Gianna se quedó allí un par de minutos, quizás esperando verle regresar de algún modo o tener alguna respuesta, pero en su lugar, la única que volvió fue Sheysa, quién apareció con sus pertenencias, un poco desconcertada y una sonrisa algo confusa.
—¿Qué sucedió? —preguntó Sheysa al sentarse a su lado.
Gianna alzó sus hombros sin saber. —Dime tú.
—Artemis salió algo furioso de aquí. Es la primera vez que lo veo de tal manera, ¿sucedió algo?
Ella negó. —Unos hombres vinieron hasta aquí, se sentaron, hablaron un rato y terminaron por marcharse, Artemis se enojó poco después de eso, advirtió que era un problema para él y se marchó sin más. Tan enojado como dices que se fue.
Sheysa suspiró. —Luego lo sabremos. Traje tus cosas, ya las chicas se están yendo, puedes volver a casa, nos veremos mañana. —avisó. —Ten cuidado, la noche es fría, oscura y baldía.
Gianna asintió, recibiendo aquella mochila mientras sacaba su ropa deportiva que vestiría sobre su vestimenta provocativa, aquella que usaba para el baile.
Así mismo, y sin tener respuestas, Gianna no tardó en salir de allí, llamando para que fuesen por ella a solo un par de cuadras.
Al ver el automóvil estacionar, Gianna suspiró, abriendo la puerta y adentrándose, sintiendo como aceleraba con todas sus fuerzas y ella tumbaba su cuerpo sobre el asiento con cansancio.
—¿Y bien? ¿Qué sabes? ¿Qué hay de nuevo? —preguntaron.
Gianna abrió sus ojos sin cuidado, observando a Franchesco, su prometido, conducir.
—Quizás no sea buena para ésto, Franchesco, estoy trayendo problemas, me pueden descubrir. Ese hombre se ve peligroso, me puede hacer daño. —susurró.
Franchesco negó acelerando un poco más sin siquiera observarla. —Claro que es un hombre peligroso, Gianna, por eso tú padre jamás ha logrado acabar con él. —advirtió. —Pero dime algo, ¿tiene sospechas sobre ti?
—Ni un poco, no tiene sospechas de nada. Se creyó el cuento del pueblo chico, mujer independiente, bailarina por pasión. —recordó reprochando. —Ya siquiera sé para qué hago esto. —insistió.
—No tienes más opciones, Gianna. Te di una orden, tu padre igual, debes cumplir. La única manera de destruir a ese hombre es a través de las mujeres y el dinero. Necesitamos comprar ese bar, es la fachada perfecta para el lavado de dinero de tu padre, ¿o es acaso que quieres ser pobre? —preguntó al mirarla de reojo. —Porque si es por eso, no te veo limpiando, cocinando y andando con poco para sobrevivir. —reprochó.
Gianna pasó sus manos sobre su rostro con frustración. —Mi padre puede usar cualquier cosa como fachada para el lavado de su dinero. Durante años lo ha hecho de muchas maneras, ¿por qué querría ahora el puto bar de los Luca? —cuestionó confundida.
—Por eso mismo, porque durante años cada fachada que descubre es arrebatada por los malditos de la DEA. La única fachada que parece indestructible e invisible ante los ojos de la ley ese ese puto lugar. —avisó. —Así que por una vez en tu vida, deja de reprochar lo que los hombres de tu vida dicen, tú solo debes cumplir.
Gianna maldijo a lo bajo, quitando sus tacones y haciendo masajes en sus pies. —No se por cuánto más pueda con todo ésto.
—El tiempo que sea necesario. Artemis te abrió las puertas inmediatamente, estoy seguro que no pudo resistirse a ti. —avisó. —Pero recuerda algo, Gianna Ulivieri, nadie más que yo puede tocarte. —advirtió.
Gianna suspiró, guardando silencio y observando la ventanilla, ignorando por completo las palabras de aquel hombre que decía ser su prometido, un matrimonio que habría organizado su padre, algo que frecuentemente ocurría en su vida. Estaba cansada de seguir órdenes y tener que hacer lo que todos querían, menos lo que ella realmente deseaba.
—Tu silencio es alarmante, Gianna. ¿Es acaso que...? —cuestionó preocupado.
—No, Franchesco. Nadie me ha tocado, nadie me ha tenido. —confesó con cansancio.
Franchesco sonrió, acelerando un poco más mientras la miraba de reojo. —Que bueno porque he pasado todo el día con unas ganas que no puedo contener. —avisó. —Necesito que mi mujer me ayude a calmar los nervios, bajar la tensión.
Gianna lo miró. —Estoy agotada, Franchesco. Mis pies duelen, he bailado durante horas. —avisó.
—Si quieres demostrarme que me amas como dices hacerlo y jurarme que nadie más te ha tocado, llegaremos a casa y follaremos cómo nunca. No es una petición, es una orden. —aclaró.
Así mismo, ante sus palabras, llegaron hasta la mansión de Franchesco, la cual era mucho más inmensa que la de su padre, heredada por los difuntos abuelos de Franchesco.
Estacionó el automóvil, bajó de él y caminó hasta abrir la puerta de Gianna. —Mírame, soy un hombre educado. —avisó. —Merezco follarme a mi prometida las veces que quiera.
Sin más, ella cansada de oírlo, sentirlo y llevarlo cerca, caminó dentro de casa, estirando su cuerpo mientras quitaba su sudadera y seguía los pasos de Franchesco, su prometido.
Una vez en la habitación, él lanzó su cuerpo sobre la cama, observándola poco a poco mientras mordía su labio inferior.
—Solo mírate, por eso De Luca jamás desconfiaría de ti, mamacita. —susurró al tomarla del cuello con firmeza para acercarla a él.
Gianna intentaba fingir disfrutar cada parte de él, pero la verdad era que, aunque fuese irreal, disfrutaba mucho más la mentira que vivía con Artemis que cada segundo que debía estar con su prometido.
—Te haré mía toda la noche para que recuerdes a quien le perteneces. —avisó al bajar sus pantalones.
Gianna quedaba inmóvil, casi como una muñeca o algún maniquí, sintiendo como Franchesco la tocaba con desespero y afán, esperando que ella tuviese alguna reacción positiva que nunca llegaba.
Besó su cuello, su pecho y poco después su abdomen, Gianna solo permanecía sobre las sábanas, observando el techo que los cubría fijamente, recordando la mirada de Artemis sobre ella y aquella primera noche en el que lo vió.
—Quiero que me bailes, quiero que me bailes como le bailas a él. —pidió Franchesco. —Quiero ver lo que ese imbécil puede ver de mi futura esposa. —avisó.