Para esas horas, el coliseo de Pyrion estaba lleno con la energía de miles de espectadores reunidos para presenciar la jornada final del torneo que se celebraba a cada año en la ciudad real. El sol del mediodía brillaba con intensidad, bañando la arena dorada con luz que hacía que todo pareciera como si estuviera ardiendo. El rugido de la multitud era constante, como una ola de sonido que se elevaba y caía con cada nuevo combate que comenzaba. En el palco real, la familia Volcaris y sus invitados distinguidos ocupaban sus lugares con la elegancia y el orgullo que los caracterizaban. Los asientos estaban dispuestos en filas escalonadas, permitiendo que todos tuvieran una vista perfecta de la arena donde pronto se desarrollarían los combates más esperados del torneo que eran los que tendría

