Capítulo 13: Entre Charcos y Lamentos
Claudia Salió de la habitación de huéspedes, su apariencia estaba desaliñada y su vestido en harapos, ni siquiera cruzó una mirada. “La fiesta ha llegado a su fin”, les informé mientras bajaba con dos armas. Le ofrecí una a Jasón y sugerí que Claudia nos acompañara. Las mujeres presentes comenzaron a lanzar insultos y quejas, pero mantuve la calma. “No lo tomen a mal. Si quieren, pueden llevarse lo que queda de licor y el Tusi”, ofrecí, mientras les entregaba un fajo de dólares. Las chicas se dirigieron al porche para esperar el taxi, y les advertí sobre la presencia del asesino antes de cerrar la casa. Finalmente, abordamos el Jeep y Jasón preguntó sobre la situación. “Sucede que mi ex novia es Webcamer”, le expliqué. “solo quiero asegurarme de que esté bien. Además, está embarazada y hay un asesino suelto que ha estado atacando a mujeres en la zona”.
Durante el trayecto, Claudia comenzó a besar a Jasón deliberadamente y a acariciarle la entrepierna mientras me observaba de reojo a través del espejo retrovisor. Era evidente que Claudia estaba tratando de provocarme y hacerme sentir Celos. Me hizo sentir incómodo, no era tanto por los celos, sino porque la situación me tenía desconcertado. A pesar de mi deseo de apartar la mirada, no podía evitar seguir observando la escena.
Mi mente estaba abrumada con pensamientos. No podía dejar de preocuparme por Leidy y Tatiana, temiendo que estuvieran en manos del asesino. Mientras Claudia continuaba con sus avances hacia Jasón, sentía que mi concentración se desviaba de mis preocupaciones legítimas hacia esta incómoda situación en el auto. Deseaba que Claudia detuviera sus provocaciones y pudiera enfocarme en encontrar a Leidy y Tatiana.
Claudia, en un intento desesperado por captar mi atención, introdujo su mano en el pantalón de Jasón y extrajo su pene. Luego, empezó a chupar de manera compulsiva, mientras Jasón se retorcía y trataba de apartarla, mirándome con expresión avergonzada.
Una vez más, intenté ignorar la escena y me enfoqué en el volante. Claudia finalmente cedió, permitiendo que Jasón la apartara, y apoyó su cabeza en el hombro de Alex como gesto de arrepentimiento. En respuesta, Alex frunció el ceño con disgusto.
Pisando el acelerador, llegamos rápidamente a la casa de Leidy. Un silencio abrumador colmaba el aire mientras las primeras gotas de lluvia caían de las ominosas nubes oscuras en el cielo. El viento soplaba fuerte y las luces intermitentes insinuaban la inminencia de una tormenta imponente.
Al tocar el timbre, no obtuve respuesta. Mi intento de comunicarme por teléfono también fue en vano. La preocupación creció y mis exclamaciones se hicieron oír.
—¡Leeeeiiiidy, Leeeeiiiidy! ¡Jasón, toca la bocina! —Exclamé.
Entonces, desde una ventana cercana, una voz enojada retumbó.
—¡Oiga, idiota, déjennos dormir! —
Esperé a que el vecino se alejara de su ventana y, reuniendo todas mis fuerzas, lancé una potente patada a la puerta. La chapa cedió y entramos rápidamente. Un grito resonó desde la habitación de Leidy, y sin vacilar, me moví en posición de combate, listo para actuar. Otra patada destrozó la puerta de la habitación, mientras apuntaba con mi arma hacia la oscuridad del interior. Jasón se mantuvo a mi retaguardia, asegurando los flancos, mientras Laura y Alex observaban, con expresiones tensas debido a la inminente acción que se avecinaba.
—¡Aaaaaah! —Un grito femenino atravesó el ambiente, seguido por la iluminación repentina de las luces.
