Paola subió a la recamara a buscar una sábana para cubrir a su amiga, después caminó a la habitación donde estaba Sofia llevaba un plato con un sándwich y un poco de leche tibia, miró que Sofia estaba despierta, pero no quería hablar con nadie.
―Vete Paola, quiero estar sola ―hablo Sofia.
―Si, me iré, pero te dejaré esto aquí y a Ludy, quien quiere dormir contigo ―sonrió.
Paola salió de la habitación de Sofia, pasando a ver por última vez a su amiga quién había caminado hasta el sofá durmiéndose ahí, al llegar a su habitación, miró que tenía varias llamadas de su jefe al ver lo tarde que era prefirió no llamarlo y esperar hasta el día siguiente que él llamara, se dio una ducha a pesar de lo tarde que era para luego ir a dormir.
Elías no dejaba de pensar en lo sucedido aquella tarde, era la primera vez que miraba a una mujer con tanto carácter como ella, durante toda la noche no pudo dormir, recordaba los bellos ojos café de Vanessa mirando los suyos, el corazón le palpitaba de una manera loca cuando recordaba lo sucedido, sus pensamientos fueron interrumpidos por una llamada a esas horas de la noche era Bernard Borní, su padre.
― ¿Qué quieres? Habla rápido necesito dormir ―gruño.
―Es momento que arreglemos todos los problemas de la empresa y nuestros, justo ahora alguien debe de estar llegando a casa a dejarte los boletos de viaje, son para que mañana mismo estés aquí, así que será mejor que dejes el sueño a un lado y empaques tus cosas ―terminó de hablar colgando el teléfono.
―No sabes cómo odio tus malditos planes de última hora ―gritó aventando el móvil contra la pared.
Se levantó de la cama y empezó a empacar, sabía que aquellas reuniones con su padre no terminaban en nada bueno, llamó a Richard, quién era la segunda persona después de él que sabía cómo manejar a la perfección la empresa para que se hiciera cargo mientras él no estaba.
―Elías sabes que maldita hora es como para que me llames, son las 12 de la madrugada, ten un poco de consideración con tu amigo ―habló Richard al otro lado del móvil.
―Lo siento, pero salgo dentro de unas horas mi padre ya sabes cómo es con sus malditas reuniones de última hora, te dejo a cargo la empresa hasta que yo regrese ―habló Elías colgando la llamada.
Dos horas más tarde Elías estaba tomando un vuelo que lo llevaría hasta la ciudad de Éire, donde vivían actualmente los padres de Elías, al ir demasiado cansado decidió ponerse unos auriculares y descansar un poco; a mitad del camino pidió una taza de café amargo, tomo el libro que siempre llevaba en los viajes sin aviso que su padre le decía y empezó a leerlo en la página 37, pues había un pequeño párrafo que le gustaba.
"La nieve que había quedado en las copas de los pinos caía suavemente a mi rostro, el resplandor del sol naciente salía por el ocaso iluminando toda la montaña, mi corazón palpitaba de alegría y emoción al ver los bellos colores que había en el inmenso azul, junto a mí estaba mi amada quién me recibía con una cálida sonrisa"
Aquel libro no era más que sus escritos de cuando iba a la universidad y se aburría en las horas que tenía libre, le gustaba escribir, pensó en ser un escritor, pero prefirió dejarlo a un lado y ser como su padre no… más bien quería ser mejor que su padre, quería ser un hombre que a pesar de todo lo que había vivido no dejaría que eso le afectara en su futuro, mucho menos si en algún momento llegaba a tener una familia. Después de 10 horas de viaje había llegado a Éire, su madre estaba en su espera, Elías la verla se sintió mal, pero no demostraría aquello a su madre.
― ¡Te eche tanto de menos! ―sonrió dándole un beso en la frente a su madre.
―Yo también te he extrañado hijo, tu padre... que diga Bernard… ―se retractó al ver la mirada fulminante de su hijo ―él no sabe que he venido por ti, lo he hecho porque quiero que por esta vez no discutas con Bernard, se lo odioso que puede llegar a ser, pero por favor hazlo por tu madre ―sonrió Miriam, la mujer de mirada vacía.
―No prometo nada madre y más ahora que me ha hecho esto como todas las demás veces de un viaje improvisto sin que le importe lo que yo tenga que decir ―soltó Elías caminando rápidamente hacia el carro dejando a su madre atrás.
Miriam subió al carro en los asientos traseros donde su hijo se encontraba, durante todo el viaje no digo una sola palabra, sino que se recostó en el hombro de su hijo mientras tarareaba la canción de cuna que le cantaba cuando era pequeño.
―Hemos llegado ―habló el chófer.
