Verano de 2021. Me sentía ilusionada por tener ya en marcha el proyecto de la ayuda médica para la fertilidad asistida, pero a la vez me sentía cansada de tener que estar siempre tirando de Pepe para todo. Él dijo que estaba dispuesto a ir al médico si era necesario, y ahora que ya estábamos en marcha, nunca quería hacerse los exámenes y nunca quería hablar del tema. Pero era un proyecto conjunto, nuestro proyecto de familia. Llevábamos ocho años juntos, y mi mayor deseo siempre había sido ser madre y no estaba dispuesta a renunciar a ello, él lo sabía y había decidido por sí solo ayudarme a cumplir ese sueño. Ahora no le iba a permitir echarse atrás, le quería muchísimo, creía que teníamos una buena vida juntos pese a tener que encargarme yo de casi todo y si además tuviésemos nuestro bebé, estaba segura de que yo me iba a sentir mucho mejor aún, tenía mucho amor más para darle a nuestra familia.
Aquella noche de viernes en la que Eva me envió una foto con Carlos, algo cambió en mi interior. Esa cara, esa sonrisa, esa mirada, esa voz de tenor, esa persona maravillosa que conocí tantos años atrás y de la que me enamoré profundamente había vuelto a mi vida.
Después de despertarme de aquel sueño o recuerdo y sentirme sola en la cama, Carlos era quien invadió mi mente. No fue mi marido, que estaba durmiendo en el sofá tan profundamente que ni siquiera había venido a la cama, sino Carlos. Ese Carlos con el que estaba besándome en el sueño que acaba de tener.
Recordé la última vez que estuvimos juntos. Recordé cómo tomé la decisión de alejarme de él sin decirle adiós pese a estar enamorada. Recordé que yo me alejé, pero él tampoco volvió a buscarme, nunca recibí una llamada o un mensaje suyo. Quizás Eva le hubiese contado en aquel entonces que nos habíamos peleado y yo me había alejado de ella, o quizás no le hubiese dicho nada y él sólo se hubiese imaginado que ya no volveríamos a estar juntos nunca.
Pero no fue lo único que vino a mi mente aquella madrugada. Me acaricié la tripa varias veces. Esa tripa en la que pronto crecería un bebé. Esa tripa en la que muchos años atrás deseé que hubiese un bebé de Carlos. Aquella última noche juntos pudo tener consecuencias.
A mi mente vinieron recuerdos de aquellos tres meses que se me retrasó el periodo, recuerdos de tantas pruebas de embarazo negativas hechas a solas en el baño de mi casa, recuerdos de aquellos deseos de que alguna de esas pruebas diese positivo, recuerdos de lo mucho que lloré cuando asumí que nunca iba a dar positivo porque ya había pasado demasiado tiempo desde aquella última noche con Carlos.
Y entonces las lágrimas empezaron a resbalar por mi cara. Seguí acariciando mi tripa y sin darme cuenta volví a desear que dentro de ella estuviese creciendo un bebé fruto de mi amor por Carlos. En aquel momento, nada ni nadie importaba, mi cabeza sólo podía pensar en mí y en Carlos. Volví a olvidarme de que Pepe estaba dormido en el salón e imaginé que Carlos estaba a mi lado en la cama, recorriendo mi cuerpo con sus manos y sus labios, buscando aquel placer infinito que ambos nos dábamos. Y ahí tumbada fui haciendo con mis manos lo que realmente me gustaría que estuviese haciendo él, hasta que el placer explotó dentro de mí con la imagen de ese Carlos más maduro grabada en mi retina. Y sólo entonces fui capaz de dormir otra vez.
En algún momento de la noche, Pepe vino a la habitación y se acostó en la cama a mi lado, porque al despertar vi que estaba ahí. Le acaricié suavemente el pelo y le besé la frente como cada mañana de fin de semana intentando no despertarle, y después me levanté a desayunar y a comenzar con los quehaceres de ese día.
