8. LA PROPUESTA

3131 Palabras
Estaba contenta y emocionada, iba a volver al pueblo de Eva después de tantos años sin ir. Y a la vez me invadieron los nervios, iba a ver a Carlos en persona después de doce años. Durante aquellos días hablando por mensaje habíamos hablado de muchas cosas, pero nunca mencionamos ninguno de los dos por qué dejamos de vernos. Tenía un poco de miedo al momento en que saliese aquella conversación y a la vez estaba segura de que cuando llegase esa conversación le diría la verdad de lo que pasó. Iba a cumplir 39 años, Carlos acababa de cumplir 44, ambos éramos adultos, aquello sucedió hacía mucho tiempo y ambos habíamos crecido y madurado. No tenía porqué mentirle ni ocultarle cosas, si íbamos a volver a ser amigos, debía ser con la verdad. Aquella noche, como cada noche entre semana, Pepe se fue pronto a la cama porque como yo teletrabajaba, él tenía que madrugar más que yo, así que cuando se iba a la cama yo me ponía una telenovela en Netflix y me quedaba en el sofá relajándome más rato. Mientras veía un capítulo de la serie, mi móvil vibró con un mensaje nuevo de Carlos. Carlos: “Estás segura de que quieres que nos veamos este finde?” Sara: “Pues claro!! Llevamos muchos días hablando, además te debo un abrazo” Carlos: “Te acuerdas lo bien que nos lo pasábamos juntos? Disfrutábamos mucho” ¡Coño! Ese mensaje me pilló de improviso ¿pensaba hacerme algún tipo de proposición? Pestañeé varias veces leyendo y releyendo ese mensaje. Creía adivinar por dónde iba a ir aquella conversación, pero… ¿quería o no quería seguirle el rollo? Lo pensé tan solo un momento… y decidí que jugaría ese juego, por los viejos tiempos. Sara: “Cómo olvidarlo? Claro que me acuerdo” Carlos: “Si quieres podemos recordarlo juntos” Sara: “Recuerdas que estoy “casi” casada y que vamos a empezar un tratamiento de fertilidad, verdad?” Carlos: “Si tu marido no puede, yo podría ser el padre de tus hijos. Siempre he querido ser papá” ¿Qué? ¿En serio acaba de leer eso? Me tembló el pulso y casi se me cae el móvil de la mano sobre mi regazo. Había pasado de una propuesta de recordar el pasado juntos a ofrecerme ser el padre de mis hijos. Otra vez la ola de recuerdos de cuando creí estar embarazada de él me invadió y se me hicieron agua los ojos, aunque no me permití llorar. Sara: “Carlos, por favor, hay ciertos temas que me duelen y es mejor no jugar con ellos” Carlos: “No estoy jugando, nena. Tú quieres ser mamá y yo quiero ser papá, si tu marido no puede, sabes que puedes contar conmigo” Era el primer mensaje en el que me llamaba “nena”. Cuando estuvimos juntos siempre me llamaba así y seguro que podía recordar que me derretía cuando lo hacía, igual que me había ganado la partida con ese “nena” escrito justo en ese mensaje. Una simple palabra que me dejó sin razón para seguir argumentando una negativa a esa propuesta. Sara: “Quiero verte, nene. Hace muchos años que no nos vemos. Pero deja a un lado el tema de los bebés por favor, es algo que duele bastante” Carlos: “Lo siento, nena, pero si tú quieres, podemos recordar juntos lo bien que lo pasábamos” Me quedé pensando un rato. Pensé en Pepe, le amaba y lo quería todo con él, pero en la cama era un desastre y recordaba perfectamente que nadie me había hecho sentir lo mismo que Carlos. Mi cuerpo ansiaba desde hacía muchos años que alguien me volviese loca de placer y Pepe no lo hacía, por mucho que se esforzase la mayoría de las veces que lo hacíamos yo me quedaba a medias, sin llegar a sentirme satisfecha. Cerré los ojos, respiré hondo, sopesé la situación y después respondí al mensaje. Sara: “Nene, si hago esto es sólo porque eres tú. Quiero volver a estar contigo aunque sólo sea una vez. Hay tantos recuerdos que han venido a mi mente en estos días…” Carlos: “Estás segura?” Sara: “Tan segura como que si no hubiésemos vuelto a hablar, no iría al pueblo con Eva. Si voy no es por ella, es por verte a ti. Pero tienes que saber que no soy la misma chica de antes” Carlos: “Yo también he cambiado” Sara: “No es igual, tú estás estupendo… y yo estoy más gordita” Carlos: “Eso tendré que verlo… además