo.
—Porque eres tú.
—Joder —rechino los dientes.
Enfilo mi polla en su puerta trasera, no hace falta el lubricante, ella está como un río, primero introduzco mi polla en su coño, no empujo, la mantengo en la entrada y ella se queja. Lo hago un par de veces más hasta que paso a su culo, empujo lento, Caroll agarra las sábanas con fuerza, mientras lento observo cómo mi pene desaparece por completo.
—Duele —chilla.
—¿Quieres que me detenga?
—No, duele… bien… duele rico.
Sus palabras se entrecortan en medio de una ola de jadeos, le doy tiempo para que se acostumbre una vez más a mi tamaño. Los segundos pasan y empiezo a penetrarla, entro y salgo de ella sin apartar de mi vista su perfecto culo, comprobando que su cuerpo es simetría y caos, sus caderas se mueven en una invitación silenciosa que despierta en mí una corriente eléctrica difícil de contener.
Aumento el ritmo hasta que mis bolas chocan contra su piel. El sonido encharcado y hueco de nuestra unión, me hacen ver rojo. Lo hago más rápido, más duro y más profundo. Siento su piel temblar bajo mis dedos, me inclino y me acerco a su oído:
—Eres perfecta.
Ella suelta una risa breve, entre jadeos, y me responde con esa mezcla de ironía y vulnerabilidad que la vuelve tan peligrosa.
—No digas eso —responde—. No me lo creo.
—No necesitas creerlo, si te lo digo yo, es porque es verdad.
Mis embestidas están cargadas de salvajismo, de barbarie, hasta que me corro en su interior, escuchando cómo grita, desbordando su orgasmo junto con el mío. Suelto todo mi derrame dentro de su culo, no desperdicio nada y me quedo pegado a ella unos instantes, viendo cómo sus piernas tiemblan e intenta establecer su respiración.
Cuando salgo de ella, descubro que sigo duro, Caroll se da la vuelta y hace una mueca cuando se sienta. Abro sus piernas, me coloco entre ellas y me dejo caer sobre su cuerpo.
—Pesas…
No le permito seguir hablando, la vuelvo a besar. Esta vez con una lentitud que duele. Sus labios, aún húmedos, saben a todo lo que está mal y, sin embargo, me resultan necesarios. Pierdo la noción del tiempo besándola, besando a Caroll Verly, mi chica, mi novia, mi mimada. Dejando mi polla en la entrada de su coño como una promesa de lo que pronto va a pasar. Nuestros cuerpos quedan inmóviles, sudorosos, unidos todavía, como si separarnos fuera un acto imposible.
Luego de un rato, me acomodo a su lado, Caroll apoya su cabeza sobre mi pecho. Sus dedos recorren la línea de mis costillas, dibujando formas que no comprendo. Yo cierro los ojos. Siento su corazón latiendo despacio, casi al unísono con el mío.
—¿Por qué me miras así siempre? —pregunta, sin levantar la vista.
—¿Cómo?
—Como si no existiera nadie más que yo, en el mundo.
—Porque no puedo evitarlo. Y porque eres la única para mí.
—¿Y qué pasa si te enamoras de alguien más?
—Eso no pasará.
—Pero ¿Y si pasa?
—Caroll, no hay nadie más en la tierra que me llame la atención, y nunca habrá nadie a quien yo ame más que a ti.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo, lo juro.
—Te amo, Marvin Rosewell.
—Te amo, Caroll Verly.
Ella sonríe, cansada, satisfecha. Y por primera vez, su sonrisa no me parece una máscara. Es real, frágil, hermosa, todos obtienen a la Caroll falsa, pero yo, siempre tengo a la original, a la verdadera.
Mis brazos la rodean. No quiero soltarla. No después de haber sentido que el mundo podía detenerse por un instante dentro de nosotros. El calor entre los dos no desaparece, solo cambia de forma. Ahora es calma. Respiramos juntos, sin hablar. La observo, con la certeza de que hay algo en ella que me arrastra a lo más oscuro y a lo más puro de mí mismo.
Me acerco a su oído. Suspiro. Y con una voz apenas audible, le digo lo único que me queda por decir:
—Podrían pasar mil años, y mi alma siempre te elegiría a ti.
Ella cierra los ojos, no responde, pero su mano busca la mía y la aprieta con fuerza. Esa es su forma de decirlo también. Cierro los ojos hasta perderme en un profundo sueño, con mi cuerpo desnudo pegado al de la chica que ocupa todos mis pensamientos, mi corazón y mi vida. Aunque por alguna extraña razón, un par de ojos marrones aparecen en mi mente como un destello fugaz que se desvanece debido al subconsciente.
