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Amor Falso, Verdad Oculta

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matrimonio bajo contrato
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Oficina/lugar de trabajo
engaño
crush de la infancia
sassy
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Descripción

Es una historia de amor que comienza como un acuerdo comercial y se convierte en una unión profunda basada en el respeto y la confianza. Valentina debe enfrentar la traición de quien creía ser su alma gemela para descubrir que el amor verdadero está justo a su lado, en la persona de su esposo por contrato. Juntos, superan desafíos, expanden sus empresas y construyen un legado de amor y solidaridad.

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CAPÍTULO 1: EL SELLO EN EL PAPEL
Miami, Florida – 15 de enero de 2025 El sol de enero bañaba los cristales del rascacielos de Márquez Technologies, situado en el corazón del distrito financiero de Brickell. Valentina Reyes Martínez, de veinticinco años cumplidos hacía apenas dos semanas, ajustó la falda de su traje gris carbón mientras esperaba en la sala de recepción del décimo noveno piso. Sus manos, aunque cubiertas por guantes de seda negra, temblaban ligeramente. En su bolso de cuero italiano llevaba la carpeta que contenía el contrato que cambiaría su vida para siempre. Detrás de ella, el paisaje de Miami se extendía como un cuadro de lujo: los rascacielos blancos y azulados reflejaban el cielo caribeño, las yates de lujo surcaban la Bahía de Biscayne, y en la distancia se divisaba la línea dorada de la playa de South Beach. Para cualquier otra persona, sería un espectáculo que inspiraría admiración, pero para Valentina solo representaba la jaula dorada en la que había nacido. “La Sra. Márquez – ya puedo llamarla así, ¿verdad?” La voz de Alejandro Márquez la hizo girar. Tenía veintiséis años, pelo castaño oscuro acentuado por mechones plateados que le daban un aire maduro más allá de su edad, y ojos color ámbar que parecían ver más allá de su fachada impenetrable. Vestía un traje azul marino perfectamente ajustado, con una corbata de seda granate que le daba un toque de calidez a su apariencia formal. Valentina sonrió con los labios, pero no con los ojos. “El contrato aún no está firmado, Alejandro. Por ahora, sigo siendo la Sra. Reyes.” Él asintió con cabeza, mostrando una sonrisa cortés pero distante. “Claro que sí. Vamos al despacho del abogado. Todos están esperando.” Caminaron juntos por el pasillo con alfombra azul oscura, flanqueado por oficinas con cristales de vidrio templado que permitían ver el interior sin que se pudiera distinguir el exterior. Valentina notó que los empleados que cruzaban su camino se inclinaban respetuosamente, algunos con expresiones de admiración, otros de curiosidad. La unión entre las familias Reyes y Márquez había sido noticia en todos los medios financieros del país: los Reyes poseían una cadena de veinticinco hoteles costeros en toda la costa este de Estados Unidos, mientras que los Márquez dirigían una de las empresas de tecnología más innovadoras del sector de la seguridad informática. La fusión de sus intereses comerciales crearía un imperio multimillonario, capaz de competir con las grandes corporaciones internacionales. Pero para Valentina, no se trataba de negocios. Se trataba de salvar el legado de su padre. Hace ocho meses, Carlos Reyes había sufrido un paro cardíaco que lo había dejado en coma durante tres meses. Mientras él permanecía inconsciente, algunos accionistas de la empresa familiar habían intentado tomar el control, alegando que Valentina – única heredera – no tenía la experiencia necesaria para dirigir la cadena hotelera. Alejandro Márquez había aparecido en ese momento crítico, ofreciendo su apoyo financiero y estratégico a cambio de un matrimonio por contrato que duraría al menos cinco años. “Es el único modo de asegurar que tus accionistas no intenten otra vez tomar el poder”, le había explicado su abogado, el señor Whitmore, unos meses antes. “Con la protección de la empresa Márquez, nadie se