Después de aplicar el medicamento y de que todo estuviera en orden, Dorian le dio unas palmaditas en la parte de atrás de la cabeza, como si fuera un cachorro. —Rose es muy buena —dijo con una sonrisa neutral. Rose bajó la mirada. Sus labios se fruncieron levemente, pero no dijo nada. No respondió a su elogio. Dorian tampoco insistió. Sin más palabras, se levantó y se fue al estudio a trabajar. Ella, por su parte, se dirigió a alimentar al gato. El atardecer teñía la Bahía del Río de la Plata con tonos dorados, y el ronroneo del animal le dio una sensación de rutina reconfortante, aunque el día no había sido fácil. Más tarde, Clarisa la llamó. —¿Cómo estás, Rose? —preguntó con suavidad, como si pudiera presentir la incomodidad al otro lado de la línea. Rose cerró los ojos unos segun