Pese a lo que había pasado la noche anterior, yo amaba a Pepe, él era mi vida y él era con quien quería pasar el resto de mi vida. Había cosas que no me gustaban, como su falta de comunicación o que no hiciese nada en casa, pero ya me había acostumbrado a ello, y le quería pese a sus defectos. Lo de la noche anterior había sido un acúmulo de recuerdos que vinieron a mi mente de una época más joven, de una época diferente, de una versión de mí distinta, de un amor distinto.
No me sentí mal por soñar, pensar y hacer lo que hice aquella noche. Estaba acostumbrada a masturbarme cuando me apetecía debido al poco apetito s****l de Pepe, y la mayoría de las veces que lo hacía sólo pensaba en mí misma y en lo que quería sentir. No solía hacerlo pensando en Pepe o en cualquier otro hombre, pero aquella noche la única imagen que venía a mi cabeza era la de Carlos y realmente deseé que fuesen sus manos las que me tocaban.
Acepté todo aquello como una experiencia más, aunque no podía evitar sentirme un poco emocionada al recordarlo.
El martes de la semana siguiente, al despertarme para trabajar me encontré un nuevo mensaje de w******p en mi teléfono. Pepe ya se había marchado a su trabajo, pero yo me levantaba un poco más tarde porque después de la crisis sanitaria, en mi empresa nos habían permitido seguir teletrabajando, así que sólo iba a la oficina esporádicamente uno o dos días al mes. Aún tumbada en la cama abrí el mensaje para leerlo y resultó ser de Carlos “Buenas noches guapa, no hemos vuelto a hablar. Espero que vaya todo bien y tengas una bonita semana. Tenemos que seguir poniéndonos al día”. Sonreí como una boba al leer su mensaje y no pude resistir las ganas de responderle “Buenos días, me acabo de despertar y tengo cero ganas de ponerme a trabajar. Tú disfruta de las vacaciones con la familia y que tengas también una bonita semana”.
Aquella fue la primera de muchas mañanas escribiéndonos. Él estaba de vacaciones y yo trabajando, así que las conversaciones no eran demasiado largas, algún mensajito por la mañana, a veces alguno también por la tarde o incluso por la noche. Y así poco a poco nos fuimos poniendo al día.
Carlos seguía siendo muy familiar, además al vivir en Madrid, intentaba ir al pueblo siempre que podía. En el hospital tenía turnos, a veces solo de mañana, a veces solo de tarde, a veces doce horas de día, a veces doce horas de noche, y compaginando esos turnos juntaba de vez en cuando varios días libres para poder ir al pueblo. Vivía en una casa compartida con otros dos chicos más o menos de su edad. Seguía siendo muy deportista: jugaba a pádel, montaba en bici y hacía carreras tanto de running como de ciclismo, sobre todo de MBT. Había tenido una lesión grave de rodilla unos años atrás y le habían tenido que operar un par de veces, pero ya estaba recuperado y entrenando para poder empezar a participar de nuevo en carreras. Varios días le noté un poco triste cuando hablábamos, sobre todo si salía algún tema familiar, y conseguí que me contase qué pasaba. Fue duro leer los mensajes que me escribió al respecto. Ya que un par de años antes, en poco más de seis meses perdió a un gran amigo, a su madre y a uno de sus tíos. Al leer aquellos mensajes un nudo enorme se apoderó de mi interior y estaba segura de que si él en vez de escribir, me lo estuviese contando hablado, también tendría un nudo en su garganta y se le quebraría la voz. Tuve que leer aquellos mensajes varias veces porque me había quedado absolutamente sin palabras. Cuando conseguí reaccionar y superar ese ataque de dolor y tristeza que me había dado le escribí con todo el cariño de mi corazón por el pasado y por el nuevo cariño que le estaba cogiendo con las conversaciones de los últimos días: “Lo siento muchísimo, nene. Nadie merece tantas pérdidas ni tanto sufrimiento. Sé que eres fuerte y que todos ellos te cuidan desde el cielo, pero ahora mismo sólo tengo ganas de abrazarte y de decirte que no estás solo. Que puedes contar conmigo siempre que me necesites”. Me envió un corazón rojo como respuesta.
