Escucho al sacerdote, todo lo que dice sobre el amor, la confianza, la pareja, lo de, por el resto de vuestra vida... Si supiera que lo nuestro tiene fecha de caducidad y que el amor poco tiene que ver en esta relación. Vuelvo a temblar, Sebastián coloca el anillo en mi anular, es un anillo increíble, de oro blanco con motivos entrelazados, debe haberle costado una fortuna, ¿se habrá tomado la molestia de comprarlo él, o simplemente es pura fachada, algo que pedirá que devuelva en el divorcio? —¡Yo os declaro, ante la presencia de Dios, marido y mujer! —exclama el sacerdote. Sebastián se acerca suavemente a mí, finge muy bien, hasta yo me trago su mirada de enamorado fiel, acaricia mi mejilla y me besa, aquí es donde más me cuesta diferenciar fantasía o realidad, parece tan puro, tan h