atreverá a desafiar tu autoridad. Además, el acuerdo establece que ambos conservarán sus bienes separados, y en caso de divorcio antes del plazo establecido, no habrá compensaciones económicas por parte de ninguna de las partes.” Valentina había aceptado sin dudar. Su padre había dedicado toda su vida a construir ese imperio, y ella no permitiría que se desvaneciera por la ambición de unos pocos. El hecho de que no sintiera nada por Alejandro era un detalle secundario. Ella ya había dado su corazón hace mucho tiempo. Llegaron a la puerta del despacho del abogado general de la empresa, un hombre corpulento de pelo canoso llamado Theodore Whitmore. Dentro, además de él, había dos testigos y el notario público. Los documentos estaban dispuestos sobre la mesa de roble macizo, con las plumas de fuente ya preparadas. “Antes de proceder”, dijo Alejandro, tomando asiento frente a Valentina, “quiero dejar claro una vez más que respeto completamente tus espacios. No intentaré imponer nada en tu vida personal, y cumpliré con todas las cláusulas del contrato. Nuestra unión será solo de carácter formal, hasta que ambos decidamos lo contrario.” Valentina asintió, sintiendo un cosquilleo extraño en el estómago. Había esperado que él fuera un hombre arrogante y dominante, como muchos de los ejecutivos que había conocido en su vida, pero desde el primer día en que lo había conocido, había demostrado ser respetuoso y considerado. “Yo también cumpliré con mi parte”, respondió ella, tomando la pluma de fuente. “Nadie descubrirá que este matrimonio no es real.” Firmaron los documentos uno tras otro, con los testigos y el notario haciendo lo propio. Cuando el sello del notario cayó sobre el papel, Valentina sintió como si una cadena de acero se cerrara alrededor de su cuello. Era oficial: ella era la esposa de Alejandro Márquez. Después de los trámites legales, Alejandro la acompañó hasta la entrada del edificio. Un coche n***o Lincoln Navigator esperaba a la puerta, con el conductor de uniforme abriendo la puerta para ella. “Mañana hay una cena con los accionistas principales”, dijo Alejandro, apoyándose en el marco de la puerta del coche. “Será necesario que asistamos juntos. Te enviaré el vestuario que preparó mi asistente – espero que te guste.” “Gracias”, respondió Valentina. “No te preocupes, estaré lista.” El coche comenzó a moverse, alejándose del rascacielos de Márquez Technologies. Valentina se apoyó en el respaldo del asiento, cerrando los ojos. En su mente, apareció la imagen de un joven con pelo castaño rizado y ojos verdes como el esmeralda: Diego Castro. Diego y ella se habían conocido cuando eran niños de diez años, cuando sus familias se habían encontrado en un crucero por el Caribe. Habían sido inseparables durante toda la infancia y la adolescencia, compartiendo sueños de viajar por el mundo, de vivir en una casa en la playa y de amarse para siempre. Pero cuando tenían dieciocho años, las cosas habían cambiado. La empresa de los padres de Diego había sufrido una quiebra masiva, y la familia se había visto obligada a mudarse a otra ciudad, cortando todo contacto con Valentina. Durante años, ella había creído que nunca lo volvería a ver. Pero seis meses antes, justo cuando su padre había entrado en coma, Diego había aparecido en su puerta, más guapo que nunca, vestido con un traje de diseñador y conduciendo un coche deportivo de lujo. “Te he buscado durante mucho tiempo”, le había dicho, tomándola de las manos. “He reconstruido la fortuna de mi familia, y ahora estoy listo para cumplir nuestras promesas de siempre.” Valentina había caído en sus brazos como una hoja en otoño. Después de meses de angustia y miedo por el destino de su familia, tener a Diego de nuevo en su vida era como un rayo de sol en un día nublado. Él la consolaba, la escuchaba, le hablaba de un futuro juntos, le prometía que cuando todo se resolviera, se irían lejos de allí, donde nadie pudiera interferir en su amor. Ella nunca había contado a nadie sobre su relación con Diego. Sabía que su abogado y su familia no lo aprobarían, especialmente ahora que estaba casada con