podemos hacer ejercicio juntos cuando nos veamos” Sara: “Jajaja… Se puede saber qué andas haciendo para tener estas conversaciones?” Carlos: “Si te envío una foto, me envías después tú una a mí?” Sara: “No creo, pero inténtalo” Ni corto ni perezoso me envió una foto. No se le veía la cara, pero recordaba cada línea de ese cuerpo y sabía de sobra que era él. En la foto salía su cuerpo tumbado sobre la cama. Se veía desde el pecho hasta los pies. Tan solo llevaba puesto un calzoncillo tipo slip y su paquete estaba visiblemente duro por debajo de la tela. Mi cabeza y mi cuerpo desearon tenerle más cerca. Carlos: “Ahora tú, nena, porfa” Me lo pensé un rato mientras miraba cómo él seguía en línea y veía la foto de su cuerpo casi desnudo. Pensé que estaba loca, pero me hice una foto. Llevaba puesto un camisón verde que apenas me llegaba cinco dedos por debajo de las bragas, estaba sentada en el sofá con las piernas cruzadas en los tobillos extendidas sobre la mesa de café, así que saqué una foto más o menos desde la altura de mi pecho, así que apenas se veía que estaba sentada, lo corto de mi camisón y lo largo de mis piernas. Se la envié. Carlos: “Mmmm… me vas a decir que hay debajo de ese vestido?” Sara: “Es un camisón, y no te voy a decir si hay o no hay algo debajo de él. Lo que sí te voy a decir es que me voy a la cama que mañana tengo que trabajar” Puse el teléfono en completo silencio como cada noche para que no vibrase sobre la mesilla del dormitorio, pero no pude irme a la cama. Carlos había logrado encenderme otra vez y necesitaba volver a sentir placer. Volví a masturbarme aquella noche en el sofá pensando en Carlos, imaginando que era él quien me tocaba. Sabía que Pepe estaba en la cama, en nuestra cama, dormido y a la vez esperando a que yo me acostase. Y de nuevo no me sentía culpable por estar pensando en Carlos. No lo veía como estar pensando en cualquier hombre, él era Carlos, me había enamorado de él con veintitantos años y enamorada me desaparecí de su vida. Tenía la sensación de que necesitaba verle para poder cerrar ese capítulo de mi vida, pero hablar con él y decirnos esas cosas que nos habíamos dicho esa noche hacía que mi cuerpo le desease demasiado. Tardé un largo rato en ir a la cama, pero aquello que yo sentía, necesitaba dedicación plena. Me lo merecía. Merecía volver a sentir ese placer infinito, o al menos esa noche necesitaba imaginar que el placer que yo sola me daba era infinito al pensar en Carlos. Con la respiración aún agitada borré las fotos de mi móvil y me fui a la habitación para acostarme al lado de mi marido y en pocos minutos me quedé dormida. Al día siguiente le conté a Eva la conversación con Carlos, bueno, le hice un resumen sobre la propuesta de recordar viejos tiempos, no entré en detalles, y Eva me animó a hacerlo, aunque no necesitaba más ánimos, yo sola ya sentía que necesitaba hacer aquello. Esa misma tarde, después de trabajar me fui al centro comercial y entré a mi tienda de lencería favorita y me compré un conjunto de sujetador y braguita brasileña en seda y encaje n***o, el reencuentro con Carlos tenía que ser especial. Durante el resto de la semana seguí hablando con Carlos casi todos los días. Me contaba cosas del pueblo, de sus sobrinos, hermanos y de su padre, me contaba si había salido con la bici al monte y cosas así, y también me preguntaba por mi día a día para que yo le contase. Algunos mensajitos por la noche eran sobre lo que le gustaría hacer cuando nos viésemos y aquello me ponía un poco ansiosa, deseando que llegase pronto el fin de semana. Eva tenía que hacer unas cosillas en su trabajo el sábado por la mañana, así que en cuanto ella terminase, nos iríamos al pueblo para intentar llegar a mediodía. El jueves por la noche Carlos me escribió un mensaje: “Nena, quizás me tenga que ir mañana a Madrid. Me he federado para las competiciones de pádel de este año y me acaban de decir que seguramente el sábado tengamos torneo. Hasta mañana viernes no lo voy a saber”. Le respondí de forma sencilla: “No te preocupes, lo entiendo. Cuando sepas algo me dices. Tengo ganas de