Era cierto, quise abrazarle fuerte y besarle en la frente como hubiese hecho con cualquiera de mis amigos que me contase algo tan triste y duro emocionalmente. Después de aquella conversación pude entender mejor los mensajes y las fotos que algunos días colgaba en sus r************* , a las que por supuesto, me había invitado a unirme y yo había aceptado.
Pero aquella no fue la única conversación difícil que tuvimos aquellos días de final de verano. Yo también le puse al tanto de mi vida y de mi trabajo. Se interesó por mi situación de llevar ocho años viviendo con mi pareja y no estar casados. Y sinceramente no tuve reparo en contarle porque llevábamos tantos días hablando como grandes amigos, que me salió solo contarle que Pepe no quería casarse, que para él ni siquiera era importante firmar un papel, porque de celebración no quería ni escuchar hablar, y yo ya me había cansado de insistir y ya no me hacía ilusión la boda de princesa que me había imaginado cuando era jovencita. Su respuesta a todo aquello fue un mensaje que me resultó un poco extraño “Si de verdad quieres a una mujer, aunque no creas en el matrimonio, si ella quiere casarse lo haces. Si yo tuviese una mujer como tú a mi lado, sí me casaría con ella”.
¿De verdad había dicho eso? O sea, no estaba diciendo que yo fuese suya, ni que me quisiese a su lado, ni que se casaría conmigo, literalmente había dicho que si tuviese una mujer como yo se casaría con ella. Mi cabeza divagó como el primer día que hablamos hacia un supuesto imaginario en el que estuviésemos juntos y nos fuésemos a casar. ¿Por qué pensaba en eso? Pepe era mi pareja y yo le amaba. ¿De verdad en ese momento me estaba imaginando mi boda con Carlos? Sí, lo estaba haciendo, y no supe exactamente por qué me puse a imaginar eso. Aunque lo cierto era que en los últimos días estaba hablando con Carlos más de lo que hablaba con Pepe, pero tenía que sacar esa imagen de mi cabeza, Carlos sólo era un amigo, con una historia juntos en el pasado, pero sólo un amigo.
Algunos días le contaba a Eva alguna cosilla de lo que hablaba con Carlos y ella empezó a insistir en que fuese un fin de semana con ella al pueblo. Sus padres iban a estar allí con Pablo hasta que empezase el colegio a mitad de septiembre y ella seguiría yendo los fines de semana. Además, a principios de septiembre era el cumpleaños de Carlos y él aún estaría allí en el pueblo.
Eva insistió mucho y al final acepté. Carlos era el mayor impedimento que yo había tenido los años anteriores para ir con Eva a su pueblo, pero ahora que volvíamos a ser amigos, o bueno, que volvíamos a tener contacto, era posible que ir a su pueblo no doliese tanto como me había imaginado. Hablé con Pepe y como él ya estaba liado con la pre-temporada de baloncesto e iban a empezar los partidos amistosos, me dijo que me fuese un fin de semana y que me distrajese y lo pasase bien, que me iba a venir bien para relajarme de todo lo del médico. Así que bueno, lo organicé todo con Eva, planeamos el fin de semana y cuando estuvo todo planificado entre nosotras, avisé a Carlos.
Sara: “Hola guapo. Qué haces este finde? Voy a ir al pueblo con Eva, si tienes un ratito libre me gustaría verte”
Carlos: “En serio? Y vas a venir sola?”
Sara: “No, voy con Eva que están allí sus padres y Pablito”
Carlos: “Ya… y tu marido?”
Sara: “Él se queda en Madrid, tiene partidos”
Carlos: “Y te deja venir sola?”
Sara: “Yo no le pido permiso. Él trabaja y yo hago planes con mis amigos para no quedarme sola en casa”
Carlos: “Me encantaría verte”
Sara: “Genial, pues te aviso cuando esté por allí”