Una vorágine de emociones que provocaba que todo pareciera lento.
Por un destello de segundo, mis ojos se encontraron con los de Giovanni. Exhalé, sintiendo como si algo entre nosotros dos se hubiera quebrado y unido en un solo milisegundo.
Fue rápido.
Él levantó su pie, empujando mi silla con fuerza, haciendo que saliera expulsada junto a ella. Salía volando, no solo eso, me dejaba fuera del rango del disparo. El mesero le disparaba a Giovanni en el corazón, pero este llegó a moverse.
No fue suficiente. Giovanni cayó al suelo. Su cuerpo hizo un sonido sordo. La escena era grotesca en un sentido inconfundible. Me levantaba como podía.
«Maldito vestido»
«Por eso odio ponérmelo»
Había visto escenas iguales o peores… y aun así ver a Giovanni provocaba algo dentro de mí. Mi corazón palpitaba aceleradamente. Un grito de una mujer alertó a todos los que estaban en el restaurante. Las personas comenzaron a correr despavoridas. Asustadas. Uno estuvo a punto de pisarme, algo que evité al moverme.
Un fuerte sonido provocó que regresara a la escena. Él. Su mirada pétrea de asesino me alertó.
—Eres la perra con la que andaba —gritó en un rugido—. Debes ser la prometida.
El mesero se dio la vuelta apuntando su arma. No pensé en nada más, solo en supervivencia. Un plato cercano lo tomé, lanzándolo hacia él antes de que disparara.
En el blanco.
Le dio en el puente de la nariz, donde escuché una maldición. Un disparo al aire, donde me agaché para evitarlo. El desconocido volvió a disparar hacia mí, donde utilicé las mesas para cubrirme. Miré al techo con una ligera mueca.
—Genial… solo volví de la boda de mi prima y ya voy a morirme —torcí mis labios levemente.
Me retiraba los zapatos lentamente, tomándolos como arma; la punta sería como una daga. Dejé escapar un leve suspiro, levantándome apenas. El hombre se acercó de manera veloz.
Un disparo.
Esquivaba.
Otro disparo.
Me lanzaba al suelo, lanzándole uno de mis zapatos a uno de sus ojos. Al impactar aquel objeto en su rostro, él maldijo. Me levantaba, mirándolo con seriedad. Sabía que si se acercaba a mí, podría quitarle el arma.
—Quédate quieta, maldita.
No pudo decir nada más. Una ola de balas comenzó a rebotar en el restaurante. Maldije de manera silenciosa, lanzándome al suelo, encabulléndome entre las mesas. Una lluvia de disparos donde la cristalería del restaurante voló. Explotaron varias lámparas. Copas de cristal rotas. Una lluvia de cristales donde me cubría como podía con las mesas.
Con rapidez intenté buscar un lugar de escape, entonces lo vi. Varios hombres entraban de manera acelerada al restaurante con armas, disparando a diestra y siniestra. Uno de ellos, con un rifle de asalto.
—Pero claro, tú puedes hacerlo, no será difícil.
Hablaba conmigo misma, mascullando mis palabras, recordando la frase de mi superior, por lo que acepté. Suspiré. Miré al techo recordando a mi familia. Mis hermanos.
¿Sería esto karma?
Había asesinado y arrestado a tantos mafiosos y criminales que tal vez mi destino era morir por ellos.
Mi pensamiento se vio interrumpido por un jalón de cabello. El mesero tiraba de mí, con la mirada encendida.
—Te vienes conmigo, perra.
Dolía.
No grité.
En un rápido movimiento, moví mi cuerpo, levantando mis piernas para enredarlo en su brazo, haciéndole una llave. Con eficacia provoqué que soltara su arma. Lo solté para escaparme y, en el momento en que intentó acercarse a mí para golpearme… todo pasó demasiado rápido.
Un fuerte sonido de proyectil desde mi costado. El cuerpo del desconocido salió volando por el disparo a la cabeza. Dejé escapar un exhalo, buscando desde dónde había venido.
Giovanni.
Como si el aire y todo lo que lo rodeaba detuviera el tiempo. Con una de sus manos apuntaba hacia donde había disparado, mientras que con la derecha llevaba su mano a su cabello, echándolo hacia atrás. Los disparos cesaron como si la mera presencia de Giovanni creara magia. Él se acercó al hombre que estaba agonizando. Pisó su cabeza con asco y, tras esto, le dio otro disparo para finalizarlo.
Un charco de sangre.
Intenté girarme para escapar, pero no pude. Estaba rodeada. Alrededor de veinte hombres, todos con armas apuntándome. Un hombre de cabello castaño y ojos grises se acercó a Giovanni.
—¿Por qué tardaste en levantarte? —aseveró con molestia.
Giovanni no dijo nada. Caminó hacia una silla cercana, haciéndola girar, donde se sentó. El hombre con el rifle de asalto me tocó con la boquilla para que volteara, algo que hice. Ahí estaba, Giovanni mirándome con ojos divertidos.
—Vaya, vaya, sabía que eres interesante, pero no pensé que lo fueras tanto —con la boquilla de su arma acarició su cabeza—. ¿Estás con los Sorrentino?
Silencio.
El olor a pólvora era asfixiante… y aun así… podía asimilar su olor. Era la sensación de caoba y un perfume masculino mezclado con pimienta.