verte”. Estuve todo el viernes esperando un mensaje de Carlos que me dijese si iba a estar o no en el pueblo. Estaba impaciente, pero aquel mensaje nunca llegó. Cerca de medianoche, con Pepe dormido a mi lado, estaba tirada en el sofá viendo una película y escribiéndome por w******p con Eva. Le dije a mi amiga que no iba a ir al pueblo con ella, me había rayado porque no sabía nada de Carlos. Tenía ganas de llorar, pero Pepe estaba a mi lado y se iba a despertar, y la película no era tan triste como para justificar mis lágrimas. Me enfadé, pero no estaba segura de si estaba enfadada con Carlos por dejarme esperando o si estaba enfadada conmigo por haber hecho ilusiones de algo que ya de por sí era una situación complicada. Me inventé una excusa, y cuando conseguí despertar a Pepe para irnos a la cama a dormir, le dije que iban a ir los tíos de Eva al pueblo el fin de semana y que íbamos a ser muchos, así que me quedaba en Madrid y ya iría yo otro en otro momento. Como siempre, Pepe no le dio importancia, salvo que se quejó un poco porque ya no iba a tener toda la televisión para él solo el fin de semana. Decidí no escribir a Carlos más, tenía que dejar de pensar en él. Había sido muy bonito volver a hablar con él, volver a ilusionarme y volver a sentir esas mariposillas en el estómago cada vez que llegaba un mensaje a mi móvil y veía su nombre en el remitente, pero había que volver a la realidad, Pepe era mi marido aunque los papeles no estuviesen firmados, Pepe era quien me estaba acompañando en todo aunque tuviese que tirar siempre yo del carro y Pepe iba a ser el padre de mis hijos, de nuestros hijos. Eva siempre había sido muy metomentodo en cuestión de mis relaciones, sobre todo si ella conocía al chico en cuestión, y Carlos era su amigo, así que le pedí por favor que no hablase con él ni intentase nada entre nosotros. Le pedí por favor que se mantuviese solo como espectadora, porque había muchas cosas que ella no sabía y que en algún momento yo le contaría, pero no era el momento. Estuve unos cuantos días un poco desanimada, sin ganas de nada. Echaba de menos los mensajitos de Carlos dándome los buenos días, pero el dejarme en ascuas sobre nuestro fin de semana no me había gustado, así que no iba a escribirle como si tal cosa y dejé que los días pasasen. Aunque era finales de verano y los días ya iban siendo más cortos, aún hacía bastante calor, así que yo cenaba prontito y a última hora de la tarde me iba a darme una caminata porque si no, no me movía. Al lado de casa había un parque con un estanque lleno de ranas. El miércoles, durante mi paseo había estado escuchando música que de alguna forma me recordó a Carlos, no por las canciones en sí, sino porque algunas letras reflejaban bien cómo me había sentido los días previos, ilusionada por un hombre diferente al que tenía en casa. Al final de mi paseo, decidí sentarme en un banco de los que rodeaban el estanque del parque. No había nadie allí, y decidí enviarle un mensaje de audio a Carlos, necesitaba decirle muchas cosas, y escribir iba a ser complicado. Empecé a grabar: “Hola Carlos, no sé muy bien cómo contarte todo lo que siento. Las últimas semanas hablando contigo han sido geniales, pero los últimos días sin saber de ti han sido horribles. No sé qué es lo que has hecho conmigo en estos días, pero tengo una especie de necesidad de tenerte cerca y no volver a perderte. Sé que todo es muy contradictorio, sabes cuál es mi situación, sabes que no estoy sola y que además planeo tener una familia. Por eso no sé bien cómo sentirme… Creía que mi vida tenía sentido, que todo estaba encauzado y que tenía una buena vida. Pero llegaste tú y con sólo un par de mensajes desestabilizaste todo, porque ahora me doy cuenta de que todo lo que quiero lo quise una vez contigo, aunque nunca te lo dije… El otro día cuando dijiste que tú podrías ser el padre de mis hijos, apenas supe qué contestarte, porque una vez quise que lo fueses. Recuerdo a la perfección la última vez que estuvimos juntos, recuerdo hasta la ropa que ambos llevábamos puesta. Sé que desaparecí de la vida de todo el mundo y algún