Me quedo unos segundos observando, de repente olvido el monólogo que practiqué por el camino, no puedo apartar la mirada de Sebastián, mi corazón late con fuerza, me había convencido a mi misma de que estaba lista para estar cara a cara con mi marido, de que ya no sentía amor, pero descubro que estoy equivocada, ni la distancia, ni el tiempo, ni tan siquiera la rabia, han logrado que este sentimiento desaparezca. —¡Mami! —grita Teresa bajando de la cama y acercándose a mí. Mi pequeña me abraza, yo froto su espalda sin mirarla, mis ojos están pegados a los de mi marido, éstos están fijos en mí. —¡Hola, Lina! —me saluda Manolo. —Hola, ¿cómo te encuentras? —le pregunto preocupada, inevitablemente cogí cariño al señor. —Ahora mucho mejor —me sonríe sin rencor por no haber llevado a sus ni

