Todos se quedaron en silencio, en aquel momento. No sabía qué mierda había dicho. Bueno, sí lo sabía. Sabía que debía defender la empresa de mi familia a como diera lugar y si para eso tenía que casarme con Orión, pues lo haría. Estaba dispuesta a todo. Ahora sí que no me podía retractar.
Estaba mirando a Jorgen, seria, cuando escuché que papá carraspeó. Orión se levantó del sillón, quitando esa cara de idiota sorprendido que tenía hace unos segundos y se disculpó con los presentes.
—Debo hablar con mi prometida un momento —me tomó del brazo y me sacó de la oficina rápidamente.
—¡Me duele! —le dije, cuando salimos de la oficina. Me zafé de su agarre y lo miré enojada —¡¿Quién te crees para agarrarme así?!
—Shhh —me hizo callar —, no hagas un escándalo. Yo te pregunto a ti, ¿quién mierda te crees?
—¡¿Qué?! —no entendía nada.
—¿Por qué estás cambiando los planes? ¿Por qué te quieres casar tan pronto? ¿A eso viniste a la oficina de tu padre?
—¿Qué? ¿De qué hablas?
—¿Acaso te dejaron embarazada y me quieres cargar el muerto a mí? —eso sí que no lo encontraba gracioso.
—¡Púdrete, Orión! —le grité enojada. Me di la vuelta y comencé a caminar hacia el ascensor. No estaba de humor para sus estupideces.
—¡Ey! ¡Espera! —volvió a agarrar mi brazo.
—Si me vuelves a agarrar así, lo lamentarás —lo asusté colocando mi mejor cara diabólica. Al parecer dio resultado, porque su rostro se descompuso, quizá por el miedo.
—Perdón —sí, se había asustado.
—No estoy cambiando nada. Ustedes vinieron a este país para formar parte de mi familia, ¿no? —no me pudo responder, en cambio, miró hacia otro lado —No necesitas responder lo que es obvio. Lo mejor es que nos casemos pronto. No puedo estar perdiendo el tiempo en estupideces. Yo me encargaré de todo, tú y tu familia solo deben estar presentes en la iglesia y hacer lo que se les diga —me di la vuelta, pero esta vez, Orión tomó mi mano y me detuvo. Miré su mano, agarrando suavemente a la mía, sintiendo algo extraño.
—Creo que empezamos con el pie izquierdo —levanté la mirada, encontrándome con sus ojos, aquellos que me miraban de una forma muy extraña —. No quiero que este matrimonio sea un campo de batalla. Quiero un matrimonio tranquilo, en donde podamos conocernos mejor y ser amigos en un futuro. Quiero ser tu apoyo en los negocios y que nos podamos sentar a la mesa sin sentir odio el uno por el otro —lo que decía… se escuchaba distinto a lo que veía en él, a lo que veía en las intenciones de su familia —. Quiero ser tu esposo de verdad, Alix —me dijo con una sonrisa que, para otras, de seguro era encantadora. Para mí no. No pensaba caer en sus redes, en su encanto, mucho menos confundirme. Sabía que todo eso lo estaba haciendo para que yo le creyera su imagen de esposo perfecto y abnegado.
—Te equivocas. Comenzamos con el pie derecho. No necesito a alguien como tú en mi vida, mucho menos a una familia codiciosa como la tuya. Te puedes ir con ese encanto y esa sonrisa blanca a otro lado. Es más, llévala con tus amantes, no me importa.
—Muy bien, traté de ser bueno contigo, pero veo que no hay forma de agradarte —su semblante cambió y se puso serio —. Después no te quejes —me dijo de una forma arrogante.
—Nuevamente te equivocas, Orión. Eres tú quien no se podrá quejar después. Te dije que no eras el primero en querer la fortuna de mi familia. El problema está, en que ya sé las intenciones de tu padre y debes ser tú, quien tenga cuidado. Tus padres me rogarán que te perdone la vida tarde o temprano —me di la vuelta y me fui. Esta era una guerra y yo jamás perdía.
