Capítulo 16.

1655 Palabras
Soy consciente del latido de mi corazón, inquieto, como si lo del ascensor hubiera sido un sueño el ambiente en el auto se siente pesado, abrumador, incomoda me enderezo en mi asiento, una punzada de dolor recorre mi espalda, me quedo quieta hasta que desaparece. —Creí que tendrías vigilado a Austin—Confieso en voz alta, con ese molesto cosquilleo en mi estómago, no entiendo porque es tan difícil iniciar una conversación con él. —No veo la razón, Tú hermano no está en mis planes—Responde sin mirarme a los ojos, desde que volvimos al auto no me mira, esquiva mi mirada, me recuesto sobre el asiento incomoda, ¿Así será esto? —¿Qué harás con él? —Pregunto con los hombros rígidos, tensa, no quiero que lo lastimen, no soportaría que lo lastimen por mí. —¿Dónde tienes la cabeza Cloe? ¿Es que no me oíste? —Interroga de vuelta apretando la mandíbula, irritado, no lo entiendo, ¿Qué le pasa? Me encojo en mi asiento, no creo que entienda lo que siento, dejar a mi hermano en esas condiciones en manos de otros no es sencillo para mí, estoy preocupada. —Solo quiero saber—Aseguro golpeando leve con mis puños mi regazo haciendo un rudo sordo, sin querer, trago grueso, no quiero hacerlo enfadar, pero quiero una respuesta, quiero que me mire al menos. —Sabía que era un error que vinieras a verlo—Suelta de la nada palmeando el aire, sin mirarme a los ojos, mi corazón se encoge al mismo tiempo que mis ojos se cristalizan, ¿cómo puede ser tan insensible? Es inútil el nunca va a entenderme—¡Cloe! —¡Ah! —Me quejo encorvándome, quería salir del auto apenas se detuvo en la entrada de la mansión, pero ese dolor volvió atravesando mi cuerpo, es insoportable, me sostengo de la puerta solo para no caer al suelo. —¿Qué te ocurre? —Cuestiona Caín frente a mí, respiro pesadamente tratando de enderezarme, pero vuelvo a recibir otra descarga, una lagrima gruesa rueda por mí mejilla y maldigo mi suerte, debo verme terrible. —¡Estoy-estoy bien! —Afirmo respirando pesadamente, levantando mi mano en el aire, marcando distancia entre nosotros, solo debo recomponerme. —No mientas—Niega, levanto la cabeza tanto como puedo en mi posición, su sombra me cubre del sol, me cuesta ver su rostro neutral, mi brazo cae a un lado, acalambrado, alzo las cejas, cuando se quita el saco tirándolo sobre mis hombros, su aroma llena mi nariz, no lo veo venir cuando se inclina ante mi pasando su brazo derecho por detrás de mis piernas mi espalda descansa en su otra mano, jadeo, me carga sobre sus brazos, me llevo las manos al pecho cubriéndome con su saco, es tan suave. —Pupupu puedo sola—Tartamudeo cuando rodeamos el auto, Mario nos mira de lejos, sin inmutarse vuelve al auto, que gran ayuda. —No lo creo—Resopla subiendo las escaleras, veo su mandíbula cuadrada tensarse, desvió la mirada apenada, siento su calor por todas partes, esto es incómodo, mi corazón salta al recordar la primera vez que me llevo en sus brazos, no he podido evitar que se repita. —Señorita ¿Qué ocurrió? —Cecilia nos recibe, llevándose las manos a la cabeza, preocupada. —Cecilia trae algo de hielo y llama a Ignacio—Ordena Caín entrando a la mansión con Cecilia tras nosotros, la veo desaparecer tras el pasillo a la cocina, vuelvo a ver a Caín quien mantiene su vista al frente, subimos al segundo piso, con gran habilidad consigue abrir la puerta de mi habitación sin soltarme un segundo, enciende las luces de la habitación con su codo izquierdo, guardo silencio mientras caminamos hacia la cama, me remuevo sintiendo una especie de deja vu, cuando otra descarga de dolor desde mi columna aflora paralizándome—¿Ves lo que consigues? —Bájame—Pido en un quejido agudo. —Iba hacerlo de todos modos—Replica depositándome suavemente sobre la cama, me acomodo sobre la cama con la espalda recta como un muerto, evitando otra descarga, señalo la puerta con los ojos esperando que se vaya de una vez—Ignacio vendrá pronto. —¿Quién es Ignacio? —Cuestiono de vuelta, juntando las cejas. —Mi médico personal—Responde cortante cruzándose de brazos, levanto las cejas, sorprendida, la última vez que fui al doctor tenía 14 años, me había hecho un esguince, el dolor era horrible, lloraba con cada terapia. —Estás exagerando, eso no es necesario—Niego con la cabeza tensando los hombros cuando mi columna vuelve a resentirse, no necesito esto ahora. —Quédate quieta, Cloe—Me reprende apoyando su rodilla sobre la cama toca ligeramente mi hombro izquierdo, al sentir su calor me paralizo. —Le he traído hielo—Anuncia Cecilia entrando en la habitación, ambos nos sobresaltamos, nos ha tomado por sorpresa, de inmediato Caín se pone de pie a un lado de la cama, volviendo a su habitual expresión de malestar poniendo las manos detrás de su espalda, que infantil, Cecilia intercala una mirada entre nosotros arrugando la cara—¿Dónde se ha lastimado? —En la espalda—Confieso arrugando la nariz, el dolor es constante ahora. —Déjeme ver—Pide apartando una de las almohadas a mi espalda me giro hacia un lado de la cama dejándole mejor acceso con la yema de sus dedos toca mi espalda hasta que siento un espasmo y se detiene justo a la mitad poniendo la bolsa de hielo, al principio quema ligeramente luego mi dolor se vuelve más llevadero. —Llegué tan rápido como pude—Anuncia la voz sutil de un hombre a mi espalda, giro el cuello hasta la entrada donde un hombre de unos treinta años castaño con gafas negras traje azul marino junto con un maletín n***o camina hacia nosotros con una amplia sonrisa. —Bienvenido Ignacio—Saluda Cecilia amablemente. —¿Qué le ocurre? —Cuestiona cuando llega al borde de la cama mirándome con curiosidad. —Se cayó y se golpeó la espalda —Explica Caín antes de que pueda decir algo, tuerzo los labios. —Quítate la ropa, voy a examinarte—Ordena sin una pizca de tacto. —¿Qué? —Chillo cubriéndome el pecho con las manos—No lo haré. —Vamos debo ver donde te has lastimado—Se justifica gesticulando con las manos, niego con la cabeza enérgicamente, esta demente, si cree que lo haré. —Eso no pasará, con que se le levante la camisa es suficiente—Interviene Caín entre dientes fulminando a Ignacio con la mirada, el doctor idiota suspira dejando caer los hombros, resignado. —Como quieras—Concede dejando su maletín sobre la mesa de noche, suspiro aliviada, cuando Caín se pone frente a mí, abro los ojos como platos cuando sus manos toman el cierre de mi enterizo y lo baja dejando toda mi espalda al descubierto justo por debajo de mi brasier. —No te muevas será rápido—Me advierte, las palabras se atoran en mi boca al sentir su aliento rosando mi oreja. —No es nada grave, Tienes un gran hematoma a mitad de la espalda, te pondré unos parches y con algo de reposo y analgésicos estarás mejor—Explica Ignacio, asiento levemente incapaz de decir algo coherente con Caín abrazándome así, Ignacio coloca los parches sobre mi espalda y el frio reemplaza al dolor rápidamente, Caín sube el cierre del enterizo apartándose de mí, vuelvo a respirar cuando rompe el contacto. —Te acompañaré a la salida—Anuncia Caín fulminando a Ignacio con la mirada. —Siempre tan aburrido Caín—Se lamenta, rápidamente junta sus cosas y ambos salen de la habitación, veo su espalda desaparecer tras la puerta y entierro mi rostro entre las sábanas. —No lo dude el Sr. Caín se preocupa por usted—Ignoro el comentario de Cecilia cerrando los ojos, quizás sean los parches, pero me siento tan aliviada, que sin querer me dejo caer en un sueño profundo. *** Abro los ojos lentamente, me giro sobre la cama hasta sentarme en el extremo de la cama, me froto los ojos, todo está a oscuras ¿Cuánto abre dormido? Trago grueso al sentir la garganta seca, con cuidado salgo de la cama camino hasta la puerta y salgo de la habitación, tanteando la pared bajo hasta el primer piso y me dirijo a la cocina por un vaso de agua, no quiero despertar a Cecilia así que no enciendo las luces tanteo con mis dedos la cocina hasta tomar un vaso cuando camino a la cocina tropiezo con uno de los taburetes tirando el vaso al piso haciendo que se rompa en mil pedazos ¡Torpe! —¿No tendrías que estar en la cama? —Cuestiona de mala gana sobresaltándome. —¡Me asustaste! —Chillo cuando veo sus ojos avellanos brillar en la oscuridad, retrocedo, cuando intenta acercarse chocando contra la isla—Yo tenía sed. —Ya lo veo—Ignorando el desastre enciende las luces, lleva puesto una camiseta blanca que deja ver sus trabajados brazos y un pantalón de pijama azul, toma un vaso lo llena de agua y me lo sirve, lo tomo con manos temblorosas bebiéndome el contenido sin pausas cuando termino Caín pone el vaso sobre la encime, quiero volver a mi habitación, pero Caín pone su brazo justo en medio junto las cejas y cuando menos lo espero me toma de la cintura levantándome me sienta sobre la isla, aprovecha mi sorpresa y se mete entre mis piernas—Lo haces fatal. —¿De qué hablas? —Cuestiono con la respiración pesada, el rubor cubriendo mis mejillas, mis manos sobre su pecho perfecto. —Fingir que me odias—
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