Ahora no tengo las carpetas con los informes para utilizarlas como escudo, pero descuelgo la correa del bolso de mi hombro y, con ambas manos, lo sujeto muy cerca de mi pecho. El bolso puede hacer perfectamente la misma función que han hecho antes las carpetas. —Voy a enseñarte porque funcionamos tan bien juntos. Juan pone su otra mano en la pared, a la misma altura que la primera, transformando de esta manera su esbelto cuerpo en parte de la férrea prisión en la que me mantiene retenida. —Dijiste que no funcionábamos muy bien como pareja, Juan. —Obviamente, me equivoqué. Él baja la mirada a mis labios y me excito viendo cómo su lengua lame el contorno de los suyos. No puedo evitar morderme de nuevo el labio inferior sintiendo que el deseo de poner mis labios sobre los de Juan es irre