Elías salió del carro, bajo sus maletas y caminó a la entrada del mismo infierno, al llegar las empleadas lo recibieron de buena manera, subió a su habitación donde miro otra maleta, pero no le puso mucha importancia, bajó a la sala en donde estaría su padre esperándolo. Al llegar su madre estaba junto a él al igual que otra mujer que Elías jamás había visto.
―Bienvenido hijo mío, no sabes lo feliz que me hace tenerte aquí nuevamente ―habló Bernard.
―Deja tu hipocresía a un lado Bernard y dime ¿Qué es lo que tanto te urge como para que me hagas viajar con tan pocas horas? ―soltó Elías sentándose al otro extremo de la mesa.
Es que con tan solo estar cerca de Bernard y saber que respiraba el mismo aire que él, lo enfermaba a tal punto de provocarle nauseas, y sentir la colonia de aquel hombre era aún peor.
―Debes de respetarme soy tu padre y no puedes hablarme a como se te de la maldita gana ―gritó Bernard molesto.
―Mi padre está muerto, tú no eres más que un completo desconocido para mí, así que habla rápido o de lo contrario tomare mis maletas y me iré de aquí ―respondió Elías.
―Ella es Teresa Romanov, tu prometida ―dijo Bernard, con una gran sonrisa en su rostro.
―Lo siento, pero no tengo prometida y no me casaré con una completa desconocida a como lo es ella ―respondió levantándose de la silla.
― ¿Acaso ya me has olvidado Elías? ¿acaso olvidaste el tiempo que estuvimos saliendo en la universidad? ―preguntó Teresa.
―No quieras confundirme salimos un tiempo y eso fue todo, tú me dejaste por alguien con más dinero que yo y ahora que sabes que tengo más dinero que el que pensaste vienes a buscarme y a hacer un trato con mi padre a mis espaldas, no sé qué es lo que tienes en esa cabeza ―habló Elías saliendo de ahí.
―Elías espera, déjame hablar por favor ―gritó aquella mujer tropezándose con su mismo pie cayendo al suelo.
― ¿Qué diablos quieres Teresa? ―preguntó Elías volteando a verla, cuando miro que estaba en el suelo corrió a ayudarla.
Una sonrisa salió de aquella mujer pues todo aquello era parte de su plan.
― ¿Te encuentras bien? Puedes caminar ―preguntó preocupado.
―Si me encuentro bien, creo que puedo caminar ―respondió con su rostro de me duele hasta el alma.
Teresa trato de caminar, pero se escapó de caer, su tobillo le dolía y estaba rojo.
―Déjame llevarte adentro, tu tobillo se está inflamando ―habló Elías cargándola hacia dentro de la casa.
―Elías, si no te casas con ella, la empresa que está en Ábsit será trasladada hacia acá y tendrás que trabajar conmigo ―habló Bernard.
Aquella idea no le gustaba del todo a Elías, tenía una vida en Ábsit, como para que Bernard acabara con ella en un santiamén.
―Está bien, será lo último que acepte de ti, pero créeme que con esto que haces estas más que muerto para mí ―habló Elías molesto.
―Por cierto, Teresa dormirá contigo, mientras más pronto me des un heredero mucho mejor será para ambos ―sonrió Bernard retirándose del lugar.
Aquello era lo menos que Elías quería tener un hijo y mucho menos con Teresa, él ya se había imaginado toda una vida con Vanessa y donde él ponía el ojo nadie podía quitárselo.
Mientras Elías vivía el mismo infierno, Vanessa iba junto a Paola a una sorpresa que le tenía, la sorpresa es que Paola sería la madrina de Sofia, en otras palabras, le daría todo lo que Sofia necesitaba y lo que necesitaba ahora era entrar a clases.
―Paola ¿Qué hacemos en una escuela? ―preguntó Vanessa
―Ya sé que es domingo, pero la directora es buena amiga mía, así que le pedí el favor de que viniera, ya que quiero que Sofia entre a clases, por los útiles y demás cosas no debes de preocuparte yo me hare cargo ―sonrió Paola.
―No puedo aceptarlo, me hace sentir mal ―respondió
―Lo se Vanessa, pero quiero que entiendas que quiero formar parte de la vida de Sofia, quiero que ella sea como mi sobrina ―sonrió Paola.
―Está bien, acepto por esa sonrisa de felicidad que tienes en tus ojos ―respondió Vanessa
Entraron a aquel colegio, gracias a todos los kilos de maquillaje que Paola había puesto en el rostro de Vanessa no se notaba el horrible morado que tenía, Paola sabía hacer magia con el maquillaje y como no, si en su tiempo libre estudiaba para ser una maquilladora profesional, pero para ella misma.