1.Hagámoslo fácil
«Consigue el nombre… y podrás arrestarlo».
Ese mantra no dejaba de sonar en mi cabeza.
Giovanni Valentinni. El hombre que todos temían y que nadie conocía realmente. Un espectro. Un fantasma. Solo su nombre y sus apodos, Lucifer y Mamba Negra, bastaban para helar la sangre.
Solo había una cosa segura: su presencia significaba dejarse tentar o morir. Muchos intentaron capturarlo y solo tuvieron el mismo resultado: ser asesinados.
No había mucha información de él, solo que era el líder de una de las mafias de contrabando de armas más peligrosas de Europa. Muchos países intentaron capturarlo. Fallaron. Su reino, una ilusión donde no se sabía quién era el rey.
En ese momento, jugaría un juego peligroso que sabía iba a ganar. Me encontraba en Italia, en una de las playas más paradisíacas: Spiaggia del Principe. Una playa de absoluto lujo a la que muy pocos tenían acceso.
Buscaba no solo llamar la atención, sino encontrar al presunto culpable del atentado al primer ministro William Hughes. Según los informes que recibí, él no solo lo orquestó, sino también disparó en su contra… y según las malas lenguas… controlaba el tráfico de personas en Inglaterra.
El sol quemaba mi piel. Calor. El hermoso sonido marino de la playa era música. Recostada en la blanca arena, me levanté un poco para cambiar de posición.
—Señorita, debe irse de la playa. Este lugar es privado.
El característico acento italiano llegó a mis oídos. De manera provocativa, bajé mis gafas de sol lentamente.
—¿Puedes quitarte? Me tapas el sol —respondí con un hilo de voz—. Al menos… que vengas a divertirte conmigo —susurré con un tono juguetón.
Dejé escapar una sonrisa pícara, suficiente para que los tres hombres que me habían rodeado se forzaran a tragar saliva. Elevé una sonrisa de media luna, acomodándome aún más.
—Señorita, debe irse. Esta playa es propiedad de los Valentinni.
Llevé la pata de mis gafas de sol a mis labios. Noté cómo uno de los tres hombres siguió el objeto, posando sus ojos allí… en mis labios carnosos.
—Mmm…
Bajé mis gafas a la arena.
—¿En serio? Es la única playa cercana a donde me estoy hospedando… acaso… ¿en serio debo irme?
Miradas furtivas entre ellos, donde pude ver que dudaban. Hombres, típico que dudaran. Podían ser unos cavernícolas sanguinarios y solo necesitaban a una mujer para olvidar lo que debían hacer.
Crucé mis piernas con detenimiento, mostrando más de lo que debería. Mi bikini, perfectamente escogido para revelar más de lo permitido, se movió junto a mí.
—¿Qué está pasando?
Una voz masculina no pidió explicación, la demandó. Profunda. Gruesa. Venía detrás de mí. Me giré levemente y lo vi.
Piel color oliva.
Cabello azabache.
Ojos tan dorados que parecían oro fundido. No brillaban, no… eran brasas encendidas. El aire se detuvo… incluso el sonido de la playa mermó. Pantalones cortos, t-shirt que dejaba ver sus brazos. La poca ropa mostraba un tatuaje de una serpiente que rodeaba su brazo derecho, cuya cabeza finalizaba en su cuello.
Nuestros ojos se encontraron, y una electricidad desconocida me hizo vibrar.
Hubo un silencio palpable entre ambos.
—Y bien, ¿qué está pasando? —repitió, como si el solo hablar le provocara molestia.
—Señor Valentinni, esta mujer no quiere irse.
Ahí estaba el nombre que quería.
Su mirada de serpiente me buscó. Me recorrió con detenimiento. Bajó a mis labios. Hizo un camino que murió en mis muslos. Fue suficiente para que en esa parte pudiera sentir calor. Sus ojos volvieron a ascender con lentitud, suspendiéndose en mi mirada.
—Tú no eres de por aquí, ¿no?
—Tal vez sí, tal vez no… ¿por qué?
—Porque no me gusta que jueguen en mi propiedad, y los locales lo saben.
—Mmm… ¿y si quiero jugar? ¿Qué pasará?
Estaba por responder. Lo interrumpí al tomar el bloqueador a mi lado y lanzándoselo. Con precisión de cazador, lo atrapó en el aire.
Los tres hombres que me rodeaban me apuntaban con sus armas. Demasiado veloces. No titubeé. Manteniendo la calma, mordí mi labio y lo miré fijamente.
—¿Me pones bloqueador en la espalda? No alcanzo —murmuré de manera suave y sensual.
Un canto de sirena que le agradó. Sonrió. Movió la cabeza con levedad, lo cual fue una señal para que los hombres bajaran sus armas. Se acercó a mí, agachándose.
—Voltéate.
Su voz no pedía, exigía. Me giré, dejando mi espalda descubierta ante él. Escuché el leve sonido de la botella siendo abierta. Sus manos, posesivas, comenzaron a descender por mis hombros. Bajaban por las curvas de mi cuerpo, provocándome un leve exhalo… no porque quisiera, sino porque me lo arrancó con sus manos.
Más firme. Fuerte. Sus manos decían indirectamente que en la habitación él no era suave en ningún sentido. Recorrían mi piel como si quisieran memorizarla. No era inocente, tenía una intención marcada.
No debía disfrutarlo… pero lo hice. Mis músculos se tensaron. Hubo un cosquilleo en mi entrepierna que pedía más, exigía más. Sus manos llegaron a mi cadera, la cual masajeó con ferocidad.
Ya no había calor del sol… ahora, lo que quemaba mi piel eran sus manos.
Subieron a mi cuello, deteniéndose ahí unos segundos. Apretó. Un leve gemido escapó de mis labios sin poder evitarlo.
Bajó.
Buscando liberación.
Escuché un leve gruñido grave.
—Listo.
Dijo finalmente, alejando sus manos de mí. Mi cuerpo protestó cuando se apartó. Bastó un segundo para sentir un infierno y un frío insoportable al alejarse. Me giré, acercándome a él a cuatro patas. Una gata que buscaba jugar. Él me dejó acercarme.
Tomé su teléfono de su bolsillo, guardando el que me habían encargado, y susurré de manera sexy:
—Llámame, estoy libre y quiero divertirme.
Silencio.
Él no se movió ni un solo centímetro. Tomó su teléfono, marcando el número que había puesto. El teléfono en mi bolsa sonó, dejando ver que no le había mentido. Él solo sonrió. De manera peligrosa.
—¡Gio!
Una voz femenina tan dulce que parecía miel. Me volteé levemente, notando a una chica de vestido rosa. Sus ojos se posaron en la escena, curiosa. Me levanté, tomando la botella de bloqueador por la cabeza para no comprometer las huellas, colocándola en mi bolsa.
—¿Tienes novia? —intenté sonar indignada, recogiendo mi toalla—. ¡Dios! Hombres.
La joven parpadeó levemente. Su sonrisa juvenil mostraba tanta inocencia que parecía de otro mundo.
—¿Hablas de mi hermano? Oh, no, tranquila. Soy Isabella y él es mi hermano mayor, Giovanni.
—Oh, ya veo —dije, controlando la sorpresa que me provocaba—. Un placer, Isabella.
—Ya que te puse el bloqueador, ¿puedes irte? Mi hermana quiere pasar una tarde tranquila.
—Sí, ya tengo lo que quiero —sonreí con lentitud, mirando los ojos de Giovanni—. Caballeros.
Me coloqué las zapatillas con calma, comenzando a caminar hacia la salida de esa hermosa playa privada. Me alejaba hacia un hotel de lujo cercano, donde hice una simple llamada desde el teléfono que tenía.
—¿Lo viste?
—Sí.
Caminaba de manera distraída, desechando el bloqueador solar que había guardado en una bolsa plástica mientras me dirigía al hotel. No miré hacia atrás. Continué caminando, pues sabía que recogerían pronto la basura.
—La huella está en la botella. ¿Creen que pueden sacarla?
—Sí, haremos un examen. Nadia, recuerda que por ahora estás sola. Mantente al margen y solo intenta sacar a los miembros de la familia para arrestarlos. No pueden haber tantas personas infiltradas para no llamar la atención.
—Lo sé. No haré nada, tranquilo.
—Trevon irá en un par de días para cubrirte, no hagas nada hasta que te lo diga.
—Lo sé.
Cerré la llamada, cubriéndome las piernas con el pareo para evitar las miradas lascivas de los hombres. Sí, era un bikini extremadamente revelador. No era de mis favoritos, pero sí suficiente para que los hombres se embobaran.
Me dirigía a un restaurante pequeño. Modesto. Comí algo y, tras terminar, pagué en efectivo. Me distraje un poco entre las tiendas, más para conocer el área. Demasiado lujo. Tranquilo. Era una falsa calma que parecía más orquestada que real.
Algo no estaba bien.
Llegué a la casa que había rentado. Al entrar la llave, escuché el característico click metálico que dejaba entrever que la cerradura no había sido vulnerada. Lancé la llave hacia la pequeña repisa del pasillo. Caminé por la casa hasta la sala. Debía ducharme. Entonces algo cambió.
Mi cuerpo se sintió pesado. Incómodo.
Al pisar la sala, supe por qué.
Giovanni estaba sentado en el mueble, con un libro cubriéndose el rostro. Se lo retiró pausadamente. Sus ojos de serpiente se posaron en los míos.
Una mirada gélida. Infernal.
La sensación de estar siendo rodeada por una serpiente me invadió.
Intenté no mostrar que había perdido el aliento.
Tenía un arma en esa casa… pero no podría sacarla con facilidad.
Él colonizó todo el oxígeno. Su sonrisa ladeada se elevó de manera lenta. Pausada.
—¿Cómo entraste aquí? —apenas pude decir.
—¿Yo? Digamos que conozco al dueño —mostró una sonrisa divertida.
—¿Y me… encontraste?
—Oh, por favor. Nada en Italia puede esconderse de mí. Esta playa para mí es un simple juego de niños. Solo debí decir que estaba buscando a una persona y la información voló a mí en minutos.
Silencio.
Pesado.
—Hagámoslo fácil… ¿vas a escucharme? ¿O prefieres que lo haga por las malas?
Sonrió de manera perversa. De esas que dicen que has entrado a su reino, a su juego… y si te niegas a obedecer, acabar con todo. Mi corazón latía con fuerza; sabía que resistirme sería un error mortal pues estaba cerca de ser atrapada por las garras del rey de la mafia.