Desde que se habían convertido en prisioneros del fuego, debían tener la cabeza mirando al suelo. Nadie debía oponerse ni con sus miradas a lo que hacian los rebeldes. Cada uno de los rebeldes podía tener tres a cuatro mujeres. Por eso las robaban de los pueblos. Cada mujer joven y hermosa que encontraban a su paso, tenía la marca del fuego. Las jóvenes eran obligadas a servirles como esclavas, en todos los sentidos. Pero ninguna de ellas podría disfrutar jamás del amor o de ser amada. Pero esa regla dejo de cumplirse en el hijo del general de los rebeldes. Un muchacho alto y fuerte, no era muy apuesto, ni mucho menos gentil. Pero sus ojos no podían dejar de mirar a una joven que crecía hermosa como una flor ante él. Aún nadie la había tocado, era la hija menor de la esclava per

