CAPÍTULO 9

2098 Palabras
Los nervios y la ansiedad estaban consumiéndome, carcomiéndome por dentro y ni siquiera el estruendoso sonido de la retumbante electrónica podía apaciguarlos. Era cuestión de sentido común. El huracán Katrina que desataría Mark en la oficina presidencial le consideraba un hecho. Ensimismada en cómo aplacaría al demonio, el inmenso cartel de "Anderson Company" me daba la bienvenida. Papá manejaba la mayor parte de sus negocios centrales aquí en California, algo así como su hábitat natural y aunque tenía sedes en otros estados y varias partes del mundo, nada se le comparaba con sentirse en casa. Rara vez pisaba el amplio establecimiento, puesto que mi progenitor resultaba bastante hermético en cuánto a sus trueques se refería. Aparqué el Mercedes Benz gris y tomé diez minutos para disfrutar del rebosante y pleno sonido de la electro que me proveía el moderno vehículo, un obsequio de Mark y Marian en mi cumpleaños número dieciocho. Si algo destacaba de ser criada en el seno de una excéntrica familia de millonarios es que nunca escatimaban en regalos. Mi venerado automóvil no fue la excepción, creamos un vínculo de amor instantáneamente. Algo loco visto desde el punto relación máquina—persona, pero amaba al bebecito, tan moderno, con asientos mullidos, un aroma a frutas tropicales y el envidiable sistema de sonido. Literalmente, nos adorábamos. Una vez que la melodía se filtró por mi sistema como subida de bilirrubina salí del coche y oprimiendo el botón de alarma comencé a dirigirme a los ascensores. Lena la secretaria personal de Mark, que tendría a lo sumo un par de años más que yo y con aspecto de kardashian me aguardaba en la entrada del último piso. Nunca había tenido mucho trato con ella, las veces que visitaba a mi padre evitaba dirigirle la palabra. Entre mujeres, la mirada de ella delataba cuánto le gustaba practicar alpinismo profesionalmente hablando. Era una maldita arribista, escaladora y coqueta que deseaba con mucho ahínco, meterse entre las bragas del magnate. ¡Cielo!, es que con tu edad podríamos incluso compartir progenitor. Rodé los ojos ante el rumbo de mis pensamientos, a las ambiciosas chupa dinero les importaba un pepino. Ellas querían la billetera y eso mismo emanaba Lena, aparte de un perfume barato que me resultaba asqueroso. —Cariño, Mark está un tanto impaciente esperándote.— Acomodándose el llamativo escote me dirigió una mirada cargada de falsa dulzura. Emití una mueca de desagrado... Sinceramente no tenían límites. —En primer lugar,— me detuve para con cinismo observar el nombre de su plaqueta, sabía de sobra el título de la escaladora número uno, sin embargo a ésta tenía que ponerla en su debido espacio físico, —Lena para ti es Señor Anderson, no te tomes atribuciones ni confianzas que no te corresponden. Se le estaban por salir los ojos de la impresión y eso me divertía mucho más allá de lo impensado, cubriéndome con un manto de frialdad e indiferencia continué —En segundo lugar, más respeto al dirigirte hacia mí. No soy tu cariño tampoco tu mejor amiga, sino la Señorita Anderson no olvides los roles de cada quién en ésta empresa y el mío... Consta de ser tu superior, si mi padre está diez minutos o veinticuatro horas esperándome de seguro no es de tu incumbencia limítate meramente a lo profesional.— Sin más y dejándole pasmada me encaminé a la puerta principal de la oficina, —Que tenga buenas tardes Lena. Sí, me aplaudí mentalmente y hasta hice un bailecito interno. No era agradable ser una perra pero con personas como Lena, merecía el esfuerzo. No toqué, era costumbre entrar sin llamar. Así que con todo el autocontrol posible me encomendé a la jaula de los leones. Papá se encontraba tras su enorme escritorio de madera importada, miraba una y otra vez diferentes imágenes que desde mi sitio no pude apreciar. Un hombre trajeado cuyo rostro no conseguí identificar también se hallaba en la gigantesca habitación, miraba hacia el ventanal y tenía su manos puestas en el impecable y de seguro costoso pantalón de etiqueta, la chaqueta parecía a punto de explotarle puesto que aparentaba un individuo de