Narra Mateo. Estreché a Megan con fuerza entre mis brazos. Cuando dejé de llorar, levanté la cabeza y miré esos ojos bondadosos. El aire que nos rodeaba crepitó y cobró vida, una vez abandonadas la relajación y el consuelo. El deseo y el anhelo que había estado reprimiendo estallaron. Mi cuerpo ardía por la mujer a la que abrazaba, ella puso los ojos como platos, con los iris azules iluminados por el mismo deseo que me consumía a mí. Para darle la oportunidad de negarse, incliné despacio la cabeza y me detuve antes de rozarle los temblorosos labios. —¿Por favor? —susurré, sin saber muy bien qué le estaba preguntando. Su suave gemido fue la única respuesta que necesité y mi boca devoró la suya con un ansia que jamás había experimentado. No solo eran lujuria y deseo. Había anhelo y necesi