Sus ojos amarillentos brillaron con emoción.
—Habla o podría matarte ahora mismo.
Uno de sus hombres llevó su arma a mi cabeza. Me golpeó ligeramente. Cerré un ojo por el dolor. El metal era duro, a pesar de que no lo hizo fuerte, aun dolía.
Los ojos de Giovanni se oscurecieron en un solo segundo. Levantó su arma sin pestañear, disparando al hombre que me había golpeado. Un disparo certero en la cabeza. El cuerpo de su aliado salió disparado, chocando contra una mesa y, tras esto, cayendo al suelo. El olor a sangre podía sentirse en el ambiente.
—El próximo hombre que la toque, le cortaré las manos y haré que se las coman, ¿entienden? —Giovanni habló despreocupado, llevando la boquilla de su arma a su cabeza.
Ambos mantuvimos una mirada que debilitaba al otro. Era extraño. Una sensación de que todo se congelara e incendiara al mismo tiempo. Un leve temblor donde él pareció haber sentido lo mismo.
Él alzó una ceja con detenimiento, mientras yo respiraba de manera controlada.
Había algo…
Peligro.
Desesperación.
Una conexión.
Era fuerte.
Adictiva.
Con rapidez desvié los ojos para apartar esa sensación de ser enredada por una serpiente que rodeaba mi cuello, quitándome el aliento.
—Giovanni —el hombre que le había hablado le pasó un teléfono—. Ya la tenemos. Ella es una de nosotros.
—¿Nosotros? —Giovanni habló bajo, con un toque de curiosidad.
Tomó el teléfono del hombre y, tras leer unos momentos, dejó escapar un leve silbido, sonriendo.
—Enzo, ¿estás seguro?
—Por supuesto.
—Ja, esto es bueno. Nadia Blackwood, acusada de extorsión, estafas y fraude. Robo a mano armada y acusada de golpear a dos agentes en Inglaterra.
Su mirada, fría, se llenó de curiosidad. Comenzó a reírse en una carcajada viva.
Una vida tan perfectamente maquillada que cualquiera pudiera creerlo. Al pertenecer a una de las pequeñas unidades que se filtraban entre criminales, todos los de mi grupo teníamos un historial “limpio” bajo el concepto de un criminal.
Era una marca de pertenecer a este mundo que se nos fue autoimpuesta.
—Con razón estabas en la playa —su risa se apagó poco a poco—. ¿Creías que yo sería una de tus tantas víctimas, no es así? Por cómo te aproximaste a mí, dudo que supieras quién era.
No respondí, algo que provocó molestia en Giovanni.
—¿Estás o no con ellos?
—No —dije con sinceridad—. Ni siquiera sé quiénes son ellos.
Él expulsaba dureza. Firmeza. No había margen de error.
—Giovanni, podemos matarla… o usarla.
Al escuchar lo segundo, imaginé lo peor… me incluirían en la línea de tráfico humano. Eso me daría la prueba que necesitaría de que él era el cabecilla. Respiré profundo. Giovanni miró a Enzo por el rabillo de sus ojos y, con una voz gruesa, agregó:
—¿Usarla?
—¿Escuchaste lo que te gritó ese soldado? La reclamó como tu prometida. ¿No que tu padre estaba intentando enlazarte con los Lombardi para mantenerte en el cargo?
Parpadeé, confusa. Movía mi cabeza lentamente, escuchando a esos hombres hablar de mí como si yo fuera una mera pieza de ajedrez. Un objeto. Di un paso hacia atrás, algo que Giovanni notó enseguida.
—Muy bien, Nadia, tienes dos opciones. Trabaja para mí por un año y después te dejo ir. Si no lo haces, te mueres. ¿Te parece?
Hablaba en serio. Su cuerpo pareció expulsar un aura tan oscura que podía sacarme el aire.
—No tiene sentido.
—Claro que lo tiene. Es fácil. Mi padre necesita creer que soy perfecto para mantenerme en este puesto. Él me había puesto un ultimátum donde mi hermana me buscaba pareja porque quería ayudarme —dejó escapar una sonrisa macabra—. Y tú, una estafadora, caíste del cielo para mí. Ahora, eres mía. No es una opcion, es un hecho que de ahora en Adelante me perteneces a mí, Giovanni Valentinni.
Se levantó de su asiento, acercándose de manera letal.
—No voy a ser tu no sé qué, prefiero morirme que colaborar contigo.
Mi rechazo lo divirtió. Él dejó escapar una lenta y peligrosa sonrisa.
—Ese no es problema, pero te reviviría para ser la reina de mi infierno, mia piccola leonessa (mi pequeña leoncita). Míralo por este lado. Eres una estafadora, ¿no es así? Cinco millones de dólares por un año. Limpios. Solo debes estar a mi lado y serán tuyos, ¿estás dispuesta a aceptarlo?
Dude.
Él lo supo.
Su sonrisa se fue apagando poco a poco.
—Tómalo, si no tomas el dinero te mandare a la tumba ahora mismo.
No respondí. Sabía que cualquier decisión que tomara podría marcar mi vida y acercarme más a la muerte… o al infierno… y en los dos sentía que mi vida terminaría en las garras de Giovanni.