notorio gusto por el gimnasio y el ejercicio., pude darme cuenta por la forma en que la espalda se ensanchaba en los omóplatos y unos gruesos y evidentes brazos trabajados por horas de pesas, acompañaban la visión. Varias horas de pilates al día confirmaban mi hipótesis ese sujeto cuál identidad me resultaba desconocida, tenía una musculatura perfectamente cincelada. No era necesario apreciarlo sin ropa. Aunque... El orgasmo visual que podría provocar verlo desnudo, sería inminente. Luego de reparar en el extraño que parecía muy entretenido en el mundo exterior a través de la amplia ventana tanto que ni siquiera percibió mi presencia, centré la atención en el estúpido de Nicolás que también como el lame zapatos de la familia que era, estaba en la oficina. Recostado en el mini bar de Mark observaba un punto fijo en la nada y cuando levantó la vista para observarme su rostro se tornó furioso, tintado con pintas de demencia. ¿En qué lío me había metido ahora? —¿Victoria?— Los ojos de Anderson mayor se posaron en mí, —Ven siéntate. Estaba tan impasible que el terror comenzó a abordarme. Tampoco me atreví a estallar en berrinches, ya que dado su carácter explosivo no era propio en él verse tan calmo, tan inescrutable. —¿Debería pedirte explicaciones sobre ésto?, ¿o una imagen vale más que mil palabras? Extendiéndome la cantidad de fotos depositadas sobre la mesa solté un gemido de absoluta angustia. En una lámina me encontraba con Emma, bebiendo de una forma salvaje dos cervezas y a nuestro lado en la barra, se vislumbraban unas tantas más vacías. Victoria, podrías pasar perfectamente por un vikingo de la edad media cariño, de casualidad, ¿dejaste los floreros sin agua también? En la siguiente también ambas bailábamos muy atrevidamente. Bueno Vic, al parecer gustas de los bailes calientes. Es agradable saberlo. En la tercera ya no me situaba en la discoteca sino afuera de la misma, sonriéndole como una idiota hipnotizada a Dominic. E incluso me atrevía a decir que la fotografía realzaba mis facciones transformándome en una alcoholizada señorita descontrolada de la alta sociedad. Angustia, enojo, pavor y unas inconmensurables ganas de reírme a carcajadas comenzaron a inundarme. Violadora, pervertida, degenerada. La sangre se estaba drenando de mi cuerpo agolpándose en mis pies, sintiéndome sofocada, casi sin oxígeno. Sin embargo la presión de Mark. me orilló a ver las últimas dos. En la anteúltima entraba al auto de Dominic con una perturbadora sonrisa de acosadora. Y finalmente la última de todas captaba el justo y preciso momento en el que Dominic tocaba mi muslo sin expresión alguna y yo ... Bueno, realmente esa faceta sería la acosadora y promiscua Victoria, quién al parecer entre lujuriosa y deseosa añoraba comerse enterito al tallado por los dioses mismo, extranjero. No podía alzar la vista no sin antes repasar rápidamente cada una de las fotografías. Me habían perseguido y acosado. La aberrante sensación de timidez le dio paso a una furia desmedida. Mis ojos chispearon iracundos, molestos y dolidos enfrentándome a mi padre —¿Fuiste tú?, ¿has enviado a alguien a seguirme? Estaba enojada, decepcionada de mí misma por verme tan vulgar, tan cualquiera, pero al mismo tiempo me sentía acongojada y pesarosa por la persona que tuvo la desfachatez de hacer semejante crueldad. ¿Es que nunca habían tenido un desliz en sus miserables vidas? ¿Nunca fueron jóvenes? ¿Jamás disfrutaron con sus amistades hasta quedar inconscientes? ¿Ese era su trabajo? Sí claro que lo era, vivían de ésto. Sin embargo me sentía tan poca cosa... Ultrajada, manoseada, humillada hasta el núcleo mismo. Resultaba tan fácil para el resto del perfecto mundo señalar a uno con el dedo., juzgarnos, criticarnos y hablar a nuestras expensas. Ellos eran los que no cometían un solo error y nosotros, los que nos encontrábamos en el estrado a punto de recibir el veredicto final, éramos los culpables de cada miseria. Anhelaba llorar de la impotencia, de la furia contenida, de la decepción de llevar una vida atada a los prejuicios sociales. Me sentía una joven frustrada viviendo una rutina vacía, infeliz, sin aspiraciones a nada más que mantener una perfecta fachada y así contentar al que se hacía llamar progenitor. —No, no he mandado a nadie a seguirte Victoria,— suspiró consternado irrumpiendo el torbellino de sentimientos negativos que me acechaban mentalmente, —estoy realmente decepcionado de ésto. Dime por qué, explícame, porqué no puedes seguir una puta regla. —Quieres saber, ¿por qué?, porque estoy harta de ésta vida de mierda que me ha tocado vivir.— Exclamé con alteración. —Cuida ese vocabulario Victoria.— Advirtió sombrío y amenazante el lame suelas de Nicolás. —¿Quieres cerrar eso que tienes por boca Nicolás?, por si no te das cuenta, estoy hablando con mi padre... No pedí tu opinión.— Refunfuñé ganándome una mirada desdeñosa y cargada de maldad. Con evidente molestia comenzó a acercárseme de forma violenta, amedrentadora, y por un instante creí que me abofetearía al dejarlo en ridículo frente a Mark... Idea que rápidamente descarté puesto tenía que mantener un perfil de no mato una mosca delante de papá. Sin embargo con la plena convicción de que cuando llegase el momento de estar a solas con él, el golpe sería un hecho pactado a fuego. —¡Esto!, todo ésto Victoria es una gran vergüenza.— Inspiró hondo en búsqueda de un autocontrol que a estas alturas se mantuvo exento, —¡Pedí!, ¡te exigí!, ¡rogué! que no quería lidiar con problemas de esta índole si te dejaba salir, ¡y a ti te importó menos que nada! —Mark, no me arrepiento de lo que hice.— Escupí con la mayor sinceridad posible, cansada de siempre ser una idiota doblegada sin voz ni voto. —Sigues siendo una insensata Victoria. Una niña egoísta y caprichosa... Te he dado lo mejor y todo lo que se te antojaba... Sólo te pedí discreción, mantener alejada mi reputación y a la familia del cotilleo, y ¡¡te vale una mierda!!— Tronó enfurecido. Ahí estaba el hermosísimo carácter de Anderson. ¿Familia? De qué familia me hablaba. —Creo que hemos dejado de ser hace mucho una familia papá, y perdóname si fui egoísta por liberarme de este mundo de porquería tan sólo una vez. Lo que menos quise fue lastimar tu ego de hombre poderoso omnipotente. Ésta situación me estresaba. —¡No manejes las ironías conmigo!— Masculló embravecido. Evidentemente estaba saliéndose de control, no apelaba al sano juicio y comenzaría a soltar mierda de su boca cual no me hallaba lista para oír —Dime hija, dile a papá, ¿se sintió bien la liberación?, ¿volviste a tus viejas andanzas y aún no me entero?, ¡dímelo!, ¿volveré a tener a mi hija la adicta? Cada palabra dolía. Me afectaba... Me desgarraba. Mi propio padre se regocijaba en hacerme sentir la peor de las basuras. Resultaba apabullante que por quién habría puesto las manos en el fuego toda mi vida quisiera nunca sacarme del pozo en el que momentáneamente me mantenía a flote. Él era el héroe, el salvador. ¿Por qué hacía esto? Notando mi garganta picar por las lágrimas me negué a seguir escuchándolo, la decepción no me permitía hablar y menos reñir. Añoraba irme del despacho, bastante humillante resultó que un extraño que aún se mantenía fijo en su postura inicial, contemplara el pleito y más degradante que el imbécil Nicolás gozara del trato que recibía. —Escucha Victoria cuando te dije que sería implacable, hablé en serio.— Aseveró disgustado y aún molesto, pero sin intenciones de reanudar la discusión, puesto que muy en el fondo de aquellas orbes que en nada se nos parecían los tintes de arrepentimiento por comportarse como un hijo de puta comenzaban a matizarse con las retinas aceitunadas. Siempre fui su princesa, la luz de sus ojos. ¿Qué lo había impulsado a convertirse en un padre tan frío, calculador y ambicioso de más y más poder? Simplemente era algo que no estaba en mis deseos comprender, solamente ansiaba el momento de tocar mi libertad, de poder volar. Y desgraciadamente la realidad volvía a golpearme con violencia, cayendo como una catarata de agua gélida, solidificada... Haciéndome visualizar que... Ninguna forma tenía de escapar a mi destino cruel, chato y uno que se mantenía a expensas de los demás...
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