Llamé a un viejo amigo, quien siempre hacía el trabajo sucio de la investigación. Era el mejor en su área y siempre lo ocupaba como mi comodín, cuando necesitaba averiguar en profundidad sobre la vida de alguna persona.
—Hola, Wolfgang. ¿Estás en casa?
—Hola, Alix. Sí, estoy con Albena y los niños. ¿Vendrás ahora?
—Sí, necesito de tus servicios.
—Me tomé un par de días de vacaciones, porque Albena estaba insoportable, pero de igual manera te puedo ayudar.
—¡Te dije que no la dejaras sola tantos días, idiota! Terminará pidiéndote el divorcio —Wolf comenzó a reírse.
—No seas pájaro de malagüero. Eres la peor amiga del mundo, ¿lo sabías?
—Sabes muy bien que no. Soy tu única amiga en este jodido planeta y la única que sabe tus sucios secretos de infancia, Wolfito.
—Tarada —nos reímos unos segundos y luego cortamos la llamada.
Debía visitar a mi amigo de infancia, aquel único amigo que la vida me había dejado conservar. Aquel que me había defendido en la escuela, una tarde de noviembre, mientras unos niños me acosaban. Siempre me había defendido sola, pero aquel día, los niños me habían golpeado con un palo de madera enorme, que para mí mala suerte, se había estrellado justo en mi cabeza, dejándome aturdida y con un rastro de sangre en la frente. Wolfgang siempre me decía que era la hermana perdida de Harry Potter, porque la cicatriz aún seguía en mi piel. Con los años había logrado aplicar tantas cremas y productos como me fue posible, dejándola casi imperceptible a los ojos de las personas. Pero él sabía muy bien, que aquella cicatriz, seguía en mi frente como recordatorio de nuestra amistad.
Cuando el valet parking me entregó mi auto, algo me hizo mirar hacia la entrada del edificio. Orión me estaba mirando, con sus manos dentro de los bolsillos del pantalón y una media sonrisa en su rostro, de forma burlesca.
Me subí al auto y arranqué lo más rápido que pude. Necesitaba averiguar todo sobre Orión y su familia. Quería saber todo sobre su infancia, estudios, secretos sucios, sobornos; todo lo que me sirviera para ahuyentar a esa familia y a ese chico.
Apenas estacioné en la casa de Wolf, dos cerebritos salieron a recibirme. Corrieron y se lanzaron a mis piernas.
—¡Tía Alix!
—¡Te extrañamos mucho! —Frode y Filippa eran los gemelos más inteligentes que había conocido en la vida. A pesar de sus cortos seis años, ya gozaban de una capacidad intelectual superior a la del promedio de sus compañeros de escuela.
Aunque su madre, Albena, era una mujer que aún no me aceptaba del todo, yo igual trataba de visitarlos seguido, por lo menos, dos veces al mes. Era una mujer un tanto celosa y sabía perfecto que Wolf y yo, solo éramos viejos amigos de la vida.
—¿Cómo han estado mis dos cerebritos favoritos? —los abracé fuerte y de tan solo verlos, mi enamoramiento por su inteligencia se hizo presente otra vez.
—¡Vaya! Debe ser algo muy urgente para que hayas llegado en veinte minutos —abracé a Wolfgang y suspiré.
—Lo es.
—Entonces, entremos a casa.
Como lo imaginaba, apenas me vio Albena, su rostro cambió. No sabía cómo decirle o explicarle, en una forma que no lo hubiese hecho ya, que su esposo y yo no teníamos nada y que, de tan solo pensarlo, nos daba un asco terrible. Con Wolfgang jamás nos habíamos besado, ni nos habíamos confundido con respecto a lo que sentíamos el uno por el otro. Éramos como hermanos, de la misma edad, de la misma escuela, nos habíamos defendido mutuamente y muy pocas personas sabían de nuestra amistad, porque para nosotros no era relevante que el mundo entero lo supiera.
—Albena, también me alegro de verte —le dije de forma sarcástica. Ella solo me sonrió cínicamente.
—Lo mismo digo, Alix —no la entendía. Realmente no la entendía.
