4. Dolor

1737 Palabras
Estaba atrapada. El silencio se volvió tan insoportable que podía sentir mi corazón bombear en los tímpanos de mis oídos. Respiraba de manera calmada, forzándome a tener oxígeno en mis pulmones. Desvié la mirada. Sin escape. No había manera de poder escabullirme. Un callejón sin salida. —Nadia —arrastró mi nombre con su acento italiano—. Tick-tack… ¿Vas a rechazarme? Hizo una pausa mostrando una sonrisa visceral. —Porque esa sería la peor opción. Nadie me rechaza. Nadie escapa de mí. Y tú… leoncina (leoncita) no serás la excepción. Tragué en seco, agachando la cabeza. «No hables» «No te rindas» «No des información, mejor que te maten» Los pensamientos en mi cabeza se convirtieron en mi mantra de cordura. Lo vi de reojo, alzando una ceja, divertido. —Así que juegas a hacerte la fuerte para aceptar… —murmuró, observándome como si pudiera ver hasta mi alma—. Perfecto. Eso me agrada. Hubo un silencio letal entre nosotros. Nuestras respiraciones se acompasaban. Él podía inhalar mis exhalos. Mis preocupaciones. Mis ganas de hacerme fuerte. Lo vio. Una sonrisa mínima, peligrosa, comenzó a formarse. Sus ojos dorados brillaban como lava a punto de destruirlo todo. —Entonces jugaremos a tu modo… —su tono no subió, tornándose letal—. Haré que aceptes, y si no lo haces… te voy a romper… hasta que lo único que quede de ti… sea mío. —No podrás quebrarme. No tienes manera de hacerlo. Sus brazos se cruzaron. Sus ojos no dejaban de escudriñarme. Cada parte de mí parecía entretenerlo. —Signorina (señorita) estafadora, tengo la sensación de que no entiendes a qué mundo acabas de entrar —su voz se volvió grave, hablando cada vez más—. Este no es tu juego de estafar y robar. Su voz se convirtió en lúgubre. —Si decides negarte… Su rostro se tornó serio. —No te voy a matar solamente a ti. No… eso sería muy fácil. El aire abandonó la sala. Todos desaparecieron, solo estábamos Giovanni y yo. Había un sonido. El siseo de una serpiente cuando sacaba su lengua. La percepción de estar siendo enroscada por una serpiente. Lenta. Peligrosa. Letal. La asfixia que me provocaba me daba la impresión de ser… Una presa más. —Encontraré a todos los que te importen. Tus padres. Tus hermanos. Tus abuelos. Incluso, si tienes un perro. No juegues conmigo, Nadia. Sus últimas palabras se sentenciaron en mí, tatuándose. —Acabaré con cada uno de ellos —su mirada no vaciló—. Si tú te niegas a ser mía por un año, haré que no desees haberte cruzado conmigo. Desearás la muerte como consuelo por todo lo que pienso hacerte. No había ni un solo ápice de duda en sus palabras. Una amenaza que parecía necesitar solo el chasquido de sus dedos para concretarse. Un pequeño destello de mi familia pasó por el rabillo de mis ojos. Inocentes que nunca debieron ser tocados por mi oscuridad. Luché tanto para apartarla… que ahora terminé enredada con el mismo rey que la controla. Sin opciones. Aceptar o morir. Él me observaba, disfrutando cada segundo que esperaba para responder. —Entonces… —susurró, acercándose a mis labios, casi rozándolos. Su mano bajó hacia mi cuello, apretando un poco. Sus dedos se colocaron en mi nuca, haciendo una ligera fuerza para que lo mirase. —¿Vas a seguir desafiándome… Nuestros ojos se mantuvieron. Algo pasó. Una conexión enfermiza que vibró en mi cuerpo. Me convencí de que todo eso era simplemente por el odio que me estaba surgiendo de parte de él. —… o te rendirás a ser mi mujer? Cerré los ojos, dando un rezo silencioso. Giovanni llevó sus labios a mi cuello. Mordió. Con fuerza. Mordí mis labios intentando evitar mi jadeo. Mi cuerpo tembló. Él acarició mi espalda con lentitud, acercándome a sus pectorales. —¿Y… entonces? No quería, pero en ese momento, rodeada de esos hombres con armas, significaría que moriría… tal vez no hoy, pero mañana. Mi miedo más grande era que, de alguna u otra manera, encontrara a mi familia. Conocía a mi padre. Él sabía que estaba en Italia y, si no daba comunicación, voltearía el país para encontrarme. Aunque Giovanni no apareciera, mi padre no se quedaría quieto… y, sin saberlo… se entregaría en las garras de él. —Acepto… pero no le hagas nada… —apenas susurré con voz. Lamió donde me mordió de manera lenta. Presionaba. Un leve exhalo salió de mí, algo que él escuchó cerca de su oído. Se alejó para mirarme. Silencio. Sonrisa lenta. —Buena chica. Mientras cumplas, tú tendrás dinero y tu familia estará bien. Solo un año… la mia piccola leonessa (mi pequeña leona). Un contrato sin ser escrito, pero que fue hecho con lo peor que pude dar. Mi voz. Un trato maldito que en la mafia significaba lo mismo que haberlo hecho con sangre. Para ellos, era sellar con las máximas consecuencias. —Enzo. —¿Sí? —Dale una sorpresa a quien mandó este atentado. Quiero una cabeza rodando para mañana. Enzo asintió con calma, desapareciendo con algunos hombres. Giovanni volvió a posar sus ojos en