Alejandro. Pero para Valentina, Diego era su verdadero amor, el hombre con quien quería pasar el resto de su vida. El matrimonio con Alejandro era solo un paso temporal, un medio para alcanzar el fin que permitiría estar con el amor de su infancia. El coche se detuvo frente a la mansión Reyes, una construcción de estilo mediterráneo con jardines exuberantes y una piscina infinita que se perdía en la vista del océano. Valentina bajó del vehículo y saludó a la empleada que la esperaba en la puerta principal. Mientras caminaba por el pasillo principal, adornado con cuadros de artistas famosos y esculturas de bronce, sacó su teléfono móvil y escribió un mensaje. “Estoy en casa. ¿Puedes venir?” En cuestión de minutos, llegó la respuesta. “En camino, mi amor. Te espero en el estudio.” Valentina sonrió de verdad por primera vez ese día. Diego siempre sabía cómo hacerla sentir mejor. Subió las escaleras hasta el segundo piso, dirigiéndose al estudio de su padre – un espacio acogedor con estanterías llenas de libros, un escritorio de roble y grandes ventanales que daban a la piscina. Allí, él la esperaba, apoyado en el escritorio, con una botella de vino tinto y dos copas en la mano. “Mi amor”, dijo Diego, abrazándola cuando entró. “He estado pensando en ti todo el día. ¿Cómo fue la firma?” Valentina se apoyó en su pecho, oliendo su perfume de madera y bergamota – el mismo que usaba cuando eran jóvenes. “Fue rápido. Ya soy la esposa de Márquez. Ahora solo queda aguantar cinco años hasta que podamos estar juntos de verdad.” Diego la separó suavemente, mirándola a los ojos. “No puedo esperar tanto tiempo, Vale. Te necesito a mi lado ahora. He estado pensando en un plan.” Ella frunció el ceño. “¿Qué tipo de plan?” “Podemos transferir parte de tus acciones a una cuenta que tengamos en común”, explicó él, sirviendo el vino en las copas. “Así, cuando decidamos dar el siguiente paso, tendremos nuestros propios recursos, independientes de tu familia y de ese hombre al que te has casado. Podemos irnos a Europa, comprar una casa en la costa italiana, vivir la vida que siempre soñamos.” Valentina sintió un escalofrío. Transferir acciones de la empresa familiar era algo que su padre nunca permitiría. “No sé, Diego. Mi padre siempre dijo que las acciones deben quedar dentro de la familia.” “Tu padre no está aquí ahora, mi amor”, respondió él, tomándola de la mano. “Y cuando se recupere, entenderá que lo hice por amor. Quiero protegernos a ambos, asegurar que tengamos un futuro seguro. ¿No crees que nos lo merecemos?” Ella miró sus ojos verdes, tan cálidos y seguros como siempre. Después de todo lo que había pasado en los últimos meses, la promesa de un futuro con Diego era lo único que la mantenía a flote. “Está bien”, dijo finalmente. “Hablaré con mi abogado sobre cómo hacerlo sin levantar sospechas.” Diego sonrió, besándola con pasión. “Eres la mejor cosa que me ha pasado en la vida, Vale. Te juro que nunca te defraudaré.” Mientras él la besaba, Valentina cerró los ojos, sintiendo cómo el peso del mundo desaparecía. No importaba lo que tuviera que hacer, no importaba cuánto tiempo tuviera que esperar: al final, estaría con Diego, y todo valdría la pena. Lo que no sabía era que esa promesa era la primera piedra de un castillo de mentiras que pronto se desmoronaría sobre ella. CAPÍTULO 2: LAS APARIENCIAS ENGANAN Dos semanas después – 29 de enero de 2025 La cena con los accionistas se celebraba en el Hotel Atlantis, uno de los más lujosos de la cadena Reyes, situado en la playa de Sunny Isles. Valentina se miraba en el espejo del vestuario del hotel, ajustando los tirantes de su vestido de noche rojo escarlata con corte sirena, diseñado especialmente para ella por un famoso estilista de Nueva York. Alejandro había enviado el vestuario junto con un juego de joyas de diamantes y rubíes – un regalo formal, según la nota que acompañaba al paquete. “Las joyas son de mi madre”, había escrito él. “Quería que las llevaras esta noche como símbolo de la unión entre nuestras familias.” Valentina tocó las aretes de diamante que pendían de sus orejas, sintiendo su frío