El pacto...

1948 Palabras
Capítulo 3. El pacto con el diablo. El aire en la suite parecía haberse agotado. Nicolas me sujetaba de los hombros, y aunque sus manos eran el único lugar seguro para mí, también se sentían como cadenas de oro. No tuve tiempo de procesar el peso de mi decisión porque, apenas unos minutos después, el sonido de golpes violentos contra la puerta de roble nos sobresaltó. - ¡Laura! ¡Sé que estás ahí dentro! Las cámaras muestran que anoche entraste a esta habitación – era la voz de Miguel, la que atravesó la madera, cargada de una falsa preocupación que ahora me hacía querer vomitar. - ¡Abre la puerta ahora mismo! Estás confundida, el trauma por la pérdida de tus padres te está haciendo perder la cabeza – Me encogí, retrocediendo instintivamente hacia la cama, pero Nicolas no se movió. Lo vi ajustarse los gemelos que imaginó eran de plata pura y con una calma que me dio escalofríos me miró. - Abra por favor señorita Camburi, soy yo Diego – ahora escuche la voz del asistente de papá. Él mismo que había vivido en mi corazón por tantos años y que ahora solo quería verme destruida. - Parece que tus "amigos" son persistentes – murmuró Nicolas. Sus ojos brillaron con una luz peligrosa, casi hambrienta. Caminó hacia donde estaba un maletín de cuero n***o, sacó una carpeta con documentos que parecían haber estado esperando este momento y una pluma estilográfica que brillaba bajo la luz natural que comenzaba a aclarar por la ventana. - Firma esto Laura. Ahora – me dijo y pude ver en el titulo la palabra matrimonio. - Una vez que tu nombre esté junto al mío en este contrato de fideicomiso y unión civil internacional, sus amenazas se convertirán en un ataque directo a la Corona y al consorcio Danger. Y créeme, nadie sobrevive a eso – - ¿La corona? – repetí tratando de pensar quien era en realidad él. - Asi es cariño. Meterse conmigo es igual que meterse con la corona real – Esta vez no iba a repetir como tarada “la corona real” porque a estas alturas eso era lo que memos me importaba. Mis dedos temblaban tanto que apenas pude sostener la pluma que me dio, “Contrato de protección y Alianza estratégica” decía el encabezado. No tuve tiempo de leer las cláusulas pequeñas sobre "derechos conyugales" o "cláusulas de rescisión". Los golpes en la puerta empezó a sonar con violencia. Miguel debía tener una llave maestra o es que estaba a punto de echarla abajo. - Firma de una vez Laura – lo escuché decir, su voz comenzaba a irritarse asi que firmé sin pensarlo más. El trazo de mi nombre fue errático, una marca de desesperación. En ese instante la puerta se abrió de golpe, Miguel entró seguido por Diego el asistente de papá, a estas alturas no sé bien cual de los dos es más peligroso, o mejor dicho de los tres. Ambos se detuvieron en seco al ver la escena... yo, envuelta en una bata del hotel demasiado grande para mí, y Nicolas Danger, de pie como un monumento al poder, sosteniendo el papel que acababa de secar con un movimiento elegante. - ¿Qué significa esto? – ladró Miguel, intentando recuperar su postura de matón. Laura, ven aquí ahora mismo. Este hombre es un extraño. No sabes lo que estás haciendo, la muerte de tu familia te está haciendo perder la cabeza. - Los que no saben lo que están haciendo son ustedes señores – le dijo Nicolas, y su voz bajó una octava, volviéndose un rugido contenido. - ¿Quién eres tú para hablarnos así? – le dijo Diego, intentando acercarse a mí, pero Nicolas no lo dejó, empujándolo contra la pared. - Soy la persona que va a proteger a Laura, no como ustedes que al parecer intentan hacerle creer a todo el hotel que ella está mal de la cabeza – El rostro de Diego se puso pálido, casi gris. Miguel, más audaz pero más estúpido, dio un paso adelante. - No sé de qué estás hablando. Yo soy su tutor legal por voluntad de su padre fallecido... – - Dirás que eras su tutor legal – lo interrumpió Nicolas, caminando hacia él con una lentitud aterradora. El señor Danger le sacaba una cabeza de altura y el triple de presencia. - A partir de hace exactamente treinta segundos – miró su reloj para marcar con exactitud el tiempo que había transcurrido desde que firme el documento. - la señorita Laura Camburi está bajo la protección legal y personal del Grupo Danger. Según las leyes internacionales de reciprocidad que mi equipo legal ya está enviando a la embajada, cualquier documento que tú tengas ha sido anulado por un compromiso de rango superior. La verdad para ser sincera no entendí nada de lo que dijo, y lo más importante, que no comprendía como su equipo legal estaba enviando algo a la embajada que yo acababa de firmar. - ¡No puedes hacer esto! ¡Esta es mi jurisdicción! – le gritó Miguel furioso, estirando la mano para intentar arrebatar el contrato que acababa de firmar. Pero a Nicolas solo le bastaba estirar su mano hacia atrás para que nadie pudiera con él. Diego también intento lanzarse sobre él, pero de una patada lo volvió a lanzar contra la pared. - Usted es un abusador... extranjeros que se creen superior a uno. No sabes con quien te has metido – gruño y estiro su mano para tratar de jalarme. - El que no sabe aun con quien se ha metido eres tú – le respondió sereno. Nicolas no retrocedió. Le tomó la muñeca a Miguel en un movimiento tan rápido que apenas lo vi. Solo conseguí escuchar un crujido seco y el alarido de dolor que soltó el abogado antes de caer de rodillas. - Toca a mi esposa otra vez – rugió Alexander muy cerca del oído del abogado, aunque todos en la habitación lo pudimos escuchar. Incluso estoy segura de que algunos de los huéspedes que se habían acercado por el ruido también lo pudieron oír. - ¿Tu qué? – preguntó Diego desde el piso. - Mi esposa, estas sordo. La vuelven a tocar – les repitió. - Y me aseguraré de que la tierra que le quieren robar a su familia sea el lugar donde te entierren vivo. Ahora, fuera de mi vista antes de que decida que la cárcel es demasiado poco para ustedes – Diego no espero a que repita la amenaza. Se levantó con algo de dificultad, agarró a un Miguel que sollozaba de dolor y lo arrastró afuera de la habitación. El silencio que quedó después de que la puerta se cerrara fue pesado, cargado de la adrenalina de la violencia evitada. Nicolas se giró hacia mí. No había rastro de la furia de hace un momento, solo una frialdad eficiente. - Empaca lo que tengas y cámbiate esa bata. No es necesario que lleves más de la cuenta, cuando lleguemos a mi país, yo me encargaré de que nada te falte. Mi jet sale en una hora – - ¿A dónde nos vamos? – le pregunté, sintiendo que el suelo volvía a desaparecer bajo mis pies. Estaba quedando como una ignorante, pues todavía no entendía bien lo que significaba la corona y todas las palabras de dijo él. - Adonde más. A mi hogar, Rusia – Cuando dijo el nombre de su país mi cerebro dejo de pensar. No recuerdo como salí de su habitación, ni siquiera recuerdo como ingresé a la mia que ahora estaba desolada, ya no había asistente ni abogado en ella, solo recuerdo que cuando tomé la ropa para cambiarme, fue él quien me ayudó a hacerlo. El viaje en su jet privado fue muy parecido a un cuadro de nubes celestes y lujo silencioso. Desde que subí a él no había dejado de mirar a todos lados. Es obvio que a mis 18 años he subido algunas veces a un avión, pero nunca a uno tan pequeño como este. El jet privado de Alexander era una extensión de su personalidad... gris, impecable, frío y definitivamente muy costoso. Durante las horas de vuelo, él no intentó tocarme. Se dedicó a trabajar en su computadora, dictando órdenes en un idioma que no entendía, pero que sonaba como espadas chocando entre sí. Yo miraba por la ventanilla, pensando en el barro que aún debía estar cubriendo las tumbas de mis padres. Me sentía como una traidora por estar huyendo, pero cada vez que cerraba los ojos, escuchaba a Diego hablando de mi muerte. Cuando aterrizamos, el frío de Rusia me golpeó como una bofetada. Era un frío seco, muy distinto a la humedad de mi país, pensé que me quedaría allí, de pie convertida en un cubo de hielo, cuando sentí como Nicolas me cubrió con algo parecido a un abrigo de piel... - Con esto estarás bien hasta que lleguemos a casa – me dijo en el momento que levante la mirada para encontrar un convoy de camionetas oscuras que nos esperaba muy cerca de la pista. Lo miré un segundo. - ¿Quién eres? – le pregunté llena de curiosidad. - Tu esposo. Nicolas Danger, ya te lo había dicho antes cariño – oírlo llamarme así me puso la piel de gallina. - Señor Danger, su abuelo lo espera – le dijo un hombre que se acercó a nosotros. Él tipo me miró con curiosidad, yo solo miré a Nicolas, él sonrió antes de decirme. - Mi abuelo nos espera – me dijo Nicolas mientras subíamos a uno de los autos. - Escúchame bien, Laura. Mi abuelo es el verdadero patriarca de la familia. Fue él quien puso la cláusula en mi herencia... – se quedó un segundo en silencio. - Si no me casaba antes de mis treinta años con una mujer "de linaje o tragedia digna", perdería el control operativo de las fundiciones. Él quería que me casara con una mujer a la que detesto. Pero detesta la mentira y el engaño, asi que te odiará más a ti si cree que eres todo eso – - ¿Qué tengo que hacer? – le pregunte en un susurro. Para ser sincera estaba aterrada. Si él me inspiraba respeto y algo de temor, no quiero imaginar lo que me inspirara su abuelo. - No llores. Nunca lo hagas delante de él. Y olvídate del contrato. Mi abuelo debe estar seguro de que nos amamos, solo así no estarás en peligro – - ¿Peligro? – repetí como idiota. - No vuelvas a hacer eso... no repitas lo que digo en cada conversación – Esta vez solo asentí. Podía sentir como sudaban mis manos, incluso mi cuerpo lo comenzó a hacer, como si estuviera en el mismo caribe, en lugar de una ciudad tan helada como esta. Llegamos a la mansión Danger cerca del anochecer. No era una casa; era un castillo de piedra oscura y ventanas estrechas rodeado de bosques de pinos que parecían lanzas apuntando al cielo. No podía dejar de mirar todo a mi alrededor, de la misma forma como miré el avión... Al entrar, el eco de nuestros pasos en el mármol me recordó al de una catedral. Avanzamos en silencio, él me llevaba de la mano. De pronto un hombre anciano con una cicatriz que le cruzaba la mejilla y unos ojos que parecían leer el alma, nos recibió en el gran salón. Era su abuelo don Vladimir Danger. - Así que esta es la superviviente – nos dijo el abuelo, con una voz que sonó a lija.
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