5. Infierno

2134 Palabras
Todo estaba mal… Muy mal. Apenas descansé pues todo mi cuerpo se había puesto en alerta; no porque quisiera, era parte de mis entrenamientos. Una mera falla significaba fallecer. A través de la ventana, mientras la luz del sol mañanera me acariciaba, miraba hacia la calle frunciendo el ceño. —Uno… cinco —recorría con mis ojos los negocios con calma— diez. Hombres camuflados como simples civiles… pero tenían ese aura imposible de no detectar. Peligrosos. Ojos infernales. Estaba encerrada como una presa. Para una persona que no supiera el protocolo no los hubiera detectado. Suspiré de manera pesada. Con calma llevaba la taza de café a mis labios. —Esta es una misión suicida… pero al menos lo arrastraré conmigo al infierno. Perdida en mi cabeza, la puerta sonó. Caminaba hacia ella acomodando el arma en mi pantalón. El frío metal de la espalda me recordaba que esto no era un juego. Revisé a través de la mirilla y tras verlo pude respirar. Trevon Vancourse. Mirada filosa llena de secretos con un cabello dorado y ojos azabache. Mi superior en mi unidad y el que se había encargado de traer la información de Giovanni. ¿Lo malo? No habían conseguido nada relevante y la mayoría… terminaban muertos. Abrí la puerta donde él entró. Su presencia era de esas que decían miles de palabras en su silencio. Al entrar aseguré la puerta. Él colocaba su mochila en el mueble con calma. —Tiene unos vecinos muy interesantes —susurró con sarcasmo. —Y molestos —farfullé molesta—. Son como una plaga de cucarachas que aunque pise una no podré eliminar el nido. Él asintió con calma acomodando su cabello a un lado. Se sentó en el mueble invadiendo el espacio. —Tranquila, ya no estás sola. Te ayudaré y te cubriré. Hice una mueca la cual él conocía. Molestia. Había tenido tantas misiones a su cargo que nos conocíamos bien. Demasiado bien… Él sabía mis deseos de acabar con el tráfico humano… por eso no me sorprendió que él me propusiera para esta misión. Complicada… Sí. Suicida. Casi en su totalidad. —Nadia, he escuchado algo que me llegó desde arriba mientras venía —juntó sus manos en rezo silencioso empujando todo su cuerpo hacia adelante—. Te lograste infiltrar con los Valentinni. Silencio. Pesado. Fue demasiado. —Infiltrar no es la palabra. —¿Ah no? Escuché que pudiste estar cerca de Giovanni y no morir en el intento. Para mí, eso es un logro —sus palabras fueron un susurro gélido. —Bueno, entonces más o menos… —Nadia, ¿no entiendes qué has hecho? Te has encubierto en una de las mafias más peligrosas que nos ha tomado años. No minimices tu logro. —Por la razón por la que lo hice, no es para darme un premio. Trevon apretó su mandíbula. —Él me quiere como una esclava, y lo malo es que si me equivoco terminaré muerta. Sus ojos recorrieron el pequeño pero moderado hospedaje. Tras recorrer el lugar sus ojos se posaron en los míos. —Nadia… no pensé que podría ponerte en tanto peligro. Una sonrisa seca escapó de mis labios. Sí, él era mi superior y sabía lo que podía dar… pero lo que nunca pensé… es que el hombre que juró amarme eternamente me hubiera puesto como un sacrificio silencioso. No sabía cómo sentirme. Un picor comenzaba a recorrer las palmas de mis manos. Sus ojos, aquellos tan oscurecidos como la noche evaluando la situación, susurró: —Yo te metí en esto, pero si lo deseas puedes retirarte. Si quieres descartar esta misión, retírate. No fue una orden, eran unas palabras de una misericordia disfrazada. Teniendo a tantos en su poder, decidió arrastrarme junto a él. Cerré los ojos apenas unos segundos. No retrocedería. Y no iba a hacerlo ahora. —No descartaré esta misión —abrí con calma los ojos mirándolo con desafío. —Nadia… —Me prometí cuando mi padre me confesó mi procedencia que no iba a descansar hasta limpiar Inglaterra de la basura. Mi voz temblaba, no por miedo sino por convicción. —Me lo juré a mí misma… sobre la tumba de ella… Mis dedos se tensaron al llevarlos