*** Alguna vez creí que llorar era demasiado cobarde, sin embargo, lo hacía, a estas alturas de mi vida, con tanto frenesí y cambios andantes llorar era necesario. Era despojo, era limpieza. Era retirar el exceso de resequedad e impurezas del alma, llorar por primera vez me hacía sentir bien conmigo. Llegamos a Melbourne esa mañana con el frio recurrente de la temporada, desearía que se aproximara el verano, a este paso me convertiría en un pedazo de cristal escarchado y blanco. Revisé mi teléfono por última vez antes de subirnos al auto. El nombre de Mauricio palpitaba en la pantalla con un corazón decorativo a su lado. Te amo demasiado, estamos juntos en esto. Con los dedos temblándome al mismo tiempo que mi corazón, le devolví una respuesta. Te amo de vuelta, siempre. Parecía