día te contaré porqué, pero aquella fue una época difícil. Después de desaparecer mi regla decidió que no iba a bajar y durante muchas semanas creí estar embarazada de ti. Me hice infinidad de tests porque me negaba a aceptar el resultado negativo, hasta que mi cabeza quiso asumir que no estaba embarazada. Supongo que cualquier otra chica estaría feliz con aquel negativo, pero yo me seguía aferrando a la más mínima posibilidad, porque significaría que de alguna manera podría volver a ti. Realmente quise estar embarazada y que fueses tú el padre. Sé que nunca te lo dije, pero te amaba como nunca había amado a nadie. Dolió muchísimo irme sin decir nada, y dolió muchísimo más tener que pasar por todo aquello yo sola. Nunca se lo he contado a nadie, ni siquiera Eva lo sabe, ni siquiera mi madre o mis hermanas lo saben. Y el otro día cuando me dijiste que podrías ser el padre de mis hijos todo aquello volvió a mi cabeza y a mi corazón. Quise que lo estuvieses diciendo en serio, que realmente quisieses ser el padre de mis hijos, te diría que sí sin dudarlo ni un momento… Carlos, me enamoré de ti y nunca he dejado de quererte. No sé si esto que estamos haciendo está mal o no. Mi vida ahora es más complicada, ya no estoy sola, pero lo dejo en tus manos, tú decides si quieres seguir adelante con lo que sea esto que estamos haciendo, pero no desaparezcas. Entiendo que necesites pensarlo, pero dime algo, aunque creas que no es lo que quiero escuchar. Tú siempre estarás en mi corazón. Un beso enorme”. Casi diez minutos de audio y mis lágrimas escuchándose con la voz rota de las últimas frases. Aquello podría ser demasiado para cualquiera. Tenía casi 39 años, pero me sentía de 20, tonta y enamorada del chico ideal, y planificando todo en mi mente como si mi vida completa fuese a ser con él. Pero no, tenía a un hombre esperándome en casa y a otro al otro lado de una línea de teléfono. Mi planificación de vida con Pepe empezaba a tambalearse por un amor de juventud al que nunca olvidé y que en apenas un par de semanas me había dado más vida y alegría que Pepe en los últimos años. Mi manera de ser, organizada y planificadora, se estaba yendo al traste, y ahora todo se estaba escapando de mi control. Aquella noche, de nuevo sola en el sofá frente a la televisión y con el ordenador encima de mis piernas terminando de redactar unos informes del trabajo, mi móvil vibró con un nuevo mensaje. Era de Carlos, y tuve miedo de abrirlo, más miedo incluso que después de haberle enviado mi audio. Carlos: “Si hubieses estado embarazada, me lo habrías dicho?” Tardé en contestar, no porque no tuviese clara la respuesta, sino porque ese no era el mensaje que me había imaginado de su parte. Sara: “Supongo que sí” Carlos: “Y… lo habrías tenido?” Sara: “Por supuesto que sí” Carlos: “Recuerdo aquella noche, y lo guapa que estabas al despertar” Sara: “Nene… no quiero llorar más…” Carlos: “Aún no sé por qué desapareciste” Sara: “Necesitaba alejarme, no es algo de lo que quiera hablar ahora… pero algún día te lo contaré” Carlos: “Si hubiésemos seguido viéndonos, quizás ahora tendríamos una relación y sería yo quien duerme a tu lado” Sara: “Nene… yo me fui, pero tú tampoco volviste a buscarme” Carlos: “Lo sé, pero es bonito pensar en qué hubiese pasado entre nosotros” No podía seguir con aquella conversación así que esperé un par de minutos y escribí un sencillo “Mañana madrugo. Buenas noches, nene” que él respondió con una carita con guiño y un corazón en los labios y una luna. Era imposible seguir con aquella conversación y mantenerme entera. ¿Qué me quería decir con todo eso? ¿realmente él había sentido tantos años atrás lo mismo que yo sentí? ¿hubiese tenido una relación seria conmigo? ¿y por qué no me lo dijo entonces? ¿por qué no me buscó cuando yo quise desaparecer? Habían pasado doce años ¿nuestra relación hubiese aguantado tanto tiempo? Habríamos tenido nuestros hijos y quizás incluso nos hubiésemos casado, con la boda de princesa que siempre quise cuando era más joven y él, de traje, esperándome en el altar.
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