los míos. —Vámonos a mi casa. Te prepararé una habitación. —No. Si vamos a hacer esto, quiero quedarme donde estoy para más comodidad. —Imposible. No podía aceptar simplemente sin dar mi ubicación. —Déjame ir por mis cosas. —Tampoco. Fruncí el ceño. —¿Qué quieres para que me dejes estar en donde me quedo cuando quiera? No habló. Silencio. Su mirada comenzó a tornarse lujuriosa, recorriendo mi cuerpo. No debía decirlo. Giré mi cabeza un poco. —Si lo hago… ¿me dejarás quedarme donde me quedo? —Un día. —Cuatro. —Dos. —Cuatro. —Dos días y ni uno más. Cada que estés jugando a la casita debo movilizar a mis hombres. ¿Acaso pensabas que te dejaría sola? —dejó escapar una divertida sonrisa. Apreté mis puños, suspirando con fuerza. —De acuerdo, dos días. Hoy es uno. Vámonos. Me daba la vuelta para irme y entonces pasó. Un dolor en mis dos pies provocó que los levantara. Varias líneas carmesí, recordándome lo que había pasado antes con los cristales que pisé. No los noté antes porque tenía la adrenalina encima. Giovanni notó mi incomodidad. Su mirada descendió con lentitud, siguiendo una pisada de sangre en el suelo… hasta detenerse en mis pies. Algo cambió en su expresión. Más oscura. Fría. Posesiva. Letal. —No te muevas —exclamó. No era una petición, era una orden. —Dijiste que nos fuéramos. —He dicho… —arrastró su voz de manera visceral— que no te muevas. —No quiero. Se acercó de manera peligrosa a mí y, antes de que pudiera reaccionar, lo hizo. Una de sus manos sujetó mi cadera, la otra bajó por mis muslos, levantándome como si fuese una pluma. Por su cercanía… su aroma comenzó a tornarse un veneno delicioso. —Es probable que tengas cristales incrustados. Debemos sacártelos. —Estoy bien. No me escuchó. Aunque intenté pelear, para él no fue nada. Me llevó, como habíamos quedado, a mi pequeño recinto. Sus hombres lo siguieron como su sombra en mi pequeña sala. Me sentó con delicadeza en el mueble y, tras unos segundos, desapareció. Varios pares de ojos observándome, curiosos. Al notar que los miraba, apartaban sus ojos como si solo verme fuera significado de muerte. Giovanni regresó con un pequeño botiquín, de donde sacó una pinza. Sus dedos tomaron uno de mis pies sin permiso. Lo levantó. Sus ojos se posaron en esa parte de mi cuerpo, provocándome reaccionar como un rayo que chocó. —No me toques —intenté alejar mi pie—. Puedo hacerlo sola. Su mirada fue suficiente para paralizarme. Me sostuvo. Sus dedos comenzaron a presionar donde él… al ver mi gesto de dolor pulsante. A pesar de las molestias, gracias a mi entrenamiento, mantuve la mente en blanco. El dolor… es solo mental. La frase que siempre nos acompañó. Giovanni comenzó a mover la pinza por mi piel. Delicado para su tamaño. Uno a uno fue colocando varios cristales en un pedazo de papel que sacó del botiquín. —Esto es muy interesante… —murmuró, haciendo presión en uno de los cristales más profundos. Una descarga de dolor subió desde mi pie por toda mi pierna. Mordía mi labio para evitar el quejido. —Sé que te duele… estás sangrando… pero no gritas… —Soy fuerte —dije en un susurro. —Ya lo noté —Giovanni volvió a colocar sus ojos en mis pies—. Demasiado… como si hubieras sido entrenada. Al decir esas palabras, en el aire, nuestros ojos se encontraron. Esos ojos que buscaban mentiras y verdades. Esos que parecían un detector digno de una serpiente. No dijo nada más. Retiró todos los cristales y, tras esto, me cargó al baño. A pesar de mis quejidos, no me escuchó. Con agua tibia lavó mis pies. Se aseguró, de manera casi milimétrica, de que no tuviera nada. Secó mis pies con suavidad y, al terminar, me colocó un ungüento, terminando por vendarme. Al verme con ambos pies vendados, sus ojos se oscurecieron. —Giovanni, creo que exageraste. No dijo nada. Levantó el teléfono y, tras el primer timbre, dijo con voz tétrica: —Cambié de opinión. Quiero dos cabezas. Una por cada pie de ella. Sin decir nada más, cerró la llamada. Sabía lo que eso significaba. Él parecía un hombre invencible… demasiado… bajé mi rostro hacia donde le habían disparado, notando que tenía una protección debajo. Un chaleco antibalas. Giovanni sonrió de manera divertida. —¿Qué? No es el primer atentado que recibo. Si no me equivoco, con este es el tercero en este mes. Mi rostro de pánico solo le provocó una carcajada más vivida. Con calma me levantó, llevándome a mi habitación. Me recostó en la cama lentamente y, tras esto, en el marco de la puerta, dijo: —Duerme bien, piccola leonessa (pequeña leona)… mañana vendré a reclamar tu alma. Sin decir nada más, desapareció. Unos leves sonidos de pisadas y una puerta que se cerró fueron suficientes para entender que ya se había ido. Dolía. Pesado. Tanto que había luchado para estar pura en este mundo… y ahora estaba a punto de ser devorada por el hombre que era dueño del mismo infierno.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR