9. YO NO SOY COMO ÉL

2280 Palabras
No estaba segura de lo que sentía, ni de lo que quería sentir. Durante las siguientes semanas Carlos me escribió casi todos los días para darme los buenos días. Eso me hacía muy feliz. Me sentía como en una nube, como si fuese por la vida rodeada de mariposas, pajarillos, florecitas y corazones revoloteando a mi alrededor. Me sentía como si volviese a ser adolescente. A la par estaba Pepe, nuestra vida no había cambiado para nada. Cuando hablaba con Eva o con Verónica, que eran mis mejores amigas, ellas siempre me preguntaban si Pepe no me había notado nada. Según ellas, se me notaba mucho que estaba más contenta, más feliz por todo, hasta cosas que podrían parecer insignificantes me levantaban una sonrisa. Pero no, la relación con Pepe seguía igual y él nunca me dijo que me notase nada. Él se iba a trabajar por la mañana, después venía a casa, comía y se marchaba a entrenar hasta por la noche, y mientras yo trabajaba en casa y por las tardes y los fines de semana me dedicaba a los quehaceres domésticos y a acompañarle a los partidos de sus equipos. De vez en cuando teníamos nuestros polvos rapiditos y poco satisfactorios para mí. A veces con ganas y a veces sin ganas, pero tenía que aprovechar cuando él quería, al fin y al cabo, nuestro objetivo de tener un bebé seguía en marcha. La verdad es que aunque muchas veces pensase en Carlos, y él fuese el motivo por el que yo estaba más contenta en mi día a día, Pepe seguía siendo mi compañero de vida y esa alegría que yo tenía sí podía notarse en casa, yo ponía música más a menudo, cantaba y bailaba, y me apetecía hacer muchas más cosas en pareja, a veces Pepe estaba más receptivo y otras seguía siendo el cojín del sofá que era siempre, pero como mucho me decía que estaba más pesada que de costumbre, a lo que yo respondía que estaba contenta y me apetecía hacer cosas juntos. Nos habían llamado del nuevo hospital y nos habían citado en la consulta a finales de septiembre. La doctora nos explicó la técnica de reproducción asistida que íbamos a necesitar por nuestras características y nos volvió a mandar una batería de pruebas a los dos. Por suerte, esta vez Pepe se haría las pruebas allí mismo, en el mismo hospital que yo, y eso significaba que las citas nos las daba la doctora y no tenía que pedirlas él mismo, así por lo menos yo me aseguraba de que esto no se seguía alargando por la reticencia de Pepe de ir al médico. Ahora él no decidía, sino que mandaba la doctora, y eso me relajó un poco. Las charlas con Carlos por mensajes eran de todo, sobre nuestro día a día, o sobre mis actividades musicales, o sobre sus entrenamientos. A veces hablábamos sobre cómo nos sentíamos: tristes, contentos, nerviosos, relajados. Ambos éramos mayores y teníamos mil cosas en nuestras vidas que nos hacían tener ese sin fin de emociones que tienen los adultos y que normalmente quieren ocultar a los demás, pero yo me sentía a gusto contándoselo a Carlos y aunque él no solía contarme demasiado, si yo le preguntaba expresamente por algo, él me lo contaba. Me sentía tan bien contándole a Carlos lo que sentía sobre mi día a día, sobre el estrés en el trabajo, sobre los nervios de las pruebas médicas, etc… era prácticamente como si estuviese hablando con alguna de mis amigas de todo aquello. Ojalá me hubiese sentido igual de bien hablando de todo eso con Pepe, pero él no solía estar en casa mucho, y no solía escucharme demasiado. Pepe siempre decía que yo hablaba mucho, pero necesitaba expresarme con palabras para exteriorizar mis sentimientos, si no, sentía que me ahogaba. Carlos y Pepe eran muy parecidos en algunas cosas, sobre todo en lo que tenía que ver con los deportes y actividad física, pero eran tan diferentes en otras cosas que a veces me preguntaba por qué me gustaban los dos. A Carlos le gustaba mucho compartir fotos suyas haciendo deporte, o cuando iba a algún sitio, o recuerdos con sus sobrinos, y a mí me encantaba comentárselas, aunque