[…]
A la mañana siguiente, despierto abrazando a Caroll por detrás, respiro su piel y huele a lavanda mezclada con algo que me hace sentir orgulloso; huele a mí por completo. Su cuerpo es suave, delicado, mi mano se desliza por sus curvas hasta llegar a su pierna, tenerla desnuda entre mis brazos es una sensación que me reconforta. Ella se remueve inquieta, pero se vuelve a dormir después de murmurar cosas que no comprendo.
Todo es perfecto hasta que recuerdo la otra razón por la que el ambiente no es tan perfecto.
«Eclipse»
Muy a mi pesar me levanto, dejando que Caroll duerma un poco más, me doy una ducha, me pongo unos pantalones, una playera negra y salgo para ir directo a la habitación en donde ella se queda. Giro la manija con cuidado, teniendo el presentimiento de que cuando abra la puerta, ella ya no estará en la cama. Me equivoco, ella se encuentra profundamente dormida, su respiración parece estable, tiene un mejor aspecto que cuando llegó, poco a poco cierro la puerta y me dirijo a la cocina para preparar el desayuno.
Kabil dijo que la chica debía alimentarse, por lo que pico un poco de fruta, preparo waffles de arándanos, los favoritos de Caroll. Enciendo la pantalla principal, dejando que la voz del hombre que da el noticiero a las siete de la mañana, haga eco por toda la casa.
Preparo huevos con tocino, concentrándome en mi tarea, cuando un par de manos rodean mi cintura.
—Huele delicioso.
—Es para nosotros y la chica nueva.
Ella me suelta y se sube a la encimera, su falda deja poco a la imaginación. Termino y apago la estufa.
—¿Qué pasa? —me pregunta removiéndose inquieta—. ¿Te has arrepentido de haber regresado conmigo?
—Eso nunca.
—¿Entonces?
—Esa falda está muy corta —confieso con voz ronca.
—¡¿Verdad que sí?! —abre los ojos como platos—. Los chicos de la universidad siempre se me quedan viendo y quieren salir conmigo.
Niego con la cabeza, Caroll intenta ponerme celoso todo el tiempo, piensa que demostrando eso, es una prueba de lo que siento por ella. Por supuesto que me arde que otros la observen más de la cuenta, pero ¿cómo no hacerlo? Ella es hermosa.
—¿Te molesta que otros me miren? —sus ojos brillan de modo malicioso.
Abro sus piernas y me coloco en medio de ellas, como supuse, la tela se sube por sus muslos. La estrecho contra mi cuerpo, provocando que suelte un gemido de sorpresa.
—Demasiado, tal vez deba follarte y marcarte por completo como mía, para evitar que cometas una tontería.
—¡Yo no cometo tonterías!...
La beso para que cierre la boca, ella rodea mi cuello con ambas manos y mi lengua busca la suya, por alguna extraña razón, la voz del reportero en los noticieros de la televisión, llega hasta mis oídos.
“No sabemos qué es lo que sucede, pero al parecer, hace unos días, hubo un enfrentamiento entre mafias, en donde el hijo menor del empresario Manuel Carlton, murió en un accidente de auto, explotando por completo, sin dejar nada que se pudiera rescatar. Fuentes cercanas a la familia, dicen que miembros de la mafia Calabria, lo perseguía para secuestrarlo y así extorsionarlos. Su padre y su hermano; Ash Carlton, no han querido dar más explicaciones, pero al parecer, ellos están cooperando con la policía para encontrar a los miembros de esa organización”
—No…
Caroll y yo rompemos el beso al escuchar una tercera voz, miro hacia la entrada de la estancia principal y la veo, la chica llamada Eclipse, se sostiene con fuerza del marco de la entrada, no se ve bien, parece pálida, como si hubiese visto un fantasma. Caroll se aparta de mí y se baja de la encimera para caminar hacia ella, yo la sigo en silencio.
—Oye, no deberías estar de pie…
Los ojos marrones de la chica se anclan en mi chica.
—Ángel… —Se sostiene de los brazos de Caroll cuando parece que va a perder el equilibrio.
—¿Qué te pasa? Estás temblando.
Me acerco a ellas.
Entonces ella se aferra a Caroll y le susurra:
—Me van a encontrar y todos estarán muertos.
Acto seguido se desmaya.