a mi pecho. —Que acabaría con todo el tráfico humano que ella dejó entrar. Mi madre de sangre dejó entrar a los demonios, y yo, me encargaría de destruir todo ese infierno para tener un país para mi padre y mi verdadera madre… quiero un país limpio para ellos y no me importa ser sacrificada por eso. Hubo una pausa espectral donde no sabía cómo procesarlo. Mi corazón latió. Con fuerza. —Nadia, comprendo que quieras hacerlo pero en esto no tenemos vuelta atrás. —Lo sé. Para mí no es solo una misión, es una deuda acabar con todos ellos. No descansaré hasta meterlos en la cárcel. Él asintió con calma. El silencio absoluto era brutal. Él cruzó sus brazos con calma. —Bien, ¿qué haremos hoy? —Tenía planeado ir a… Mis palabras fueron interrumpidas por un sonido de timbre. Era algo extraño que ese simple sonido creara una sensación de peligro. Miramos la puerta como si fuese ácido. —¿Esperas a alguien? —No que recuerde. Ambos mantuvimos la mirada en la puerta. Llevé con detenimiento mi mano hacia mi espalda sintiendo el frío metálico mientras Trevon se levantaba con calma. Llevaba su mano en su mochila sacando un arma. Ambos miramos ese objeto inanimado con la sensación de que se había convertido en una criatura enfermiza. —La mia leonessina(mi leoncita) abre la puerta. Silencio. Pesado. Posesivo. —No me obligues a abrir esta puerta. Mi paciencia es muy limitada. Trevon y yo nos miramos. Él llevó su arma a su espalda. Leí sus labios: Abre. Él se colocó en posición para parecer relajado pero sabía que ambos estábamos en estado defensivo. Abrí la puerta. Giovanni. Sus ojos bajaron a mí. Ese dorado en su mirada tornado en una lava capaz de derretir todo. Su mero gesto me hizo temblar sin comprender por qué. La sensación… de haber hecho algo malo. Se llevó mi aire además de un poco de mi cordura. No dijo nada más. Rodó sus ojos por el pequeño lugar perforando un punto. Miré por el rabillo de mis ojos hacia dónde miraba. A Trevon. Un gesto asesino. Dio un paso hacia la casa sin esperar invitación. Invadió mi espacio y junto a eso dominó el lugar. Sus ojos se clavaron en Trevon quien no se doblegó. —¿Y… tú eres? Su tono era indagador. Oscuro y sumamente posesivo. —Es un amigo. Íbamos a compartir casa. —¿Para estafar? —disparó sin anestesia. Trevon entendió por sus palabras que mi tapadera había sido revelada. Él se levantó haciendo parecer lo más relajado posible. —Yo no estafo, lo mío va más para robo de autos. Silencio. Giovanni micro-observaba cada gesto, movimiento, respiración que hiciera. —Amigos —repitió como si buscara tatuárselo. —Así es, solo amigos. Giovanni mantuvo su vista en él. Su aire se volvió ligeramente demoníaco. —Mantén tu distancia de mi mujer. Si te acercas más de lo que deberías —se acercó dirigiéndose al centro de la habitación— la muerte será lo mejor que podrás sacar de mi benevolencia. No era una amenaza, era una realidad. —Nadia, vámonos —se giró sujetándome de la muñeca. —Se supone que hoy me quedaría aquí. —Cambié de opinión. Era una orden. No me dio tiempo para replicar, me sacó como el tornado que él personalizaba. Apenas pude ver a Trevon donde con sus ojos él sabía que no teníamos opción. Debía dejarme llevar en el oleaje para permanecer encubierta. Me arrastró con ferocidad hacia el vehículo que nos esperaba. En un movimiento, me metió en la camioneta. Sus ojos echaban chispas en cuanto entramos. —Nos vamos. El auto arrancó. Intentaba ver mis opciones. Camioneta blindada. Dos guardias delante, dos detrás. Por el rabillo de mis ojos pude localizar sus armas. —Giovanni, ¿qué haces? —Durante este año me perteneces, Nadia. No quiero que estés cerca de otro hombre a solas —su tono se oscureció. —Es un amigo. —¿Amigo? —dejó escapar una risa sórdida—. No sé por qué en cuanto entré a esa sala me dio el pútrido aroma de que él te desea. Rugió. Los hombres en la camioneta desviaron su mirada como si aquella escena no la estuvieran viendo. —Giovanni, ah no, tú te calmas. —¿Qué? —Tú y yo no somos nada, ¿me entiendes? No me trates como tu mujer ni nada de eso. Estoy obligada a estar contigo todo un año. Hablaba con firmeza. —Tú no eres nada mío. Sus ojos se oscurecieron. —Así que detente de intentar que suene a que somos algo. Si quiero o no quiero acostarme con otro hombre es mi problema. Mis palabras provocaron que todo se congelara. —Detén el auto. Su tono fue visceral. El auto frenó de golpe provocando un chirriante sonido. Tomó mi muñeca y en movimiento dominante me sacó. Intenté pelear contra él para detenerlo… no pude. Su aura era amenazante. Entramos a un restaurante donde pude ver a las personas observarnos. En cuanto vieron a Giovanni se hicieron a un lado como si supieran que si no lo hacían estarían en peligro. Terminamos en el baño de mujeres donde él, con un fuerte rugido, provocó que las mujeres salieran despavoridas. Cerró la puerta y tras esto me llevó a un cubículo. No pude replicar pues lo que recibí fue un beso. Pasional. Devorador. Con un deseo de dominar al cual le estaba cediendo. No pidió permiso, lo tomó. Con fuerza. Una de sus manos tomó mi nuca con fuerza jalándome el cabello ligeramente provocándome que jadeara. Nuestras lenguas se convirtieron en un combate donde el placer era la única recompensa. Mis areolas se endurecieron como diamantes. Mis piernas temblaron. No supe cuándo, pero mis manos fueron atadas con su correa. Él detuvo el beso. Nuestras respiraciones eran entrecortadas. Fue rápido, la correa la ató en el perchero del baño donde intenté liberarme sin éxito. —Qué diablos —susurré apenas con voz. No dijo nada. Con un fuerte movimiento bajó mi pantalón a pesar de que estaba abotonado. Sus ojos brillaron como un animal viendo una presa. Intenté soltarme sin resultado. Él se agachó y con un rápido movimiento subió mis piernas en sus hombros. Su nariz fue exploradora separando mis labios vaginales. Jadeé por el contacto jalando mis manos las cuales crujieron con la correa. Su lengua fue adentro. Lamio. Chupó. Mordisqueó. —¡Ah! Gio… ¡Ah! —jalaba con fuerza sintiendo el cuero clavándose en mi piel. Se apoderó de mi interior como un animal sediento. Me arqueaba jadeando sin poder evitarlo. Él arrancaba cada uno de mis gimoteos. Arqueaba mi espalda contra la pared respirando agitada. Él tenía una lengua mágica que comenzó a hacer algo imposible. Me arrastró a una columna alta, tan alta que sentía que moría. Mis gritos solo eran acompasados por el sonido de su lengua chapoteando dentro. Bajo una de mis piernas para darse espacio. Con una mano me sujetó para no caer mientras con su otra se divertía. Su pulgar se encargó de mi clítoris. Presionó. Pellizcó. Jaló. Lo movió en círculos de manera salvaje pero no dolorosa mientras su lengua entraba y salía. Hacía círculos. Ochos. La sacaba y la entraba. Mi corazón palpitaba de manera estrepitosa y sin poder evitarlo él me lanzó en la montaña a la que me había subido. —¡Maldita sea! ¡Ah! Gio… Giovanni, me c-c-… ¡Me corro! Rápido. Certero. Me hizo explotar en miles de pedazos. Un volcán que hizo erupción. Un fuerte líquido brotó de mí y él no me soltó hasta tragarlo todo. Aun estaba en el estado del máximo placer. Miraba el techo viendo miles de luces de colores. Ese éxtasis maldito que provocó que viera el cielo y el infierno en un segundo. Con calma me bajó de su hombro lamiendo de manera lenta sus labios como si hubiera comido un buen manjar. —La próxima vez que digas eso. Hizo una leve pausa. Estuve a punto de caer por el temblor de mis piernas por el orgasmo pero él me sujetó. —Te voy a follar tan duro que no podrás caminar por una semana. Te he reclamado como mía por un año Nadia, no me hagas encerrarte y penetrarte hasta romperte por dentro y por fuera. Miré a Giovanni que mantenía una risa endemoniada. En ese momento no supe si había entrado al cielo del placer o al infierno de sus dominios.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR