Apenas cruzaron el umbral de la habitación, sus labios se encontraron con desesperación contenida. Se besaban con una mezcla de hambre y necesidad. El cuerpo del desconocido, firme y cálido, se apretaba contra el de Estrella, atrapándola entre sus brazos y la puerta, como si quisiera fundirse con ella.
Sus labios descendieron por su cuello, dejando un rastro ardiente de besos que le erizaban la piel. Cuando alcanzó el inicio de sus senos, Estrella contuvo un suspiro ahogado. Nunca había sentido algo así: una oleada de calor que se concentraba en su vientre bajo, que la hacía temblar desde lo más íntimo.
Sus manos, grandes y seguras, se deslizaron por sus muslos desnudos, subiendo por debajo del vestido corto que ella llevaba. No supo en qué momento la prenda desapareció, como si el deseo hubiera arrancado todo obstáculo entre ellos. El extraño posó sus labios sobre uno de sus senos, y el contacto húmedo y cálido la hizo gemir suavemente.
Estrella se aferró a su espalda, acariciando la piel firme y musculosa, explorándolo con dedos temblorosos. Sin pensarlo, bajó la mano y tocó el bulto duro y palpitante en su pantalón. Él jadeó al sentirla, y sus ojos brillaron con un deseo salvaje. Se despojó de lo que quedaba de ropa y la cargó con facilidad, estrechándola contra su pecho.
La apoyó suavemente contra la pared, su erección presionando contra la ya húmeda ropa interior de ella. Se besaban con furia, con urgencia, con una necesidad tan intensa que todo pensamiento se desvaneció.
Sin dejar de besarla, la llevó hasta la cama. Ella quedó tendida bajo su cuerpo, vulnerable y temblorosa, pero sin miedo. Él descendió con sus labios y su mano exploró su feminidad, tocándola con una mezcla de delicadeza y firmeza. Estrella se arqueó al sentir sus caricias, un placer nuevo y salvaje la invadía por completo.
—Ya… por favor —susurró ella, la voz entrecortada por el deseo.
Él se detuvo, su respiración agitada.
—¿Estás segura, preciosa? —preguntó con voz ronca, mirándola a los ojos.
—Sí —dijo ella sin titubear, entregada, vulnerable… pero decidida.
Él colocó su m*****o en su entrada y, al encontrar la barrera, se sorprendió. Supo en ese instante que ella era virgen. Por un segundo dudó, pero la forma en que ella lo miraba —con deseo, confianza y anhelo— disipó cualquier sombra.
La penetró lentamente, con cuidado, sintiendo su cuerpo estrecho abrirse para él. Ella se aferró a sus hombros, conteniendo el aliento hasta que el dolor dio paso a una sensación cálida e inmensa. Entonces él comenzó a moverse, despacio al principio, hasta que sus cuerpos se acoplaron con un ritmo natural, profundo, envolvente.
Estrella no sabía que podía sentirse así. Era como si se rompiera en mil pedazos para volver a formarse entre sus brazos. El clímax llegó como una ola arrasadora, los estremeció a ambos, y cayeron juntos sobre la cama, jadeando, envueltos en el calor compartido de un momento único, irrepetible.
Por primera vez, Estrella no se sintió usada, ni observada, ni manipulada. Se sintió viva.