siempre lo hacía en privado. Muchas veces, un comentario mío sobre alguna de sus fotos desencadenó una conversación larga entre los dos. Por ejemplo, había un lugar cerca de su pueblo que a Carlos le gustaba fotografiar y compartir a menudo, casi siempre lo compartía con mensajes tristes o con mensajes que remarcaban que echaba de menos a alguien, en especial a su madre. Eva me comentó que cuando su madre falleció esparcieron en ese lugar sus cenizas porque a ella le encantaba ir allí. Un día Carlos compartió una foto suya, de espaldas, en aquel precioso lugar, con un mensaje sumamente triste, y en cuanto lo leí se me saltaron las lágrimas y le imaginé a él también con lágrimas mientras lo escribía. No pude evitar escribirle un sencillo “Ella siempre estará contigo” que dio pie a que Carlos se desahogase conmigo. Se acercaba el aniversario del fallecimiento de su madre y no iba a poder ir al pueblo, eso le tenía triste y quizás un poco de mal humor, pero le dejé que escribiese todo lo que le saliese, manteniendo mi teléfono en línea y leyendo los mensajes según me llegaban. No pude dejar de llorar en ningún momento. Me dolía su dolor. Me dolía no poder abrazarle. Las palabras que yo le escribía no conseguirían nunca calmar ese dolor, pero quería que supiese que no estaba solo y que estaría para él siempre que me necesitase. Entre mensaje y mensaje, noté algo menos de tristeza en sus palabras, como si ya hubiese soltado lo más gordo que se atoraba en su pecho, y me salió de lo más profundo de mi alma hacerle un ofrecimiento. Escribí: “Nene, si alguna vez necesitas compañía para ir allí, me encantaría ser yo quien fuese contigo. No intervendré en tus oraciones, ni en tu momento de perderte del mundo, pero estaré allí para que sientas que no estás solo”. Su respuesta no se hizo esperar demasiado “Me encantaría compartir eso contigo”. Y entonces volví a llorar por no poder ir allí con él en ese mismo momento, porque era una de las cosas que más quería, acompañarle en esos momentos tristes e intentar que fuesen menos tristes. Yo no sabía lo que era perder a una madre, pero había vivido con Pepe la pérdida de su padre. Otra de las cosas que le encantaba a Carlos era presumir de sus sobrinos. No podía verlos tan a menudo como él quisiera porque todos vivían en el pueblo, así que con frecuencia también compartía fotos de ellos diciendo lo mucho que les echaba de menos. Un día puso una foto muy divertida de él jugando con los niños todos tirados en el suelo y no pude reprimir las ganas de escribirle, porque para mí mis sobrinos también era lo máximo y me hacían super feliz. Sara: “Me encanta ver lo feliz que eres con tus sobrinos. Quién te viese en persona disfrutando de todo eso” Carlos: “Algún día lo verás” Sara: “Creo que voy a tener que ir al pueblo pero de momento no tengo pensado cuándo, así que ya puedes seguir compartiendo fotos para que siga viendo tu lado de ” Carlos: “Alguna vez vienen a Madrid, pero piensa mejor en ir tú un día al pueblo, y mejor si vas sola” Sara: “Bueno me lo pensaré, a ver cuándo vaya Eva de nuevo si coincide que yo puedo ir” Carlos: “Pero ve sola, y me avisas para que pueda ir yo también” Sara: “Nene… tengo ganas de verte. Te apetecería quedar algún día para ir a tomar un café o algo? Voy a empezar a ir a la oficina más a menudo y desde allí a donde tu vives tardo poco en llegar” Carlos: “Me encantaría quedar contigo, déjame que cuadre horarios y te aviso los días que tenga la tarde libre. Pero podemos hacer algo más que tomar algo, no?” Sara: “Así sin más? El primer día que nos veamos? Qué impaciente!” Carlos: “Piénsalo nena… Y si surge?” Sara: “Vamos a quedar y si surge algo más ya veremos qué hacer, sin planear nada” Carlos: “Está bien, sin planear nada… Pero me gustaría tanto recordar contigo lo bien que nos lo pasábamos juntos…” Sara: “No voy a seguir esta conversación ahora… estoy trabajando jijijiji” Carlos: “Pero estás en casa. Nadie te ve si dejas de trabajar un