contraste con la calidez de su piel. Había intentado hablar con Diego sobre la cena, pero él se había mostrado molesto. “¿Tienes que ir?” le había preguntado, con los labios fruncidos. “Eres su esposa solo en papel. No deberías tener que acompañarlo a eventos públicos.” “Es parte del acuerdo, Diego”, le había respondido ella, intentando calmarlo. “Si no vamos juntos, los accionistas se darán cuenta de que algo no está bien. Necesito que me apoyes en esto.” Él había suspirado, abrazándola. “Lo siento, mi amor. Solo quiero tenerte para mí. No me gusta compartirte ni siquiera en apariencia.” Aunque su celosía la hacía sentir querida, también la preocupaba un poco. Diego nunca había sido celoso cuando eran jóvenes, pero desde que habían vuelto a encontrarse, parecía más posesivo. Pero ella se lo atribuía al tiempo que habían estado separados, a la ansiedad de no perderla de nuevo. Un golpe en la puerta la hizo salir de sus pensamientos. “Valentina? Estás lista?” La voz de Alejandro era suave, respetuosa. Ella abrió la puerta y sintió cómo se le escapaba un suspiro de admiración. Él vestía un traje de esmoquin n***o perfectamente ajustado, con una corbata de seda roja que combinaba con su vestido. Se veía irresistiblemente guapo. “Te ves espectacular”, dijo él, con una sonrisa que llegaba a sus ojos. “Mi madre estaría encantada de ver que las joyas te quedan tan bien.” “Gracias”, respondió ella, sintiendo cómo se le calentaba la cara. “También te ves muy bien.” Caminaron juntos por el pasillo hacia el salón principal de banquetes, donde los invitados ya comenzaban a llegar. Valentina saludó a los accionistas con la confianza que había aprendido de su padre, estrechando manos y haciendo comentarios sobre los últimos informes financieros de la empresa. Alejandro la acompañaba de cerca, apoyándola con palabras de apoyo y complementándola cuando era necesario. Juntos, formaban una pareja convincente – un líder empresarial y su esposa inteligente y elegante. Durante la cena, se sentaron en la mesa principal, junto a los accionistas más importantes y sus familias. Valentina notó que varias mujeres la miraban con envidia, mientras que los hombres la elogiaban por su belleza y su agudeza comercial. Pero ella solo pensaba en Diego, en cómo estaría esperándola en su casa, en cómo le contaría sobre la cena y cómo él la consolaría por tener que mantener la fachada. “Estás distraída”, le susurró Alejandro en medio de un discurso del presidente del consejo de administración. “¿Todo está bien?” Valentina sonrió con fuerza. “Sí, claro. Solo estoy pensando en los próximos proyectos de la empresa.” Él la miró por un momento, como si pudiera leer su mente, pero luego asintió y volvió a prestar atención al discurso. Al final de la cena, cuando los invitados comenzaron a retirarse, uno de los accionistas mayores, el señor Harrison, se acercó a ellos con una sonrisa amplia. “Valentina, querida”, dijo él, estrechándole la mano. “Tu padre estaría muy orgulloso de ti. Con Alejandro a tu lado, la empresa no podría estar en mejores manos.” “Gracias, señor Harrison”, respondió ella. “Es un honor poder continuar el legado de mi padre.” Después de despedir al último invitado, Alejandro la acompañó hasta el coche que los esperaba en la entrada del hotel. La noche era fresca, con un viento suave que llevaba el aroma del mar. “Has sido excelente esta noche”, dijo él, mientras el conductor abría la puerta del coche. “Los accionistas están completamente convencidos de que somos la pareja indicada para dirigir la empresa.” “Gracias por tu apoyo”, respondió ella, sentándose en el asiento trasero. “No podría haberlo hecho sin ti.” El coche comenzó a moverse, dirigiéndose hacia la mansión Reyes. Valentina se apoyó en el respaldo del asiento, mirando las luces de la ciudad pasar por la ventana. Alejandro permanecía en silencio a su lado, mirando hacia fuera también. Durante un momento, la tensión entre ellos era palpable. “Quiero hablarte de algo”, dijo finalmente Alejandro, volviéndose hacia ella. “Mi empresa está desarrollando

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