—Y bien, qué necesitas —me senté en el sillón de la sala de estar, mientras los gemelos se sentaban a mi lado con unos libros de astronomía en las manos de cada uno.
—Me voy a casar —le vomité. Wolfgang se quedó en silencio por un largo rato. Frode y Filippa sabían perfecto qué significaba lo que yo había dicho.
—¡¿Qué?! —Albena apareció en la sala de estar, con unos platos en la mano que, seguramente, no alcanzó a guardar.
—Así es —me encogí de hombros.
—Estás bromeando, ¿cierto? —Albena se veía bastante incrédula.
—No, no lo estoy. Wolf, necesito que investigues a mi prometido y a su familia —le dije tratando de sacarlo de ese estado de shock en el que, al parecer, estaba —¿Wolfgang?
—¡Vaya! Mi horóscopo decía que el día de hoy me iba a sorprender ¡y vaya que lo estoy! —dijo, cuando salió de su mutismo.
—¿Lees el horóscopo? ¿Desde cuándo? —sabía perfecto que Wolf no creía en esas cosas.
—Justo hoy lo leí —suspiró fuerte y me miró —. Bueno, cuéntame, a qué se debe este casamiento tan repentino. Siempre creí que te morirías sola y amargada.
—Sola y amargada me moriré, que no te quepan dudas sobre eso. Esto es solo algo pasajero. Los nuevos socios de mi padre quieren robarnos la empresa, estoy casi segura de eso y necesito que los investigues a fondo. Quiero saberlo todo, ¡absolutamente todo!
—Alix, perdona que me entrometa, pero un matrimonio no es un juego —me dijo Albena, ¿visiblemente preocupada? ¿Acaso le importo?
—Lo sé, Albena, pero ya está decidido. Casándome con el hijo de esa familia, podré controlarlos y frustrar sus planes —le contesté frustrada, recostándome hacia atrás en el sillón.
—Tía Alix, ¿puedo ser la niña de las flores? —me preguntó Filippa.
—Claro, mi amor. Te compraré el vestido más hermoso que exista en el mundo. Aún tenemos una semana, así que, podemos…
—¡¿Una semana?! ¡¿Te casas en una semana?! —me gritó Wolfgang.
—¡No grites! —lo regañó Albena.
—Sí. Frode podría ser quien lleve los anillos. ¡Será el niño de los anillos!
—¡Estás loca, Alix! —me regañó Wolf.
—¡No, no lo estoy! ¡Y ya deja de gritar que Albena se enojará más!
—Perdón —se disculpó —Alix, esto está mal. ¿Te vas a casar por venganza? Es eso, ¿cierto?
—Sí, lo es. Nadie tiene derecho a meterse con mi familia. Y ya te lo dije, está decidido y no hay vuelta atrás. ¿Me vas a ayudar? Respóndeme de inmediato, si no, para buscar a otro investigador privado.
—Alix, no somos amigas ni nada por el estilo, pero esta vez, estoy de acuerdo con Wolfgang.
—Tú lo has dicho, Albena, no somos amigas ni nada de eso, pero esperaba un poquiiito de apoyo de parte de ustedes —yo ya sabía que estaba mal, que todo eso era una estupidez, pero ya no me podía retractar. Mi sed de venganza siempre ganaba.
—Está bien —dijo Wolfgang. Se levantó del sillón y caminó hacia la salida de la sala de estar —. Investigaré a esa familia, pero esta vez, no puedo apoyar esa idea loca que estás tramando en tu cabeza. Eres mi amiga, la única amiga que la vida me dio y no estoy dispuesto a perderte, mucho menos a ver cómo te destruyes, posiblemente, con una venganza que pueda salir mal —mi amigo y yo jamás habíamos sido sentimentales entre los dos. Sí, nos queríamos y nos respetábamos, ante todo, pero escuchar a este Wolfgang adulto, maduro, padre de gemelos, esposo enamoradísimo y gran amigo, me desconcertaba.
—¡No saldrá mal! —me crucé de brazos y ahí me quedé, viendo cómo mi amigo se perdía entre las paredes que separaban la sala de estar, del resto de la casa.