Leidy estaba de pie sobre su cama, desnuda, mientras el hombre moreno de la extraña cosa púrpura permanecía congelado en el lugar.
—¡Qué diablos te pasa, idiota! —Leidy me reprendió una vez que me reconoció.
—Pensé que estabas en peligro con el asesino. —Mis palabras salieron mientras bajaba el arma y la aseguraba.
—¡Estás completamente loco, Malachi! ¡Lárgate ahora mismo! —exclamó, llena de enojo.
Haciendo señas a Alex y Laura para que retrocedieran, vi a Jasón observando la escena sin pestañear.
—¿Tu ex novia embarazada estaba follando con este tipo? —comentó Jasón sin dejar de mirar a Leidy de manera inapropiada.
—Sí, amigo, vámonos de aquí. —le respondí.
Subimos al Jeep mientras la lluvia caía intensamente. Conduje de regreso a la casa. Mientras recorría la solitaria avenida bajo la lluvia, llamé a Carlos.
—Hola.
—Soy Malachi. ¿Cómo estás, hermano?
—Todo bien. ¿No hay noticias de Tatiana?
—Nada en absoluto —informé.
—No te preocupes, probablemente esté de fiesta o gastando dinero.
—Ojalá sea así.
—Hermano… ¿Qué descubriste sobre el libro?
—Todavía no sé mucho, pero creo que tengo una pista sobre esa extraña bola de estambre.
—¿En serio? ¡Cuenta ya!
—Busca en Google o YouTube: “El asesino del estambre n***o”.
—De acuerdo, lo buscaré y te contaré. Buena suerte. —Carlos colgó.
Tomé el desvío por la 45, atravesé un semáforo en rojo y doblé hacia la vía principal que desembocaba en una zona de entretenimiento local. En ese lugar, había una presencia notoria de prostitutas, algunas de las cuales caminaban por las aceras y hasta en medio de la calle. Mantuve una velocidad reducida y precaución para evitar cualquier posibilidad de accidente.
—¡Te acompaño, mi amor? —Suplicó una mujer, bloqueando mi camino. Toqué la bocina con la esperanza de que se apartara.
—Hola, ¿te gustaría subir? —Jasón le preguntó a la mujer, mientras buscaba mi aprobación con la mirada.
—Por supuesto —respondió ella.
—¿Por qué la quieres en el auto? —le susurré a Jasón.
—Déjala subir, ya entenderás —contestó.
La mujer se subió al auto y Jasón comenzó a hacerle preguntas.
—Te ves muy bien, ¿cómo te llamas, cariño? —Claudia lo miraba furiosa.
—Caro —respondió la mujer.
—Un hermoso nombre. ¿Por casualidad has visto a una mujer rubia, alta y atractiva por aquí?
—Sí —confirmó la mujer. Y en ese momento, sentí una chispa de esperanza encenderse en mi pecho. —Mira, allá — señaló hacia un lado de la calle. Pero no era Tatiana. Después, comenzó a señalar a otras mujeres, ninguna de las cuales era ella.
—Todas son rubias, altas y atractivas —comentó la mujer en respuesta.
—¡Al diablo, Jasón! Dile que descienda. —Exclamé con enojo.
—Papacito. ¿Por qué te enojas de esa manera? Sí me das cincuenta te lo puedo chupar bien rico. —
Justo cuando consideré expresar mis pensamientos al aire, la mujer señaló nuevamente al otro lado de la calle.
—¡Esa que está allá! Es rubia, alta y atractiva. Aunque, hmm, parece que no está en su mejor estado.
—¡Vaya, qué le sucede a esa perra! —Comentó Alex.
Dirigí mi mirada hacia la dirección que la prostituta indicaba. Allí, una mujer rubia yacía en el suelo, en un estado lamentable: sucia, empapada y visiblemente perturbada. Se retorcía entre los charcos, expulsaba espuma por la boca y pronunciaba palabras incoherentes. La observé detenidamente.
—¡Es Tatiana! —Exclamé.