rato” Sara: “Odio cuando la gente piensa que por trabajar desde casa, realmente no hago nada. Me ha costado mucho llegar donde estoy y soy responsable de un equipo de más de 12 personas. Hay muchas cosas que dependen de mí aunque esté sentada en una silla delante de un ordenador” Carlos: “Nena, yo no digo que tu trabajo no sea importante… solo que si quieres, puedo hacer que te relajes ahora un ratito” Sara: “Lo siento, es que mi marido piensa que no hago nada solo por estar en casa… y odio que la gente piense eso sin molestarse en saber a qué me dedico” Carlos: “Yo no soy como él” Sara: “Créeme… lo sé de sobra” Carlos: “Nena, déjame relajarte un poco… qué llevas puesto?” Sara: “Jajaja… en serio?? Son las 11:30 de la mañana y estoy trabajando” Carlos: “Vale, pero qué llevas puesto?” Sara: “Un vestido largo” Carlos: “Y debajo?” Sara: “Qué pensarías si te digo que nada?” Carlos: “Mmmm… nena… estás segura?” Sara: “En casa hace calor… y tú? Qué llevas puesto?” Carlos: “El pijama del hospital” Sara: “En serio? También estás trabajando?” Carlos: “Sí, pero estoy de inventario en un almacén y estoy solo” Sara: “En serio vamos a hacer esto?” Carlos: “Yo no puedo, pero estoy duro desde que has dicho que no llevas nada debajo del vestido” Sara: “Mmmm… y si estuvieses aquí conmigo, qué harías?” Carlos: “Haría que tomases una pausa de tu trabajo… quizás comprobar cómo está tu piel por debajo de ese vestido” Sara: “Qué más?” Carlos: “Nena… te estás tocando?” Sara: “Aún no, pero ya empiezo a estar mojada” Carlos: “No escribas nena… déjame contarte lo que yo haría. Tómate ese descanso y tócate como si fuese yo… córrete para mí aunque no esté allí contigo” Sara: “Hazlo…” Y así fue como aquella mañana de trabajo, una conversación que empezó con una foto inocente de Carlos jugando con sus sobrinos, terminó en una infinidad de mensajes de Carlos describiendo todo lo que haría con mi cuerpo desnudo. Y deseé que estuviese realmente haciendo todo lo que decía en sus mensajes. Me toqué como él decía que lo hiciese, intercalando con acciones mías y terminé yéndome al dormitorio para coger el vibrador que tenía en una cajita sobre la mesilla de noche. Mi pausa de media mañana aquel día se alargó más que otros días pero aquello no podía quedarse a medias, necesitaba terminar lo que Carlos había empezado. Mi cuerpo se merecía aquella liberación. Era increíble cómo Carlos despertaba en mí tantos sentimientos, y cómo despertaba en mí tanto deseo y placer sin tocarme, sin que ni siquiera nos hubiésemos visto en persona. Había perdido la cuenta de las veces que me había masturbado pensando en él desde que volvimos a tener contacto, pero no podía evitarlo, se había convertido en esas semanas en la persona a la que más me apetecía contarle mis alegrías y mis penas, pero también se había convertido en la persona que más ganas tenía de ver y la que más ganas tenía de sentir. Admito que me daba un poco de vergüenza vernos en persona. Realmente no era la chiquilla de veintitantos años que él podía recordar. Ya iba camino de los cuarenta y había cambiado la talla 38 por la 46. Él se negaba a creerlo porque decía que seguía siendo la misma de siempre, pero realmente él era quien había hecho que la Sara de siempre volviese a aparecer, esa Sara que se sentía feliz, que hablaba por los codos y que se emocionaba a la mínima. Quizás era porque con él no tenía que bailar a su ritmo, sino que simplemente era yo misma. Todo lo contrario que con Pepe, con quien no podía hablar largo y tendido porque según él “hablaba demasiado”, con quien no podía tener conversaciones picantes porque para él “el sexo no era tan importante”, con quien había temas que nunca jamás se iban a hablar porque parecía que si no lo hablábamos no existía, a quien no podía preguntarle ¿cómo estás? o ¿qué te pasa? sin que la única respuesta fuese “no me pasa nada” porque él odiaba hablar de sus sentimientos y de lo que pensaba.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR