La sala se había vuelto su dominio.
Él no debía hacer mucho, la había reclamado, hecho suya de tal manera que todo el aire desapareció. Giovanni, aún con mi libro en las manos, volvió a posar sus ojos en él. Sonreía. Una sonrisa seductora llena de lujuria.
—Me gusta tu silencio, significa que entiendes quién manda aquí —cambió con detenimiento la página del libro sin dejar de leerlo—. Esta noche vamos a salir, y no, no es una invitación.
Hubo un largo silencio. Di un paso hacia detrás, intentando calcular cuánto tiempo me tomaría ir a la habitación para buscar mi arma. No sería suficiente, él me atraparía, porque la dirección para ir a mi habitación significaba pasar por él.
—¿Salir? No pensé que fueras tan directo, pues no te vi muy interesado —buscaba volver a tener el control de la situación sin llamar la atención.
—No lo estoy. Para mí, las mujeres son un mero capricho momentáneo. Las uso luego, las tiro —alzó una ceja lentamente mientras continuaba leyendo—. Nunca repito.
Detuvo su lecturas unos momentos para escudriñarme con detenimiento.
—Pero tú le agradaste a mi hermana. Me pidió que te invitara. Acepté con la condición de que ella dejara de buscarme pareja entre sus amigas por un año.
—¿Y si me niego?
—Estaba contemplando esa respuesta. Mi objetivo era secuestrarte y llevarte a cenar aunque no quisieras.
Habló en un tono tan despreocupado que parecía el pan de cada día para él. Su mirada dejó de leer mi libro y, tras esto, sus ojos se posaron en los míos.
—Pero algo llamó mi atención mientras te esperaba.
—¿Ah sí? ¿Qué le llamó la atención a Giovanni Valentinni?
—Tu libro —lo alzó con una mano, riendo con picardía—. Una lectura muy interesante.
—¿No te han dicho que entrar a una casa de una mujer es motivo de allanamiento de morada?
Su sonrisa era divertida, de alguien que no podía creer lo que decía. Con detenimiento llevó mi libro a sus labios. Carnosos. Bajó el libro con lentitud a su pecho y, tras esto, su voz se volvió gruesa. Posesiva. Arrastrada de una manera que vibraba todo mi cuerpo.
—Leoncina (leoncita)… para ser una mujer que se hace la fuerte, tu arquetipo de hombre dice mucho de ti —ladeó la sonrisa con lentitud—. Tus gustos son más oscuros de lo que aparentas… y eso me gusta.
Se levantó despacio.
Sin prisa.
Sus ojos, dorados como el oro, recorrieron mi cuerpo con una precisión inquietante, como si buscara cada punto débil… como si supiera exactamente dónde tocar para hacerme perder la cordura.
—Ese libro no es mío —alcé la barbilla con firmeza.
—¿No? —dio un paso más cerca—. Porque si lo fuera… estaría más que dispuesto a hacerte todo lo que has leído… y mucho más, la mia piccola leonessa (mi pequeña leoncita).
El aire se volvió tan denso que no podíamos respirarlo.
Forzaba a mis pulmones a moverse, a buscar el oxígeno necesario para no ser afectada por él.
Por su presencia.
Por su mirada serpentina que sabía lo que provocaba.
No se movió más, pero desde la distancia podía imaginar cómo sus dedos acariciaban mi piel. Mi mente me jugaba una mala pasada.
«Nadia, debes reaccionar»
«No es solo un hombre, es un mafioso que debes capturar»
La voz de la razón en mi cerebro intentaba abogar por la cordura que él parecía haberme robado. Algo ardía…
Profundo…
Era una cuerda silenciosa que nos rodeó, que parecía tirar de nosotros para acercarnos. Clavé mis pies en el suelo. Él, por el contrario, caminó hacia mí. Se acercó a una distancia tan corta que quemaba. Nuestros ojos se sostuvieron y algo extraño pasó.
Ardía.
Un fuerte susurro en mi oído, similar a un cántico de sirena. Hipnotizante…
Peligroso.
Entreabrí los labios por unos momentos hasta que mi cerebro por fin entendió qué estaba haciendo. Los cerré, levantando mi barbilla. Él notó mi cambio. Fuego.
No podía ceder.
No iba a ceder.
Él me analizó con detenimiento, como si fuese una pequeña rata de laboratorio, y sonrió. De manera sutil. Llevó su mano a mi barbilla, sosteniéndola. Su dedo pulgar presionó mis labios.
—Esta noche sales conmigo. Y aceptaras porque yo me aseguraré que pase… aunque tenga que arrastrarte —enfatizó.
No pedía, mandaba. Su tono era el de alguien que no aceptaba un no como respuesta.
—Te quiero lista para las siete. Yo me encargaré del resto.
—No sabes mis medidas.
—Se más de lo que crees, sin siquiera tocarte lo suficiente —mantuvo una risa perversa.
El imaginar que él había revisado mi ropa interior provocó que todo mi cuerpo se tensara. Él lo notó. Negó con detenimiento sin dejar de observarme.
—Cuando te masajee, la etiqueta de tu traje salió. Aunque, si quieres, podemos hacer la opción que estás pensando para asegurarme de tus medidas.
Hablaba con una arrolladora personalidad que se notaba acostumbrada a obtener lo que quería. Bajó sus dedos con lentitud, dando un paso hacia atrás.
—Leoncina (leoncita), te veo esta noche.
Sin decir nada más, salió de la residencia que estaba alquilando. No dejó mi libro…
Autosecuestrado…
Por fin pude respirar. Llevé mi mano a mi cabeza, intentando recomponer mis pensamientos.
—Eso… fue demasiado… —apenas murmuré.
No había notado que temblaba hasta que levanté mi teléfono. Respiré profundo. Me obligué a recordarme quién era. Una mujer de personalidad fuerte. Nunca había temblado en una misión. Había acabado con la vida de varios sin pestañear…
Entonces…
¿Por qué Giovanni bajó mis barreras?
Comencé a examinar toda la casa con una eficacia enfermiza. Buscaba cámaras, objetos pequeños, micrófonos. Lo que fuese.
Nada.
Revisé afuera desde mi ventana, notando que no había nadie vigilando. Las ventanas no fueron forzadas, por lo que supuse que él tuvo razón.
Una llamada.
El primer timbre fue suficiente para comunicarme con la base.
—¿Sí?
—Giovanni entró donde me estoy quedando.
Silencio.
Letal.
—¿Qué quería?
—Al parecer su hermana lo convenció de una cita conmigo.
—¿Sabes lo que significa, no?
—Estoy en la mira —susurré—. Y si trato de huir, será peor.
—Correcto. Intenta sacar los nombres que puedas. Tendrás refuerzos pronto.
—Leonard…
—No pasará —interrumpió mis pensamientos—. Conseguiste su nombre, ahora solo debemos sacarte. Sal de su radar y estarás bien.
Di un largo exhalo suficiente para relajar mis nervios. Me di una larga ducha y, tras una hora, mientras me secaba el pelo, alguien tocó mi puerta. Un hombre trajeado de n***o. Mirada fría. Mano levantada. Ni siquiera me veía, como si mi mera presencia pudiera incomodarlo. En sus manos, una caja.
—¿Para mí?
—El señor Valentini lo ha enviado —dijo de manera robótica.
La tomé. El hombre, al asegurarse de que ya la tenía en las manos, se dio la vuelta y se dirigió a un auto. Mis ojos siguieron la placa…
No tenía.
Fruncí el ceño.
Entré adentro, asegurándome de cerrar. Con detenimiento abrí la caja. El vestido era un placer visual. Estilo sirena, de color champagne. Pedrería que recorría el corsé bajando hasta la cola. El escote era sutil, pero suficiente para mostrar.
Era hermoso.
Me arreglé el pelo, un maquillaje atrayente y, tras esto, me coloqué el vestido. Parecía hecho a la medida para mí. Una abertura en la pierna que dejaba ver mi piel. Unos zapatos a juego… ¿la cereza del pastel?
Joyas.
Diamantes.
Los reconocí enseguida, pues mi madre, Brittany, siempre recibía ese tipo de regalos por parte de mis abuelos. Me los coloqué para verme en el espejo.
Parecía una muñeca.
—¿Así que tiendes a vestir a tus amantes? —susurré apenas.
Giovanni no parecía un hombre de regalos, por lo que me sorprendió eso.
A las siete en punto, sonó mi puerta. Tomé mi bolso y, al salir, noté que era un guardia de seguridad. No hice preguntas, solo lo seguí hasta un auto de alta gama. Me condujeron a un restaurante donde ya estaba Giovanni esperándome.
Sus ojos me recorrieron. Parecía a gusto. Se levantó con quietud, tomando mi mano. Sus labios rozaron el dorso de mi mano. Demasiado lento. Era la sensación de que a él no le importaba perder tiempo en ese gesto. Sus ojos, como serpiente, me observaron con detenimiento.
El beso provocó una electricidad en todo mi cuerpo.
—Estás exquisita.
—Espero que con esta cita, al menos me muestres un poco más de ti.
Lancé el anzuelo.
Quería nombres.
Quería cargos.
Quería todo lo que pudiera sacar esa noche.
Él solo me mostró una sonrisa controlada y, tras soltar mi mano, dijo con calma:
—La noche se moverá a donde yo quiera.
Movió la silla para mí, donde nos sentamos. Sus ojos se oscurecieron, similares al ámbar.
—Tú no eres italiana —llevó su mano a la mesa, comenzando a tamborilear—. ¿De dónde vienes?
—¿Esta es tu primera pregunta para tu cita?
Él alzó una ceja con detenimiento.
—Por tus facciones y tu italiano tan correcto a pesar de tu acento… ¿inglesa?
Aquello me provocó una leve sonrisa. No esperé que él supiera. Al ver mi rostro, supo que había acertado. Cruzó sus brazos, fascinado con el juego que estaba empezando. Un leve movimiento hizo que un mesero nos trajera unas copas, donde comenzó a verter vino con calma.
—¿Por qué una inglesa está en un país como este, sola? Las mujeres que viajan solas aquí… suelen desaparecer. Algunas tienen suerte… otras no.
Su comentario tenía doble sentido.
—Oh, acaso… ¿tu preocupación es genuina? O… ¿tu negocio incluye a desaparecer personas solas y venderlas como productos?
Sus ojos se oscurecieron. Curioso. Se irguió en su silla, claramente atraído.
Mierda.
Oh no… más mierda…
Me había equivocado.
Había cometido un error de novata.
Giovanni abrió su boca para decir algo, pero lo que pasó fue demasiado rápido.
—Señor Valentinni.
Ambos movimos nuestra vista hacia el mesero. Este tenía una toalla en su brazo. Ojos serios. Barbilla endurecida.
—El señor Sorrentino le envía un regalo.
Todo pasó muy rápido. El desconocido sacó un arma. La distancia entre nosotros tres era demasiado corta. Apuntó hacia el corazón. Varios disparos sonaron hacia nosotros y supe una cosa…
Era moverse…
O morir.
Porque estar cerca de Giovanni significaba que mi vida estaba sostenida por un hilo…
Entre la vida…
Y la muerte.